9 de agosto de 2025

Los jóvenes músicos

    Cuando en febrero de 1667, Miguel Quílez Cuetos, vecino de Trujillo y nacido en Bilbao, otorgó su testamento ante el escribano Francisco Márquez, repitió las fórmulas que contienen otros muchos testamentos: sus creencias y querencias, sus mandas y legados, las misas en recuerdo por los suyos, los encargos a sus testamentarios. Pedía ser enterrado en el convento de San Francisco, “en la sepoltura de María de Tovar, tía de mi muger”, María de Castro, y que a su entierro asistieran los hermanos de las cofradías a las que pertenecía, el Santísimo Sacramento, la Santa Vera Cruz, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de la Piedad y las Ánimas del Purgatorio. Y por supuesto, que en su funeral hubiera música. Suponemos que no alegre, pero música. Porque la música ha formado parte del sentir trujillano. En las alegrías y en las penas, en los toros y capeas, en verbenas, procesiones y entierros, siempre la música estuvo presente en Trujillo.
Foto Diéguez. Asociación musical. Hacia 1940
    En el arca se guardan historias de ministriles y trompetas, de comparsas y bandas musicales, de grupos que, por el simple hecho de amar la música, se unieron para aprender, disfrutar y compartir.
    Uno de esos grupos decidió ir más allá y constituir una “Sociedad Filarmónica” a la que denominaron Fénix, no sabemos si porque, como el ave mitológica, recogieron las “cenizas” de algún grupo anterior para volver a renacer. El 18 de agosto de 1861 firmaban un contrato privado para constituirse en asociación y establecer el reglamento que se imponían en los siguientes cuatro años. No conserva el arca ese reglamento que nos permitiría conocer qué pretendían conseguir y cómo funcionaría esa nueva “Sociedad”. 
    Lo hicieron “en concepto de músicos” y para darle más seriedad firmarían un año después, ante el notario don Pedro Pedraza y Cabrera, su compromiso con sus compañeros y con el propio grupo.
    No era, sin embargo, la música su actividad principal, ni siquiera de alguno de quienes figuran como los “directores” del grupo. Francisco de Ayala y García aparecía como maestro de música, pero José Iglesias Muñoz, además de enseñar música era el sacristán de Santa María y como tal, “organista”.        
    También era sacristán José Boneu, de la parroquia de San Andrés, ahora en Belén. Fernando Cancho, el mayor del grupo, y Antonio Cancho Maurito eran zapateros, profesión que compartían con José Masa y Miguel Ramos Sánchez, el del taller en las Cuatro Esquinas. Como menor de edad, Tomás Ramos Sánchez, el del Horno de los Corrales, estuvo acompañado por su hermano Miguel. Ninguno de los dos siguió la profesión de sastre que tenía Galo, su padre. 
    Sí era sastre Atanasio Guerrero Moreno. Casado ya con María Domínguez, su taller fue pasando de la calle San Francisco a la calle Parra y luego a la calle Nueva, donde también se encontraba el taller del sastre Manuel Avís. El tercer sastre del grupo, Pablo Carmona Ruiz, también necesitó que alguien la representase, a sus 23 años, siendo su tutor don Lucas Acedo. Sin embargo, Agustín Galeano Moreno no necesitó a nadie junto a él pese a sus 22 años. El barbero Galeano, el de la calle de la Lanchuela, el casareño llegado a Trujillo, estaba casado con la arroyana Antonia Macayo García, y eso le convertía en ciudadano con todos “los derechos ábiles”. 
    Acompañado ahora por su padre por ser menor de edad, Santiago Sánchez hacía las delicias de los trujillanos con su oficio de chocolatero en la calle Guadalupe, mientras que Matías González Bejarano seguía en la Plaza (y luego en la plazuela de San Judas) el oficio de su padre Tomás, el hojalatero llegado de Guadalupe. 
    El más joven de todos ellos aún estaba aprendiendo una profesión. No la de su padre, Francisco Andrada, zapatero de Casar de Cáceres que acabaría asentándose en Trujillo. Quien enseñaba su profesión a Diego Andrada Sánchez era su padrino, Diego Trenado Casares, carpintero y marido de su tía Antonia. Con 19 años, en la calle Sofraga, en el número 3, junto a Joaquín Aranda, también aprendiz, Diego aprendía el oficio de la carpintería que luego enseñaría a su hijo Luis.
    Todos jóvenes artesanos que se consideraban “músicos” y que amaban la música. No nos cuenta el arca si su “Sociedad Filarmónica” tuvo larga vida, pero seguro que fue intensa y placentera para estos jóvenes trujillanos y que otras muchas surgirían de sus cenizas como nuevos “fénix” para alegrar las fiestas, festejar las alegrías y mitigar las tristezas. 

1862, septiembre 1. Trujillo
En la ciudad de Trugillo a primero de setiembre de mil ochocientos sesenta y dos, ante mí D. Pedro Pedraza y Cabrera, escrivano numerario de la misma, notario colegiado del de la capital de Cáceres, con presencia de los testigos que se espresarán, comparecieron D. Francisco de Ayala, mayor de edad, profesor de música, José Iglesias, profesor de música y sacristán, Fernando Cancho, maestro zapatero, Matías González, hojalatero, José Boneu, sacristán, José Masa, zapatero, Manuel Avís, sastre, Antonio Cancho, zapatero, Atanasio Guerrero, sastre, Miguel Ramos, zapatero, todos mayores de edad, Santiago Sánchez, de veynte y tres años de edad, chocolatero, asistido de su padre Santiago; Tomás Ramos, de veinte años de edad, carpintero, acompañado de su hermano como curador, Miguel, que también es otorgante, Diego Andrada, de diez y nueve años de edad, acompañado de su padrino como curador, Diego Trenado; Pablo Carmona, de veinte y tres años de edad, sastre, acompañado del procurador don Lucas Acedo, como curador, y Agustín Galeano, que aunque de veinte y dos años de edad, es casado y como tal en el libre uso de los derechos ábiles, como todos los demás que son domiciliados en esta ciudad, de lo cual y de conocerlos y capacidad doy fe, y dijeron: que por contrato privado que algunos de los comparecientes otorgaron y firmaron en esta ciudad en diez y ocho de agosto de mil ochocientos sesenta y uno, en concepto de músicos se constituyeron en Sociedad Filarmónica denominada del Féniz, vajo las prescripciones de once artículos que comprende el Reglamento que entonces acordaron y firmaron, el cual han variado y adiccionado después en otra junta y acuerdo que tuvo la Sociedad el doce de diciembre siguiente con tres artículos que sancionaron en concepto de adicionales al Reglamento, todos los cuales se han cumplido hasta hoy en lo posible y con el fin de continuarla y dar estabilidad a la Sociedad en aquella vía y forma que más haya lugar, ciertos del derecho que en este caso les compete, otorgan: Que se obligan todos y cada uno de ellos por sí a guardar y cumplir todo lo contenido en el citado reglamento y sus tres artículos adicionales, así como cualesquiera otras prescripciones que en lo sucesivo se acordaren por la Sociedad y a no separarse de ella sin justa causa que con anticipación pondrán en conocimiento de la misma, bajo la multa de veinte duros en beneficio del fondo común de la Sociedad, y si el contraventor careciere de metálico o bienes para pagarla, dejará diariamente la cuarta parte de los jornales que gane en su oficio hasta solventar la multa, y entendiéndose que dicha Sociedad queda constituida por cuatro años que empezarán a correr en primero de setiembre presente y concluirán en agosto de mil ochocientos sesenta y seis. Al cumplimiento de cuanto dicho es, todos los otorgantes se obligan de derecho con sus personas y bienes presentes y futuros. En cuyo testimonio así lo otorgaron y firman los que saben y por los que no, un testigo con los demás presenciales que lo fueron don Joaquín Elías, Ángel Salcedo y Diego Lozano, de esta vecindad, que aseguraron no tener eccepción para serlo, a los que y otorgantes informé de la facultad de leer por si o que yo les lea esta escritura y optando por lo último lo hice, de todo su contenido doy fe.

