27 de noviembre de 2022

El entierro del obispo

     En el ayuntamiento celebrado en Trujillo el 23 de junio de 1747, presidido por el corregidor don Manuel Faustino de Salamanca, el escribano recogió la lectura de la misiva enviada a la ciudad por el nuevo obispo de la diócesis placentina, don Francisco de Bustamante. En ella, el hasta entonces obispo de Barbastro comunicaba su nombramiento como prelado de Plasencia,
“...ofreziendo a la ziudad el maior deseo de manifestar el singular gozo que tendrá en que se proporzionen muchas ocasiones de servir a la ciudad en quanto sea de su maior agrado (...). Y oido por la ciudad acordó que los señores don Antonio de Heraso Tapia y Paredes y don Juan de Orellana y Pizarro, comisarios de correspondenzias, respondan a dicho Ilustrísimo Señor dándole repetidas grazias por el obsequio y expresión que haze de su fineza y la enorabuena de su aszenso, ofreziendo su gratitud a el serbizio de su Ilustrísima”.
   Exquisitas maneras de cortesía por parte del nuevo prelado y del ayuntamiento trujillano que poco hacen pensar en los difíciles momentos de meses atrás en que se habían enfrentado las autoridades civiles de la ciudad y la autoridad eclesiástica de una sede entonces vacante.
  Porque, iniciándose el año de 1747, quiso la desgracia que el obispo de Plasencia, el agustino fray Plácido Baylés Padilla, falleciese de visita en la ciudad. A su lado estaba su pariente, mayordomo y testamentario, el presbítero Juan Bautista Zubiaur que seguirá las indicaciones que parece había dispuesto el obispo Baylés, quien al ver cercano su fin y ante los extraordinarios temporales de agua que sufrían estas tierras, que harían difícil el traslado de sus restos a la catedral placentina, había señalado que, temporalmente “su cuerpo fuese sepultado en la dicha parrochial de Sr. San Martín o en la de Santa María de esta ziudad”.
    A las seis de la mañana del día 22 de enero de 1747, el obispo recibía el sacramento de la extremaunción y su mayordomo organizaba todo ante lo que parecían ser los últimos momentos de fray Plácido. Se buscó infructuosamente en las boticas de Trujillo los bálsamos que permitieran la conservación del cadáver para su traslado a Plasencia al tiempo que se hicieron las diligencias necesarias para que un correo marchase a aquella ciudad e informase al Cabildo del riesgo extremo en que se hallaba el prelado. Pero nadie se encontró que quisiese desplazarse a Plasencia en medio de tales temporales y sólo al anochecer se pudo hallar persona que “a peso de dinero, se puso en camino con riesgo de su persona” para notificar ya la noticia del fallecimiento del obispo.
    Aunque la intención de su testamentario fue que el cadáver se trasladase a Plasencia, pronto comprendió que tal empresa resultaba imposible, y no solo por las lluvias “e intenperie de tiempos de arroios crezidos”. No habían pasado aún veinticuatro horas de la muerte del obispo y ya resultaba insoportable el olor que despedía su cadáver, “aunque se procuró moderar con algunos aromas”, siendo así que “ni las comunidades pudieron mantenerse en dicha pieza para cantar el ofizio”.
Escudo del obispo Baylés


    En la mañana del día 24 de enero de 1747, en la iglesia de San Martín, “en un entierro gueco fabricado nuevamente en el llano del altar maior” y en un féretro cerrado con llaves que guadó el teniente de cura de la parroquia, don José Jerónimo de Ullauri, fue depositado a toda prisa el cadáver del prelado iniciándose entonces un difícil proceso en el que chocarían ambas autoridades, civiles y religiosas. Porque llegada la noticia a Plasencia, el mismo día 24 de enero el vicario general de la diócesis comisionó al presbítero Nicolás Muñoz y Soto para que, tras desplazarse a Trujillo, junto al vicario de la ciudad, fray Antonio Rubio Zamorano, recogiese el cuerpo del obispo y lo trasladase a la catedral placentina donde habría de recibir sepultura, “y en caso de que estubiese enterrado, le hiziese desenterrar, vestir y poner en dezente caja, señalando personas de su satisfaczión para el resguardo de dicho cadáber en el camino”. Y este es el problema, porque en Trujillo, al día siguiente, las autoridades eclesiásticas reclaman cumplir este mandato y las civiles, el corregidor, se niegan en redondo a permitirlo. 
    Conseguidas las llaves, el vicario de Trujillo acude a San Martín y reclama la presencia del carpintero que fabricó el ataúd en que descansaba el obispo, Juan Cabos, y del maestro albañil que realizó su sepulcro, Alonso Vicioso, a quienes ordena levantar la piedra que cierra el enterramiento. Ambos lo tuvieron claro. ¡Ni por dos doblones de a ocho harían tal cosa!. Ya les había resultado tarea penosa el propio entierro y para cerrar y encalar las piedras del sepulcro hubieron de taparse las narices. De abrirse, siquiera una de las piedras, dijeron, “se orijinaría el que en la referida iglesia de señor San Martín no podría zelebrarse el siguiente día ni otros ni entrar persona alguna en ella por el mal olor y fastidio que había de causar”. 
    Informado de todo ello el vicario general de la diócesis, el día 27 de enero reitera la comisión y mandato para exigir, bajo la amenaza de censuras eclesiásticas, la entrega del cuerpo de fray Plácido y de nuevo el vicario trujillano, al día siguiente, se encontrará con la negativa primero de quienes han de llevar a cabo su extracción del sepulcro, porque ni Alonso Vicioso ni Juan Cabos están dispuestos a realizar tal labor ni siquiera bajo la amenaza de excomunión, porque, “de hazerlo se ponían en riesgo de perder la vida, a causa del mal olor que expediría dicho cuerpo” y mover las sesenta arrobas de la losa que cubre el sepulcro podría hacer “que ésta luego que se menee por estar pendiente de cada lado como tres dedos, tiene la contingenzia de caer sobre el cuerpo y estriparse, de que prozederá más fector y produziría más daños”.
    El siguiente en ser requerido fue el propio corregidor, don Manuel Faustino de Salamanca, con la intención de que obligase a Vicioso y Cabos a cumplir lo que el vicario les exigía. Nada consiguió del corregidor, quien solicitó se suspendiese lo pedido desde Plasencia ya que mover el cadáver del prelado podría ser dañino para la salud pública, causando “espezie contaxiosa de peste en los vezinos y las infaustas consequenzias que infaliblemente se seguirían”. 
Capilla de las reliquias, financiada por el obispo Baylés. Catedral de Plasencia.
https://lavozdeplasencia.blogspot.com/2018/12/altar-de-las-reliquias.html

    No desistió el Cabildo en su empeño y sabiendo que no encontraría apoyo en Trujillo para trasladar a Plasencia los restos del obispo, decidió que los canónigos Pedro Sobrino y Gabriel López llevasen consigo a Trujillo a Joseph Garrón, “carpintero, e albañil y peón de la iglesia, con todos sus pertrechos para que sacasen el cuerpo de S.I. del lugar de donde le havían puesto”.
    La autoridad civil se impondrá de nuevo y en esta ocasión por la fuerza. Informado el corregidor de las intenciones del Cabildo placentino, ordenó sitiar la iglesia de San Martín “con mucha gente y soldados con bayoneta calada para que no sacasen el cuerpo”. 
    No conseguido su propósito, el Cabildo actuará como si el prelado hubiera sido enterrado en la catedral (“le hicieron su novenario de onrras, que empezó el día 7 de febrero y se concluió en 16 del mismo mes y año dicho”), donde finalmente reposaría tras el traslado de sus restos en mayo de 1751.
    Por su parte, el corregidor procedió a dar sus poderes a quien pudiera representarle ante el Supremo Consejo de Castilla, explicando las razones de su actuación y pidiendo se le librase de los castigos eclesiásticos que su proceder le habían acarreado.

