20 de julio de 2023

Lucido y de poca costa

    Calles limpias cubiertas con juncias e hinojo, colgaduras en las casas y tapices en las plazuelas, música y pólvora, danzas, representaciones y por supuesto toros. El arca nos ha mostrado cómo a lo largo del siglo XVI la festividad del Corpus Christi se fue enriqueciendo en Trujillo, haciendo de este jueves del año el momento de mayor solemnidad religiosa y de regocijo profano. 
   No escatimó la ciudad en los gastos pues su saneada hacienda así se lo permitía. Y aunque la festividad vivió algún momento de crisis, no fue por falta de recursos sino por falta de vecinos.
    Pero eso cambiará en el siglo XVII porque entonces faltaron ambos, vecinos y recursos. La agotada hacienda municipal llevaba demasiado tiempo soportando inmensos gastos de guerras y exigencias constantes de la Corona que poco a poco fueron reduciendo sus recursos, hipotecando sus dehesas y alejando a vecinos de una ciudad por la que transitaban una y otra vez tropas hasta y desde la frontera portuguesa, a las que era preciso alojar y mantener.

    Hasta 400 ducados podía gastar la ciudad en la festividad del Corpus cuando terminaba el siglo XVI, según establecía la licencia real, y apenas 50 años después le resultaba difícil reunir los 200 ducados que el propio concejo había establecido como gasto máximo para la fiesta. Habrán de pedirse prestados en 1641 (porque “al presente no ay de otra parte donde sacarlos”) ya que la fiesta había de celebrarse y siempre se pretendió que fuera acorde a “tal Señor y día que se a de celebrar”. Siempre “lucido”, pero ahora “de poca costa”.
    Las andas de plata que la ciudad tenía para la fiesta del Santísimo Sacramento fueron cuidadas y asegurada su conservación, prohibiendo el concejo que se prestasen “a yglesia ni conbento ni cofradía ni a otra persona alguna por el detrimento que tiene en prestarse y faltar como an faltado algunas pieças della” (1645). Se trajo un corneta desde Mérida, pues faltaba en la capilla de música de la ciudad y los gigantes de la celebración tuvieron nuevos vestidos, por estar “muy viejos y con poca deçençia” (1648), asegurándose con multas la presencia de la ciudad, como era la costumbre.
 
1647, junio 17. Trujillo
Que todos los cavalleros rexidores que estuvieren en esta çiudad el día de la fiesta del Santísimo Sacramento acudan el dicho día a la proçesión general que a de salir de Santa María como es costunbre y salgan desde las casas del ayuntamiento y acabada la proçesión buelban a ella y lo cunplan según y como tienen obligaçión y se espera que de su christiandad y çelo no faltará ninguno si no fuere con justa causa. Y lo mismo a las vísperas el miércoles por la tarde como es costunbre, pena de quatro ducados que se an de sacar para ayuda al gasto de dicha fiesta. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 70.2. Fol. 92v.)

    Pero no solo faltaban caudales con los que hacer frente a los pocos o muchos gastos que se quisieran hacer en las fiestas. Trujillo se despoblaba “pues los vecinos, oprimidos con tantas cargas, dexavan sus casas y se yvan della, aviendo faltado solo en una noche diez y siete” (1666).  Y eso se notaba en sus calles, en las casas vacías, en la solitaria feria de mayo (“la de menor gente y comercio que se a conocido”). Y finalmente se notó en la procesión.
    Ya lo hicieron en 1642. El recorrido tradicional partía de la iglesia de Santa María la Mayor, saliendo de la villa por la puerta de Santiago. Terminados los autos en los tablados de la plaza, la procesión recorría las calles de Sillería, San Miguel, Tintoreros, Vivancos (luego La Merced), calle Nueva, plazuela del Azobejo, calle Carnicerías y desde la plaza regresaba a Santa María. Pero en ese camino, adornado siempre con colgaduras y tapices, ya había en ese momento “muchas casas caídas” por “la poca gente y falta de veçinos que ay”. Reducir su recorrido haría que fuera la procesión “con más aconpañamiento y las calles estarán con más adorno”. Y así la ciudad, con la aprobación del vicario y del cabildo eclesiástico, decidió que ese año la procesión volviera desde San Miguel a la plazuela del Azobejo para continuar su recorrido habitual.
    Suponemos que en los años siguientes retornó la procesión a su trazado tradicional pues las actas no lo indican. Pero la decisión debió parecer la adecuada pues unos años después vuelve a acordarse el reducido recorrido que ya fijaron en 1642. Y quizás ya para siempre pues es el que nos muestra el arca en el siglo siguiente y por el que aún hoy sigue celebrándose el Corpus Christi en la ciudad.