Francisco de Ayala y García        José Iglesias (rúbrica)       Fernando Cancho (rúbrica)
Matías González (rúbrica)        Atanasio Guerrero (rúbrica) José Boneu (rúbrica)
Manuel Avís (rúbrica)    Antonio Cancho Pérez (rúbrica)     Agustín Galeano (rúbrica)
José Masa (rúbrica)  Pablo Carmona(rúbrica)           Miguel Ramos (rúbrica)
Santiago Sánchez (rúbrica) Tomás Ramos (rúbrica)  Testigo Ángel Salcedo (rúbrica)
A ruego de Santiago Sánchez,    Diego Lozano (rúbrica)
Testigo Joaquín Elías (rúbrica) Lucas Acedo (rúbrica)
Pedro Pedraza y Cabrera (signo y rúbrica)

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro Pedraza Cabrera. 1862, fols. 353r-354v.)
Conde de Lipa. 1866. Diego Andrada Sánchez, músico y carpintero.



22 de julio de 2025

Las llaves de la ciudad

    Tres llaves cerraron el arca, tres llaves para atesorar historias incluso de otras llaves. En unos casos parece que las intuimos cuando hablan de viviendas o palacios, de dehesas de yeguas y caballos o de la misma fortaleza. Pero en Trujillo hay otras puertas que son vida y dominio, control y seguridad en todo tiempo: las puertas de la ciudad. Las que se abren al alba y cierran al atardecer, las que férreamente controlan la ciudad en tiempos de asedios y pestilencias. 

1581, mayo 2. Trujillo
 Otrosi se acordó que las guardas que de aquí adelante se pusieren en las puertas, guarden veynte y quatro oras començando después por la mañana a las çinco hasta otro día a la mesma ora y que las guarden y trayan cada noche a las nueve de la noche las llaves a el señor corregidor y con todo esto estén guardando para que no ronpan las tapias ni entren por fuerça.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fols. 436v-437r.

    Puertas que unos y otros linajes tratan de asegurar y defender y que, aun cuando con certeza se aseguraran con potentes trancas y traviesas, también gozaron de sus llaves. Porque en Trujillo  -a buen seguro que como en otras villas y ciudades- las llaves de la ciudad existían físicamente y eran la representación de la legítima potestad de quien poseía la ciudad, de quien gobernaba el concejo y tomaba decisiones sobre la ciudad y su alfoz.
    Así, en las pocas ocasiones en que la ciudad cambió de señor, otras arcas cerradas por otras llaves nos cuentan su utilización y simbología, asegurando su uso en todas y cada una de las puertas, formando parte de un ritual de entrega de las mismas y, con ellas, de la ciudad.
    En diciembre de 1440 llegaba a Trujillo Diego de Cogollos, alguacil de corte y procurador de don Pedro López de Estúñiga. Su mandato consistía en hacer cumplir la entrega de la ciudad a don Pedro, quien había recibido Trujillo a cambio entregar la villa de Ledesma, de la que había sido señor, al infante don Enrique, maestre de Santiago. Se confirmaba y ratificaba así la concesión que, apenas dos meses antes, había hecho Juan II a López de Estúñiga de la ciudad obligándose a compensarle por la devolución de Ledesma. Obligación que en diciembre se resolvía con la entrega definitiva al ahora conde de Trujillo de una ciudad que nunca aceptó de buen grado otro señor que no fuera el rey.
    Y sin embargo, la entrega a Diego de Cogollos aparece recogida en los documentos como tranquila, aceptada sin oposición por el corregidor y los regidores, por las comunidades judía y musulmana y por las aldeas de la tierra, visitadas en los días siguientes por Cogollos. 
Puerta de Santa Cruz, hoy de San Andrés

    El día 12 de diciembre de 1440 se dieron pregones en la plaza del arrabal, cerca de la iglesia de Santa María y en la plazuela junto a Santiago para que al siguiente día “todos los regidores e cavalleros e escuderos e ofiçiales e omes buenos de la dicha çibdad e su tierra se ayuntasen a conçejo so el portal de la yglesia de Sant Martín, que es en la dicha plaça del dicho arrabal, donde se suele e acostunbra ayuntar conçejo en la dicha çibdad”.
    Al día siguiente, martes 13 de diciembre, el pregonero Fernando Alonso hacía repicar en la iglesia de San Martín “la canpana que se suele e acostunbra repicar para llamar e ayuntar a conçejo en la dicha yglesia”. Y todos realizaron juramento y homenaje al nuevo señor de la ciudad “poniendo las manos sobre la señal de la cruz + e a las palabras de los santos evangelios”. 
    Luego llegó el momento. Diego de Cogollos, ahora corregidor de la ciudad en nombre del conde don Pedro, pidió “que le entregasen en nonbre del dicho señor conde las llaves de las puertas de la dicha çibdad”. 
    En la primera, “que dizen de Santiago”, inició el corregidor Cogollos su recorrido “de posesión” por la ciudad y “en llegado a la dicha puerta de Santiago çerró la dicha puerta con la llave de la dicha puerta en nonbre del dicho señor conde e después abrió e dexó abierta e llevó la llave de la dicha puerta consygo”.
    En la segunda puerta, la “que dizen de Santa Cruz”, volvió a repetirse el ritual. Cogollos la cerró con llave y volvió a abrirla, antregando su llave a Álvar González, hijo de Gonzalo Jiménez, para que las guardase ”en nonbre del dicho señor conde e que abriese e çerrase la dicha puerta de la dicha çibdad por el dicho señor conde e en su nonbre”. 
    Tras la puerta de Santa Cruz (hoy de San Andrés), quienes acompañaban a Cogollos se dirigieron a la puerta de Fernán Ruiz, cuya llave depositó el nuevo corregidor en Diego de Orellana mientras que guardaba para sí la llave que cerró y abrió la puerta de Coria.
    La última puerta entregada al nuevo señor fue la “que dizen del Sol e çerrola con la llave e después abrióla...e dio e entregó la dicha llave a Sancho de Paredes e mandole que la toviese e guardase en nonbre del dicho señor conde”.
    Entregadas las llaves, entregada la ciudad. Nuevo señor, dueño ahora de Trujillo, de sus puertas, de sus llaves. Señorío y potestad de abrir y cerrar. Llaves que debieron devolverse cuando a finales del año siguiente, 1441, el señor de Trujillo dejaba de serlo para convertirse en señor de Plasencia. 
    Llaves que mucho después recibió Felipe II en bandeja como símbolo de entrega, de fidelidad de la ciudad a su señor natural.

1583, marzo 10. Trujillo
Llaves. Que se haga un cordón muy bueno para las llaves que se tienen de entregar a Su Magestad y bayan en una fuente de plata dorada.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 592r. 

