26 de agosto de 2026

El recuero de La Alberca

    Los días se van acortando. La canícula va pasando y, antes de que el otoño se desperece, comienzan a hacerse proyectos y a poner en marcha tareas y actividades que marcarán la vida de años próximos de algunos trujillanos.
    La finalización de agosto siempre ha sido la antesala de los comienzos de curso ahora y hace siglos. Marisa López Rol, nuestra archivera, nos permitió arrancar esta historia al darnos a conocer cómo el arca mostraba la preocupación de algunas familias trujillanas por el estudio de sus hijos, proveyendo de todo lo necesario para ello.
    La tarea no era menor hace más de cuatrocientos años, cuando se trataba de jóvenes de Trujillo y su tierra que habrían de cursar sus estudios en la Universidad de Salamanca.
    El primer requisito es que hubiera "posibles" para afrontar los gastos que ello suponía y luego confiar en que la capacidad y el esfuerzo permitieran culminar con éxito unos estudios que sin duda para algunos abrían posibilidades de ascenso social a quienes aún pesaba sobre ellos la "losa" de proceder de mercaderes. Mercaderes ricos, pero mercaderes. 
    No era esa la situación de don Baltasar de Orellana. El don que antecede a su nombre ya indica su posición social. Hijo del regidor Hernando de Orellana, su padre quiso asegurar que nada le faltase a don Baltasar mientras realizaba sus estudios universitarios en Salamanca y así, por el "mucho amor y buena voluntad a don Baltasar...y para que más cómodamente pueda proseguir en sus estudios", declaraba el 18 de febrero de 1588 ante el escribano Pedro de Carmona, "... que le hazía e hizo graçia y donaçión de quatro mil y trezientos reales de plata...para el dicho efecto de que mejor pueda estudiar y sustentar su persona en la dicha universidad...”.
    No sabemos si don Baltasar hizo buen uso de esos reales y aprovechó académicamente su estancia en Salamanca, además de disfrutar de la vida estudiantil lejos de casa y cerca de otros paisanos. Pero el arca sí nos cuenta que no fue lo único que dispuso su padre para hacer más "llevaderos" esos años universitarios.
    Llegado julio de ese mismo año, Hernando de Orellana volvía a estar ante el mismo escribano pero esta vez acompañado de otros suponemos que igualmente interesados en los mismos quehaceres. Ante el escribano Pedro de Carmona, Hernando de Orellana, don Gonzalo de Tapia, don Jerónimo de Loaisa, vecinos de Trujillo, y el doctor Gabriel Pizarro de Hinojosa, residente en la Universidad de Salamanca, se dispusieron el nueve de julio a dejar constancia del acuerdo al que habían llegado con Francisco Bermejo, arriero y vecino de La Alberca, en tierras del duque de Alba. 
   
Muirhead Bone. Old Spain. 1928
Con su recua de cuatro mulos, Francisco Bermejo sería la conexión entre Trujillo y su tierra y sus estudiantes de Salamanca. Durante un año a partir del primero de octubre, Bermejo realizaría “la vereda desde esta dicha çiudad para Salamanca”, llevando “provisión a los estudiantes que estuvieren en la dicha universidad, veçinos e naturales desta dicha çiudad y su tierra”. Libros, provisiones, dinero y cartas. Esa sería su carga como lo era la de otros muchos recueros que con similares contratos enlazaban a los universitarios salmantinos con sus familias y lugares de origen.
    Mientras que al doctor Pizarro quizás le moviera tener asegurado el contacto con su ciudad y su familia, el interés de los tres primeros otorgantes del documento debió ser otro. Sabemos de la preocupación de Hernando de Orellana por el bienestar en Salamanca de su hijo don Baltasar y seguro que a don Gonzalo de Tapia le sucediera lo mismo en ese momento con alguno de sus hijos, don Esteban Rangel de Tapia,  don Bernardino de Tapia y don Luis de Paredes. De los tres, sólo este último hizo carrera y “triunfó” en la administración tras sus estudios en Salamanca. Bastantes años después, en 1603, cuando hubo que hacer recuento de los bienes dejados por don Gonzalo de Tapia y su esposa, doña María de Paredes, aún había en la casa familiar rastro de los estudios de don Luis (“Quatro cajones llenos de libros de leies, son de don Luis de Paredes”, “Diez estantes para poner los cajones, lo mesmo, son de don Luis”, “Otro cajón de libros, era del dicho don Luis”, “Un repostero de sus armas, es de don Luis, de sus estudios”). 
    En cuanto a don Jerónimo de Loaisa, quizás el interés estuviera en alguno de sus hermanos ya que en ese momento ejercía la curaduría de tres de ellos, don Gaspar de Ayala, don Melchor de Castilla y don Lorenzo de Loaisa. Pero más allá de los intereses personales de cada uno de los cuatro otorgantes del contrato, las condiciones del “servicio” que prestaría el arriero Francisco Bermejo estaban claras y no serían muy diferentes a otros muchos contratos similares suscritos en Salamanca y en otros lugares de procedencia de sus estudiantes.

1588, julio 9. Trujillo
…Por tanto dixo e prometió que desde el dicho día primero de otubre próximo venidero deste presente año hasta otro tal día del año próximo venidero, servirá de recuero y andará en la dicha vereda y camino con quatro machos de carga e yrá e berná con ellos desta dicha çiudad a la çiudad de Salamanca y recojerá y llevará todos los dineros y provisiones y otras cosas que se quisieren ynbiar a los dichos estudiantes desta dicha çiudad y su tierra, con que le an de dar y pagar y a de llevar de cada arrova de peso que llevare o traxere, ora sea de libros o de otra qualquier cosa, tres reales y por cada çient reales, dos reales y medio y de la partida que no llegare a çient reales, un maravedí por cada un real y más que lo que resçibiere, lo entregará tal y tan bueno como lo resçibiere y si no que se aya de ser obligado a pagarlo con el quatro tanto en caso que no lo dé tal y tan bueno y en la misma speçie que lo resçibiere. Y más, que si saliere por la tierra a recojer lo que obiere de llevar, que pueda llevar por cada arrova por cada diez leguas un real más, pero si los estudiantes de la tierra se lo traxeren a esta çiudad, que no lleve más de como está de suso dicho. Y más se obligó que a de hazer cada camino en veynte días, de manera que dentro de veynte días a de ir y tornar a esta çiudad y a la dicha çiudad de Salamanca, donde saliere; y no lo cunpliendo así, que pague seys reales por cada un día de los que más se detuviere para la casa de la cofradía de Andaluzía y Estremadura que está en la dicha çiudad de Salamanca. Y todo lo suso dixo que cunplirá y que entregará todo lo que resçibiere a las personas para quien se ynbiare, con más todas las costas y daños que a los ynteresantes se les siguieren y resultaren. E para ello obligó su persona e bienes muebles y raízes avidos e por aver y a sus herederos y suçesores y dio por sus fiadores a Fernando de Trugillo, sastre, y a Pedro Franco, veçinos desta dicha çiudad, los quales estavan presentes, dixeron que an oydo y entendido lo de suso contenido e que el dicho Françisco Bermejo se a obligado y que salían y salieron por sus fiadores y como prinçipales pagadores y juntamente con ellos, de mancomún a boz de uno y cada uno de ellos por sí e por el todo…
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1588. fol. 118r.)