1679, agosto 8. Trujillo
Que se acorte la procesión de Corpus. 
Aviendo la çiudad conferido sobre la proçesión que se haçe el día de Corpus Christi y calles por donde pasa y que la de Tintoreros y la Merçed y calle Nueva, que son de las por donde iva dicha proçesión, así por ser las casas pequeñas como por aver algunos sitios sin casas, no están con las colgaduras y deçençia que se requiere para dicha proçesión y además dello se alarga tanto que se acava muy tarde, se acordó se acorte dicha proçesión y que en llegando a la plaçuela del convento de San Miguel, se buelva por la calle de San Miguel a salga a la de la Carniçería, con que dicha proçesión no a de ir no pasar por las dichas calles de Tintoreros y de la Merçed y calle Nueva. Y que los cavalleros comisarios nombrados para la fiesta de Corpus deste año lo partiçipen al cabildo eclesiástico desta çiudad y se le pida de parte desta çiudad venga en ello y lo tengan por bien.
(Archivo Municipal de Trujillo, Legajo 77.2. Fol. 70r.)

9 de junio de 2023

Archivos llenos de vidas

    Cuando hablamos de archivos siempre hablamos de patrimonio y memoria. Son todos ellos fuentes de información y fuentes de historias que nos permiten comprender y compartir el pasado.  Una parte importante de nuestro ADN como sociedad está atesorada en los archivos cuya existencia, buena conservación y mejor uso hoy,  Día Internacional de los Archivos, celebramos.
    Y no hay mejor celebración que su uso, no hay mayor aprecio y respeto que su difusión, no hay mayor homenaje que sacar de sus arcas pequeñas o grandes historias que ayudan a conocernos.
    Juana, Leonor, Bernarda y Natividad. Cuatro mujeres que, como tantas otras, vivieron casi sin dejar rastro a pesar de tener quizás grandes historias que contar. 
    Cuatro mujeres que gracias a cuatro archivos surgen del silencio y cuentan su historia.

    Juana Rodríguez de Grado no estaba sola. Junto a ella, la comunidad de franciscanas del monasterio de la puerta de Coria de Trujillo, presenciaba el fin de su tiempo de novicia y su profesión como religiosa del convento. 
    Los días anteriores habían sido intensos. En la misma iglesia del convento, el día anterior, había dictado su testamento. Cuando muriese, deseaba ser enterrada con su madre, Teresa Calderón, en la sepultura en la que ésta descansaba en la cercana iglesia de Santa María. Misas por su alma y las de sus parientes, ofrendas de pan, vino y cera ante su sepultura y limosnas a las iglesias y ermitas de Trujillo. Sus escasas posesiones ya tenían destinatarios. Su parte en la dehesa de Valquemado, junto a Santa Cruz de la Sierra, sería para su padre, Diego de Grado, pero solo mientras viviese. A la muerte de éste, lo heredaría su hermano Juan de Grado y su sobrina Teresa Carrasco, la hija de su hermano Pedro Calderón. Tras su profesión como religiosa, su historia se sumerge en el silencio.
Profesión de Juana. Archivo TPGB. Leg. 19/027

