26 de agosto de 2026

El recuero de La Alberca

    Los días se van acortando. La canícula va pasando y, antes de que el otoño se desperece, comienzan a hacerse proyectos y a poner en marcha tareas y actividades que marcarán la vida de años próximos de algunos trujillanos.
    La finalización de agosto siempre ha sido la antesala de los comienzos de curso ahora y hace siglos. Marisa López Rol, nuestra archivera, nos permitió arrancar esta historia al darnos a conocer cómo el arca mostraba la preocupación de algunas familias trujillanas por el estudio de sus hijos, proveyendo de todo lo necesario para ello.
    La tarea no era menor hace más de cuatrocientos años, cuando se trataba de jóvenes de Trujillo y su tierra que habrían de cursar sus estudios en la Universidad de Salamanca.
    El primer requisito es que hubiera "posibles" para afrontar los gastos que ello suponía y luego confiar en que la capacidad y el esfuerzo permitieran culminar con éxito unos estudios que sin duda para algunos abrían posibilidades de ascenso social a quienes aún pesaba sobre ellos la "losa" de proceder de mercaderes. Mercaderes ricos, pero mercaderes. 
    No era esa la situación de don Baltasar de Orellana. El don que antecede a su nombre ya indica su posición social. Hijo del regidor Hernando de Orellana, su padre quiso asegurar que nada le faltase a don Baltasar mientras realizaba sus estudios universitarios en Salamanca y así, por el "mucho amor y buena voluntad a don Baltasar...y para que más cómodamente pueda proseguir en sus estudios", declaraba el 18 de febrero de 1588 ante el escribano Pedro de Carmona, "... que le hazía e hizo graçia y donaçión de quatro mil y trezientos reales de plata...para el dicho efecto de que mejor pueda estudiar y sustentar su persona en la dicha universidad...”.
    No sabemos si don Baltasar hizo buen uso de esos reales y aprovechó académicamente su estancia en Salamanca, además de disfrutar de la vida estudiantil lejos de casa y cerca de otros paisanos. Pero el arca sí nos cuenta que no fue lo único que dispuso su padre para hacer más "llevaderos" esos años universitarios.
    Llegado julio de ese mismo año, Hernando de Orellana volvía a estar ante el mismo escribano pero esta vez acompañado de otros suponemos que igualmente interesados en los mismos quehaceres. Ante el escribano Pedro de Carmona, Hernando de Orellana, don Gonzalo de Tapia, don Jerónimo de Loaisa, vecinos de Trujillo, y el doctor Gabriel Pizarro de Hinojosa, residente en la Universidad de Salamanca, se dispusieron el nueve de julio a dejar constancia del acuerdo al que habían llegado con Francisco Bermejo, arriero y vecino de La Alberca, en tierras del duque de Alba. 
   
Muirhead Bone. Old Spain. 1928
Con su recua de cuatro mulos, Francisco Bermejo sería la conexión entre Trujillo y su tierra y sus estudiantes de Salamanca. Durante un año a partir del primero de octubre, Bermejo realizaría “la vereda desde esta dicha çiudad para Salamanca”, llevando “provisión a los estudiantes que estuvieren en la dicha universidad, veçinos e naturales desta dicha çiudad y su tierra”. Libros, provisiones, dinero y cartas. Esa sería su carga como lo era la de otros muchos recueros que con similares contratos enlazaban a los universitarios salmantinos con sus familias y lugares de origen.
    Mientras que al doctor Pizarro quizás le moviera tener asegurado el contacto con su ciudad y su familia, el interés de los tres primeros otorgantes del documento debió ser otro. Sabemos de la preocupación de Hernando de Orellana por el bienestar en Salamanca de su hijo don Baltasar y seguro que a don Gonzalo de Tapia le sucediera lo mismo en ese momento con alguno de sus hijos, don Esteban Rangel de Tapia,  don Bernardino de Tapia y don Luis de Paredes. De los tres, sólo este último hizo carrera y “triunfó” en la administración tras sus estudios en Salamanca. Bastantes años después, en 1603, cuando hubo que hacer recuento de los bienes dejados por don Gonzalo de Tapia y su esposa, doña María de Paredes, aún había en la casa familiar rastro de los estudios de don Luis (“Quatro cajones llenos de libros de leies, son de don Luis de Paredes”, “Diez estantes para poner los cajones, lo mesmo, son de don Luis”, “Otro cajón de libros, era del dicho don Luis”, “Un repostero de sus armas, es de don Luis, de sus estudios”). 
    En cuanto a don Jerónimo de Loaisa, quizás el interés estuviera en alguno de sus hermanos ya que en ese momento ejercía la curaduría de tres de ellos, don Gaspar de Ayala, don Melchor de Castilla y don Lorenzo de Loaisa. Pero más allá de los intereses personales de cada uno de los cuatro otorgantes del contrato, las condiciones del “servicio” que prestaría el arriero Francisco Bermejo estaban claras y no serían muy diferentes a otros muchos contratos similares suscritos en Salamanca y en otros lugares de procedencia de sus estudiantes.