1747, enero 30. Trujillo
Poder que da el Señor Don Manuel Faustino de Salamanca.
En la ziudad de Truxillo en treinta días del mes de henero de mil setezientos quarenta y siete, ante mi el escrivano público y testigos, el señor don Manuel Faustino de Salamanca, correxidor capitán a guerra y superintendente de rentas reales de esta dicha ziudad, su Partido y tesorería por Su Magestad dijo: que por quanto el día veinte y dos de henero de este presente año murió en esta ziudad, pasando de tránsito por ella, el Illmo. Señor Don fray Plázido Vailes y Padilla, obispo que fue de la ziudad y obispado de Plasenzia, en el que se halla comprehendida esta ziudad, cuio cadáver fue sepultado en la iglesia parrochial de esta ziudad el día veinte y quatro de el propio mes a cuio tiempo, por el motibo de averle entrado corruczión que causó el aczidente que le acavó la vida, expedía de sí el cadáver tal fector que se hazía intolerable, y que entendido dicho señor de que en el veinte y siete de dicho mes se procurava trasladar el cuerpo a la Santa Iglesia Catedral de la ziudad de Plasenzia, para venir en conozimiento de si tal echo podía sobrebenir algún perjuizio a la salud pública, por acto que proveió parezer ante sí los médicos zirujanos titulares de esta ziudad, quienes conformes declararon que de hazer dicha remozión de cadáber estava expuesto a sobrebenir una epidemia y de ésta resultar una jeneral peste, por lo que dio su señoría varias providenzias para evitarlo, como tan de su propia inspeczión por el empleo que ejerze y en este estado fue requerido por el señor vicario, juez eclesiástico en esta ziudad, para que prezisase a los operarios que fabricaron el sepulcro donde existe dicho cadáver, para que levantasen las piedras que le zierran, a causa de negarse éstos temerosos de perder la vida a la violenzia del fector que de sí esperimentaron arrojava a el tiempo de su zierro, el que no fue cumplimentado por las dichas razones; y en atenzión a no aver sido éstas sufizientes, aunque tan poderosas, para detener los prozedimientos, antes bien se a continuado en ellos hasta aver llegado a promulgar zensuras dirijidas contra su señoría y algunos de sus ministros, sobre que tiene protestado el real ausilio de la fuerza, por evitar tan melancólicos suzesos como se esperimentarían llevando adelante tal echo, en que se prozede en virtud de comisión de el señor provisor de la ziudad y obispado de Plasenzia sede vacante, por lo que otorga que da todo su poder cumplido bastante el que de derecho se requiere y es nezesario mas puede y debe valer a don Françisco Pueio, tesorero de los Reales Descargos, vezino de la villa y corte de Madrid, para que en nombre de su señoría y representando su propia persona pueda comparezer y comparezca ante Su Magestad (que Dios guarde) y señores de su Real y Supremo Consejo de Castilla y se queje de los prozedimientos de los referidos juezes eclesiásticos y sus comisionados por vía de fuerza y pida se libre la ordinaria para que se alzen y levanten las zensuras que se hallaren impuestas en razón de lo que aquí ba dicho y que, sin ignovar en el estado que estubiesen los actos, se remitan a dicho superior tribunal y que en él se declare azer fuerza el eclesiástico en el echo de la remozión de dicho cadaver, como en aver impuesto las dichas zensuras, y que los prozedimientos de su señoría an sido justos y arreglados con respecto a lo que deve obrar en venefizio de la salud pública y que en el interin y hasta tanto que sin perjuizio de ésta pueda ejecutarse dicha remozión, se suspenda; y para ello presente pedimientos memoriales y todo jénero de instrumentos y haga quantos autos y dilixenzias correspondan (...) Y así lo digo y otorgo siendo testigos don Antonio Vizente Chavarría, alguazil maior de esta ziudad, Juachín de Loiola y Antonio Calderón Vejarano, vezinos de esta ziudad y el señor otorgante a quien yo el escrivano doi fee conozco lo firmo. =enmendado= c=c=vale=

Don Manuel Faustino de Salamanca (rúbrica)  

Ante mi Juan Pozo Cotrina (rúbrica)

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Juan Pozo Cotrina. 1747. Fols. 61r-62v.)


Fuentes:
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 230/23
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 129/10. Notizias de los señores Obispos de esta ciudad de Plasenzia. 
González Cuesta, F.: Los Obispos de Plasencia. (2013). Pp. 517-521



5 de octubre de 2022

A la feria de Zafra

    Quizás no recordase a todos, pero Diego de Orellana de Chaves debió conocer a algunos de los esclavos que su abuelo Nuño poseía en su casa de la plaza de Trujillo. Nuño García de Chaves compró a Juan “el negro” en Zorita en 1505 y pagó por él 10.000 mrs., casi tanto como le costaron Catalina, comprada en Zafra en 1511, y Cristóbal “el negro”, que llegó ese mismo año a su casa adquirido a un portugués. Juan “el negro” ya era esclavo en Trujillo cuando Nuño García de Chaves se lo compró a Diego de Orellana por algo más de 12.000 mrs. y de nuevo fue un comerciante portugués quien le proporcionó el último de los esclavos que conocemos de su casa, Francisco “el negro”, por el que pagó 9.000 mrs. en 1528. 
B.E. Murillo. Tres niños.
Dulwich Picture Gallery
    En estas adquisiciones de personas esclavizadas se nos muestra claramente el diverso escenario en que tienen lugar su comercio: la propia ciudad, la comarca, los mercaderes portugueses y las ferias, destacando en ellas las que se celebraban en junio y septiembre en Zafra. 
    Era Zafra, como nos señala Rocío Periáñez Gómez, el principal centro esclavista de Extremadura por su posición geográfica y sobre todo por sus ferias, “punto de encuentro de mercaderes portugueses, extremeños y andaluces” 

“atraían a gentes de todos los puntos de la Península para realizar sus negocios, constituía un referente para los mercaderes especializados en el tráfico de esclavos que mostraban su mercancía a los clientes “a la vista y contento del comprador”, efectuando sus ventas en la plaza pública, en la plaza nueva, en la audiencia pública, a la reja de la cárcel pública, en mesones...”( Periáñez Gómez, R. (2010). Negros, mulatos y blancos: los esclavos en Extremadura durante la Edad Moderna. P. 170).  
    
    Por eso, cuando Diego de Orellana de Chaves decidió vender a Isabel, su esclava, pensó en Zafra, en su feria y allí mandó a su criado Pedro de Arévalo (de color moreno) confiando en su criterio para obtener el mejor precio o la mejor mercancía (humana o no) que pudiese recibir a cambio. 

1578, junio 19. Trujillo 
Poder de Diego de Orellana de Chaves para Pedro de Arévalo Sepan quantos esta carta vieren cómo yo, Diego de Orellana de Chaves, veçino de la çiudad de Trugillo, otorgo y conosco que doy e otorgo todo mi poder cumplido, libre, llenero y bastante y el que de derecho en tal caso se requiere para más y mejor valer, a Pedro de Arévalo, mi criado, de color moreno, speçialmente para que por mi y en mi nonbre pueda vender y venda a Teresa mi sclava de color mulata y de edad de treinta años y con su cría a la persona que quisiere en la feria de Çafra y en otra qualquiera parte que quisiere por el preçio de mrs. que le fuere bien visto e reçibir el preçio de mrs. en que la vendiere y darse por contento y pagado dello e otorgar carta de venta en forma ante qualquier escrivano público con las fuerças, vínculos e firmezas de derecho nesçesarios y con obligaçión de mi persona e bienes e rentas e sumisión de fuero y leyes (...). E asi mismo le doy el dicho mi poder para que la pueda trocar por otro esclavo o por otra qualquier presea y alhaja, que siendo por el dicho Pedro de Arévalo hecho yo lo apruevolo (sic) y ratifico desde agora para entonçes y de entonçes para agora, que para ello le doy el dicho mi poder con sus ynçidençias y dependençias y con libre y jeneral administraçión para en todo lo que hiziere, otorgue y cobrare e obligo mi persona e bienes. En testimonio de lo qual otorgué la presente carta en la manera dicha por ante escrivano público y testigos de yuso contenidos, que fue hecha e otorgada en la dicha çiudad de Trugillo a diez y nueve días del mes de junio del año del nasçimiento de nuestro redentor Jesucristo de mil y quinientos y setenta y ocho años. Testigos que fueron presentes, don Antonio de Mendoça y Carlos de Orellana y Diego Gutiérrez, veçinos de Trugillo, y el dicho otorgante que yo conosco lo firmó de su nonbre en esta manera. Va enmendado, poder. Va entre renglones, con su cría. Pasó ante mi Pedro de Carmona, rúbrica. Diego de Orellana de Chaves (rúbrica) 

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1578, fol. 102v.)