Fragmento de Rendición de Juliers. Jusepe Leonardo. Museo del Prado


16 de junio de 2025

Malditos, malditos, malditos

    Los archivos, las arcas, han celebrado su Semana Internacional resaltando la necesidad de hacerlos accesibles “eliminando los obstáculos físicos, digitales, lingüísticos o culturales”, mostrándonos las muchas formas en que la tecnología nos permite acceder y conocer los ricos tesoros documentales de los que, con celo y profesionalidad, son custodios. Porque la mayor parte de las viejas arcas, antes esquivas, están ahora abiertas generosamente y la accesibilidad y casi simultaneidad de consulta de varias de ellas que hoy nos permiten esas nuevas tecnologías, nos acercan, a todos, a documentos públicos y privados diversos y llenos de información.
    Documentos de vida y muerte, de poder y dominio, de trabajo y fiesta, de paz y guerra. Documentos que en una ciudad aseguran su funcionamiento, sus rentas y gastos, sus derechos, propiedades y privilegios. Documentos que son celosamente custodiados y que la ciudad no puede permitirse perder. 
    En febrero de 1718 la ciudad pleiteaba con la villa de Escurial. Se negaba ésta a pagar algunos de los derechos que exigía Trujillo, acusando también la ciudad a la villa de haber ocupado parte de su dehesa de Canchal y Parrilla. Era necesario sacar “del archivo los previlegios que la ziudad tiene y demás títulos que justifiquen la pertenenzia así de los montes de su suelo como del derecho de mrs. del salín y martiniega”. 
    En guarda de sus derechos no podía faltar ningún documento en el archivo y parecía que algunos se habían “extraviado” de forma maliciosa “reteniéndolos sin restituirlos a la ziudad y a su archibo”.
   …se an hechado menos de su archivo muchos privilegios, escripturas e instrumentos, así tocantes a el lustre de dicho ayuntamiento como a sus propios y rentas y otros pertenezientes a la livertad y exempciones de sus vecinos sin haverlos podido encontrar y se presume que los ocultan maliciosamente o que por descuido se retienen en los oficios de notarios o escribanos y no se restituien ni manifiestan, ocasionando en ello grave daño y perxuicio y no save quáles ni qué personas, con poco temor de Dios y en grave daño de sus ánimas y conziencias, an hecho y hazen la dicha ocultación y retención de dichos privilegios e instrumentos y no se nos restituyen…
    Por esas pérdidas se aseguró entonces el concejo de que estuvieran “en dicho archibo los papeles y libros que en él deben estar”, haciendo responsable al escribano decano de que “por ninguna manera ni acontezimiento ni por motibo ni causa, aunque sea la más urjente, se saque de dicho archibo libros ni papeles orijinales”. Un traslado del original, una certificación del escribano, habría de bastar “ya sea para en guarda del derecho de la ziudad” o por “solizitud de algunos de sus vezinos”. 
    No deberían salir “libros ni papeles” del arca y a ella deberían reintegrarse, “dentro de un brebe término”, los documentos retenidos en poder de particulares. Difícil tarea que se cometió al regidor don Juan de Orellana Pizarro y que cifraba en el castigo la esperanza de que quienes hubiesen sacado esos papeles, “maliziosa o no maliziosamente”, los reintegrasen, porque la ciudad no “savía otra forma como lo averiguar si no es por vía de zensuras”. 
Castigo divino, pena de excomunión que habría de conseguirse en Plasencia del provisor y vicario general de la diócesis, don Juan Ovejero de San Martín.
    Un año después, en el mes de mayo de 1719, en tres días festivos y en las misas mayores, justo antes del ofertorio, ante una vela encendida y una cruz cubierta por un velo negro, los curas de las iglesias de San Martín y Santa María leyeron a los fieles la carta general del vicario Ovejero, la exhortación que conminaba a los presentes a restituir los papeles "perdidos" o a declarar, en el plazo de seis días, cualquier conocimiento que tuvieran de quienes los pudieran tener. 
    Pena de excomunión y de castigos divinos que la carta expedida en Plasencia unas semanas antes recogía con detalle y que reproducía el contenido habitual, aquel que proclamara el salmo 109 del rey David.

1719, marzo 22. Plasencia
Y por nos visto, mandamos dar y dimos las presentes, por las cuales mandamos a los suso dichos, pena de excomunión mayor trina canónica munizione en derecho premissa, que dentro de seis días a el de la publicazión y lectura de estas nuestras letras en las iglesias de dicha ziudad de Truxillo a la misa mayor, al tiempo del ofretorio, le deis y restituiais al dicho don Juan de Orellana y Pizarro o los que de ello algo saveis, vísteis o entendisteis, quien lo sepa lo declare ante el cura de la dicha iglesia, a quien mandamos entienda en la restituzión de ello. Y dicho término pasado, con otros tres días más que les damos de venignidad, y los seis del primero término pasados y no lo cumpliendo, les declaramos por públicos excomulgados agravados y reagravados y les publiquen repicando las campanas y matando las candelas en el agua y diziendo que malditos sean los susos dichos de Dios nuestro señor y de santa María su bendita madre y de todos los santos y santas de la corte del zielo y digan todos amén. Maldito sea el pan, vino, carne y demás viandas que comieren y vevieren. El sol se les obscurezca de día y la luna de noche. Güérfanos se bean sus hijos y viudas sus mujeres y anden mendigando de puerta en puerta y no allen quien vien les aga sino mucho mal y daño. Todo quanto intentaren se les buelva al contrario, consumidos y destruidos se bean sobre el haz de la tierra como Sodoma, Gomorra, Datan y Virón y vengan sobre ellos las maldiziones contenidas en el salmo Deus Laudem meam ne ttacueris y les aperzibimos que si por espazio de un año se dejaren estar en dichas zensuras, les mandaremos remitir al Santo Ofizio de la Inquisizión como sospechosos de la fe.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 359. Cuentas 1719) 

    Ante tales castigos, ¿quién no rebuscaría entre sus papeles cualquier documento que, traspapelado o no, debiera volver al arca?.

31 de marzo de 2025

El Colegio de don Marcelino

    Con el cierre del Colegio Preparatorio Militar al inicio del siglo XX, terminó para los alumnos trujillanos la posibilidad de seguir los estudios de Segunda Enseñanza en la ciudad, sin tener que desplazarse a la capital de la provincia o a otras localidades que contasen con dichos estudios.
    Y aunque hubo en los años siguientes algún intento de recuperar dichas enseñanzas, intento que en algún momento nos contará el arca, lo cierto es que habrían de pasar algunos años más para que se instalase en la ciudad un colegio que, adscrito al entonces “Instituto General y Técnico” de Cáceres, estuviese autorizado a matricular alumnos de Segunda Enseñanza.
    El 30 de agosto de 1918, el entonces director del Instituto cacereño, don Manuel Castillo, recibía la documentación que don Maximino Martínez Cuesta, vecino de Plasencia y natural de Torrejoncillo del Rey, en Cuenca, presentaba con objeto de “abrir y establecer en Trujillo un Colegio de 2ª enseñanza incorporado a este Instituto”. Licenciado en Ciencias y con 56 años, don Maximino tenía una larga experiencia en la docencia como profesor y director en el Colegio de la “Purísima Concepción” de Plasencia. 


    En la calle Domingo Ramos, en el número 8, el nuevo colegio  tendría la denominación de “Nuestra Señora de la Victoria” e impartiría las asignaturas determinadas en el plan vigente de estudios de Bachillerato y contaría con el material científico y los gabinetes de enseñanza que el propio ayuntamiento trujillano le había cedido.



1918, agosto 20. Trujillo
Enseñanza. A D. Maximino Martínez Cuesta, Director del Colegio Instituto de Nuestra Señora de la Victoria, que se propone instalar en esta población para el próximo curso; se le cede el material científico del Excolegio Preparatorio Militar y que no sea necesario para las Escuelas Nacionales.
Dicho material científico le será entregado bajo inventario que formará la Comisión de Instrucción pública y disfrutará dicho Colegio en tanto que esta Corporación no acuerde destinarlo a otro centro docente o hacer uso de él.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1523.1, fol. 50r.)

    Con la figura de Maximino Martínez Cuesta dirigiendo el centro, también impartían las clases los trujillanos Práxedes Corrales Vicente (farmacéutico), Emilio Durán Mediavilla (médico) y Juan Terrones López (abogado) y los licenciados Tomás Martín Gil, Leonardo Ayala Moreno, Ramón Escalada Hernández, Juan Gallego Hernández y Manuel Sánchez Huelves, que ya le acompañara en el colegio placentino.
    Sin embargo, el momento elegido por Martínez Cuesta no fue el más propicio para comenzar el nuevo proyecto educativo en la ciudad y el motivo de su corta vida seguramente no fue la calidad de la enseñanza de tan escogidos profesores. Su andadura se inició con una epidemia, la gripe, que cerró los centros escolares durante algún tiempo. 
    A mediados del curso siguiente, en marzo de 1920, el centro cerraba de forma inesperada dejando a los padres de los alumnos matriculados preocupados por la continuidad de los estudios de sus hijos. Matriculados en el Instituto de Cáceres, su preparación para los exámenes del ya cercano mes de junio de 1920 desaparecía al cerrarse el colegio.
    Fue necesario buscar una solución que parece salió de don Marcelino González-Haba Barrantes y del profesor del colegio cerrado, don Práxedes Corrales Vicente. Hubo que crear con celeridad otro colegio “de cuya dirección se hace cargo don Marcelino González a quien los PP. Agustinos han cedido desinteresadamente local para las nuevas aulas”, contaba el semanario La Opinión, señalando a Corrales, Montero, Escalada, Marcos, Casillas, Beato y el propio director del semanario, Martínez Gala, como los profesores que en tales circunstancias aunarían sus esfuerzos “en la penosa tarea educativa que se imponen, en el deseo de que su trabajo tenga el sabroso premio de una satisfacción completa en el próximo Junio”.