    Apenas cuatro días después y ante el mismo escribano, ratificaban el acuerdo quienes se beneficiarían de él, los estudiantes. Seis de ellos querían asegurar su compromiso -y el del resto de los “demás estudiantes naturales de esta dicha çiudad y su tierra que residen en la universidad de Salamanca”- de usar los servicios del arriero Bermejo. 
Juan de la Cruz Cano. Manteista (1). 1777

    Don Baltasar de Orellana, Fernando de Alarcón, Alonso de Bibanco, Diego de Camargo,  Marcos de Orellana y Juan de Camargo aseguraron en esta obligación, “por lo que a ellos toca y en boz y nonbre de los demás estudiantes desta dicha çiudad y su tierra de manteo y bonete antiguos”, que cumplirían las condiciones del asiento hecho con el recuero pocos días antes, no utilizando los servicios de ningún otro, “y si lo hizieren le pagarán de vazío los caminos que hiziere”.
    Noticias, dineros y vituallas, lazos con la familia y con la tierra que marcharon a lomos de mulos siguiendo los viejos caminos arrieros hasta la ciudad del Tormes, hasta su Universidad, hasta los trujillanos que con impaciencia esperarían la siguiente llegada de Francisco Bermejo, el recuero de La Alberca. 


(1). Manteísta.- El que asistía a las escuelas públicas vestido de sotana y manteo, cuando los estudiantes utilizaban este traje. Llamábase así a la generalidad de los escolares para diferenciarlos de los que tenían beca en los colegios mayores.

7 de agosto de 2026

El eclipse, mejor en Trujillo

    Hoy, cuando muchos buscan el sitio perfecto para ver ese eclipse del que nos han hablado, debemos recordar otro momento en el que Trujillo pareció ser ese lugar. Porque en 1753 llegaron noticias de que astrónomos franceses situaron en nuestra ciudad (junto a Aveiro, en Portugal) el punto ideal para ver cómo el día se haría noche, cómo el sol quedaría oculto por la luna. Y desde tierras gaditanas llegó a Trujillo una comitiva no muy extensa de hombres doctos y expertos que esperaban observar y estudiar el acontecimiento.
    El arca no parecen existir referencias del suceso, que parecería no haber ocurrido y, sin embargo, tuvo lugar “casi” como se anunció.
    El profesor José Manuel Vaquero nos cuenta esa curiosa historia y de su investigación hemos sacado los datos de la expedición científica que llegó a Trujillo desde el sur, desde la gaditana Real Academia de Guardias Marinas y su recién creado Real Observatorio.
Luis Godin. Fuente: Wikipedia
El propio director de la Academia, Luis Godin, encabezaba el grupo que componían los alféreces de fragata Presentí e Inclán y los guardiamarinas Guerrero, Basurto y Cañas. Llegaron por el camino real de Sevilla una semana antes de la fecha señalada para el eclipse, el 26 de octubre de 1753. En esa semana buscarían “un parage el mas a propósito para la del eclipse de Sol“, prepararían los instrumentos que llevaban consigo para su estudio y acabarían los cálculos necesarios. Lo demás de esa semana… lo debemos suponer porque nada dicen ellos ni el arca. Conocer la ciudad, recibir los saludos y bienvenida de sus autoridades y compartir charla con quienes tuvieran en la ciencia uno de sus intereses.
    Cuando desde Santa Cruz avistaran la ciudad de Trujillo, encaramada en su berrocal, debieron empezar a pensar dónde instalar sus instrumentos y desde dónde hacer sus observaciones. Sí nos dicen que su decisión fue la propia ciudad y si hoy lo imaginamos, no encontramos mejor posición que la explanada ante el castillo, abierta al sol naciente, pues el eclipse fue en la mañana, temprano.
    El Trujillo que encontraron miraba al cielo desde hacía meses, pero no porque esperara acontecimientos astronómicos.  Miraba al cielo e imploraba agua. Al acabar el mes de marzo de ese año, el 30 de marzo, atendiendo la ciudad a la falta de lluvias que hacía que los campos se fueran “exterilizando, de que se seguirá la total desolación” acordó recurrir a la piedad divina llevando a la iglesia de San Martín la imagen milagrosa de Jesús Nazareno y la virgen de la Piedad.
Una larga sequía había vaciado ríos y fuentes. Era imposible moler en los molinos de los secos y reducidos Magasca, Tozo o Almonte. Sólo el lejano Tajo conservaba el agua necesaria para mover sus molinos y llevar el grano hasta allí encarecía el pan. Los arrieros elevaban sus precios, un real por legua, al no encontrar cebada para sus mulas “ni aún al precio más elevado, ni paja, y no haver prado”. ¡Y si hubiera trigo que moler!. Las escasas cosechas que se habían sucedido en los últimos años por falta de lluvias habían vaciado los graneros y el pósito de la ciudad, no habiendo trigo “en esta ciudad ni en los lugares de su zircuito” sin que pudiera tenerse esperanza de que la situación mejoraría en la siguiente cosecha pues la falta de lluvias auguraba lo contrario.
    El obispo placentino, al que se pidió ayuda, no pudo contribuir con trigo. Temerosa la ciudad “del grave daño del hambre”, mandará  hasta el monasterio de Guadalupe al regidor don Juan Francisco Quílez, a quien, por uno de sus habituales achaques de gota, hubo que proporcionar una calesa para que “con menos incomodidad pueda pasar a la villa de Guadalupe a soliçitar con el reverendo padre de aquella santa casa y grave comunidad, ver si nos pueden prestar alguna porción de fanegas de trigo”. 
    Poco más de 50 fanegas pudo el monasterio prestar a Trujillo pues ni para la manutención de sus monjes alcanzaba lo cosechado y ya buscaban trigo en Castilla y en la Mancha, “lo qual visto por la ciudad más la comprimió y angustió considerar que una opulenta casa se hallase, por lo que da de sí el tiempo, en tan miserable estado”.
    En Serradilla, en Salamanca, en Almendrajejo o en Sevilla. En todas partes buscó ese año Trujillo trigo para surtir de pan a sus vecinos. Aunque fuera de poca calidad, aunque fuera caro. El convento de Santa Clara prestó 30.000 reales de vellón para tales compras, pero fue poco lo que se pudo conseguir porque en todas partes faltaba el trigo.
    Año extraño e irregular, dijeron. Se morían las vacas y los carneros por “lo recio del temporal y falta que motiva de pastos”, además de “enfermedades que padece el ganado vacuno”, por lo que ese año fue sobre todo carnero lo que se pudo vender en la carnicería trujillana.
    Antes de que llegara el verano, en mayo, pocas eran las fuentes que aún tenían agua, “todas están secas, a exzepzión de la la Fontalva y ésta muy próxima a apurarse”.  Y cuando llegó el verano faltó la nieve, escasa como el agua en el invierno anterior. 