12 de septiembre de 2022

El resurgir de las fiestas. Las historias de 1920

    1920 no fue un año tranquilo. Todos deseaban olvidar los tristes momentos que la gripe de los dos años anteriores había traído. Aunque no fueron tantas las muertes como en otras localidades comarcanas, el luto aún se dejaba sentir en algunos hogares trujillanos. 
    Sin embargo, otros fueron los problemas y pesares que la ciudad vivió aquel año. Algunos ya conocidos como la langosta, que arrasó campos y destruyó cosechas allí donde no se trabajó en su extinción durante la primavera, o los escasos jornales que la economía trujillana ofreció a los más de 300 jornaleros en paro que tenía la ciudad. 
    El año comenzó con un nuevo colegio. Las clases en el nuevo centro creado por doña Margarita de Iturralde arrancaron con cinco padres agustinos y 140 niños que llenaron de vida parte del edificio que acogió antes al Colegio Preparatorio Militar, continuando las obras en la iglesia para poder inaugurar oficialmente el colegio.
    En febrero, los carnavales fueron un buen momento para olvidar pesares, aunque para algunos la supresión en Trujillo de las capeas había sido la muerte de una celebración que parecía reducida a la comparsa de los “Murguistas” y una estudiantina de Huertas de Ánimas. Los soportales de la plaza se vieron muy concurridos así como los bailes del Casino, de la sociedad La Amistad (con pocos disfraces y muchos mantones de Manila lucidos por las jóvenes artesanas) y los que se celebraron en los salones del Liceo y en La Novedad, salón este último al que los trujillanos conocían por “la cacerola”, lleno en sus bailes de esos días.
    Luego llegaron los quintos con sus músicas y rondas y en Trujillo se habló del “prófugo” a su pesar. Visto que a su hijo no se le citaba como a los demás quintos trujillanos, Juan Rodríguez se presentó en el ayuntamiento donde le comunicaron que Juan Manuel Rodríguez González, su hijo, se había sorteado el año anterior y que, tras no presentarse, se le había declarado prófugo. Porque al barrio de Santo Domingo había ido en 1919 el alguacil municipal con las papeletas de la citación pero nadie supo darle razón del tal Juan Manuel ni de sus padres, registrándole como “ignorado” o “desconocido” y por tanto declarado prófugo. Y los trujillanos lo tuvieron claro: ¡qué diferente hubiera sido si en vez de preguntar por Juan Manuel, el alguacil hubiese buscado razón de “Monja Boba”, el cantero, porque entonces “hasta los perros hubieran dado razón”! 
Resultados de las elecciones municipales
Fuente: "Voz Regional". 12/2/1920
    También fueron temas de tertulias y corrillos el cierre del colegio de 2ª Enseñanza “Nuestra Señora de la Victoria” que dirigía don Maximino Martínez Cuesta (que obligó a crear con celeridad un nuevo colegio para acoger a sus alumnos, esta vez bajo la batuta de don Marcelino González) y sobre todo las nuevas candidaturas que en febrero se presentaron a las elecciones municipales. Por segunda vez en lo que llevaban de siglo, “el elemento obrero” -como en 1905- deseaba llevar a sus representantes al Ayuntamiento, como también otros miembros de la sociedad trujillana no integrada en los partidos “tradicionales” e identificados como “regionalistas”. 
    El primero de abril, Jueves Santo, antes de que la Procesión de los Pasos recorriera las calles trujillanas, se constituyó el nuevo consistorio, con cinco concejales regionalistas, tres obreros y un liberal-demócrata. Un nuevo alcalde, Adrián Durán Mediavilla, presidiría el consistorio que trasladó la celebración de sesiones de los jueves a los domingos, a las 11 de la mañana, para que no supusiera perjuicio económico a sus integrantes.
    La Sociedad de Socorros Mutuos La Protectora, rindió homenaje en mayo a su fallecido Presidente Honorario, don Jacinto de Orellana-Pizarro y Avecia, con la placa que en mármol blanco labrara el marmolista Paredes y que hoy sigue recordando el acto en el palacio donde naciera el XI Marqués de Albayda con palabras de gratitud.
Placa en homenaje al Marqués de Albayda
Palacio de la Conquista. Trujillo
“La Sociedad de
Socorros Mutuos
“La Protectora”
A su Presidente Honorario
Excmo. Señor
D. Jacinto Orellana 
y Avecia
Marqués de Albayda
en testimonio de gratitud
Nació en esta casa el 13 de Febrero de 1841 
+ en Madrid el 4 de Noviembre de 1919
Trujillo y Abril 1920”
    Nada diferente hubo en las celebraciones de la feria: malos toros (de Joaquín Castillón) en opinión de algún crítico, flojos toreros (Julio Gómez “Relampaguito”, Félix Merino y Manolo Belmonte “Belmontito”), buen teatro (con la compañía de Luis del Llano y María Banquer como primera actriz) y conciertos de la banda municipal en las noches frescas de un Trujillo que una y otra vez se quejaba del escaso arbolado de la ciudad una vez arrasado el espacio verde del Paseo de la Exposición, cedido años atrás al Ministerio de la Guerra para sembrar alfalfa con motivo de la instalación de la Yeguada Militar, de corta vida en Trujillo. Se sacrificó entonces una preciosa alameda y solo el paseo de la carretera de Cáceres, el jardincillo del Campillo, el del Casino y los triángulos del paseo de Ruiz de Mendoza ofrecían refugio en los calores estivales haciendo del árbol en Trujillo “planta exótica”.
    Aunque pudiera parecer una feria más y que nada alteró los festejos, no fueron días tranquilos. Huelgas y movilizaciones se sucedían cerca y lejos de Trujillo y el motivo era el mismo en los últimos años: quejas por los bajos salarios y por el alza continuada de precios de alimentos y otros productos que se producía desde 1914 y que este año de 1920 alcanzaría sus más altos niveles. Con jornales diarios de 3,25 pesetas, ¿cómo adquirir lo necesario para alimentar a las familias? 
    Se pedía reducir los precios o fijar valores máximos para los productos de primera necesidad y fue esta una preocupación constante del ayuntamiento trujillano, adquiriendo grano suficiente para abastecer a la ciudad de pan a precio asequible. Igualmente interesante fue la labor de la “Sociedad Cooperativa de Consumos”, presente en la ciudad desde 1906, que ofrecía a sus asociados la mayor reducción posible en el precio de ”coloniales y ultramarinos”.
    Si en Béjar, Hervás o Plasencia las manifestaciones populares habían conseguido rebajar los precios en artículos de comer y vestir, en Trujillo se esperó lo mismo cuando una manifestación, numerosa y pacífica, de mujeres de Huertas de Ánimas se presentaron en la plaza el sábado 30 de mayo por la tarde, exigiendo que la autoridad municipal obligara a reducir precios de artículos de consumo y vestir. El comercio de tejidos y calzado, asustado, cerró sabiendo que el enfado se dirigía contra ellos y así permaneció el lunes por la mañana, primero de junio, dado que la reunión de la junta de Comercio que se celebró el domingo por la tarde no condujo a nada concreto, aunque los comerciantes se comprometieran a fijar precios máximos para sus artículos. Cuando todo estaba listo para que comenzara la feria, la Guardia Civil patrullaba por la plaza, la calle García y los caminos a Huertas de Ánimas, tranquilos durante los días de feria pero que volvieron a llenarse el 7 de junio llevando de nuevo la protesta a la plaza y al ayuntamiento.
Fuente: "Voz Regional"

    Para los comerciantes trujillanos, las rebajas exigidas en los precios no harían sino tapar y alargar un problema que se vería incrementado cuando los productos de la nueva temporada llegaran a sus establecimientos desde los centros productores, fábricas e industrias,  con mayores precios por el alza de impuestos y mayores gastos en materias primas y mano de obra y así se lo hicieron saber por telegrama al Presidente del Consejo de Ministros.
    No, no fue un año tranquilo 1920. Los trujillanos lo recordaron por muchos y variados motivos. La muerte del torero Joselito el Gallo, mucho más comentada que la de Benito Pérez Galdós o Eugenia de Montijo, la nueva fábrica de hielo de la calle de las Cruces, las patatas, ¡que llegaron a estar a 0,60 pesetas el kilo!, y sobre todo las fiestas de su patrona. Porque ese año algunos trujillanos se propusieron (con el empuje del sacerdote don Antonio Orozco Campomanes) que la celebración de las fiestas en honor de la Virgen de la Victoria abandonara de una vez por todas esa “crisis de tibieza” que las había caracterizado desde 1892.
    Fiestas religiosas y populares que, cuando acababa octubre, exigieron una perfecta organización que estuvo en manos de trujillanos, tanto en su financiación como en su desarrollo.
Se constituyeron tres Comisiones que tuvieron como objetivo las celebraciones religiosas, las cívicas y la beneficencia, porque así lo pedía la situación de muchas familias trujillanas.
Fuente: AMT. Leg. 1335.2

Hubo novena predicada en San Martín con orquesta y cantores, la carpintería de Santos Muriel, Correa y Galavís arregló el templete de la Virgen y Reyes Jiménez se encargó de que la iglesia luciera como nunca, preparó las andas para la imagen y construyó un altar en la plaza para la celebración del día grande. 
    Los coches de la compañía “Chueca y Marroquín” trajeron desde Cáceres a la banda de música del Regimiento de Infantería “Segovia 75”, alojados en la fonda “La Madrileña” de Timoteo Yuste, en San Miguel. 
    
Fuente: AMT. Leg. 1335.2

José Cuadrado levantó los arcos que adornaron la plaza con faroles y guirnaldas comprados en Madrid en la afamada tienda de Vicente Rico, desde donde también llegaron cohetes de silbido y final de luces, fuegos de copas encantadas y otras diversiones que iluminaron la noche trujillana tras el canto del Himno-Salvo y que se completaron con los cohetes voladores que se adquirieron en la calle Tiendas, en el comercio “Viuda de Antonio Sáez”.  
    El Teatro se preparó para acoger la velada literario-musical que tuvo lugar el domingo 31 y Diego Barquilla tuvo que trasladar el piano del “Liceo” para su uso en la velada.
    Las cucañas del domingo tuvieron premios interesantes (¡hasta 5,25 pesetas se pudieron conseguir!) y de ello se encargó Valentín Lozano Beato. 
    Hubo puja y sorteo, con un apetecible premio según figuraba en las papeletas:
“La Comisión de fiestas religiosas dedicadas a nuestra Patrona la Virgen de la Victoria, regala un billete de CIEN pesetas”. 
    ¿Qué trujillano no soñaría con hacerse con el preciado billete por tan solo 25 céntimos? Se vendieron 1465 papeletas de las 2000 que se imprimieron en la imprenta “Sobrino de Benito Peña” y el número 208 trajo la fortuna.
    Procesión, verbena, elevación de globos grotescos, explosión de bombas japonesas con sorpresas... Y reparto de alimentos, porque algunos trujillanos necesitaban de la ayuda de sus vecinos. Sí, fueron unas buenas fiestas.