1512, enero, 11. Trujillo
Yo Martín Gonçález, clérigo presbítero, notario público por las autoridades eclesiástica y hordinaria y uno de los notarios de la audiençia obispal de la çibdat de Trogillo, doy fe y testimonio en como en honze días del mes de enero del año del señor de mil e quinientos y doze años, estando dentro en la casa y monesterio de señor Sant Françisco de la puerta de Coria, que es adentro de los muros de la dicha çibdat de Trogillo y estando ende la señora Catalina de Mena, abadesa en el dicho monesterio, e Ana Calderón, portera, e Urraca Alonso e Estevanía de Paredes e Catalina Gonçález Galinda e Teresa Altamirano y Ysabel Álvarez de Paredes e María de Torres e Ysabel Álvarez la Piçarra e otras freylas de la dicha casa, después de aver dicho la misa cantada con solenidat Hernand Alonso de Villarejo, clérigo, y estando ende Juana Rodríguez, hija de Diego de Grado, puesta en ábito de freyla en manos del dicho Hernand Alonso clérigo, husó los tres votos sustançiales de derecho, que son obediençia, castidat e proveza particular, porque dixo que ella avía estado allí en la dicha casa el año de la aprobaçión que el derecho quiere, e aún más, e que ella pedía e requería al dicho Fernand Alonso resçibiese della el dicho acto e votos e que ansy lo quería hazer e hizo e prometió e juró en manos del dicho Hernand Alonso en presençia de muchos onbres e mugeres que ende estavan, la qual solenidat e votos asy hecho la dicha Catalina de Mena dixo que pedía a mi el dicho notario gelo diese por testimonio para guarda de la dicha casa.
(Archivo Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno. Legajo TR.19/027)


    Leonor de Sotomayor también fue monja profesa, pero no por su voluntad como parece lo fueron sus hermanas Ana de Sotomayor y Marina de Meneses en sus conventos de Toledo; prisionera en una torre de su casa, con “tormentos e prisyones”, acabó por aceptar el destino fijado por su padre, Rodrigo de Orellana, señor de la villa de Orellana la Vieja, en el convento de Santa Clara de Zamora.
Seguro Real a Leonor de Sotomayor.
AGS. RGS. Leg. 151502, 287

Sólo a su muerte, sus hermanas de profesión apoyaron su salida del monasterio, porque estaba claro que en ella “no avía señal de monja”. Fuera del convento no se sintió segura y acude a la reina Juana buscando su protección. Se temía de algunos de sus hermanos. De Juan, el sucesor de su padre en el señorío de Orellana la Vieja, de Gutierre, que luego habría de ser conocido como el fraile dominico fray Domingo de Sotomayor, y de Hernando. Con ellos sigue pleito, quizás por bienes que no recibió y ahora reclame, y de ellos recibe amenaza. La reina doña Juana la protege y manda pregonar en plazas y mercados su seguro a Leonor “para que la no hieran ni maten ni lisyen ni prendan ni tomen y ocupen sus bienes ni le hagan ni manden hazer otro mal ni daño ni desaguisado alguno en su persona e bienes”. Nada sabemos de Leonor antes de este documento. Tras él, Leonor vuelve al silencio.


1515, febrero 24. Medina del Campo
(...) Sepades que Leonor de Sotomayor, hija de Rodrigo de Orellana,cuya hera la villa de Orellana la Vieja, ya defunto, me hizo relaçión eçt diziendo que el dicho su padre, por fuerça e contra su voluntad la metió por fuerça monja en el monesterio de Santa Clara de la çibdad de Çamora e que con tormentos e prisyones la hizieron hazer profisyón, de lo qual ella syenpre hizo sus reclamaçiones. Y que luego que su padre murió, la priora e monjas e convento del dicho monesterio, veyendo que en ella no avía ninguna señal de monja, a canpana repicada la sacaron del dicho monesterio y declararon que ella no hera monja. E que después, por virtud de un rescrito de nuestro muy Santo Padre se a avido ynformaçión de la suso dicho, asy de las dichas monjas como de otras personas e de la fuerça que le fue hecha, cómo su padre la tuvo presa en su casa en una torre porque entrase en el dicho monesterio. E que en este estado está el dicho pleito e que no le queda syno un testigo de tomar e que a cabsa desto, Juan de Orellana e Gutierre de Sotomayor e Hernando de Orellana, sus hermanos, por que no siguiese el dicho pleito e porque ella no les pida sus bienes que le perteneçen, diz que le an amenazado que la an de malherir e matar e diz que la an andado buscando para ello, en lo qual diz que sy asy pasase que ella reçibirá mucho agravia e daño e me suplicó e pidió por merçed que çerca dello con remedio de justiçia la proveyese mandándola tomar e reçibir en mi guarda e seguro e so mi anparo e defendimiento real (...)
(Archivo General de Simancas. Registro General del Sello. Legajo 151502, 287) 