1753, agosto 3. Trujillo
El señor don Pedro Joseph de Bargas hizo presente a la ziudad se conduzía de su pozo la última nieve y que era preciso conduzirla de otros parajes para que no falte este avasto a el público; y por la ziudad se acordó que este cavallero providenzie se traiga del pozo de Guadalupe, el de el Piornal o Zalamea y que con atención a el crecido costo que a de tener y a ser preciso dar la libra a mayor precio, sin aver tenido logro de avastezedor seguro que la sacase de este cuidado, sin envargo de haverse sacado a pública subastazión, acordaron que por ahora e interin se pueda resolver con pleno conocimiento del costo con que sale la arrova de tal especie puesta en esta ziudad, que se venda cada libra al precio de veinte mrs, y así lo acordaron y firmaron.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 280, fols. 80v-81r)

    Esta es la ciudad que encontraron los viajeros venidos de Cádiz; viajeros que, ansiosos de sus observaciones, no dejaron noticias de esa ciudad doliente encaramada en lo alto del berrocal. 
“Empezó el eclipse á las 7h 46' 12" de la mañana, y acabó á las 10h 16' 35", siendo la mayor oscuridad a las 9h 1' 18". Por supuesto que debió llamar la atención de los trujillanos, pues, como escribió don Luis Godín al marqués de la Ensenada apenas dos días después del eclipse, pese a no ser total, “quedó tan poca luz, que se vieron las más hermosas estrellas y planetas, y que los páxaros se precipitaron á esconder como vergonzosos del descuido”. Y no fue total porque quizás los astrónomos franceses no calcularon bien la posición de Trujillo, pero los marinos hicieron sus observaciones y volvieron a Cádiz con datos precisos y preciosos.
Datos del eclipse de 1753 en Trujillo
https://photoephemeris.com/es/eclipses/solar/HSE1753Oct
    En el siglo de las Luces, el eclipse no representaba ya funestos presagios ni malos augurios y poco más podía empeorar en la ciudad, pero sirvió para que Trujillo pasase de ser “un lugar ignorado para la ciencia internacional a ser un punto de interés para los astrónomos europeos”.
    En palabras del profesor Vaquero, “El registro de este eclipse desde Trujillo constituye la primera observación astronómica de calidad conocida en Extremadura capaz de establecer con cierta precisión coordenadas geográficas” y “el episodio más importante de la historia de las ciencias físico-matemáticas en Extremadura durante el siglo XVIII”. 

26 de julio de 2026

Pasteleros y confiteros, alojeros y botilleros

    Es tal la riqueza del arca en noticias que en ella se mezclan la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, la esperanza o el desaliento, lo dulce y lo amargo. Todo aparece en ella, todo puede salir de ella.
    Dulces y pasteles forman parte de las celebraciones de la vida de los trujillanos. Todos recordamos las vitrinas que en la calle Tiendas nos hacían disfrutar de sabores que aún hoy nos ofrecen algunos obradores de la ciudad.
    Confituras y mazapanes, turrones y bizcochos para acompañar las fiestas de toros, para agasajar a una emperatriz en Madrigalejo o al hijo de un rey en el barrio de la Piedad, el mismo lugar en el que se celebraría, también con dulces, entonces traídos desde Cáceres, la nueva ermita de la Virgen. Tortas de Santa Clara (hechas con almendra, azúcar, frutas en conserva, canela y huevos), “rajuelas” de San Miguel (con almendra, harina, aceite, azúcar y miel) y también “roscas” de San Pedro, rellenas de carne de carnero. 
    Pasteles que endulzan nuestra memoria y que hoy siguen alegrando festejos y celebraciones y pasteles salados que salieron de manos artesanas y degustaron los trujillanos de siglos atrás; pasteles y pasteleros que también encontramos en el arca porque de ellos se ocuparon y preocuparon los regidores del ayuntamiento. 
    En 1598, los pasteles (entonces rellenos de carne) les parecían caros y “muy pequeños”, por lo que el concejo decidió intervenir precisando y determinando el peso y precio de aquellos manjares. Cuatro tamaños definidos por su precio (4, 8, 16 y 32 maravedís) y su peso (3, 6, 12 y 24 onzas) (1) a los que los pasteleros habrían de ajustarse so pena de caer en la importante multa de 600 maravedís.
    Apenas diez años después se debatía de nuevo sobre pasteles y pasteleros, aunque no sobre el precio ni el tamaño de los ofrecidos a los trujillanos. Mucho pan y poca carne debió ser ahora la queja de quienes compraban a los pasteleros de la ciudad y el ayuntamiento entró a concretar cuánto “relleno” debía encontrarse en los pasteles trujillanos. 
    Y aunque el regidor Diego del Saz contradijo lo acordado en el ayuntamiento, por considerar que la ciudad no gastaba mucho en pasteles y los pasteleros podían demostrar sus escasos ingresos y pobreza, el 3 de octubre de 1608 se aprobaba y fijaba la “lista de precios” y calidades de los pasteles que días antes había sido redactada por el alcalde mayor y algunos regidores.