 1929, noviembre 30. Trujillo

Beneficencia. Carpeta nº 1
                            Por partidas  Totales
Explicación                        Pesetas      Pesetas
1. Satisfecho a la Cooperativa de Consumos, por 400 panes,
     52 kgs de bacalao; 104 kilos de arroz y 2 ovillos de guita        430,60
2. Id. a D. Juan Cruz, por 112 panes           54,58
3. Id. a D. Valeriano Porras, por 112 panes                   54,58
4. Id. a D. Florencio Palacios, por 208 kilogramos de patatas   58,24    598,60

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1335, carpeta 2. Cuentas 1920)

    El 30 de noviembre se cerraron las cuentas. Cuatro carpetas en las que las comisiones de Beneficencia, Fiestas religiosas y Fiestas cívicas (además de gratificaciones varias) dieron cuenta de todos y cada uno de los gastos realizados en esos días.
    Los ingresos estaban claros, 3526 pesetas con 25 céntimos, conseguidas en su mayor parte por aportaciones de los propios trujillanos.

1920, noviembre 30. Trujillo

                                            Cuenta de cargo
                                Por partidas Totales
Explicación                           Pesetas     Pesetas
1. Recibidas de la Comisión de petitorio de donativos, según detalle 
    de la relación adjunta de suscripción                    1715,95 1715,95
2. Id. de la Comisión de fiestas religiosas por lo recaudado de la rifa
    de un billete del Banco de cien pesetas, según se expresa en la 
    misma relación                               366,25
3. Id. de la misma Comisión por lo recaudado de la mesa de petitorio
    y pujas, según se expresa en dicha relación               279,05          645,30
4. Id. de la Comisión de festejos cívicos por lo recaudado del Teatro
    y Tómbola, según la relación expresada                           890,90          890,90
5. Id. del donativo hecho para limosnas por D. Manuel Moreno Guinea,
    residente en Melilla                              100
6. Id de varios sacerdotes, por sus honorarios devengados en las
    fiestas religiosas, como donativo                        26
7. Id. del Exmo. Ayuntamiento de esta ciudad, para gasto de la fiesta        148,10         274,10
                                                         Total Cargo                  3526,25

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1335, carpeta 2. Cuentas 1920)

    Firmaron las cuentas el depositario, Paulino Cruz Martín, el secretario contador, Teodoro Sánchez, y Alejandro Sánchez, por ausencia del Presidente.
    Las Comisiones cumplieron de manera sobrada con lo que de ellas se esperaba. Los gastos se ajustaron perfectamente al dinero del que dispusieron. Trujillo se gastó en aquellas fiestas 3493,64 pesetas, entregándose el resto (32,61 pesetas) “a la nueva Asociación de la Virgen de la Victoria”, creada ese año para este fin y que habría de continuar en los siguientes lo que en aquel 1920 comenzó.

26 de julio de 2022

Santa Isabel y San Miguel, el convento de las encerradas

    Llegaron las religiosas dominicas a Trujillo a finales del siglo XV de la mano de los frailes de la Encarnación, de su misma orden, deseosos de crear en la ciudad un convento femenino. 
    Fray Francisco de Toro, prior de la Encarnación, será su gran valedor, consiguiendo que las entonces beatas, “derramadas por no tener casa dispuesta donde se ençerrasen e estubiesen, segund convenía a su regla e religión”, obtuvieran de la Corona el edificio y las rentas de la sinagoga tras la expulsión de la comunidad judía. No se atendía de este modo el deseo de la ciudad de que dicho edificio se convirtiese en una nueva parroquia que cubriese las necesidades espirituales del espacio al sur de la plaza, ocupado ahora por cristianos que mayoritariamente se convertían en feligreses de la entonces pequeña iglesia San Martín. 
    Los domingos y días de fiesta, decía la ciudad, los fieles del arrabal “no caben en la dicha yglesia de Sant Martín ni pueden ver ni oyr misa ni las oras divina” y un nuevo templo parecía más necesario que un nuevo monasterio de monjas, “porque ay tres o quatro casas de religiosas que bastan en la dicha çibdad”. 
    No sabemos qué razones trasladó a la Corona el corregidor de Trujillo, Álvaro de Porras, a quien se comisionó en 1492 obtener información precisa de cuál de ambas opciones cubriría mejor las necesidades de Trujillo, pero lo cierto es que las beatas dominicas “se ençerraron y están en el monesterio de Sancta Ysabel de la dicha çibdad, que primero hera casa y synoga de los judíos della” ya en noviembre de ese mismo año, fecha en la que reciben el edificio y lo a él anexo por parte los Reyes Católicos, “porque la priora e monjas que agora son o fueren de aquí adelante en el dicho monesterio tengan cargo de rogar a nuestro Señor por nuestras vidas e estado real e del prínçipe e infantas, nuestros muy caros e amados hijos”.
    Aunque el monasterio de Santa Isabel se amplió con algunas de las casas limítrofes apenas dos años después, las monjas debieron buscar en 1528 un nuevo espacio donde construir un edificio que cumpliera mejor con sus necesidades de retiro, propuesta apoyada por el concejo que consideraba 
“...que la casa en que al presente moran las religiosas del es muy pequeña e que no tienen lugar ni sitio onde se pueda edificar más e que según las muchas religiosas que ay e de cada día se reçiben, querrían mudar el dicho monesterio a parte onde le pudiesen edificar bueno e fazer buena yglesia y que las monjas e que las monjas (sic) que estuviesen en él fuesen ençerradas y bivan tan onestamente como su religión requiere”. 
   Y así, las monjas “encerradas” de Santa Isabel iniciarán en 1529 la construcción de su nuevo monasterio en un espacio popular, al final de la calle del Pozuelo, donde ésta se juntaba a la calle de San Miguel, lugar de mesones, allí donde una pequeña capilla se dedicaba al primero de los arcángeles de Dios. 
Convento de San Miguel. Trujillo
    La obra aún continuaba en 1541, recibiendo entonces nuevas ayudas del concejo, que financió gran parte de la construcción, aunque sabemos que ya en 1539 la comunidad dominica residía en el nuevo edificio 
“El estandarte. Este día, los dichos señores justiçia e regidores dixeron que por quanto el monesterio de Santa Ysabel desta çibdad que se pasó a San Miguel a pedido el estandarte que la dicha çibdad tiene, que se puso e sacó para las honras de la enperatriz reina nuestra señora, que gelo mandan dar al dicho monesterio porque tenga cargo de rogar a Dios por el ánima de la dicha señora enperatriz”. (16/8/1539)
    Con apenas 16 años, Francisca Altamirano tenía claro que deseaba pasar el resto de su vida entre los muros de un convento, dedicada a la oración y el estudio. Podría haber sido en el monasterio de San Francisco, el de la puerta de Coria, en el que profesó hacía ya muchos años su tía Catalina de Mendoza, o en las jerónimas de Santa María, en San Pedro, en el de las franciscanas de la Concepción o en el nuevo de las descalzas de San Antonio. Pero su elección la llevó a Santa Isabel, aunque ya entonces casi nadie se refería al convento dominico con ese nombre. Para todos los trujillanos, también para sus religiosas, era San Miguel.
   En marzo de 1575, Francisca Altamirano, hija de Gonzalo de Torres Altamirano y Francisca de Hinojosa Carvajal, comenzó su formación en la comunidad de beatas de la Orden de Santo Domingo. 
     Cuatro años después estaba lista para profesar y así se lo hizo saber la priora, sor María de la Encarnación, al deán y cabildo de Plasencia (entonces sede vacante) a quiénes solicitó desde Trujillo que realizasen los trámites exigidos por el Concilio de Trento para que  constase la libre voluntad de la beata novicia “y lo demás que es neçesario”. 
   Comisionado para ello, el vicario de Trujillo, Alonso de Rodas, acudió al monasterio de San Miguel en compañía del notario Juan Calderón. Junto a la reja que da a la iglesia, la priora acreditó que la novicia había permanecido cuatro años en el convento, contenta y siguiendo las reglas y constituciones de la Orden. Con la experiencia que le daban sus sesenta años, la priora consideró que Francisca era conveniente para el monasterio y el monasterio conveniente para Francisca, “donzella humilde y virtuosa y de apazible condiçión”.  De la misma opinión fueron sor María de la Natividad, la supriora, y sor María de la Presentación, beatas profesas en el convento.
San Miguel.
Iglesia del convento de San Miguel

    Faltaba saber los deseos de Francisca, si permanecía firme en su decisión de profesar, si se sentía capaz de vivir en comunidad, con sus trabajos y cargas, bajo las reglas de la Orden. El vicario tomó su testimonio con la puerta abierta, dejando claro que nada ni nadie debía obligarla y Francisca lo tuvo claro. Unos meses después, Francisca renunció a todos sus bienes presentes y futuros en manos de su padre Gonzalo, quien completó los 500 ducados de dote que permitieron a su hija profesar en el convento de San Miguel. 
    Francisca Altamirano ya era Francisca de la Anunciación.