1920, marzo 10. Trujillo
6º. Leída una instancia de D. Marcelino González, solicitando el uso del material de enseñanza entregado por el ayuntamiento al Colegio de Nuestra Señora de la Victoria que, según dicha instancia, había cesado en sus funciones, se acordó poner a disposición del solicitante expresado material para la continuación de estudios hasta la terminación del curso, tan luego como fuese devuelto por el director del colegio mencionado. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1524.1. fol. 14r.)

    Y la iniciativa, que tal vez se pensó temporal, dio paso a un nuevo centro educativo. De las aulas cedidas por los padres agustinos en el Colegio creado por doña Margarita de Iturralde, las clases pasaron al palacio del marqués de Albayda y la Conquista, en la plaza mayor, aulas en que un nuevo Colegio-Academia, denominado de “La Purísima Concepción”, iniciaba su andadura en el curso 1920-21. 
    De nuevo el ayuntamiento trujillano prestaba sus fondos educativos como ya lo había hecho con anterioridad.

1920, septiembre 14. Trujillo
6º. Se acuerda ceder en uso a D. Marcelino González, que como encargado de la dirección del colegio de 2ª enseñanza que va a establecerse en esta ciudad lo solicita, el material de enseñanza que es propiedad del ayuntamiento y éste tenga disponible, debiendo hacerse el correspondiente inventario de la entrega. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1524.1. fol. 52r.)


    Un nuevo centro en el que estudiar el Grado de Bachiller, los estudios del Preparatorio de Derecho, Filosofía y Letras, Medicina, Farmacia, Magisterio, Correos, Telégrafos “y demás carreras especiales”. Nuevos profesores que se irían sumando a González-Haba y Corrales: el médico trujillano, Agustín Sánchez Lozano, Adolfo Portillo García, Ponciano Manuel González, Francisco Luis y Cremades, Julio Gómez de Segura y Zúñiga y José de Unamuno y Lizárraga, hijo  del catedrático don Miguel.
    Pero ningún centro educativo estaría completo sin sus alumnos. Externos, internos y medio-pensionistas, el nuevo colegio les aseguraba “un amplio local, de inmejorables condiciones higiénicas y pedagógicas, profesorado competente…y material moderno de enseñanza”.  
    Para los internos, una “esmerada asistencia, alojamiento cómodo y alimentación sana y abundante” con café y leche o chocolate en el desayuno, “sopa, cocido, principio y postre al mediodía; pan y frutas del tiempo en la merienda de la tarde; y dos platos, uno más fuerte y postre por la noche”.

 
    Una sola alumna en los inicios (Blanca Míguez Paredes) y otros muchos compañeros que nacieron en Garciaz (Ángel Fernández Barbero, luego farmaceutico), Escurial (Pedro Mellado Cabeza, que seguiría la carrera militar), Plasenzuela (Romualdo Sánchez Bejarano), Puerto de Santa Cruz (Francisco Fernández Muñoz) o Casar de Palomero (Martiniano Morientes Hernández, que también estudio Farmacia). Pero la mayoría fueron jóvenes (niños) trujillanos que tuvieron en el colegio de don Marcelino la posibilidad de estudiar y vivir en su ciudad adquiriendo una formación que llevó a algunos a las facultades de Medicina (Ezequiel de la Cámara y Solís,  Antonio Míguez Paredes, Aurelio Conde Bazaga y Enrique Peralta Santiago), de Farmacia (Gabriel Solís Montero), de Ingeniería (Francisco López-Pedraza Munera) o el mundo del Derecho (Julián Guadiana Artaloytia, Miguel Núñez Secos, Tomás Pumar Cuartero, Andrés Cancho Bravo y Manuel Cortés Villarreal), que les abrió el deseo de emular a sus profesores en el mundo de la enseñanza (Tomás Quesada Cascos y Fernando Civantos Masa) y que seguro les hizo a todos mejores y más formados hombres y mujeres.
Fuente: Colección María Teresa Pérez Zubizarreta. Facebook. Fotos antiguas de Trujillo



8 de marzo de 2025

Los apuros de doña Inés

    Si las condiciones de dependencia y desigualdad de la mujer eran manifiestas a lo largo de la Edad Moderna, la muerte de cónyuges y familiares hacía que tantas y tantas mujeres sin historia tuvieran que afrontar, con una entereza y fortaleza nunca bien reconocidas, momentos aún más difíciles para ellas y para quienes, ya en ese momento, estaban bajo su tutela y cuidado.
Vernon Howe Bailey. Trujillo. 1926

    Porque para las mujeres la viudedad rompía su situación de dependencia pero también para muchas ese momento trágico las abocaba a la pobreza y el desamparo. 
    Cuando a su dote, casi su único patrimonio, no se sumaban bienes heredados de su esposo, y cuando no ejercían un trabajo que asegurase sus ingresos, la viuda pobre pasaba a depender de los suyos, de sus hijos e hijas, de la caridad de sus vecinos.
    Viuda, trabajadora y curadora/cuidadora de quienes la sucederán y no heredarán, porque nada tiene, doña Inés Donaire tenía a su cargo a sus tres nietos, José, Manuel y Francisco Cabelludo. Antes dependieron de su hija, doña Francisca Calderón, su tutora y curadora, porque así lo dispuso al morir su esposo, don Luis Martín Cabelludo, cirujano al servicio de la ciudad de Trujillo.
    Pero en 1769 doña Francisca ya no estaba para cuidarlos y su muerte hizo a doña Inés tutora oficial de sus nietos y a ellos se dedicaba con sus casi inexistentes recursos, “alimentando, vistiendo y dando escuela y estudio”.
    Eran escasos también los bienes heredados por sus nietos y las exiguas rentas que proporcionaban -“apenas podrán rentar anualmente cosa de trezientos reales poco más o menos”- y los altos precios de los mantenimientos que en esos momentos se sufría, animaron a doña Inés a recurrir a la justicia y presentar ante don Miguel Francisco de Zafra, alcalde mayor, una petición que aliviase sus estrecheces y necesidades y que le permitiera continuar y completar la educación y aprendizaje de los menores. Autorizarla a vender unas cercas propiedad de sus nietos aliviaría sus “cortos medios” y sus “continuados apuros” que parecía no podía remediar su trabajo. 

1769, julio 5. Trujillo
Antonio Martín Barroso, en nombre de Dª Inés Donaire, de estado viuda, vecina de esta ciudad, ante vuestra merçed, como mejor proceda, parezco y digo que por fallecimiento de don Luis Martín Cavelludo y de doña Francisca Donaire Calderón, su hija y su conjunta, quedaron a su cargo y tutelar cuidado los hijos menores que hubieron en el matrimonio, y como tal su abuela los ha estado y está alimentando, vistiendo y acudiéndoles con lo necesario, a fin de que puedan hir siguiendo su destino y aplicación, que el uno, sin embargo de ser de corta hedad, se halla en estudios maiores y los otros dos más pequeños en el ejercicio de primeras letras, y como la es forzoso el así hirlos sosteniendo, poniendo su industria y cuidado, pues aunque tienen dichos menores algunos vienes raízes, no alcanza su producto para los indispensables gastos, mácsime en el presente tiempo en que así el pan como lo demás necesario para el alimento se halla en subidos precios, por cuia razón permanece mi parte en continuados apuros, sin tener para remediarlos otra salida ni adbitrio que el disponer, si se le diese permiso a mi parte, para la venta de unas cercas que gozan dichos menores, inmediatas al arraval de las casas de Belén (...) la que aora se encuentra en proporción de poderse bender para remedio de los suso dichos, quienes en ello es ebidente y constante esperimentarán clara y conocida utilidad por quanto el producto de su benta se imbertiría en venefizio de dichos menores y remedio de su necesidad, que es el fin para que mi parte lo pretende, y salir al mismo tiempo de su aflición, en méritos de lo qual y ser notoria la estrechez, apuro y necesidad que padecen, que se podrá redimir y sentirían grande utilidad, con el judicial permiso para la venta de dichas alajas.
Suplica a vuestra merced se sirva, atendidas tampoderosas razones y circunstancias que van espresadas, que todas son verídicas, conceder a mi parte licencia judicial para que pueda celebrar la venta de las enunciadas cercas (...).y que el producto o efectos en que se vendisen se le haia de entregar para el fin que va espresado y poder suministrar el diario alimento a dichos menores (...)
                            Barroso (rúbrica)
Licenciado Zárate. Gratis (rúbrica)
                            Inés Donaire
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Lorenzo Tomás Grande Calderón. 1769, fols. 57r-58r)

    A las palabras de “estrechez, apuro y necesidad” que se recogen en aquella demanda tal vez hubiera que añadir las de fortaleza y determinación de quien, como doña Inés, se vió en su vejez convertida en cabeza de familia y sustento de sus nietos. 

