14 de junio de 2026

Ausencia por excomunión

    Como hoy, era catorce de junio y hacía calor. Pero era jueves y Trujillo celebraba una de sus más importantes fiestas, el Corpus. En 1691 quedaban lejos los días de esplendor en la procesión del Corpus Cristi. Los muchos gastos de años y años de guerra habían llevado a Trujillo a una situación preocupante de sus rentas. Peticiones constantes de la Corona de hombres y dinero, tránsitos de soldados por su tierra camino de la frontera o de vuelta de ella, alojamientos de compañías que consumían recursos de la ciudad y sus vecinos…Todo se volvía en contra de los deseos de Trujillo de que los gastos que se hicieran pudieran realzar tan señalada fiesta, aun cuando su recorrido era ya más reducido del que antaño se hacía por sus calles. 
    Tampoco el año fue propicio a la fiesta. El conde de Montijo, capitán general de los Ejércitos de las fronteras de la Provincia de Extremadura, escribía una y otra vez a la ciudad reclamando hombres y recursos sin que Trujillo encontrase ya qué bienes hipotecar para seguir contribuyendo a lo que se le demandaba.
    Fue además un año caluroso, de escasas lluvias, que las misas y novenas que se hicieron en su ermita y en la iglesia de Santiago a la virgen de La Piedad ya desde el mes de abril, no lograron aliviar. Se imploraba el auxilio divino por “la esterilidad del tiempo, falta de agua y abundancia de langosta”. Incluso la ciudad hubo de ordenar en junio que las fuentes se tapasen para prevenir que se llenasen de langostas, abundantes en los prados y el berrocal, y sus aguas se corrompiesen, acordando “se tapen con sávanas y se pongan guardas que asistan en dichas fuentes para escusar el daño que pueden hazer en ellas la plaga de langostas”. 
    También ese año san Gregorio, abogado divino contra la plaga, recibió las plegarias de labradores y vecinos y la ciudad entendió que correr toros en su fiesta de mayo sería, no solo cumplimiento del voto hecho al santo sino también “consuelo del pueblo”, aunque se advirtió a los regidores comisionados para la fiesta, don Cristóbal de Chaves y don Diego Quílez de Castro, atendieran en la celebración  “a la estrechez de medios con que se halla” la ciudad . 
    Llegaba el calor y faltaba la nieve que permitiría aliviar en el verano los padecimientos de algunos enfermos. El pozo que la recogía y guardaba en la caballería de Mohedas, cerca del término de la villa de Garciaz, necesitaba de grandes reparos que se harían al final de ese año. La “cama” estaba podrida y sería necesario sacar las ochocientas arrobas que en diciembre tenía el pozo, limpiarlo y “hecharle cama nueva” sobre la que volver a almacenar nieve para el siguiente año.
    Un nuevo cirujano llegó ese año desde Alcuéscar y se avecindó en la ciudad. Juan Martín cuidaría de la salud de los trujillanos junto al doctor don José Roldán o la nueva partera, María Jiménez, a quienes los médicos de la ciudad examinaron para concederle la licencia que le permitiría unirse a otras mujeres que ayudaban a nacer a los nuevos trujillanos.
    Se cuidaron los álamos de los prados de San Juan y la ciudad continuó viendo discurrir lentamente el año celebrando san Pablo, la Candelaria, rezando a la Piedad, san Roque o San Andrés, acogiendo a soldados y reconociendo de nuevo el vecindario para escoger a quienes servirían por la ciudad y la Provincia a su Rey “en el exérçito y cavallería de Milán”.
    El corregidor don Rodrigo de Hoces y Córdoba, que desde junio de 1688 ejercía su oficio en la ciudad, estaba cercano a cerrar su estancia en Trujillo y tampoco para él fue un año tranquilo.
    En enero, el día 23, hubo riña en la plaza resultando herido don Juan Francisco de Ulloa y las pesquisas del corregidor señalaron como culpable a Francisco Acedo, quien, refugiado en el convento de san Francisco, pretendió acogerse a la justicia eclesiástica. Difícil convivencia tuvieron siempre ambas jurisdicciones, civil y eclesiástica, celosas ambas de sus competencias. No lo dudó el corregidor y pese a las protestas del guardián del convento exigió la entrega del culpable, lo que le ocasionó un primer auto de excomunión por parte del vicario de la ciudad por considerar eclesiástico a Francisco Acedo y que acabó con el propio herido, don Juan Francisco de Ulloa, en la cárcel real de la ciudad. 
    Resuelto el caso, volvió de nuevo don Rodrigo de Hoces a chocar con la justicia eclesiástica unos meses después y por el mismo motivo. El día catorce de mayo el corregidor acudía a la casa de Juan Maestre ante el aviso de que su hijo Mateo Maestre, clérigo de menores, yacía moribundo en la cama por las heridas de un arcabuz, “y abiéndose reconocido por zirujano aprovado la erida, declaró ser mortal de nezesidad como suzedió muriendo dentro de dos oras”. Las averiguaciones llevaron a Diego Hernández y de nuevo un convento fue refugio del culpable. En el convento de la Merced encontró el corregidor al fugitivo “y por aber muerto a un eclesiástico alebosamente de un alcabuzazo, pues dicho difunto no tenía armas, pasó su merçed a dicho conbento y allándole en la clausura del, le sacó y le puso en la cárçel real de esta çiudad”. De nuevo el vicario alegó su derecho a juzgar a quien se había refugiado bajo su amparo y gozar por tanto de inmunidad ante la justicia civil y de nuevo el corregidor reclamó la competencia de la real jurisdicción. Choque de competencias y de nuevo pesó sobre el corregidor el castigo eclesiástico de la excomunión que, aunque fue levantado por el provisor de Plasencia, no fue ejecutado con rapidez por el vicario de Trujillo, don Juan García de San Martín, cura párroco de la iglesia de San Andrés. El Consejo Real debería de nuevo atender a la petición del corregidor trujillano de protección ante los eclesiásticos y de afirmación de la jurisdicción real, pero entre tanto llegó el jueves del Corpus y en su condición de excomulgado sería impensable asistir con el ayuntamiento a la celebración.
Procesión del Corpus en Trujillo. 1964. Foto J. Redondo

    El relato escueto del escribano del discurrir de la procesión de ese jueves 14 de junio de 1691 no nos habla de danzas, representaciones, colgaduras y fiesta. Fueron pocos los regidores que acudieron a Santa María y la representación de la ciudad, en ese caluroso día, la tuvo el alcalde mayor, el licenciado don Pedro de Molina Miñano. 

1691, junio 14. Trujillo
Jueves del Corpus 14 junio de 1691 fue muy caluroso. Salió la proçesión de Santa María después de las 9. Asistió la çiudad como acostumbra pero no el señor correxidor por estar excomulgado. Fue en su lugar su alcalde mayor a quien acompañaron don Fernando de Contreras, que llevó el estandarte, don Christóval de Chaves, alcalde de la Hermandad, don Juan de Oviedo se incorporó en Santa María. Fue comisario de la fiesta con don Françisco de Mendoça, don Juan Sedeño, don Joseph Sedeño y don Juan Çervantes, rexidores, y no más rexidores.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 85.1)


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