1578, diciembre, 6. Trujillo
E después de lo susodicho, estando en el dicho monesterio, a la red que sale a la yglesia, el dicho señor Alonso de Rodas, vicario juez comisario, en cunplimiento de la dicha comisión, mandó paresçer ante si a la dicha Françisca Altamirano, a la qual puso en su libertad abierta la puerta del dicho monesterio, de la qual reçibió por ante mi el dicho notario juramento en forma devida de derecho y ella lo hizo puniendo la mano derecha en la cruz e prometió dezir verdad. E siendo preguntada por el dicho señor vicario cómo se llama e qué tanto tiempo a que está resçebida en el dicho monesterio, dixo que se llama Françisca Altamirano y que es hija de Gonçalo de Torres Altamirano, vezino desta çiudad y que por el mes de março primero venidero de setenta y nueve haze quatro años que fue reçebida y le dieron el ábito en el dicho monesterio y que en todo el dicho tiempo esta declarante a entendido y visto las reglas y constituçiones del dicho convento y las a llevado y pasado por ellas y permanesçido y quiere permanesçer en el dicho monesterio de su propia, libre y agradable voluntad y que para ello no a sido forçada ni induzida ni apremiada por persona alguna e que tiene muy bien cunplido el año del noviçialgo e que esta declarante tiene hedad de diez y nueve años cunplidos poco más o menos según lo a oydo y entendido de su padre y deudos e que esta declarante tiene por cosa çierta y averiguada que la dicha casa y monesterio de las beatas de señor Sant Miguel donde hasta agora a estado le conviene bien para su contento para servir más libremente a Nuestro Señor para la consolaçión de su ánima. Y que esta declarante entiende que tanbién es conviniente para el serviçio del dicho convento y que esta declarante a deseado muchos días a y desea profesar en la dicha horden con muy entera voluntad y que para ello no a sido ynduzida ni forçada de persona alguna. Y que esta declarante sabe que el dicho convento está satisfecho de la docte que su padre mandó por su entrada y reçibimiento en el dicho monesterio e que ésta es la verdad de lo que pasa y sabe so cargo del juramento que hizo. Y el dicho señor vicario tornó a repreguntar otra vez a la dicha Françisca Altamirano que mirase a lo que se obligava y a los trabajos y cargas que tienen las relijiosas y que agora, antes que profesase, de mirar lo que le está mejor, la qual dixo que con todo esto quiere y desea hazer la profisión porque entiende que para su salvaçión es lo que mejor le está. Y luego yncontinente, el dicho señor vicario tornó a requerir a la dicha Françisca Altamirano que mirase y entendiese a lo que se obligaba en querer profesar por los trabajos y cargas que ay en la religión y le hizo tornar a leer su dicho otra vez delante de Christóval Solano y Hernán Martín Merlín, veçinos de la dicha çiudad, que presentes estavan, y se le leyó de verbo ad verbun, la qual dixo y declaró que su libre voluntad hera de resçebir la dicha profesión en el dicho monesterio como dicho tiene y en ello se ratificó y lo firmó de su nombre y ansí mismo lo firmó el dicho señor vicario. Françisca Altamirano. Alonso de Rodas. Ante mi, Joan Calderón, notario.

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos de Pedro de Carmona. 1579. Fols. 18r-20r.)


9 de junio de 2022

"Somos archivo"

    “Somos archivo” porque cada persona atesora su historia, llena de afanes y desdichas, momentos felices y desventuras. “Somos archivo” porque nuestras historias, las nuestras y las de quienes nos antecedieron, conforman un universo vital y social que siempre espera que alguien lo descubra.
    “Somos archivo” es el lema que este año preside la Semana Internacional de los Archivos, la semana de las arcas que guardan historias, la semana grande del arca trujillana que aún permanece casi cerrada. Y por eso, porque buscamos historias, volvemos a otro arca, una especial, arca de arcas, archivo de archivos donde se atesora la “memoria e historias de las gentes”.
Archivo General de Simancas
    Impone entrar en el antiguo castillo de los Enríquez acondicionado por Juan de Herrera para archivo de la Corona, el Archivo General de Simancas. Impone acceder a sus salas, pensar en sus fondos, imaginar lo que encontraremos en sus legajos. Folio a folio descubrimos historias que nos sorprenden por desconocidas, nos confirman lo que ya intuíamos o nos abren nuevos caminos que desearíamos recorrer con rapidez.
    Para celebrar el que “Somos archivo”, para celebrar las muchos historias que guardan y nos aguardan, hoy, Día de los Archivos, el arca de Trujillo deja paso al arca de Simancas, a una de esas historias trujillanas que nos hemos traído de tierras castellanas.
    Una historia de Isabel de Vargas, señora de Valhondo y El Puerto, esposa del segundo Correo Mayor de Indias, Diego de Vargas Carvajal, y heredera del linaje de los Vargas. 
    Trujillo es entonces (1520) una ciudad violenta (como todas) con bandos y parcialidades que mantienen por generaciones odios y rivalidades, altercados y enfrentamientos que con frecuencia hacen correr la sangre por las calles trujillanas.
    Siendo aún niña, vive y convive con esa violencia: su abuelo Alonso de Sotomayor (un Chaves) asesinó a su abuela Isabel Calderón y día tras día su padre, con los Vargas, rivaliza con los Chaves por conseguir convertirse en la familia con mayor relevancia de la ciudad. 
    Cuando su padre Juan de Vargas fallece en Granada en 1517 a manos de un Chaves, todo parece estar decidido en su futuro. Juan de Vargas había concertado ya su matrimonio con Diego de Carvajal, hijo del doctor Galíndez de Carvajal, sus bienes quedarían en manos de su tío Luis  Carvajal de Vargas, que los debería administrar mientras no alcanzase la edad para el matrimonio, y su persona en poder de otro de sus tíos, Alonso García de Vargas, deseando su padre que su única hija, doña Beatriz “....more en mis casas, porque mis parientes e amigos la vean e vesyten todo este tienpo e le den todo lo nesçesaryo para su sostenimiento...”. Debería haber llevado una vida tranquila, rodeada de parientes aunque quizás lejos de su madre, doña María de Sotomayor, una Chaves a la que sus hermanas Mayor y Juana y sus parientes ayudaron un año antes a huir de Valhondo y de su esposo para refugiarse en Portugal.
    Rodeada de los suyos pero parece que no tranquila. Es rica pero es menor y mujer y sus muchos bienes son deseados por quienes deberían protegerla. Será el doctor Galíndez de Carvajal quien acuda a la Corona reclamando que la joven salga de la tutela familiar por no ser segura, comisionando el Consejo de Castilla al licenciado Andrés de Villanueva para que realizase las pesquisas oportunas sobre el caso, “sacase de donde estubyese doña Beatriz de Bargas, menor, hija de Juan de Bargas, difunto, y la depositase en una casa honesta y syn sospecha”.
    Nunca pensó el licenciado Villanueva que la comisión fuera tan difícil y le pusiera en tan complicada situación. Su ayuda debería haberle venido del corregidor de la cercana villa de Cáceres, pero corregidor Álvaro de Lugo “no está en esta tierra  e es ydo a su casa o a la corte” por lo que la primera decisión de Villanueva sería sacar a doña Beatriz de su casa y mantenerla bajo su custodia “la qual tengo en una casa en esta çiudad de Trusyllo con aquellas dueñas y criadas que tenía y la servían y su padre la dexó y mandó que la syrbiesen, la qual tengo con toda guarda y tratamiento y onestidad que conbyene e me pareçió tener”. 
    Porque casas honestas hay en Trujillo pero seguras parece que ninguna en opinión de Villanueva. Ni en Trujillo ni en la comarca ni siquiera en las ciudades de Cáceres, Plasencia o Mérida, hasta donde llegan “parçialidades, vandos y pasiones”. Para muchos parientes mejor hubiera sido “dar un bocado a esta donzella y despacharla” o haberla llevado a Portugal, lejos de Trujillo y de los parientes paternos y maternos, porque “los unos dizen que la matarán los unos, y los otros que los otros” y no encuentra el licenciado dónde depositarla con seguridad. Su tío Luis le sucedería en el mayorazgo de los Vargas si falleciese y no es persona fiable, pues es “notorio que mató a su hermana y cuñada por la heredar y por ello está fuera de los reinos de Vuestras Magestades” y el siguiente en la sucesión sería Alonso García de Vargas, de cuya tutela ha sacado a Beatriz el licenciado Villanueva. 
Trujillo. Palacio de los Duques de San Carlos.
Escudo de los Vargas Carvajal
    Unos y otros le advierten del peligro que corre la joven ante las amenazas de la otra parcialidad y todos aconsejan al pesquisidor que la mantenga aislada, sin comunicación, y procurando que no le lleguen alimentos sino del propio juez “porque dizen que se temen darle algo con que muera, y estos dizen que los otros que esto piden arían”. Y como teme por doña Beatriz y “porque no suçediese algún peligro a esta donçella, doy de comer a my costa y todo lo neçesario y a sus criadas que con ella están y tenerla con la guarda y tratamiento que conbiene syn comunicaçión de pariente”.
    Es enero de 1520, las lluvias “son y an sido tan grandes en esta tierra que cada arroyo es un río caudal” y el licenciado Andrés de Villanueva no parece encontrar solución ni lugar conveniente y seguro para doña Beatriz, la rica heredera del mayorazgo de Juan de Vargas, la futura esposa de don Diego de Carvajal. Se dirige entonces a quienes le han enviado a Trujillo, reclamando al Consejo de Castilla y a su presidente, el arzobispo de Granada Antonio de Rojas Manrique, instrucciones que cumplir y ayuda ante unos parientes que “son gente qruel, Dios los aga christianos”.  
    Y las instrucciones llegaron y parece que llevaron a Beatriz hasta Toledo, al convento de San Clemente, donde quizás estuvo, donde quizás se sintió segura hasta su casamiento en Salamanca en 1522 y donde quizás probara los ricos mazapanes que la tradición cuenta que crearon las monjas toledanas.