    Bernarda Solís Valiente no sabía escribir y así no pudo firmar ninguno de los dos únicos documentos que quizás otorgó en su vida. Sus dos testamentos. Fue la hija mayor de Juan Solís y Josefa Valiente y vino al mundo, en 1804, cuando arrancaba un siglo cargado de acontecimientos no siempre positivos para la ciudad.
    Aún no había cumplido los 19 años cuando unía su vida a Agustín Rubio Iglesias, trujillano como ella. Trece hijos y una vida que se cierran en dos documentos. El primero con su esposo, otorgando ambos testamento, y el segundo, ya viuda, disponiendo lo poco que quedaba por disponer.
    En 1863, cuando los esposos dictaban su testamento, sólo cinco de sus hijos seguían con vida y son pocos los datos que de Bernarda se indican. Que Agustín, su esposo, era mayoral de los ganados vacunos de don Fabián y don José de Orellana, que 6.000 reales se habían ido en pagar para que su hijo Antonio se librase del servicio militar, que Josefa y Antonia aún eran menores de edad. Nada de Bernarda.
    En 1876, Bernarda dictaba su segundo testamento. Agustín había fallecido dos años antes y su hija Antonia en 1871, quizás en el parto de su hijo Pedro. La hora y orden de su funeral y entierro, las misas y demás sufragios que habrían de decirse por su alma lo dejaba a decisión de sus hijos, a quienes legaba lo poco que quedaba de su vida. Una casa en la calle Afuera, la número 7, será el único bien a repartir cuando fallezca el 27 de diciembre de 1877. Setenta y tres años en pocas líneas que seguro fueron vividos con intensidad. 

1876, junio 9. Trujillo
En la ciudad de Trujillo, a nueve de junio de mil ochocientos setenta y seis, ante mí, D. Pedro Pedraza y Cabrera, vecino y Escribano del Número y Juzgado de la misma, Notario de su distrito, colegiado del territorio de la Audiencia de Cáceres, con presencia de los testigos que se dirán, comparece Bernarda Valiente y Solís, de setenta y un años de edad, viuda de Agustín Rubio, hija legítima de Juan y de Josefa, ya difuntos, natural y vecina de esta ciudad (...) la que asegura hallarse en pleno uso de sus facultades mentales y derechos civiles, sin fuerza, miedo ni interdicción alguna que la obste sus libres disposiciones, ni me conste cosa en contrario y dice: Que creyendo ante todo, como firmemente cree y confiesa el Misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Spíritu Santo, tres personas realmente distintas y un solo Dios verdadero (...) hallándose en avanzada edad y quebrantada salud, hace su testamento en la forma que sigue.
Primero. Encomienda su alma a Dios nuestro Señor que la crió de la nada, y su cuerpo lo manda a la tierra de que fue formado, y que hecho cadáver, sea sepultado en el cementerio de esta ciudad. (...)
Tercero. Manda se digan por el alma de su difunto esposo Agustín Rubio treinta misas rezadas, de cuatro reales limosna cada uno. (...)
Quinto. Declara: Que de su matrimonio con Agustín Rubio existen hijos legítimos Antonio, Juana, Francisco y Josefa, habiendo fallecido su también hija Antonia, dejando un solo hijo llamado Francisco Quesada Rubio.
Octavo. Del remanente de todos sus bienes, derechos y acciones instituye y nombra por universales herederos a sus hijos legítimos Antonio, Juana, Francisco y Josefa Rubio y Valiente y a su nieto Francisco Quesada Rubio, para que los ayan por quintas e iguales partes, encargándoles se conduzcan con honradez, providad y como buenos hermanos, y que encomienden a Dios a sus padres. (...)
Así lo otorgó la referida Bernarda Valiente Solís, y no lo firma, por no saber (...)
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro Pedraza y Cabrera. 1876. Fols. 585r-586v)