27 de febrero de 2025

La victoria de Pavía

    Dicen que Carlos V celebró sus 25 años de vida en Madrid con calenturas. Un día de San Matías, 24 de febrero, que no merecería la pena recordar si no fuera porque mientras el monarca se reponía de unas pertinaces cuartanas que le dejarían “flaco y deshecho”, sus tropas derrotaban en Pavía a su “viejo” enemigo y rival, el rey de Francia, Francisco I, prisionero ahora de las tropas del emperador.
Jean Clouet. Retrato de Francisco I. 
Museo del Louvre

    Y aunque suponía una gran victoria para sus ejércitos y el predominio de su poder en el Milanesado italiano, cuenta el cronista que “ni dijo palabra, ni hizo muestra de placer” y que solo, en el oratorio de su aposento y de rodillas, “dio gracias a Nuestro Señor”, no consintiendo que se hiciesen fiestas en la Corte, “ni muestras de regocijo” y que eso mismo mandó hacer en el reino. 
    Al día siguiente, en el monasterio de Santa María de Atocha, oyó misa y sermón, mandando hacer procesión en acción de gracias por la victoria.
    Quinientos años después, estos días hemos podido ver cómo se recordaba la batalla y a sus protagonistas y no quiere el arca trujillana olvidarse de la efemérides y comprobar si Trujillo lo festejó y siguió el carácter de seriedad y gravedad que el monarca quiso dar a la alegría que supuso la derrota “y castigo de los mortales”.
    Trujillo recibió una carta en la que el monarca comunicaba a la ciudad la buena nueva, muy similar a otras muchas que el monarca remitió a ciudades y grandes del Reino en las que, con el pasar de los días, vemos cómo crecía el número de bajas del ejército enemigo y se reducían los muertos del campo imperial (apenas seis días antes, en la carta remitida al marqués de Denia se cifraban en 15.000 los muertos del campo francés y en 700 los caídos en las filas imperiales).

1525, marzo 21. Madrid
El rey
Conçejo, justiçia, regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiales e omes buenos de la çibdad de Trugillo. Ya sabeys como el rey de Françia, con muy grande exçerçito, pasó en persona a Ytalia con fyn de tomar e usurpar las tierras de nuestro ynperio e el nuestro reino de Nápoles donde avía enviado al duque de Albania con gente a lo conquistar e tenía çercada la çibdad de Pavía, agora sabed que el día de Sant Matías, que fueron veynte e quatro de febrero, día de nuestro naçimiento, aunque el dicho rey de Françia en tener su canpo en sityo muy fuerte e a su propósito no tenía voluntad de açetar batalla, fuele forçado, porque nuestro exérçito pasó no con pequeño trabajo a donde estava e asy la dieron. Plugo a Nuestro Señor, que sabe quan justa es nuestra cabsa, de darnos vitoria. Fue preso el dicho rey de Françia y el príncipe de Bearne, señor de Labrit e otros muchos cavalleros prinçipales e muertos el almirante de Françia e monsyur de la Tramulla e mosyur de la Paliza e otros muchos, de manera que todos los prinçipales que allí se hallaron fueron muertos e presos y escriven que de su canpo murieron más de diez e seys mil onbres e del nuestro hasta quatroçientos; por todo e dado e doy muchas graçias a Nuestro Señor e así se las devemos de dar todos porque espero que esto será cabsa de una paz universal en la Christiandad que es lo que sienpre he deseado, acordé de hazeros saber porque sé que os holgays tanto dello como es razón. De Madrid XXI días de março de mil e quinientos e veynte e çinco años.
Yo el rey
Por mandado de Su Magestad
Françisco de los Cobos (rúbrica)
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 16.3)

    Tres días después de la remisión de la cédula real, el concejo de Trujillo se hacía eco de la buena nueva comunicada por el monarca e indicaba que lo mandado por Su Majestad ya estaba cumplido, pues se habían celebrado en la ciudad los oficios religiosos para dar gracias a Dios por la victoria en Italia y también se habían hecho “proçesiones, como las avían hecho”. Pero eso sabía a poco y, quizás por no conocer los deseos del emperador de no festejar con fiestas ni regocijos, Trujillo celebró la victoria de Pavía como se merecía y como acostumbraba, con “alegrías” y toros en el domingo siguiente, con agasajo a los caballeros que viniesen a las fiestas y con pregones para que “todos los veçinos desta çibdad ençendiesen lumbres en sus puertas y ventanas”.
    Toros y colación que se sumaron a la procesión y que permitieron a los trujillanos celebrar “a su manera”, hace ahora quinientos años, la victoria en la lejana Pavía.

1525, abril 1. Trujillo
Fiesta y alegrías. Este día, los dichos señores mandaron que todo el gasto que se hizo en las alegrías que se hizieron por la nueva de la prisyón del rey de Françia, que el mayordomo dé cuenta ansy de toros como de colaçión e çera que se gastó en la proçesyón, que todo se pase en cuenta e se pague de los propios de la çibdad e ansy lo acordaron e mandaron todos los dichos señores unánimes e conformes. E que todo lo mandavan e mandaron librar todo lo que montare en ello segund el mayordomo lo diere por cuenta con juramento.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 15.7, fol. 263v.)

Bernard van Orley. La Batalla de Pavía. Museo de Capodimonte. Nápoles

30 de enero de 2025

Escudos e imágenes en las puertas de la ciudad

    En Trujillo, las puertas siempre fueron un elemento fundamental de la ciudad amurallada. Vanos defendidos por quienes vivían detrás de ellos y apetecidos por quienes, anhelantes, deseaban entrar para disfrutar de la ciudad, ya fuera en tiempos de paz o de guerra.
    Son las puertas espacios con doble mirada, desde una y otra de sus partes. En ocasiones se convirtieron  en férreas defensas hacia el exterior, cuando protegían a la ciudad de pestilencias y enemigos. En otras, su control y dominio representó un elemento más de poder y prestigio de algunas familias de la ciudad. También permitieron estrangular salidas y accesos al exterior para quienes no fueran familiares, deudos o cercanos de quienes se convirtieron en verdaderos cancerberos. Y entonces la ciudad abrió nuevas puertas -como la de San Juan o Palomitas- que en ocasiones, pasado el tiempo, fueron desapareciendo físicamente y de la memoria de los vecinos.
    Cuando los momentos de guerras y conflictos se alejaron, la ciudad se ocupó de que las puertas de su muralla siguieran cumpliendo su función de cierre y acceso a la ciudad alta, a la “villa”. 

1508, abril 23- agosto 11. Trujillo
Puertas de la çibdad. Diego de Orellana dize que tiene ygualadas cada carga de madera con Gonçalo Piçarro para las puertas de Santiago y la de San Juan y la de Santa Cruz y la de Hernán Ruiz a ochoçientos mrs. cada carga puesta en esta çibdad en el alhóndiga. Que se conpre lo que fuere menester.
Puerta Dalba. El alcaide de la fortaleza suplica le manden alçar la puerta Dalba para que pueda pasar carreta por ella porque es provechoso para la çibdad y porque está para se caer. Lo yrán a ver el señor corregidor y Gonçalo de Torres.
 (Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 9, fols. 118v. y 171r.)

    Puertas fuertes y altivas para las que, a finales del siglo XV, los pintores Alonso Gonzáles y Álvaro Ponce hicieron gala de su maestría. Y aunque el arca no nos deje ver el contenido de su obra, sí nos cuenta  la riqueza de su ejecución.