1520
Lo que Álvaro de Lugo, corregidor de Cáçeres, a de hazer en el caso de doña Beatriz de Bargas, menor, que le es cometydo es lo seguiente
Que dexadas todas cosas, luego que reçiba las provisiones él en persona, syn lo cometer a otro alguno, vaya a la çibdad de Trugillo a donde está el liçençiado Andrés de Villanueva, juez pesquisidor de sus altezas que por su mandado tiene en poder a la dicha doña Beatriz y la reçiba y tome a muy buen recado con las personas que con ella están y la sirven, y tomen así mismo la gente que le pareçiere que es nesçesaria para seguridad de la dicha doña Veatriz y con la dicha gente y a muy buen recado la lleve a la çibdad de Toledo y la ponga en el monesterio de San Clemeynte de la dicha çibdad en poder del abadesa del dicho monesterio para que la tenga en guarda con la honestidad e seguridad que a la persona y vida de la dicha doña Veatriz conviene. Y a de procurar con la dicha señora avadesa que pues la dicha doña Veatriz es de tan poca edad que no se hallaría syn las personas con quien se cría y la sirven, que dé lugar a que las dichas sus servidoras estén con ella porque a causa de hallarse syn ellas no reçiba detrimento en su persona.
E sy por caso a la dicha señora avadesa se le hiziese algo grave reçibir en el dicho monesterio con la dicha doña Beatriz a todas sus servidoras, que a lo menos reçiba con ella una dueña y una donzella a quien ella más voluntad tuviere para su conpañía, que asy para los alimentos de la dicha doña Beatriz y sus servidoras como para las otras cosas que sean nesçesarias serán allí proveydas de manera que el dicho monesterio no reçiba costa ni daño alguno.
A de tomar el dicho corregidor veynte honbres y si le pareçiere que aquellos no vastaren, que tome hasta en cantydad de treynta, los quales an de ser buenas personas fiables que no sean de las parçialidades de la dicha çibdad de Trugillo ni de los parientes de las partes, con que lleve a la dicha doña Beatriz a buen recaudo y con la seguridad que conviene, de manera que no subçeda ynconveniente alguno.
A de ynformar a la señora avadesa de la causa que a movido a sus altezas e a los del su Consejo a proveher lo que está proveydo en este caso por quitar peligros e ynconvenientes, porque ynformada la dicha señora abadesa tenga espeçial cuydado de la dicha doña Veatriz para la guarda y no dar lugar que personas algunas sospechosas la conserven ni hablen con ella ni con personas del dicho monesterio que a ella le parezca lo puedan ser e que en todo tenga el proveymiento que de tal persona como ella se confía, hasta tanto que por sus altezas e por los del su Consejo se vea y provea lo que en el dicho negoçio conviniere.
Sy fuere menester, que el corregidor de Toledo se junte con él asy para entender en lo que conviniere con la dicha señora abadesa como en otra qualquier cosa tocante a este negoçio; désele la carta que los señores del Consejo escriven para que asy mismo aga todo lo que en este caso convenga e se junte con el dicho Álvaro de Lugo. 
Al liçençiado Villanueva, pesquisydor que fue de Trugillo.

(ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS. CONSEJO REAL DE CASTILLA. Legajo 761, 10)    

15 de mayo de 2022

La capilla del santo madrileño

    Cuatrocientos años han pasado desde que un papa, Gregorio XV, aumentara la ya larga lista de los santos españoles con cuatro nombres especiales: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Isidro. Hoy, los madrileños festejan a este último, su patrón, en la pradera que lleva el nombre. Flores y lunares, gorras y pañuelos, claveles en el ojal o en el pelo, para celebrar la vida del santo labrador, aquel que en el siglo XII dedicó su vida a la oración, el ayuno y la limosna.
    Custodiado su cuerpo primero en la iglesia de San Andrés de Madrid, “a la parte del evangelio”, su canonización obligará a la ciudad a pensar en un mejor recinto para honrar sus restos, planteando la construcción de una capilla cuyos cimientos aún se están construyendo en 1657.
Iglesia de San Andrés y capilla de San Isidro.
España Artística y Monumental. 1865. Tomo 1, p. 31
    El arquitecto José de Villarreal,  “Maestro Mayor de Obras de la Villa”, será el encargado de retomar su construcción y esta vez se quiso que las obran avanzasen con rapidez y ello supuso implicar a la corte y finalmente a todo el reino. Porque Trujillo (y los trujillanos) pusieron algo más que sus oraciones y pequeñas limosnas para que el santo patrón de los madrileños tuviera su hermosa capilla.


    En las Cortes celebradas en Madrid de 1655 a 1658 estuvo presente Pedro Jacinto Calderón y Chaves, regidor de la ciudad de Trujillo y procurador en Cortes por Extremadura junto al regidor de Mérida, Diego Mesía de Ocampo. Acudieron ambos (a pocas sesiones, por cierto) y el regidor trujillano dio su consentimiento para que quedase sin efecto la prohibición de que la Corona volviese a poner a la venta nuevos oficios de regidores (“un ofiçio de Regidor en cada çiudad, villa o lugar de estos Reynos donde fuesen perpetuos y no añales”) hasta obtener hasta 40.000 ducados con que costear, como limosna, la construcción de la capilla de San Isidro de Madrid. Así se aprobó el 4 de mayo de 1657 y así lo comunicó Felipe IV a la ciudad de Trujillo:

1657, octubre 15. Madrid

El Rey

Por quanto habiendo yo encargado al lizenziado don Antonio de Contreras, cavallero de la Orden de Calatrava, del mi Consejo y Cámara, la superintendencia y dispusición de la obra de la capilla de San Isidro que se está executando y haviéndose representado al Reyno junto en Cortes en las que al presente se están celebrando en la villa de Madrid, que después de tan largo tiempo como el glorioso San Isidro a estado en la iglesia de San Andrés de la dicha villa sin capilla propia, a donde los fieles pudiesen dar el culto devido a cuerpo de tan gran santo, con memoria de los templos que en Francia, Alemania, Catalunia y otras partes tiene su santo nombre, y haviéndose deseado que se haga una obra decente a la beneración de tal santo, se a empezado a hazer y para que sea más agradable a Nuestro Señor se procura salga toda la costa de las limosnas que se dieren para ella, siendo gran suerte para conseguir un efecto tan justo y deseado de todos y tan detenido en tantos tiempos se aya enpezado a executar esta resolución con la liberalidad deste deseo, en la súplica que se hace a todos en nombre del santo por Patrón de mi Corte, que es patria común, y por abogado de los temporales y frutos y Patrón también de todo el Reyno, con que ni en el exemplar ni consequencia estorba para que los lugares de él alienten esta fábrica; con esta consideración el mismo Reyno, por acuerdo suyo de quatro de mayo deste año, a prestado su consentimiento dispensando con lo que le toca con las condiciones de Millones para que yo pueda veneficiar un oficio de Regidor en cada ciudad, villa o lugar destos Reynos demás de los que ay en ellos donde fueren perpetuos y no añales, con calidad que no se exceda de quarenta mil ducados, cuya cantidad se a de aplicar para la limosna de la fábrica de la dicha capilla, encargándose la administración y veneficio de los dichos regimientos al dicho D. Antonio de Contreras, con calidad que la ciudad, villa o lugar que quisiere consumir el que le tocare, lo pueda hacer con que sea antes de averse vendido, dando la quarta parte del precio en que se ubiere vendido el último regimiento (...).

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 143, carpeta 10)

    Trujillo ya tenía demasiados regidores y la ciudad prefirió pagar y que el nuevo oficio se consumiese. Don Antonio de Contreras ajustó con el concejo el pago de 500 ducados que fuesen destinados a la construcción de la capilla madrileña y que salieron de sus ingresos. En dos pagos, don Juan Bautista de Benavente, tesorero del Consejo de Cámara y “depositario de los mrs. tocantes a la dicha obra”, recibió de la ciudad los 500 ducados acordados fruto del arrendamiento de la bellota de sus montes. 
Primitiva arca de San Isidro. Hoy en la catedral de la Almudena.  La Ilustración Española y Americana. 15/5/1893.


    Este año, al cumplirse los 400 años de su canonización, se celebra el primer Año Santo de San Isidro y su cuerpo será expuesto a la veneración de los fieles, pero no será en la capilla que ayudó a construir Trujillo. Desde 1769 se venera en la Real Colegiata de San Isidro, donde fue trasladado por orden de Carlos III.