1588, julio 9. Trujillo
…Por tanto dixo e prometió que desde el dicho día primero de otubre próximo venidero deste presente año hasta otro tal día del año próximo venidero, servirá de recuero y andará en la dicha vereda y camino con quatro machos de carga e yrá e berná con ellos desta dicha çiudad a la çiudad de Salamanca y recojerá y llevará todos los dineros y provisiones y otras cosas que se quisieren ynbiar a los dichos estudiantes desta dicha çiudad y su tierra, con que le an de dar y pagar y a de llevar de cada arrova de peso que llevare o traxere, ora sea de libros o de otra qualquier cosa, tres reales y por cada çient reales, dos reales y medio y de la partida que no llegare a çient reales, un maravedí por cada un real y más que lo que resçibiere, lo entregará tal y tan bueno como lo resçibiere y si no que se aya de ser obligado a pagarlo con el quatro tanto en caso que no lo dé tal y tan bueno y en la misma speçie que lo resçibiere. Y más, que si saliere por la tierra a recojer lo que obiere de llevar, que pueda llevar por cada arrova por cada diez leguas un real más, pero si los estudiantes de la tierra se lo traxeren a esta çiudad, que no lleve más de como está de suso dicho. Y más se obligó que a de hazer cada camino en veynte días, de manera que dentro de veynte días a de ir y tornar a esta çiudad y a la dicha çiudad de Salamanca, donde saliere; y no lo cunpliendo así, que pague seys reales por cada un día de los que más se detuviere para la casa de la cofradía de Andaluzía y Estremadura que está en la dicha çiudad de Salamanca. Y todo lo suso dixo que cunplirá y que entregará todo lo que resçibiere a las personas para quien se ynbiare, con más todas las costas y daños que a los ynteresantes se les siguieren y resultaren. E para ello obligó su persona e bienes muebles y raízes avidos e por aver y a sus herederos y suçesores y dio por sus fiadores a Fernando de Trugillo, sastre, y a Pedro Franco, veçinos desta dicha çiudad, los quales estavan presentes, dixeron que an oydo y entendido lo de suso contenido e que el dicho Françisco Bermejo se a obligado y que salían y salieron por sus fiadores y como prinçipales pagadores y juntamente con ellos, de mancomún a boz de uno y cada uno de ellos por sí e por el todo…
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1588. fol. 118r.)

    Apenas cuatro días después y ante el mismo escribano, ratificaban el acuerdo quienes se beneficiarían de él, los estudiantes. Seis de ellos querían asegurar su compromiso -y el del resto de los “demás estudiantes naturales de esta dicha çiudad y su tierra que residen en la universidad de Salamanca”- de usar los servicios del arriero Bermejo. 
Juan de la Cruz Cano. Manteista (1). 1777

    Don Baltasar de Orellana, Fernando de Alarcón, Alonso de Bibanco, Diego de Camargo,  Marcos de Orellana y Juan de Camargo aseguraron en esta obligación, “por lo que a ellos toca y en boz y nonbre de los demás estudiantes desta dicha çiudad y su tierra de manteo y bonete antiguos”, que cumplirían las condiciones del asiento hecho con el recuero pocos días antes, no utilizando los servicios de ningún otro, “y si lo hizieren le pagarán de vazío los caminos que hiziere”.
    Noticias, dineros y vituallas, lazos con la familia y con la tierra que marcharon a lomos de mulos siguiendo los viejos caminos arrieros hasta la ciudad del Tormes, hasta su Universidad, hasta los trujillanos que con impaciencia esperarían la siguiente llegada de Francisco Bermejo, el recuero de La Alberca. 


(1). Manteísta.- El que asistía a las escuelas públicas vestido de sotana y manteo, cuando los estudiantes utilizaban este traje. Llamábase así a la generalidad de los escolares para diferenciarlos de los que tenían beca en los colegios mayores.

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