1608, septiembre 27. Trujillo
Preçio de los pasteles. En la çiudad de Trugillo, en veinte y siete días del mes de setienbre de mil y seisçientos y ocho, los señores dotor Cohorcos, alcalde mayor en esta çiudad por su magestad, y Gómez de Solís y Vargas, y Juan de Camargo y don Jerónimo de Loaysa, rejidores de la dicha çiudad, por ante mi, Bartolomé Díaz, escrivano del número e ayuntamiento della, dixeron que reformavan y reformaron el preçio de los pasteles que venden los pasteleros desta çiudad y mandaron que de aquí adelante los vendan por los preçios y en la forma siguiente.
De a 4. El pastel de a quatro mrs. que tenga de peso tres onças y la una onça sea de carne.
De a 8. El pastel de a ocho mrs. tenga de peso seis onças, las dos de carne picada.
De a 16. El pastel de a diez y seis maravedís a de tener de peso doçe onças, las çinco de carne picada.
De a real. El pastel que se vendiere por un real, a de tener de peso veinte y quatro onças, las diez de carne picada.
Hechuras. Yten que los dichos pasteleros puedan llevar de hechura por qualquier pastel que le dieren a haçer dándole todos los recaudos para echar en él, pueda llevar de pan y hechura otro tanto valor como tuviere la carne que se le diere para echar en los dichos pasteles de hechura. Y mándase notificar a los pasteleros desta çiudad que guarden y cumplan esta postura y no ezedan della so pena de seisçientos mrs. a cada uno por cada vez que llevare más preçio del que está dicho o le faltare el peso que de suso se contiene, repartidos por tercias partes, denunçiador y juez y propios de ziudad. Ante mi Bartolomé Díaz (rúbrica)
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 66, fol. 437r.) 

    No debió ser buen negocio y seguramente, como indicara el regidor del Saz, fueran pocos los ingresos que la venta y hechura de pasteles reportara a los pasteleros en la ciudad. Así, como en otras ocasiones con diferentes oficios, la ciudad habrá de ofrecer ventajas económicas para que en la ciudad se asienten y mantengan pasteleros. 
    En mayo de 1682, Juan del Sol, pastelero, ofrecía a la ciudad establecerse en Trujillo y abrir tienda de su oficio. Y puesto que era “cosa tan necesaria en esta çiudad, por la falta que ay del en ella”, el concejo no dudó en solventar los problemas económicos que Juan del Sol tenía para adquirir harina e iniciar su actividad ofreciéndole seis fanegas con las que pudiera comenzar su trabajo, e igualmente pagó durante años el arrendamiento de la casa de la calle Sillería en la que el pastelero vivía y ofrecía sus pasteles.
Juan van der Hamen y León. Bodegón con dulces y recipientes de cristal. 1622
©Museo Nacional del Prado

    Al iniciarse el siguiente siglo, un nuevo ofrecimiento prometía traer a la ciudad las nuevas modas que en bebidas dulces se ofrecían en otros lugares. Junto a limonadas de agua de limón o vino, la aloja era un bebida “muy ordinaria en el tiempo del Estío, hecha de aguamiel y especias (jengibre, pimienta, canela, clavo o nuez)”, servida con barquillos y suplicaciones (2), pero el gusto a especias parecía cosa anticuada y su consumo era cada vez menor. Por eso, la ciudad acogió con agrado y exenciones el ofrecimiento de quien se decía botillero y estaba dispuesto a abrir negocio en Trujillo y ofrecer sus deliciosas y refrescantes novedades.

1701, agosto 18. Trujillo
Admítese por votiller a Juan Antonio de Urrieta. Por quanto en este aiuntamiento se vio una petizión de Juan Antonio de Urrieta en que dize entender el ofizio de botiller y hazer diferentes bevidas de azúcar clarificada sin usar de aloja ni barquillos, sí solamente de bizcochos, y que eximiéndole de pagar alcavala y zentena de dichas bevidas se determinará a quedarse en esta ziudad a hazerlas. Y vista por la ziudad le admitió a el uso y exerzizio de botiller y le eximió de la contribuzión y paga de la alcavala y zentena de dichas vevidas, con calidad y condizión de que las haga lexítimas de azúcar y las venda a postura de los señores correxidor y comisarios de los meses a quien tocare.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 232, fol. 30v)

    Pasteleros, confiteros, alojeros y botilleros. Todos ellos alegraron con sus productos las mesas y celebraciones de la ciudad y de todos ellos heredaron el saber y las recetas los obradores que en la ciudad siguen endulzando la vida de los trujillanos.

 Casimiro Sainz Saiz. Interior de una botillería.
1878. ©Museo Nacional del Prado

(1) Una onza equivale a 28,349 gramos. 
(2) “Barquillo estrecho que se hacía en forma de canuto”. RAE.