1498, enero 29-marzo 26. Trujillo
Pinturas. Libramiento. Retablos. Alonso Gonçález e Álvaro Ponçe, pintores, piden que les manden librar IIUCC mrs. que dixeron que montan en el terçio postrymero de los retablos de las puertas de la çibdad, que está fecho ya la obra e que los manden asentar que se ahuman en casa. Mandan que se faga cuenta con ellos e lo que se fallare que se les deve, mandan gelo librar en Gonçalo de Çervantes, mayordomo. 
Retablos. Que se entienda en hazer conprar çinquenta panes de oro que diz que son menester para acabar de dorar los retablos de las puertas de la çibdad. Que los conpre el mayordomo.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 6.8. Fols. 6v. y 39r.)

    Quizás la obra de ambos pintores fuese la que en 1519 sufría el deterioro que Gonzalo de las Cabezas señalaba en el ayuntamiento y que pronto la ciudad trataría de enmendar. 

1519, marzo 14. Trujillo
 Puertas. El veedor de las obras suplica a vuestras merçedes que manden renovar a señor Santiago y la cruz que está a la puerta de Santa Cruz, que está muy maltratado. Respóndesele que se verá. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 13, fol. 177r) 

1520, diciembre 31. Trujillo
Puertas. Este día, los dichos señores mandaron que se apregone quien quisiere pintar las ymágenes de las puertas de la villa y que se de a pintar.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 14, fol. 209r.) 

    Poco más nos cuenta el arca de estas puertas, de su aspecto y ornato, de las armas reales que en ellas declaraban una y otra vez el carácter de ciudad realenga de Trujillo, de los símbolos de poder y preeminencia de linajes y familias trujillanas cuyos blasones en piedra aún adornan las puertas de la cerca de la ciudad. Pero, como otras veces, otras arcas nos ayudan a contemplar lo que hoy no está en esas puertas y que otros, “por su persona y propia vista de ojos”, nos contaron.
    Acababa el mes de enero de 1544. El concejo de la ciudad había recibido a los primeros regidores cuyos títulos no se basaban en la elección de los linajes en el día de San Andrés sino en la compra a la Corona de tal merced. Bernardino de Tapia, del linaje Añasco, fue el primero, el 25 de enero, en presentar la provisión real que acreditaba su título de regidor y junto a él presentaba igual documento Juan de Solís, del linaje Bejarano. Un día después lo harían dos regidores del linaje Altamirano, Juan Cortés y Juan Pizarro de Orellana, éste representado por Juan de Herrera, en su nombre y con su poder al estar desterrado en ese momento de la ciudad y refugiado en su dehesa de Magasquilla. Tras ellos, en los días y meses siguientes, irían llegando los nuevos regidores y comenzando un litigio que duraría 6 años. ¿Dónde sentarse? ¿En qué orden? ¿A la derecha o la izquierda de la justicia? Sentados Bernardino de Tapia a la derecha del corregidor y Juan de Solís a su izquierda, parecía ponerse en peligro la preeminencia que los Altamirano siempre habían tenido en el cabildo (sentados a la derecha del corregidor y siempre los primeros en emitir su voto) en un nuevo orden que no lo respetaba. 
    En su protesta, el nuevo regidor Juan Cortés, Altamirano, tuvo claro su argumento. Solo había que mirar las puertas de la ciudad para darse cuenta del lugar y el papel que debían ocupar los Altamirano, conminando al corregidor Diego Ruiz de Solís a que acudiese a la puerta de Santiago, a la de San Juan y a la de Hernán Ruiz (hoy llamada del Triunfo), “onde hallará las armas de los tres linajes esculpidas en piedra todas de una forma”. 
Escudos de la puerta de Santiago


    El día 30 de enero de 1544 el corregidor Ruiz de Solís, junto a algunos testigos y el escribano
Florencio de Santa Cruz, se acercó a la puerta de Santiago “donde halló dibuxado un Santiago en una tabla pintada y metida en una caxa de piedra y al lado derecho las armas reales e baxo dellas un escudo de diez roeles y por detrás de la puerta estavan otras armas reales y baxo otro escudo con diez roeles que dizen que son las armas de los Altamiranos”.
    La más reciente de las puertas de la ciudad, la de San Juan, también lucía sus escudos y en ella el corregidor halló “una ymajen de Sant Juan en una tabla metida en una caxa y al lado derecho un escudo con un león y quatro cabeças que dizen son las armas de los Bejaranos y al lado yzquierdo otro escudo con una cruz en medio y quatro veneras a los lados que dizen que son de las armas de los Añascos y en medio como otro asyento para un escudo y ençima de la puerta las armas reales”.
    A decir de alguno de los testigos, el lugar central vacío que debía presentar las armas de los Altamirano (“como otro asyento para un escudo”) era algo intencionado y no podía explicarse sino por el deseo de algunos (“con dolo y malicia”) de quitar el escudo de los Altamirano de la puerta, donde antiguamente lucía, quizás en recuerdo de las razones por las que la propia puerta se creó.
    Por otros motivos, contaba García de Tapia, el hijo de Gómez de Tapia, los Añasco no estaban presentes en la puerta de la Vera Cruz (hoy de San Andrés). Se negaron a que su escudo se situase a la izquierda, “dyziendo que las armas de los Añascos avían de estar a la mano derecha de los Altamiranos, que avían de estar en medio”, petición que no fue aceptada y llevó a su procurador, Alonso de Tapia, a pedir que el escudo de su linaje no se esculpiese en la puerta. 
    Por último, el corregidor fue hasta la puerta de Fernán Ruiz, junto a la casa de los señores de Orellana de la Sierra, y allí de nuevo contempló los escudos de los linajes, las armas de la Corona y el retablo que lo adornaba. Un San Miguel que con San Juan, Santiago y una cruz dominaron y protegieron las principales puertas de la ciudad de Trujillo.
Puerta de Hernán Ruiz o del Triunfo


1544, enero 30. Trujillo
Y luego, el dicho señor corregidor fue a ver avido la puerta de Hernán Ruiz, que es entrada a la dicha çibdad, donde se halló en una caxa un Sant Miguel en una tabla y por baxo della estava un escudo en medio con diez roeles que diz que son las armas de los Altamiranos y luego a la mano derecha estava otro escudo con un león y quatro cabeças, que dizen que son las armas de los Bejaranos e al otro lado del, a mano izquierda, estava otro escudo con una cruz e quatro veneras, que dizen que son las armas de los Añascos, e por la otra parte de la dicha puerta, a la parte de fuera, estava un escudo con las armas reales. 
(Archivo General de Simancas. Cámara Real de Castilla. Legajo 516,7)