18 de marzo de 2022

Y el tren pasó de largo

     Hace 110 años, España seguía noqueada por el fin del imperio colonial ultramarino y se veía de nuevo inmersa en otra ilógica guerra en el norte de África.
    Trujillo había ido perdiendo su rico patrimonio de pueblos y dehesas en siglos anteriores, rematando sus pérdidas en los sucesivos procesos desamortizadores. 
    El final del siglo anterior, el XIX, había traído el agua corriente a la ciudad y el nuevo siglo vio la puesta en marcha de la primera línea de autobuses de España, la que acercaba a Trujillo y Cáceres. Pero ambas ciudades seguían estando en un territorio interior de frontera y fondo de saco también económico al huirle las industrias y contar tan solo con referentes agrarios y algo de minería. 
    Una sociedad conservadora en un territorio marginal y marginado que, de pronto, sintió que el tren, de nuevo, llamaba a su puerta. Porque una y otra y otra vez pasó el tren de largo. O mejor sería decir que una y otra y otra vez  no llegó a pasar. Y todo pese a que Trujillo lo buscó con ansia, cifrando su futuro en que el monstruo de hierro se acercase a la ciudad, trajese viajeros y desarrollo, asegurase la salida de granos y ganados de la comarca y crecieran las oportunidades que podían brindar los yacimientos mineros de fosfatos situados a oriente (Logrosán) y occidente (Cáceres).
    Hace 110 años pareció que, por fin, el deseo tantas otras veces frustrado se convertiría en realidad.
    Poner en comunicación por tren las ciudades de Cáceres y Trujillo y la conexión con Logrosán y sus minas había sido el objetivo de los proyectos que presentaron a la Dirección General de Obras Agrimiro Blay y Lacasa en 1887 y Eduardo H. Neville y Riddlesdale en 1902. Ambos, tranvías a vapor, pretendían aprovechar como plataforma las carreteras existentes pero ninguno de ellos prosperó. 
   El militar Francisco Fernández Llanos será el siguiente en conseguir la autorización para llevar a cabo, en dos años, los estudios que permitieran la creación de un “tranvía eléctrico” desde Cáceres a Logrosán, con ramal a Trujillo.
   Sancionados por ley ambos trayectos (Cáceres-Trujillo y Trujillo-Logrosán) en la Ley de Ferrocarriles Secundarios y Estratégicos de 1908, se abría ahora la puerta al apoyo estatal y Trujillo no quiso perder de nuevo el tren.
    Tres serán los proyectos que compiten para acogerse a la Ley de 1908:
    El ya mencionado de Francisco Fernández Llanos, que marca un trayecto bastante al sur del trazado de la carretera Cáceres-Trujillo (pasando por Torreorgaz, Torremocha, Salvatierra, Santa Ana e Ibahernando) con un marcado interés en la salida de fosfatos de Logrosán. Así, tres kilómetros y medio después de la estación de Ibahernando, 14 kilómetros antes de llegar a Trujillo, la línea continúa en dirección a Santa Cruz y Zorita, alejándose del ramal que desde aquel punto enlazaría esta línea con la ciudad de Trujillo.
   Un segundo proyecto, que cubriría únicamente el trayecto Cáceres-Trujillo, es presentado al Ministerio por los políticos Tirso Rodrigáñez Sagasta (ex-ministro de Hacienda, cartera que volvería a ocupar en 1911), Antonio Pérez Aloe Silva y Fernando Weyler Santacana. En su recorrido, seguiría el trayecto de la carretera que une ambas localidades, sobre la cual se asentaría.
    Un tercer proyecto candidato a obtener la aprobación ministerial retoma el realizado desde la propia ciudad de Trujillo en 1890 (firmado entonces por el ingeniero Rafael Monares e Insa y reformado y puesto ahora en condiciones legales de ser admitido a concurso por el ingeniero Narciso Amigó, autor del proyecto de ferrocarril de Logrosán a Chinchón) y que ahora, convertida su Comisión Gestora en una Sociedad colectiva bajo la razón social “Cortés, Guillén y Compañía”, pretendía ser elegido (en los dos trayectos) para su realización. También en este tercer candidato se quería dar servicio a otras localidades acercando al sur ambos trayectos.
Folleto informativo de la Sociedad "Cortés, Guillen y Compañía". 1909
    Aceptados todos los proyectos para su estudio, se inició entonces un proceso de información pública, dictámenes de diferentes instituciones y, en definitiva, una carrera para conseguir apoyos económicos y sociales además de obtener una valoración positiva desde el punto de vista técnico y de viabilidad económica por parte de los ingenieros del Ministerio.
    Era la oportunidad de Trujillo y había que aprovecharla. El empuje, la ilusión y las expectativas parecían alimentar aquella locomotora que se quería oír rugir y lanzar vapor por los llanos de Cáceres y sobre el berrocal.    La Sociedad “Cortés, Guillén y Compañía”, que contaba con el apoyo del ayuntamiento y de la sociedad trujillana, desplegó todas sus influencias para obtener las mejores valoraciones. El propio ayuntamiento de Trujillo y los de Zorita, Cañamero, Alcollarín, Campolugar, Madroñera, Conquista, Logrosán y Herguijuela informaron a favor de sus proyectos, que fue igualmente seleccionado por la Diputación Provincial (defendido por los diputados Emilio Herreros Esteban, Luis Grande Baudesson y Manuel Martínez Cuadrado).
Integrantes de la Sociedad "Cortés, Guillén y Compañía"












            También el informe del ingeniero jefe de la tercera división técnica y administrativa del Ministerio de Fomento, Eduardo Lostau, situaba los proyectos de la propuesta trujillana en clara ventaja, aunque con deficiencias que deberían subsanarse antes de la aprobación por la administración.
    Cada pequeño triunfo en el proceso era aplaudido por la sociedad trujillana, el ayuntamiento, el Círculo de la Amistad, el Centro Obrero, el Casino, el comercio... todos convencidos de la trascendencia de lo que iba a ocurrir.
    Y esta vez ocurrió. Aunque se retrasó hasta 1911 y hubo que realizar las reformas exigidas, finalmente se eligió el proyecto por el que Trujillo luchaba. 
   Un recorrido de casi 120 kilómetros por una vía de un metro de ancho que arrancaría de Cáceres con estaciones en Torreorgaz, Torrequemada, Torremocha, Botija-Ruanes, La Cumbre, Trujillo, Santa Cruz-Conquista, Zorita , finca “El Guijuelo” y Logrosán (a 1 km de la población y paralela a la carretera de Logrosán a Guadalupe, cerca de las minas de fosfatos). Con 8 locomotoras de sistema “Compound”, el futuro ferrocarril uniría Cáceres, Trujillo y Logrosán a la velocidad ordinaria de 30 km por hora. Cinco puentes salvarían los ríos Tamuja, Gibranzo, Magasca (2) y Logrosanejo y a lo largo del trayecto se construirían 34 pasos a nivel (3 sobre carreteras y los restantes en otros caminos) y un total de 41 casetas de guardas.
La Opinión. 28 de enero 1912
  En noviembre se fijaron las fechas para la subasta de ambas obras a las que podrían ejercer el derecho de tanteo la Sociedad peticionaria “Cortés, Guillén y Compañía”, sustituida poco antes de la fecha señalada por la Sociedad “Maurel y Palacios” a la que se cedieron todos los derechos de construcción.
    Sin licitadores en la subasta, la nueva Sociedad obtendrá la adjudicación de los nuevos ferrocarriles y la noticia llega rápido a Trujillo:
“Madrid 27-14.
ECO DE TRUJILLO.
Celebrada subasta ferrocarril Cáceres-Trujillo. Adjudicada concesión Sociedad Palacios-Morel. Coronados trabajos con tan feliz éxito para Comarca tenemos gusto comunicar tan grata noticia.
Comisión”  (El Eco de Trujillo, 2/12/1911)
     La alegría se extiende en toda la ciudad. Repique de campanas y cohetes, una banda de música que recorría las calles. Por la noche, los portales de la plaza estuvieron llenos de gente como en las grandes festividades. Una Comisión del Comercio acordó el 28 de noviembre pedir que, en unión del ayuntamiento, la población saliera a esperar a la Comisión Gestora que había velado en Madrid por el éxito de la empresa y que llegaría en la tarde del día siguiente. 
    Luis Pérez Aloe Mediavilla, Enrique Cortés Pérez y Manuel Pérez Aloe Silva, integrantes de la Comisión, fueron recibidos con música por las comisiones de los Círculos, del comercio, de los gremios con banderas y estandartes, el ayuntamiento, el clero... Discursos y banquete en el Círculo de la Amistad. 
    Una fiesta que se volvería a repetir dos meses después. Y esta vez a lo grande, porque la ocasión lo merecía. Todo se ponía en marcha y por fin el sueño se convertiría en realidad. 
   Ya habían llegado a Trujillo quienes se encargarían de las obras del ferrocarril, los ingenieros León Girard y Abel Mancy, esperándose para febrero la llegada de Nicanor Arias, Billièz, Weibel y Bayant.
    El domingo 28 de enero de 1912 nadie faltó en Trujillo y aunque el propio Ministro de Fomento no pudo asistir, se celebraría por todo lo alto el inicio de las obras de los nuevos ferrocarriles. Cáceres mandó su banda de música que inició el día con diana floreada y que tocaría por la tarde en la plaza, se adornaron fachadas, balcones y escaparates, hubo bailes en casinos y sociedades, iluminación y fuegos artificiales, un banquete en los salones del Círculo de la Amistad servido por Francisco Fernández... 
    Se invitó a la prensa regional, a los alcaldes de la comarca, a las autoridades y políticos provinciales, a la empresa concesionaria (ahora integrada en la Sociedad Anónima “Compañía de los ferrocarriles secundarios de Extremadura”), al obispo, a todos los trujillanos. Todos acudieron esa mañana al campo de San Juan para acompañar al Director General de Obras Públicas del Ministerio de Fomento, Luis de Armiñán.
    A las once y media, con un día espléndido se puso en marcha la comitiva:
Foto Diéguez. Comitiva hacia el acto. "Mundo Gráfico". 2/3/1912 
“Precedidos de un piquete de la guardia civil, á caballo, entre maceros iban presidiendo el acto los señores Armiñán, Jarrín y Pérez Aloe (L), siguiéndoles los demás invitados y un numeroso gentío, en medio de un fuego graneado de bombas y cohetes, que formaban con los gritos de júbilo del pueblo y los acordes de la música un conjunto enloquecedor.” (El Noticiero. 29/1/1912)
    En el Campo de San Juan, dos arcos de entrada con artísticas dedicatorias, adornos y gallardetes esperaban a la comitiva. Trujillanos e invitados se juntaron allí para ver cómo el obispo de Plasencia, Francisco Jarrín y Moro, revestido de capa pluvial y ayudado por los sacerdotes José Pulido y Ramón Cancho, bendecía los terrenos donde pronto habría de construirse la estación del ferrocarril, “...en el espacioso campo de San Juan, dando su frente hacia la carretera de Badajoz y á poco más de cien metros de las últimas casas del barrio de las Cruces...”. (La Opinión. 28/1/1912) 
    Tras la inauguración oficial en nombre del Rey y del Ministro de Fomento por el Director General, éste inició los trabajos con una piqueta junto a varios trujillanos, ingenieros y obreros de la compañía.