14 de junio de 2026

Ausencia por excomunión

    Como hoy, era catorce de junio y hacía calor. Pero era jueves y Trujillo celebraba una de sus más importantes fiestas, el Corpus. En 1691 quedaban lejos los días de esplendor en la procesión del Corpus Cristi. Los muchos gastos de años y años de guerra habían llevado a Trujillo a una situación preocupante de sus rentas. Peticiones constantes de la Corona de hombres y dinero, tránsitos de soldados por su tierra camino de la frontera o de vuelta de ella, alojamientos de compañías que consumían recursos de la ciudad y sus vecinos…Todo se volvía en contra de los deseos de Trujillo de que los gastos que se hicieran pudieran realzar tan señalada fiesta, aun cuando su recorrido era ya más reducido del que antaño se hacía por sus calles. 
    Tampoco el año fue propicio a la fiesta. El conde de Montijo, capitán general de los Ejércitos de las fronteras de la Provincia de Extremadura, escribía una y otra vez a la ciudad reclamando hombres y recursos sin que Trujillo encontrase ya qué bienes hipotecar para seguir contribuyendo a lo que se le demandaba.
    Fue además un año caluroso, de escasas lluvias, que las misas y novenas que se hicieron en su ermita y en la iglesia de Santiago a la virgen de La Piedad ya desde el mes de abril, no lograron aliviar. Se imploraba el auxilio divino por “la esterilidad del tiempo, falta de agua y abundancia de langosta”. Incluso la ciudad hubo de ordenar en junio que las fuentes se tapasen para prevenir que se llenasen de langostas, abundantes en los prados y el berrocal, y sus aguas se corrompiesen, acordando “se tapen con sávanas y se pongan guardas que asistan en dichas fuentes para escusar el daño que pueden hazer en ellas la plaga de langostas”. 
    También ese año san Gregorio, abogado divino contra la plaga, recibió las plegarias de labradores y vecinos y la ciudad entendió que correr toros en su fiesta de mayo sería, no solo cumplimiento del voto hecho al santo sino también “consuelo del pueblo”, aunque se advirtió a los regidores comisionados para la fiesta, don Cristóbal de Chaves y don Diego Quílez de Castro, atendieran en la celebración  “a la estrechez de medios con que se halla” la ciudad . 
    Llegaba el calor y faltaba la nieve que permitiría aliviar en el verano los padecimientos de algunos enfermos. El pozo que la recogía y guardaba en la caballería de Mohedas, cerca del término de la villa de Garciaz, necesitaba de grandes reparos que se harían al final de ese año. La “cama” estaba podrida y sería necesario sacar las ochocientas arrobas que en diciembre tenía el pozo, limpiarlo y “hecharle cama nueva” sobre la que volver a almacenar nieve para el siguiente año.
    Un nuevo cirujano llegó ese año desde Alcuéscar y se avecindó en la ciudad. Juan Martín cuidaría de la salud de los trujillanos junto al doctor don José Roldán o la nueva partera, María Jiménez, a quienes los médicos de la ciudad examinaron para concederle la licencia que le permitiría unirse a otras mujeres que ayudaban a nacer a los nuevos trujillanos.
    Se cuidaron los álamos de los prados de San Juan y la ciudad continuó viendo discurrir lentamente el año celebrando san Pablo, la Candelaria, rezando a la Piedad, san Roque o san Andrés, acogiendo a soldados y reconociendo de nuevo el vecindario para escoger a quienes servirían por la ciudad y la Provincia a su Rey “en el exérçito y cavallería de Milán”.
    El corregidor don Rodrigo de Hoces y Córdoba, que desde junio de 1688 ejercía su oficio en la ciudad, estaba cercano a cerrar su estancia en Trujillo y tampoco para él fue un año tranquilo.
    En enero, el día 23, hubo riña en la plaza resultando herido don Juan Francisco de Ulloa y las pesquisas del corregidor señalaron como culpable a Francisco Acedo, quien, refugiado en el convento de San Francisco, pretendió acogerse a la justicia eclesiástica. Difícil convivencia tuvieron siempre ambas jurisdicciones, civil y eclesiástica, celosas ambas de sus competencias. No lo dudó el corregidor y pese a las protestas del guardián del convento exigió la entrega del culpable, lo que le ocasionó un primer auto de excomunión por parte del vicario de la ciudad por considerar eclesiástico a Francisco Acedo y que acabó con el propio herido, don Juan Francisco de Ulloa, en la cárcel real de la ciudad. 
    Resuelto el caso, volvió de nuevo don Rodrigo de Hoces a chocar con la justicia eclesiástica unos meses después y por el mismo motivo. El día catorce de mayo el corregidor acudía a la casa de Juan Maestre ante el aviso de que su hijo Mateo Maestre, clérigo de menores, yacía moribundo en la cama por las heridas de un arcabuz, “y abiéndose reconocido por zirujano aprovado la erida, declaró ser mortal de nezesidad como suzedió muriendo dentro de dos oras”. Las averiguaciones llevaron a Diego Hernández y de nuevo un convento fue refugio del culpable. En el convento de la Merced encontró el corregidor al fugitivo “y por aber muerto a un eclesiástico alebosamente de un alcabuzazo, pues dicho difunto no tenía armas, pasó su merçed a dicho conbento y allándole en la clausura del, le sacó y le puso en la cárçel real de esta çiudad”. De nuevo el vicario alegó su derecho a juzgar a quien se había refugiado bajo su amparo y gozar por tanto de inmunidad ante la justicia civil y de nuevo el corregidor reclamó la competencia de la real jurisdicción. Choque de competencias y de nuevo pesó sobre el corregidor el castigo eclesiástico de la excomunión que, aunque fue levantado por el provisor de Plasencia, no fue ejecutado con rapidez por el vicario de Trujillo, don Juan García de San Martín, cura párroco de la iglesia de San Andrés. El Consejo Real debería de nuevo atender a la petición del corregidor trujillano de protección ante los eclesiásticos y de afirmación de la jurisdicción real, pero entre tanto llegó el jueves del Corpus y en su condición de excomulgado sería impensable asistir con el ayuntamiento a la celebración.
Procesión del Corpus en Trujillo. 1964. Foto J. Redondo

    El relato escueto del escribano del discurrir de la procesión de ese jueves 14 de junio de 1691 no nos habla de danzas, representaciones, colgaduras y fiesta. Fueron pocos los regidores que acudieron a Santa María y la representación de la ciudad, en ese caluroso día, la tuvo el alcalde mayor, el licenciado don Pedro de Molina Miñano. 

1691, junio 14. Trujillo
Jueves del Corpus 14 junio de 1691 fue muy caluroso. Salió la proçesión de Santa María después de las 9. Asistió la çiudad como acostumbra pero no el señor correxidor por estar excomulgado. Fue en su lugar su alcalde mayor a quien acompañaron don Fernando de Contreras, que llevó el estandarte, don Christóval de Chaves, alcalde de la Hermandad, don Juan de Oviedo se incorporó en Santa María. Fue comisario de la fiesta con don Françisco de Mendoça, don Juan Sedeño, don Joseph Sedeño y don Juan Çervantes, rexidores, y no más rexidores.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 85.1)


27 de marzo de 2026

La Vuelta pasó por Trujillo

    A punto estuvo de no celebrarse la IX edición de la Vuelta Ciclista a España en 1950. Ya el año anterior fue imposible organizarla y los motivos fueron económicos. A principios de febrero de 1950, el presidente de la Federación Española de Ciclismo, Alfredo Delgado, indicaba que ese año tampoco se celebraría la Vuelta y que  había nada definitivo sobre que el ciclismo español estuviera representado en la vuelta a Francia pero sí lo haría en la vuelta al Marruecos francés, que reuniría a todos los “ases” internacionales. 
    Aunque la firma comercial barcelonesa “Iberia Radio” se mostró interesada en la organización de la prueba, finalmente serían el diario “Ya” y la Unión Velocipédica Española los que asumieran el coste de la Vuelta que había visto su primera edición en 1935. 
    En junio parecía que todo estaba dispuesto. El presupuesto total ascendería a 412.000 pesetas de las que el ganador se llevaría el importante premio de 50.000 pesetas y se disputaría entre el 17 de agosto y el 10 de septiembre.
    Con inicio y final en Madrid, las 23 etapas de la IX edición de la Vuelta tendrían un recorrido en sentido opuesto al de los años anteriores y, como en 1935, las etapas del norte serían las primeras dejando para el final el itinerario por el sur en lo que se esperaba serían los días menos calurosos.
    En ese recorrido, Trujillo vería por primera vez pasar por sus calles a los corredores en la que sería la penúltima etapa de la Vuelta y además se situaría en la ciudad uno de los nueve controles elegidos.