22 de diciembre de 2024

Y pasó el año 1915

    El año comenzó de forma muy parecida a su final, con tiempo revuelto. Si el 25 de enero la nieve cuajó en las calles trujillanas, aunque poco después la lluvia la hizo desaparecer, el 24 de diciembre, en la Nochebuena, un temporal de viento y lluvia hizo caer algunos árboles y partió el cristal y la esfera del reloj de San Martín, arrancando el minutero. En medio de esas dos fechas transcurrió un año, 1915, difícil para muchos trujillanos y con tantas penas y alegrías como el anterior y el siguiente.
    Mientras Europa se desangraba en una guerra que acabaría con la vida de gran parte de sus jóvenes, una España oficialmente neutral era incapaz de solucionar los dos grandes problemas que muchos españoles, sobre todo en las zonas rurales, veían complicarse año a año, la falta de trabajo y los elevadísimos precios de los productos más esenciales.
    Con un jornal diario que rondaba las 3 pesetas y 50 céntimos, muchos trujillanos, jornaleros los más, poco podían llevar a sus mesas cuando la docena de huevos se vendía en el mercado de la plaza a 1,75 pesetas y el kilo de carne de cerdo a 2,50 pesetas, lo mismo que el kilo de tocino y el litro de aceite. Y eso cuando había jornal que cobrar, porque con el mal tiempo, con el frío del invierno, los trabajos agrícolas escaseaban y no pocas familias trujillanas hubieron de recurrir al Comedor Popular que en la parte de atrás del Ayuntamiento Viejo repartía raciones de cocido para la comida y de arroz con bacalao o judías con patatas para la cena. 
    En los 60 días que el Comedor permaneció abierto entre enero y febrero (volvería a abrir en diciembre), unas 62.000 raciones salieron de sus ollas para las casas más necesitadas. Y cerró porque se agotaron sus fondos y no porque se agotaran las necesidades. 
    Los ingresos que mantuvieron ese comedor llegaron de otros muchos trujillanos a los que también afectaba la subida de los precios y a los que se impuso el incremento de su impuesto de Consumos para sostener ese reparto de comida. 
    En el año de 1915, el pago del impuesto de Consumos (impuesto sobre alimentos, bebidas y combustibles, la tasa central de los impuestos municipales) que muchos trujillanos debían pagar no tuvo las cuatro cuotas trimestrales de otros años. Para contribuir al mantenimiento del Comedor, ese año se pagaron seis trimestres y no porque el año se alargara hasta los 18 meses sino porque se impusieron dos pagos trimestrales “extras”, al inicio y al final del año.
    Aún con todas estas penurias, 1915 tuvo sus momentos de fiesta y bailes en los salones de las Sociedades (el Casino o el Círculo de la Amistad) o en los de “La Novedad”, “Liceo”, “La Perla”, “El Gallo”, arriba en la villa, o “La Gran Cervecería”. Ya fuera San Fulgencio, las Candelas, los Carnavales, la feria de junio o la de septiembre (la “feria del Cristo), la Virgen del Rosario o las Navidades, en Trujillo y Huertas de Ánimas se bailó y se disfrutó.
    Aunque no hubo capeas, los trujillanos asistieron a la Plaza de Toros para la novillada de feria (con Machaquito II y Palmeño ante la “espantá” de Camará Chico) y los festejos que aficionados y empleados del comercio organizaron casi siempre con fines benéficos (para el asilo, para la cárcel, para familias necesitadas, la reconstrucción de la iglesia de Herguijuela...).
    Por supuesto, en la feria de junio hubo teatro, una Compañía de Zarzuela y Opereta dirigida por José Talavera hizo las delicias de quienes adquirieron el abono para las 25 representaciones que ofreció la Compañía a los trujillanos. 
    Otros muchos disfrutaron también en el Teatro Principal de las tres Compañías de aficionados existentes en la ciudad, la Sociedad dramática que dirigía Dionisio E. Carretero, la “Juventud Artesana” y la “Sociedad Cómico-Dramática Artesana”. Esta última se constituyó ese mismo año, presidida por Antonio Santaolaria, e inició su andadura con un aplaudido “Don Juan Tenorio” que se estrenó el 19 de diciembre, amenizando los intermedios la Banda Municipal.
La Opinión. 1/6/1916
    Porque la ciudad tenía nueva Banda Municipal desde el año anterior y bien que disfrutaron los  trujillanos de los múltiples conciertos que en la Plaza Mayor o en el Paseo de Ruiz de Mendoza (entonces en plena ampliación para dotarle de un templete para la música) ofrecieron en cuantas ocasiones pudieron. Bajo la dirección de Francisco Durán Guerrero, los 43 integrantes de la Banda Municipal lucieron los uniformes que en el otoño del año anterior les confeccionó la sastrería de Agustín Moreno con el paño azul que el ayuntamiento adquirió en el establecimiento de los “Sres. Sanz Hermanos”, donde también se compraron las gorras que completaban su atuendo.
    En marzo se celebraron elecciones provinciales que pasaron sin demasiado interés, como lo demuestra el que la siempre criticada compra de votos resultara poco rentable para los que decidieron poner su voto en venta, “solo el abono del jornal” o “algún cigarrillo puro”. 
    Desde mayo estuvo expuesta en un zaguán de la calle Tiendas la maqueta que el escultor madrileño Rafael Galán Sánchez había presentado a la Comisión creada desde 1913 para levantar un monumento a Francisco Pizarro. La figura de bronce de Pizarro se alzaría sobre un pedestal colocado en el pilón de la fuente central de la Plaza Mayor. Gustó pero… no se hizo. 
La Opinión. 1/6/1916

    Un día antes de Todos los Santos, el 31 de octubre, domingo, Trujillo dedicaba a su Patrona, la Virgen de la Victoria, unas fiestas realizadas, según la prensa, con “decaído entusiasmo”. Novena, Salve, procesión por el atrio de San Martín y algunos bailes en los Salones de moda. 
    Algunas señoras trujillanas (doña Rosario Paredes, doña María Guillén y doña Margarita de Iturralde) se propusieron ese año revitalizar la gran fiesta religiosa que era la Semana Santa, también en plena decadencia. En su deseo de reorganizar la Cofradía de la Soledad, auspiciaron la adquisición de una nueva imagen que realzara la procesión del Viernes Santo. De “tamaño natural, de buena talla y colorido excelente”, flanqueada por ángeles en su cabecera y pies, la imagen de “Jesús yacente” que aún hoy recorre las calles de Trujillo en la noche del Viernes Santo salió de los talleres de "Arte Cristiano" de Olot (Girona) y causó sensación en la ciudad haciendo que la procesión que partió desde el templo de San Francisco fuera calificada de “hermosa, brillante y sublime”.  
La Opinión. 1/4/1915

1915, abril 1. Trujillo
Por la tarde, a las siete, saldrá de dicha iglesia la Procesión del Santo Entierro, recorriendo la carrera del año anterior y organizada en la siguiente forma: Abrirán la marcha una pareja de la Guardia Civil de caballería, siguiendo en torno suyo los niños con la cruces y a continuación la Banda municipal de música y Paso del Cristo yacente alumbrado por los caballeros asistentes, que se dividirán en dos filas, continuando los Pasos de San Juan, la Magdalena y la Soledad, acompañando las señoras y señoritas de la localidad y por último formará el Clero y Autoridades”.
(Archivo Municipal de Trujillo. Hemeroteca de prensa histórica digitalizada. La Opinión. Semanario Independiente. Jueves 1/4/1915, pág. 2) 

La Opinión. 1915
    No tocó la lotería en Trujillo ese año (el 48.685 llevó la suerte a El Ferrol) aunque algunos tuvieron la fortuna de que su papeleta coincidiera con algún “gordo”. Quienes recibieron una papeleta por su donación para el sostenimiento de las Clases de Enseñanza y Dibujo de la Sociedad de Socorros Mutuos “La Protectora” estuvieron bien atentos al sorteo de la Lotería del 11 de diciembre, esperando llevarse algunos de los tres “gordos” premios. El cerdo de 11 arrobas fue para el vecino de Huertas de Ánimas Francisco Delgado Mateos. El de 9 arrobas acabó en manos del maestro barbero Santiago Criado y el de 7 arrobas fue para el operario de la imprenta de La Opinión, José Corrales.
    Terminaba el año en el que Trujillo había rezado por el fin de la guerra europea, había dado la bienvenida a un nuevo obispo en la diócesis placentina y había visto los primeros “Libros de familia”.    
    Terminaba un año y todas las esperanzas se depositaban en el siguiente: que bajaran los precios y los impuestos, que hubiera más trabajo, que la plazuela de San Judas se empedrara, que Pizarro tuviera al fin su monumento, que hubiera mejor suerte y nuevos proyectos.

26 de noviembre de 2024

Los cortejos de los "cuerpos reales"

    La primera vez que Leonor de Austria, reina ya de Portugal, pasó por Trujillo, marchaba a Lisboa tras contraer matrimonio por poderes con Manuel I, viudo entonces de Isabel y María de Aragón, tías de Leonor. El jueves 11 de noviembre de 1518, pocos días antes de cumplir 20 años, la hija primogénita de Juana de Castilla y Felipe de Austria se detenía en Trujillo, de donde partiría el lunes siguiente, y la ciudad decidía agasajarla como solía, con toros.

1518, noviembre 11. Trujillo
Toros de fiesta de la reina de Portugal. Y ansí juntos, acordaron y mandaron que por quanto la serenísima señora reyna de Portugal a de estar en esta çibdad hasta el lunes y en otras partes se an hecho fyestas de correr toros, que mandavan e mandaron que el mayordomo haga traer seys toros para que se corran y maten el domingo.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 13, fol. 125r.)