Foto Diéguez. El Director de Obras Públicas, Luis de Armiñán, dirigiendo la palabra al público. "Nuevo Mundo". 8/2/1912.


    Discursos, aplausos, emoción y recuerdo del alcalde para los trujillanos que luchaban al otro lado del Estrecho:
“¡Que llegue á ellos –exclama el Sr. Aloe- mi entusiasta y cariñoso saludo y que los veamos pronto empuñando las honradas herramientas del trabajo!”. (El Tiempo. 29/1/1912).
    El arca guarda celosamente el acta notarial que da fe de aquel emocionante acto.

1912, enero 28. Trujillo
Acta para hacer constar la inauguración de los ferro-carriles de Cáceres a Trujillo y Trujillo a Logrosán, a requerimiento del Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de esta población, Don Luis Pérez Mediavilla.
Número veintiocho
En la ciudad de Trujillo a veintiocho de enero de mil novecientos doce. Ante mi, don Manuel Eladio Ferrer y Pérez, Abogado Notario del Ilustre Colegio de Cáceres, con residencia y vecindad en esta población, ha comparecido
Don Luis Pérez Aloe Mediavilla, mayor de edad, soltero, propietario y Abogado, vecino de esta ciudad, provisto de cédula personal de octava clase expedida por el Recaudador de tal impuesto, Sor. Artaloytia, en tal población, el treinta de mayo último con el número sesenta.
Dicho señor, a quien doy fe de conocer, comparece en concepto de Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad y me requiere para que haga constar en la presente acta el hecho de la inauguración de los trabajos de construcción de los ferro-carriles de Cáceres a Trujillo y de Trujillo a Logrosán.
En virtud de dicho requerimiento, me constituí en el Campo de San Juan, sitio designado para la inauguración (de los trabajos o) á donde concurrieron los Ilustrísimos señores Obispo de Plasencia, Director General de Obras públicas, Gobernador interino de esta provincia, el Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad, la representación de los concesionarios “Compañía de Ferro-carriles secundarios de Extremadura” representación de la constructora “Sociedad general de cementos Porland de Sestao”; sociedad “Cortés, Guillén y Compañía”, Diputados y ex-Diputados a Cortes, Senadores y ex-senadores, Diputados y ex-Diputados provinciales, ingenieros de la división de ferro-carriles y de Obras públicas de la provincia, Comisario Regio de Fomento, Alcaldes de los pueblos interesados en la línea, representaciones de la magistratura, del clero, de la milicia, de la prensa, del comercio, de la Industria y numeroso público. Después de elocuentes discursos pronunciados por el Sr. Alcalde de esta ciudad y por el Ilmo. Sr. Director General de Obras Públicas, éste en nombre de S.M. el Rey, declaró inauguradas dichas obras con la bendición del Ilustrísimo Señor Obispo de esta Diócesis.
Terminado el acto se redactó el presente documento que autorizan con sus firmas varias de las personas concurrentes al mismo después de leída este acta, extendida en el presente pliego de clase undécima número un millón novecientos noventa y un mil setecientos cincuenta y ocho, de todo lo cual doy fe y lo signo, firmo y rubrico. = Entre paréntesis =de los trabajos= no vale. Entre líneas = mil setecientos cincuenta y ocho= vale.
+ Francisco, Obispo de Plasencia
de Armiñán. Director General de Obras Públicas
Emilio Herreros. Gobernador civil
Luis Pérez Aloe. Alcalde
Enrique Gadea. Presidente del Consejo de Obras Públicas 
Barón Paulin Ruelle
Jose Herrero. Viceresidente del Cº de Administración de la Compañía
Manuel Pérez Aloe. Ex Diputado a Cortes
G. Detrés. Consejero de la Compañía del ferro-carril de Extremadura
Castor R. del Valle. Ingeniero encargado
Consejero de la Compañía. Nicolás  Palacios
G. Maurel Presidente de la Societé des Ciments de Sestao  
Cortés Guillén & Cº. El Gerente E. Cortés
Manuel Grande. Ex-Senador
Siguen las firmas....
El Diputado a Cortes por Navalmoral. José Rosado
Senador. Juan Muñoz Chaves
Ex-diputado a Cortes. Andrés Castellano
Ex-Senador. Miguel Muñoz Mayoralgo
Senador. Eloy Sánchez de la Rosa
Marqués de la Liseda
Alfonso Higuero
Agapito Artaloytia
José García Guadiana
Juan Sánchez Mora
Francisco Martín
Francisco Chamorro Carrasco ex-diputado provincial
José García de la Cruz concejal del ayuntamiento
Alfredo Mateos. Ingeniero Jefe de Obras Públicas
Rafael Fernández Shaw. Ingeniero de Caminos de Trujillo
José Díaz Pulido. Arcipreste
Antonio Bulnes Duque. Ex vicepresidente de la Diputación Provincial. 
Ramón Cancho capellán
Fernando Cancho Ordóñez. Teniente alcalde
José Núñez Secos
Manuel Artaloytia
Joaquín Mediavilla
Lucas Sánchez 
S. Sacristán 
José López Munera Arquitecto Municipal
Francisco Roldán Curado
El alcalde de Montánchez. Germán Dueñas
Teodoro Dueñas. Diputado Provincial
Filiberto de Iñiguez. Diputado Provincial
Francisco Canillas C. de Vaca 
Alcalde de Logrosán. Eduardo Calles Bustamante
Manuel Calle 
Manuel Esteve. Comandante 
Filiberto Calvillo. Médico Forense
Enrique Colas. Secretario del Consejo de Administración
Hilario Grajera Sánchez. Capitán de la Guardia Civil
Manuel Castillo, Director del Instituto
Constantino Solís 
Antonio Pérez Aloe Mediavilla
Juan V. Ávila
Ex-Diputado a Cortes. Rafael Durán
por la Cámara Agrícola. Manuel Montenegro
Ex Presidente de la Diputación. Luis Grande Baudesson
Alcalde de Zorita. Juan Cerezo
Comercio. Prudencio Gómez
Valeriano Nogales
Jacinto Mateos
El ingeniero Jefe de la constructora J. Barés
José Mateos Parejo
Juan Jiménez
Comercio Ramón Blasco
Comercio Antonio Sanz
Serafín Mena Fernández
Lorenzo Pico. Secretario Ayuntamiento
Manuel Eladio Ferrer
 firma y signo
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos de Manuel Eladio Ferrer. 1912. Fols. 189-192)

    Acabado todo, parecieron estar convencidos los trujillanos de que el tiempo presente –el de entonces, duro y difícil- cambiaría, que el futuro sería diferente. Aunque el tiempo pasó y quizás algunos pensaron que todo había sido un sueño, un maravilloso sueño que se desvaneció al despertar. 
    Apenas unas casetas de aperos, algunos –pocos- movimientos de tierras y luego... el olvido.     
    Problemas económicos para conseguir los capitales necesarios para las obras, una Guerra Mundial que vino a marcar otras necesidades, todo pareció aliarse para volver a frustrar el deseo de Trujillo de montarse en tren. Durante los años siguientes se elevaron peticiones de la ciudad ante quien quisiera oírla, reclamaciones para que marchase una obra que podría mejorar la angustiosa escasez de trabajo en la comarca. Nada sirvió para poner en marcha un proyecto que habría cambiado radicalmente la ciudad y la vida de sus habitantes.