    Ese protagonismo de Trujillo en el calendario entonces previsto (24 de agosto a 17 de septiembre), llevó a la organización a solicitar la ayuda de la ciudad, que como otras muchas en igual circunstancia recibió la instancia que a su ayuntamiento dirigió Alfredo Delgado Barguilla, presidente de la Unión Velocipédica Española-Federación Nacional de Ciclismo, solicitando el apoyo económico de Trujillo. 

1950, junio 14. Madrid
 (...) En el itinerario previsto para la referida carrera figura esa ciudad como lugar donde se ha de establecer un control de aprovisionamiento (sin parada) para los corredores, estando calculado el paso para el día 16 de septiembre. Aparte del interés local que la celebración de dicha carrera pueda tener para esa ciudad bajo el punto de vista turístico, existen otras razones para que a la referida carrera se la preste el mayor interés: la propaganda que, bajo todos los puntos de vista, supone para España ante el mundo entero su celebración y lo que supone de apoyo a una industria que, como la de la bicicleta y sus accesorios, constituye el medio de vida de tantos miles de obreros españoles.
De la importancia que a esta clase de carreras se concede en el extrangero es buen exponente de que Francia, Italia, Suiza, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suecia, Portugal, Austria, Hungría, Polonia y Méjico, naciones a las cuales va a sumarse esta temporada la Alemania occidental a pesar del estado en que ha quedado después de la guerra, vienen celebrando su Vuelta cada año sin interrupción considerándola como una prueba deportiva del más alto interés nacional.
España no puede ni debe quedar atrás en este aspecto. Pero la carrera de referencia tiene un presupuesto de un millón de pesetas imposibles no ya de cubrir sino siquiera de aproximar sin el apoyo económico decidido de los organismos oficiales de todas y cada una de las ciudades comprendidas en el recorrido.
Hasta la fecha los apoyos económicos recibidos por la VUELTA CICLISTA A ESPAÑA han sido insuficientes siendo esta la razón por la que el año pasado ha dejado de celebrarse. 
Por todo lo expuesto y con la más firme esperanza puesta en el resurgimiento del ciclismo español
SOLICITA de ese Excmo. Ayuntamiento, de su digna Presidencia, una subvención de DOS MIL PESETAS con destino a los gastos de organización de la repetida carrera.
Gracia que espero alcanzar de V.E, cuya vida guarde Dios muchos años.
Madrid 14 junio de 1950
A. Delgado (rúbrica)

EXCMO. SR. ALCALDE-PRESIDENTE DEL AYUNTAMIENTO DE TRUJILLO
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1776.45)

    Presentada la instancia en el pleno del día 30 de junio, poco hubo que discutir. “Aun sintiéndolo mucho”, el ayuntamiento acordó “no ser posible acceder a la subvención interesada debido a la situación económica en que se encuentra este Municipio”, ordenando al secretario comunicase la decisión al Presidente de la Unión Velocipédica Española.
    Treinta y cinco ciclistas españoles, cinco belgas y tres italianos iniciaron el 17 de agosto la Vuelta en Madrid. Algunos cronistas deportivos hablaron de falta de brillantez en la actuación personal de los participante, quizás por la ausencia de grandes ases del ciclismo y la desgana de otros. 
    Trujillo siempre ha resultado una ciudad que acoge y festeja, que celebra y curiosea en todo tipo de acontecimientos. No iba a ser menos un suceso deportivo que debió ser comentado en la plaza, corrillos, bares y tabernas.
    El arca nos ha mostrado cómo a lo largo del tiempo, acontecimientos de pequeña o gran relevancia, cercanos o lejanos eran celebrados y festejados. Por eso llama la atención que la prensa local no recoja lo que la nacional sigue, relata y comenta; que un acontecimiento inusual en Trujillo y que discurría por el camino real no quedase reflejado en sus páginas. Porque el paso de los ciclistas fue presenciado por numeroso público que les ovacionó, pese al calor de ese sábado 9 de septiembre.
    Fueron esos días de un intenso calor; “calor extremeño”, dijeron algunas crónicas deportivas; “calor de horno” dijeron otros. Algún corresponsal no recordaba ninguna etapa tan angustiosa como esa, por el calor.
    El día anterior, el 8 de septiembre, se celebró en Trujillo un interesante partido de fútbol en homenaje al entrenador del Club “Deportivo Trujillo”, Severiano Uría, entre el once trujillano y el Deportivo Cacereño. “El excesivo calor restó brillantez al juego, especialmente en el segundo tiempo, sintiéndose los jugadores un poco agotados”, contó la prensa cacereña.
    A las diez de la mañana del sábado día 9 atravesaba Trujillo la novena edición de la Vuelta Ciclista a España”, con calor, mucho calor. Tanto que el ganador de la Vuelta, el gallego Emilio Rodríguez, el que logró vestir en Madrid el maillot de ganador, entonces blanco con franja roja, consideró las dos últimas (Mérida-Talavera de la Reina y Talavera de la Reina-Madrid) las
más duras de todo el recorrido.
    No fue el paso por la ciudad de personajes reales que se recibían o festejaban ni tropas que, propias o enemigas, terminaban agotando las haciendas, viviendas y despensas trujillanas. Fue participación, fiesta y deporte. 



