Hoy, cuando muchos buscan el sitio perfecto para ver ese eclipse del que nos han hablado, debemos recordar otro momento en el que Trujillo pareció ser ese lugar. Porque en 1753 llegaron noticias de que astrónomos franceses situaron en nuestra ciudad (junto a Aveiro, en Portugal) el punto ideal para ver cómo el día se haría noche, cómo el sol quedaría oculto por la luna. Y desde tierras gaditanas llegó a Trujillo una comitiva no muy extensa de hombres doctos y expertos que esperaban observar y estudiar el acontecimiento.
El arca no parecen existir referencias del suceso, que parecería no haber ocurrido y, sin embargo, tuvo lugar “casi” como se anunció.
El profesor José Manuel Vaquero nos cuenta esa curiosa historia y de su investigación hemos sacado los datos de la expedición científica que llegó a Trujillo desde el sur, desde la gaditana Real Academia de Guardias Marinas y su recién creado Real Observatorio.
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| Luis Godin. Fuente: Wikipedia |
Cuando desde Santa Cruz avistaran la ciudad de Trujillo, encaramada en su berrocal, debieron empezar a pensar dónde instalar sus instrumentos y desde dónde hacer sus observaciones. Sí nos dicen que su decisión fue la propia ciudad y si hoy lo imaginamos, no encontramos mejor posición que la explanada ante el castillo, abierta al sol naciente, pues el eclipse fue en la mañana, temprano.
El Trujillo que encontraron miraba al cielo desde hacía meses, pero no porque esperara acontecimientos astronómicos. Miraba al cielo e imploraba agua. Al acabar el mes de marzo de ese año, el 30 de marzo, atendiendo la ciudad a la falta de lluvias que hacía que los campos se fueran “exterilizando, de que se seguirá la total desolación” acordó recurrir a la piedad divina llevando a la iglesia de San Martín la imagen milagrosa de Jesús Nazareno y la virgen de la Piedad.
Una larga sequía había vaciado ríos y fuentes. Era imposible moler en los molinos de los secos y reducidos Magasca, Tozo o Almonte. Sólo el lejano Tajo conservaba el agua necesaria para mover sus molinos y llevar el grano hasta allí encarecía el pan. Los arrieros elevaban sus precios, un real por legua, al no encontrar cebada para sus mulas “ni aún al precio más elevado, ni paja, y no haver prado”. ¡Y si hubiera trigo que moler!. Las escasas cosechas que se habían sucedido en los últimos años por falta de lluvias habían vaciado los graneros y el pósito de la ciudad, no habiendo trigo “en esta ciudad ni en los lugares de su zircuito” sin que pudiera tenerse esperanza de que la situación mejoraría en la siguiente cosecha pues la falta de lluvias auguraba lo contrario.
El obispo placentino, al que se pidió ayuda, no pudo contribuir con trigo. Temerosa la ciudad “del grave daño del hambre”, mandará hasta el monasterio de Guadalupe al regidor don Juan Francisco Quílez, a quien, por uno de sus habituales achaques de gota, hubo que proporcionar una calesa para que “con menos incomodidad pueda pasar a la villa de Guadalupe a soliçitar con el reverendo padre de aquella santa casa y grave comunidad, ver si nos pueden prestar alguna porción de fanegas de trigo”.
Poco más de 50 fanegas pudo el monasterio prestar a Trujillo pues ni para la manutención de sus monjes alcanzaba lo cosechado y ya buscaban trigo en Castilla y en la Mancha, “lo qual visto por la ciudad más la comprimió y angustió considerar que una opulenta casa se hallase, por lo que da de sí el tiempo, en tan miserable estado”.
En Serradilla, en Salamanca, en Almendrajejo o en Sevilla. En todas partes buscó ese año Trujillo trigo para surtir de pan a sus vecinos. Aunque fuera de poca calidad, aunque fuera caro. El convento de Santa Clara prestó 30.000 reales de vellón para tales compras, pero fue poco lo que se pudo conseguir porque en todas partes faltaba el trigo.
Año extraño e irregular, dijeron. Se morían las vacas y los carneros por “lo recio del temporal y falta que motiva de pastos”, además de “enfermedades que padece el ganado vacuno”, por lo que ese año fue sobre todo carnero lo que se pudo vender en la carnicería trujillana.
Antes de que llegara el verano, en mayo, pocas eran las fuentes que aún tenían agua, “todas están secas, a exzepzión de la la Fontalva y ésta muy próxima a apurarse”. Y cuando llegó el verano faltó la nieve, escasa como el agua en el invierno anterior.
1753, agosto 3. Trujillo
El señor don Pedro Joseph de Bargas hizo presente a la ziudad se conduzía de su pozo la última nieve y que era preciso conduzirla de otros parajes para que no falte este avasto a el público; y por la ziudad se acordó que este cavallero providenzie se traiga del pozo de Guadalupe, el de el Piornal o Zalamea y que con atención a el crecido costo que a de tener y a ser preciso dar la libra a mayor precio, sin aver tenido logro de avastezedor seguro que la sacase de este cuidado, sin envargo de haverse sacado a pública subastazión, acordaron que por ahora e interin se pueda resolver con pleno conocimiento del costo con que sale la arrova de tal especie puesta en esta ziudad, que se venda cada libra al precio de veinte mrs, y así lo acordaron y firmaron.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 280, fols. 80v-81r)
Esta es la ciudad que encontraron los viajeros venidos de Cádiz; viajeros que, ansiosos de sus observaciones, no dejaron noticias de esa ciudad doliente encaramada en lo alto del berrocal.
“Empezó el eclipse á las 7h 46' 12" de la mañana, y acabó á las 10h 16' 35", siendo la mayor oscuridad a las las 9h 1' 18". Por supuesto que debió llamar la atención de los trujillanos, pues, como escribió don Luis Godín al marqués de la Ensenada apenas dos días después del eclipse, pese a no ser total, “quedó tan poca luz, que se vieron las más hermosas estrellas y planetas, y que los páxaros se precipitaron á esconder como vergonzosos del descuido”. Y no fue total porque quizás los astrónomos franceses no calcularon bien la posición de Trujillo, pero los marinos hicieron sus observaciones y volvieron a Cádiz con datos precisos y preciosos.
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| Datos del eclipse de 1753 en Trujillo https://photoephemeris.com/es/eclipses/solar/HSE1753Oct |
En palabras del profesor Vaquero, “El registro de este eclipse desde Trujillo constituye la primera observación astronómica de calidad conocida en Extremadura capaz de establecer con cierta precisión coordenadas geográficas” y “el episodio más importante de la historia de las ciencias físico-matemáticas en Extremadura durante el siglo XVIII”.

