No fueron suficientes las diferentes ampliaciones que a lo largo del siglo XIX se realizaron en el Cementerio de la Vera Cruz de Trujillo. Una y otra vez el ayuntamiento hubo de buscar la mejor forma de ampliar la capacidad del camposanto y el número de nichos que habrían de acoger a los trujillanos fallecidos. La mayor parte de esos procesos fueron lentos, con momentos en que parecieron detenerse los proyectos que se retomaban meses o años después.
No fue muy diferente la ampliación del camposanto que se inicia en 1917 y que llevará más de 40 años completar, como nos muestra el arca.
Todo comenzó como otras veces, discutiendo en el pleno del ayuntamiento la necesidad de buscar más espacio para el recinto del camposanto, “por ser reducida la extensión para enterramientos ordinarios y sería un verdadero conflicto si desgraciadamente se presentase una epidemia y por otra parte la necesidad de terreno para construir nuevos nichos...”. Ese acuerdo tomado en julio de 1917 se tradujo en la apertura del expediente necesario que cumpliese la legislación vigente en la materia.
Ocupados ya por el cementerio los terrenos al norte y oeste del primitivo recinto en torno a la iglesia de San Andrés, una buena opción para el ensanche eran los huertos y cercas que existían al este del camposanto y en especial los más cercanos a la puerta principal del mismo, propiedad de Ildefonso Miguel Romero Gil de Zúñiga, a quien se propuso su cesión.
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| AMT. Leg. 1417.11 |
La necesidad estaba clara. Con un censo de 11.520 habitantes, los fallecimientos en los diez años anteriores ascendían a 2.094 personas, por lo que, “Considerando que el término medio de defunciones por año son doscientas diez y debiendo ser la capacidad del cementerio bastante para que pueda utilizarse, cuando menos, por espacio de veinte años sin necesidad de remover los restos mortales en bien de la salud pública”, la Junta Municipal de Sanidad consideró acertada la ampliación y estimó que los terrenos en los que se proyectaba reunían “las condiciones geológicas, de capacidad, dirección, posición topográfica y alejamiento de ríos y manantiales que como indispensables son convenientes en estos lugares sagrados”.
El informe favorable se sumó al acuerdo municipal, a los datos proporcionados por el Registro Civil y al proyecto realizado por el arquitecto municipal, José López Munera, para ser expuesto al público por espacio de 15 días tras la publicación en el Boletín Oficial de la Provincia.
Tres días de exposición...y se cierra el procedimiento dejando en suspenso el expediente el 14 de agosto. No sabemos las razones de este abandono y no pareció entonces que existiera demasiada oposición al proyecto, que contaba además con la generosa aportación del terreno por parte de su propietario, Ildefonso Miguel Romero.
Algo más de un año después, en diciembre de 1918, el ayuntamiento reiniciaba el proceso allí donde se dejó. De nuevo se publicó en el Boletín Oficial de la Provincia y comenzó una exposición pública que esta vez sí contó con alguna objeción.
Un escrito de varios vecinos del entorno del cementerio recurrían el proyecto y mostraban su disconformidad con la ampliación por encontrarse demasiado cercano a sus viviendas, lo que “causaría un enorme perjuicio para la salud pública”.
A ese temor contestaba en mayo de 1919 el informe del Inspector Provincial de Sanidad, Enrique Bardají López exponiendo el escaso peligro que un cementerio como el de Trujillo, emplazado en alto, suponía para sus habitantes, cercanos o lejanos: “los cementerios bien emplazados...no entrañan peligro de ninguna clase...ni siquiera para aquellas familias que tienen que vivir dentro de sus recintos”, aseverando que “el aire del cementerio es más puro que el de cualquier calle de regular tránsito”, llamándole la atención “el temor tan enorme que al muerto se tiene y lo poco o nada que preocupa el vivo enfermo y aún el vivo sano”.
Tal opinión, para algunos excesivamente positiva, trajo la chanza de algún periodista local que animaba a los vecinos cercanos a poner sus casas en venta con precios acordes a tan magnífica vecindad, “Del informe del señor Bardají se deduce que un cementerio es poco menos que un lugar apacible, pintoresco y sano”.