8 de marzo de 2026

Sororidad silente

    El arca guarda celosa y silenciosamente noticias muy diversas pero pocas tienen que ver con personas y grupos relegados y silenciados. La información sobre la mujer en sí es escasa en nuestra arca y en tantas otras, una muestra más de su papel secundario al que lamentablemente se le ha relegado en todas sus acepciones a lo largo del tiempo.
    Entre las noticias relativas a la mujer que pueden rastrearse y encontrarse hay algunas que nos hablan de sororidad, de una sororidad silente, callada y continuada en el tiempo. 
    Los testamentos de mujeres están llenos de otras mujeres, de hijas o hermanas, primas o sobrinas, amigas, criadas y esclavas a las que no se olvida en los últimos momentos de la vida. Para ellas son pequeñas mandas de mantos, sayas y tocas, sábanas o almohadas. Para ellas se destinan pequeños regalos o hermosos y grandes presentes como la libertad.
    Siempre es un arropamiento y acompañamiento entre las mujeres, más necesario en tiempos inciertos y en espacios en que, desde la confesionalidad y creencias religiosas, se busca la protección y el seguro junto a otras mujeres con las que compartir vida y oración.
    Aunque sus puertas no estaban abiertas a todas las mujeres, pues la dote a entregar era mucha y al alcance de pocas, si hay un mundo femenino que nos abre el arca, éste será el de los conventos, beaterios y monasterios.  Sea o no una elección libre de vida, en ellos la mujer se siente acogida y protegida y la sororidad, la amistad, estará siempre presente entre sus muros.
Portada de la iglesia del convento de Santa María y
la Magdalena. Hacia 1960.
    El convento de Santa María, el de las beatas de la Concepción “que es çerca de la yglesia mayor de Nuestra Señora desta çibdad de Trugillo”, acogió en agosto de 1570 a las nueve hermanas que residían en el convento de la Magdalena en Jaraicejo. “Enfermas e impedidas por la edad”,
no se sentían con fuerza para mantener su convento. El obispo placentino don Pedro Ponce de León atendió su petición de unirse a sus hermanas de Trujillo, “de su hábito, regla e profesión”. Veintinueve monjas de Santa María firmaron en agosto de 1570 el acuerdo que antes votaron -“todas juntas de un acuerdo e parecer”- por el que aceptaban acoger a sus hermanas de Jaraicejo en el convento de Trujillo, que ahora debería llamarse de Santa María y la Magdalena. Una comunidad de mujeres que crecía, que acogía a otras mujeres que necesitaban de cuidado y ayuda.
    En 1578 aún pleiteaba el monasterio trujillano por conseguir que algunas de las rentas que mantenían a las monjas de la Magdalena “que en aquella sazón residía en la villa de Xarahizejo y agora está encorporado en este dicho convento” llegasen a Trujillo para el mismo fin. 

    En ese año, el doce de junio, una de las beatas profesas del convento, María de Mesa, pedía licencia a la priora

1578, junio 12. Trujillo
En el nonbre de Dios, amén. Sepan quantos esta carta vieren, como yo, María de Mesa, freyla prophesa en el monesterio de Santa María y la Magdalena de la çiudad de Trugillo, con lizençia y espreso consentimiento que pido a la señora Marina Álvarez de Orellana , priora del dicho convento, para otorgar y hordenar este mi testamento con lo que en él será contenido, la qual dicha liçençia yo la dicha priora que presente soy, doy y conçedo a vos la dicha María de Mesa según y para lo que en ella pedís e yo la dicha María de Mesa la açepto y de ella usando y estando en mi libre juizio y entendimiento natural y creyendo como firmemente creo el misterio de la Santísima Trinidad y todo aquello que qualquiera fiel cristiana debe y es obligado a creeer como lo manda la santa madre iglesia de Roma, nuestra madre, para servir a Dios y bien de mi ánima, hago y ordeno este mi testamento en la manera siguiente.
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1578, fol. 99r.-100v.)

    No conocemos la edad de la beata María ni cuántos los años que llevaba en el convento de Trujillo (aparece entre las monjas que decidieron acoger a sus hermanas de la Magdalena en 1570). No realizó su testamento, como otras muchas hicieron, al iniciar su vida monástica, dejando ordenados y dispuestos sus asuntos terrenales, renunciando a sus bienes familiares,  cerrando el capítulo inicial de su vida y abriendo el siguiente y definitivo, “porque es bien e cosa razonable antes de salir del siglo disponer y hazer mi testamento”, diría doña María de Sotomayor, viuda de don Alonso de Sotomayor, antes de entrar en religión y tomar el hábito de la Purísima Concepción en Santa Clara.
    Como muchas otras religiosas, María de Mesa tiene poco de lo que disponer, pero tiene claro quiénes serán las destinatarias de sus escasos bienes.
    Su cuerpo deberá descansar junto a quienes le han acompañado en su vida monástica, “en la iglesia de este dicho monasterio de Santa María y la Magdalena, en la capilla, en la sepultura donde está enterrada doña Luysa de Chaves, mi tía”. Como hermana de la cofradía de la Soledad de Nuestra Señora, deseaba que asistieran a su entierro sus cofrades, junto a los de la Cruz y que sobre su sepultura se hicieran las ofrendas acostumbradas de pan, vino y cera.
    Misas por sus padres, por sus abuelos y hermanos, por su tía Luisa de Chaves y por dos de las beatas ya fallecidas, doña Francisca Calderón y Catalina de Hinojosa (de la que había sido testamentaria unos meses antes). 
    A su esclava Isabel, que con su consentimiento había casado con Salvador, criado de Juan de Escobar, le daba la libertad tras su muerte “y mando que le den un colchón y una manta y una sávana y dos camisas y un mantillo que yo tengo”. 
“Iten mando que una casa que yo tengo en el canpo de la fortaleza, la qual compré del arçipreste Juan Piçarro, en que bive al presente Isabel, mi esclava, que la suso dicha y su marido la gozen por todos los días que naturalmente bivieren y que después que sean falleçidos, quiero y mando que aya la dicha casa el cabildo de los capellanes desta çiudad, con tanto que sean obligados a me dezir una misa de la fiesta de San Juan Baptista en este dicho convento".
    Sus compañeras monjas Leonor de Paredes, doña Francisca Altamirano y María de San Juan recibirían dos ducados cada una; una sábana de lienzo y un ducado para doña Francisca de Orellana
y su poma de olor de oro pasaría a doña María de Chaves, siempre que doña Francisca de Solís no la quisiera y compensara a doña María de Chaves con ocho ducados.
    Será doña Francisca de Solís la que recibiría las rentas, durante el resto de su vida, de la parte que María de Mesa tenía en la heredad del Hocinillo, pudiendo traspasar la mitad de su usufructo a quien desease y pasando la otra mitad, tras la muerte de doña Francisca, a doña María de Chaves y doña Francisca de Chaves, hijas de Juan de Chaves Calderón, beatas del convento. Establece así una cadena que terminaría, tras la muerte de éstas, en doña Jimena de Orellana, hija de Juan de Solís, “quien al presente está en este dicho convento para ser beata en él”.
Poma de olor. En "Retrato de Caballero". 
J.C. von Oostzane. Rijksmuseum. Amsterdam
    Del resto de sus bienes y alhajas, “quiero y mando que…se haga el repartimiento y se den a quien y como yo mandare y se contuviere en una memoria que dexaré firmada de mi nonbre“. De cumplir su voluntad se encargarían sus testamentarios, su compañera doña Francisca de Solís y el clérigo Francisco Báez. Ellos deberían “entrar, tomar y vender” sus bienes, cumplir sus mandas y emplear el remanente, si lo hubiera, en su heredera universal, su alma. En ella habrían de gastarse y consumirse el resto de sus bienes “haçiendo sufragios por ella”.
    El marido de su esclava, Salvador Sánchez, el clérigo Báez, Lope Martín y Diego Martín, “trabajadores”, fueron testigos de cómo el escribano Pedro de Carmona anotó las últimas voluntades de la monja María de Mesa y presenció su firma.
    Ahora, en el último momento de su vida, había pensado como mujer -de un modo silencioso y silente- en otras mujeres al ayudarles a asegurar el mantenimiento de su vida terrenal. 
    Esa sororidad que la acogió y sintió, la que pudo practicar en vida, estuvo presente poco antes de su muerte y continuaría tras ella.