    La última vez que Leonor de Austria, reina viuda de Portugal y Francia, pasó por Trujillo, en 1574, marchaba a El Escorial para que sus restos reposaran en el panteón que su sobrino Felipe quería dedicar a su dinastía. 
    En el invierno que dio paso a 1574, tres cortejos fúnebres recorrieron los caminos que llevaban al monasterio de El Escorial desde Granada, Mérida, Yuste, Valladolid y Tordesillas. 
    Con claras instrucciones recibidas desde la Corte (“he mandado ordenar el memorial o instrucción que se os enviará con esta”), tres obispos y tres nobles trasladaron los restos reales que habrían de ser depositados en el nuevo Panteón Real. 
    Desde Granada, el obispo de Jaén y el conde de Alcalá de los Gazules deberían llevar desde la Capilla Real a Yuste los restos de la emperatriz Isabel (fallecida en 1539), de los hermanos del monarca, Fernando y Juan (muertos en la niñez en 1530 y 1538) y de su primera esposa, la princesa María Manuela de Portugal (fallecida en 1545 en Valladolid y sepultada en Granada en 1549). 
    El prelado de Coria (la sede placentina estaba vacante desde la muerte, en enero de 1573, del obispo Pedro Ponce de León) y el conde de Oropesa serían los encargados de trasladar también a Yuste, desde la iglesia de Santa María la Mayor de Mérida, los restos de Leonor de Austria, sepultada en el templo emeritense tras fallecer en Talaveruela (luego Talavera la Real) en 1558.
Cenotafio de Carlos V y su familia. Carlos V, su esposa Isabel y sus hermanas María y Leonor.
Monasterio de El Escorial. Pompeo Leoni. Fuente: Patrimonio Nacional.

    Desde el monasterio jerónimo de Yuste, el obispo de Jaén y el conde de Alcalá, llegados desde Granada, trasladarían en un solo cortejo a El Escorial los “cuerpos reales” a los que se sumarían los restos del emperador Carlos.
    También desde Valladolid y Tordesillas, un obispo, el de Salamanca, y un noble, el marqués de Aguilar, llevarían al monasterio escurialense los restos de la reina María de Hungría (fallecida como sus hermanos Carlos y Leonor en 1558) y de la reina Juana, cuyo cuerpo sería entregado “a los dichos obispo de Jaén y duque de Alcalá que le han de llevar a Granada”, donde sus restos reposarían junto a los de su esposo Felipe y sus padres, Isabel y Fernando. 
    Etapas, acompañamientos y protocolos, honras y túmulos, ornamentos, misas, sufragios, hachas y velas, todo estuvo minuciosamente planeado y dispuesto para que los cortejos civiles y religiosos estuvieran a la altura de la dignidad de los “cuerpos reales”que acompañaban. 
    Mulas con las cabezas cubiertas con “caparazones de paño negro” portarían, “en los palos de litera que para ello estará aparejada”, los féretros envueltos en brocados blancos para los dos infantes, “por haber muerto niños”, y el resto en paños de terciopelo negro “y quando lloviere o nevare, se porná ençima de la litera el ençerado que se llevare”. 
Guardia de a pie y a caballo, frailes y “sacerdotes de misa”, gentiles hombres, criados reales y oficiales, constituían un cortejo que abría una cruz portada por un clérigo “clérigos vestido con su sobre pelliz”.
    Trujillo recibió dos de los cortejos con dos días de diferencia. Mucho antes de su llegada, el obispo de Coria escribía a la ciudad para que se aprestase a organizar todo lo necesario para recibir los restos de la reina de Francia.

1573, diciembre 7. Trujillo
Reçibimiento de la reyna de Françia. Este día se reçibió e leyó una carta del señor obispo de Coria en que avisa cómo por esta çibdad tiene de pasar el cuerpo de la reyna de Françia y para ordenar el reçibimiento y aposentos y la çera que fuere menester y lo demás, se cometió a los señores Pedro Mesía de Escobar y Hernando de Orellana, los quales respondan a el señor obispo. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 39, fol. 626v.)

    Todo estuvo listo para cumplir lo mandado por el rey y así lo comunicó Trujillo al prelado cauriense, Diego Tello de Daz,a el día 15 de enero a través de los dos comisarios nombrados el mes anterior, quienes habrían de notificarle “lo que esta çibdad hará en el reçebimiento de los huesos de la cristianísima reyna de Françia”, respondiendo a las instrucciones recibidas de Felipe II por el obispo cauriense: “y en los lugares prinçipales, el dicho Obispo y conde avisarán a los eclesiásticos, justicia y regimiento para que salgan en procesión con cruzes como se acostumbra rescebir los cuerpos reales y lo mismo harán quando salieren…”.
    Para tal recibimiento y despedida, era necesario repartir “lutos” y disponer el ceremonial que venía impuesto desde la Corte.

1574, enero 18. Trujillo
Reçebimiento de los cuerpos reales difuntos. Lutos. Este día se leyeron e obieron en este ayuntamiento dos cartas, una del duque de Alcalá y otra del obispo de Coria por las quales y por el traslado de la çédula de Su Magestad que enviaron, pareçe que por esta çibdad tienen de pasar y llevar los cuerpos de la enperatriz y otras personas reales que se traen de Granada y llevan a San Lorenzo el Real y así mesmo el cuerpo de la cristianísima reyna de Françia y se acordó que para los reçibimientos que se tienen de hazer, se saque y dé a cada regidor a siete varas de bayeta negra para hazer una capa y caperuça de luto a costa de esta çibdad y esto a los regidores que se hallaren presentes y no a los ausentes y a el alguazil mayor çinco varas y a el sesmero çinco varas y a cada escrivano de ayuntamiento, a cada uno çinco varas. Y que los señores Pedro Mesía de Escobar y Hernando de Orellana, comisarios, hagan prevenir los monesterios y cofradías y lo demás. Y se ynformen si será bien o no que los regidores lleven hachas de çera.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 39, fol. 637v.)

    Dos días tuvo que esperar la comitiva granadina en Santa Cruz de la Sierra para cumplir el deseo de Felipe II de que quienes desde Mérida trasladaban a doña Leonor de Austria llegasen a Yuste dos días antes que el resto de los “cuerpos reales”, para dar así ocasión de que en el monasterio jerónimo se celebrasen en honor de doña Leonor sus propias ceremonias. 
    Se sucedieron esos días visitas de cortesía a Santa Cruz para ofrecer en nombre de la ciudad al obispo de Jaén y al conde de Alcalá “el buen reçibimiento y lo demás que les parezca” y se libraron gastos que ocasionarían las dos comitivas. El cerero Francisco González, dispuso 48 hachas de cera para que ardieran en tal ocasión y Hernando de Mendoza trajo de los lugares de la comarca los bastimentos necesarios para alimentar a tan numerosas comitivas   .
    Esa semana no se reunió el concejo, quizás demasiado ocupado en completar y cumplir el ceremonial previsto. Dos túmulos se levantaron en la ciudad, uno quizás en la plaza y otro en el interior de la iglesia de San Martín, donde se llevaron a cabo los responsos y misas que estaban ordenados: “en los lugares donde se hiziere noche se porná el ataúd en la yglesia ençima del estrado que para ello se hará cubierto de paño negro y se colgarán dos paños de luto en las paredes de la tal yglesia a los lados del dicho cuerpo”, de lo cual se encargarían los oficiales mandados desde la corte. 
    El día de llegada, al poner en el estrado los ataúdes, estaba dispuesto que se les diría un responso “y quedarán algunos de los dichos religiosos y clérigos de noche en la tal yglesia con el cuerpo”, mientras que al día siguiente, antes de salir, se oficiaría una misa de requiem rezada o cantada. 
    Adornados los túmulos con los letreros y epitafios que realizó el escribiente trujillano Francisco Rodríguez, la ciudad supo estar a la altura de la dignidad de quienes por ella pasaron (vivos o difuntos) y honró los “reales huesos” como haría pocos años después cuando, con el mismo destino, el cortejo fúnebre de la cuarta esposa de Felipe II, su sobrina Ana de Austria, se detuvo en Trujillo.

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Bibliografía: María José Redondo Cantera: “Arquitecturas efímeras y escenografías funerarias para la última reunión familiar en El Escorial (1573-1574)”. O largo Tempo do Renascimiento. Arte, Propaganda e Poder. (2008). Pp. 691-742.

Inmaculada Arias de Saavedra Alías: “Exequias granadinas por reinas hispano-portuguesas. La emperatriz Isabel, la princesa María
y la reina Bárbara de Braganza”. Las relaciones discretas entre las Monarquías Hispana y Portuguesa: Las Casas de las Reinas (siglos XV-XIX). Vol. 3. (2009). Pp. 2043- 2083.