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| AMT. Legajo 1417.11. José López Munera. Planta del patio proyectado en la ampliación del cementerio |
En 1921 aún seguía abierto el expediente de la ampliación y el concejal Rafael Bermudo Ardura se quejaba de la “parsimonia” con que se llevaba el asunto; unos meses después, en enero de 1922 el concejal Enrique Cortés Pérez urgía a resolver los trámites (si es que aún faltaba alguno) para poner en marcha una obra que contribuiría a resolver la crisis de trabajo existente en la ciudad.
Un nuevo alcalde, Enrique Elías, recibió en febrero de 1922 el terreno que gratuitamente cedió a la ciudad Ildefonso Miguel Romero (en parte adquirido al propietario colindante, Eduardo Blanco Rentero, y en parte de su suegra, Isabel Cano Díaz) con la condición de reservarse para sí un espacio donde construir su panteón.
Proyecto hecho, permisos obtenidos, terreno conseguido, presupuesto aceptado...y nada. Crisis, sequía, altos precios, un ayuntamiento que algunos definieron como “circo de gallos”... todo estaba a favor de no hacer nada.
No se cierra el expediente pero nada se resuelve, hasta que vuelve a reactivarse el proyecto en 1951.
Treinta años después, seguía clara la necesidad de ampliar el cementerio municipal, donde era imposible conseguir la cesión de algún terreno para construir panteones. El espacio cedido por la familia Miguel Romero estaba en poder del ayuntamiento, pero ahora se necesitaba añadir a él otras cercas y huertos que permitieran conectar con la parte del cementerio cercana al convento de La Coria.
El concejal Juan Moreno Lázaro proponía en febrero de 1951 contactar con los propietarios colindantes, adquirir sus terreno, abrir una calle hasta el final de la calle Santa Santa María, junto a La Coria, que separase físicamente el cementerio del núcleo urbano, y obtener así unos mil metros cuadrados, superficie que “por su irregularidad obligaría a quedar dispuesta en tres escalones de altura diferente” y que “tendría capacidad bastante para construir nichos capillas y panteones en cantidad suficiente para remediar la necesidad actual por un número de años no inferior al siglo...”.
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| AMT. Legajo 1417.11. José López Munera. Alzado proyectado en la ampliación del cementerio para separar el nuevo patio de la entrada principal |
De nuevo se abre un expediente que lentamente se va llenando de trámites: contratos de compraventa, informes, planos, presupuestos... Y decimos lentamente porque lo iniciado por el alcalde Julián García de Guadiana en 1951 lo terminará otro edil, Manuel Pablos Mateos, en 1961. Diez años que permitieron que muchos trujillanos encontraran espacio para su último reposo en esos tres patios escalonados, entonces sin arbolado, en los que de nuevo se ofreció a la familia que generosamente cedió el primer terreno (ahora Ramón García Vélez, yerno de Ildefonso Miguel Romero) que eligiese dónde realizar el panteón prometido cuarenta años antes.
En el camino se quedó mucho trabajo y el hermoso proyecto de López Munera para separar el nuevo patio de la entrada principal del Cementerio Municipal de Trujillo.
1960, noviembre 10. Trujillo
Muy Sr. mío: acordada por este Excmo. Ayuntamiento la ampliación del Cementerio de la Vera Cruz de esta Ciudad, y aprobado por la Superioridad el expediente instruido al efecto, se ha procedido a realizar las obras necesarias, estando todo dispuesto para atender las peticiones de venta de terrenos en dicha ampliación, para construir panteones, que vienen haciéndose a este Ayuntamiento con reiteración.
Como dicha ampliación es posible, en parte, a la generosa cesión de la cerca que con indicado fin hizo a este Ayuntamiento su señor padre político don Ildefonso Miguel Romero (q.e.p.d.), éste se considera obligado a ponerlo en su conocimiento, por si le interesara algún terreno en dicha ampliación rogarle me comunique el sitio y metros cuadrados que desee, que le serían reservados gratuitamente.
Le encarezco contestación urgente para poder atender otras peticiones que tenemos.
Le saluda atentamente suyo affmo. s.s. q.e.s.m.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1417.11)


