24 de febrero de 2026

El Libro Negro

    Don Diego de Sandoval Negral de Vivero, caballero de la orden de Santiago, era natural de Fontiveros, en Ávila. Tras dejar el corregimiento de Molina de Aragón, en 1550 llegó a la ciudad de Trujillo como su nuevo corregidor poco antes del día de San Andrés, momento en el que ya presidió la elección de los oficios que realizaban los regidores trujillanos. 
    Quizás en esa elección se suscitase el problema que entre los regidores de la ciudad suponía el orden de sus asientos y que, trasladado al nuevo corregidor, pensaron que podría ahora tener solución. Pero uno de los principales temas que ocuparon las labores del corregidor Sandoval a su llegada a la ciudad sería el orden y la preservación de los muchos documentos que atesoraba su archivo. 
    El tres de enero de 1551 se reunía el ayuntamiento con escasa presencia de regidores. Tan solo seis de los dieciséis regidores que conformaban el concejo en ese momento acudieron al cabildo. Juan de Chaves, Pedro Suárez de Toledo, Martín de Chaves, Juan de Solís, Alonso Ruiz y Juan Pizarro de Orellana acompañaron a don Diego de Sandoval con el único propósito “de ver el ynventario de las provisiones, privilegios e otras escrituras que esta çibdad tiene”, recopilación encargada por el corregidor a los escribanos del ayuntamiento a quienes había dado un plazo de nueve días para asentar el inventario en el libro que para ello se dispuso en el arca nueva de la sala del ayuntamiento. Dos días de cárcel y pena de seis reales podría haber supuesto para los escribanos no atender al requerimiento del corregidor, que pretendía con esta iniciativa conocer dónde y en qué estado se encontraba el patrimonio documental de la ciudad, anotado entonces “en papeles sueltos e mal conçertados”.
    Otros lo hicieron antes que don Diego Sandoval, anotando en sus registros los “libros viejos de escrituras viejas” que la ciudad conservaba. De ellos se preocupó el corregidor y su interés se centró en “Un libro viejo guarneçido en cuero negro de deslindamiento de las cavallerías” (1508).
Página del Libro Negro. Exposición
"Restaura. La Memoria de los Dococumentos"

Lo encontró “desojado y maltratado” mandándolo encuadernar el mismo año de su llegada a Trujillo.
    Unos años después, 1598, un nuevo corregidor, don Rodrigo de Bazán, volvía a ordenar un nuevo inventario del archivo trujillano. Y allí estaba el libro encuadernado por el corregidor Sandoval: “Otro libro que llaman el Libro prieto, enquadernado en tabla y cuero prieto, que es el libro antiguo que esta çiudad tiene de los amojonamientos antiguos de exidos de los lugares de la juridiçión de Trugillo y villas de su suelo y de las cavallerías y dehesas desta çiudad y el deslinde y amojonamiento del berrocal, como en el dicho libro se contiene”.
    En el Libro Negro o Prieto el escribano Blasco Domínguez recogió con cuidada caligrafía en los inicios del siglo XV los documentos que a la muerte de Alfonso García Tierno, escribano del concejo, se conservaban en su registro. La concesión del Fuero Real a la entonces villa de Trujillo, privilegios, deslindamientos, sentencias sobre ocupaciones de tierras concejiles... Documentos del siglo XIII y XIV a los que quizás en las páginas dejadas al final del libro se añadieron tres documentos posteriores, dos en el siglo XV y uno a mediados del siglo XVI. Porque sería el propio don Diego Sandoval quien cerrase este libro Negro ordenando al escribano Florencio de Santa Cruz asentase en él el deslinde del berrocal realizado por el corregidor en enero de 1551
 
1551 octubre 22. Trujillo 
...dixo que dava e dio por pasto común y baldíos de la dicha çiuudad todo lo que por el dicho libro prieto pareçe aver sido dado por tal valdío si no fuere aquellas cosas de que mostraren los dueños dellas liçençia de Su Magestad o justo título para las poder poseer y así dixo que mandava e mandó se asiente e ponga en el dicho libro prieto e que yo el dicho escrivalo lo signe de mi signo para que en todo tiempo parezca lo que el dicho señor corregidor en la dicha razón dexó proveydo. Don Diego de Sandoval Negral de Bivero. E yo, Florençio de Santa Cruz, escrivano y notario público, presente fuy a lo que dicho es y de mandamiento del dicho señor corregidor lo fiz escrivir e por ende fiz aquí este mio signo a tal (signo y rúbrica) en testimonio de verdad.
Florençio de Santa Cruz escrivano.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1.1, fol. 155v)

    Cuatro siglos han pasado desde que el corregidor Sandoval mandara recomponer y encuadernar el Libro Negro y de nuevo unas manos cuidadosas y profesionales le han curado las heridas del tiempo y del uso. Hoy luce en la exposición “Restaura. La memoria de los documemtos” junto a otros de otras muchas arcas municipales. Pronto volverá a Trujillo con juventud renovada, agradecido y dispuesto a seguir conservando en el arca parte de la memoria de la ciudad. 
Exposición "Restaura. La memoria de los documentos". Sala Pintores. Cáceres.