    Natividad Morales Moreno nació en Trujillo el primer día de octubre de 1840. Hija de Juan y Antonia, sus abuelos maternos, Fabián y Joaquina, eran trujillanos pero su abuelo Casimiro había llegado desde Higuera de la Serena y su abuela Inés desde Casas del Puerto de Miravete. Con 66 años, vivía en 1906 en la calle de la Lanchuela, en el número 8, con su marido Luciano Jorge Holguín y sus hijos: María, Josefa y Manuel, los tres solteros. 
    Como también harían algunos otros maestros de la localidad, Natividad se dirigía en septiembre de ese año al director del Instituto General y Técnico de Cáceres para obtener la aprobación de la escuela particular de niñas que ya regentaba y que ocupaba parte de su casa. Adjuntaba la fe de su bautismo en la parroquia de San Martín, el reglamento del centro, el cuadro de asignaturas que se impartían y los planos del local, el informe de Aniceto Bravo Fernández (médico de la Beneficencia municipal) sobre la ventilación, luz y capacidad de las instalaciones y la certificación del alcalde de la buena conducta de Natividad y del cumplimiento de las ordenanzas municipales en su escuela.
Plano del Local Escuela. Archivo Instituto El Brocense


1906, septiembre 1. Trujillo
Iltmo. Sor. Director del Instituto General y Técnico de la provincia de Cáceres

    Natividad Morales y Moreno, natural y vecina de Trujillo (Cáceres), casada, de sesenta y seis años de edad y con cédula personal de 11ª clase expedida el día 7 de mayo último, señalada con los números 52435864 impreso y 1310 manuscrito, á V.S. respetuosamente expone: Que teniendo abierta una Escuela de niñas de 2ª enseñanza con carácter particular, establecida en esta ciudad, calle Lanchuela núm.º 8 y debiendo acojerme á la legalidad común que preceptúan las disposiciones vigentes, 
SUPLICA a V.S. se digne tramitar el ajustado expediente á fin de que le sea concedida la autorización legal que corresponde, al objeto de que continúe abierta la escuela que tiene fundada. Gracia que espera merecer de la reconocida justificación de V.S. cuya vida guarde Dios muchos años.
Trujillo, primero de septiembre de mil novecientos seis.
La Directora
Natividad Morales (rúbrica)
(Archivo Instituto El Brocense) 

Cuatro archivos, cuatro historias, cuatro mujeres. Los archivos siguen esperando a quienes de nuevo den voz a todas las vidas en silencio que atesoran.

29 de mayo de 2023

Casa fuerte en lo mejor de la ciudad

    Quedó claro para los ingleses de finales del siglo XVI, “Para un hombre, su casa es su castillo”, pero este logro legal que protegió sus hogares de registros injustificados, tuvo para los trujillanos del siglo XV y XVI un significado real, casi literal. En una sociedad de “bandos y parcialidades”, de conflictividad en la que altercados, enfrentamientos o muertes son frecuentes, la casa no es solo su “castillo”, es signo del poder familiar, de estatus social y a veces de control de la vida del adversario y de protección de los propios.
    Cuando la cerca, el muro que rodea la “villa” antigua, pierde poco a poco su valor militar, los adarves y torres de la muralla son lentamente ocupados e integrados en viviendas construidas junto a ellos. Algunas ya lo hicieron desde antiguo y aún se muestra hoy inaccesible desde el exterior el alcázar de los Altamirano.  
    Nos lo contaron las fuentes: Hernán Alonso Altamirano tenía “armada toda su casa y encorporada en el adarve de la dicha çibdad que se dize el Alcaçarejo”; las casas de Francisco de Torres estaban junto al adarve e incluían cuatro torres; Martín de Chaves, Francisco de las Casas, Pedro de Loaisa, Esteban Rengel, los herederos de Hernando Alonso Pizarro e incluso las monjas del monasterio de San Francisco el Real junto a la puerta de Coria tenían sus “casas e corrales pegados a los adarves desta dicha çibdad y tienen hedeficadas parte de las dichas casas sobre los adarves (...) e metidas en los hedefiçios dellas algunas torres del muro” (1523).  Ellos y otros muchos y parece que todos sin oposición.
    Pero una de esas casas, uno de esos “castillos,” sí fue una y otra vez objeto de críticas, denuncias y pleitos. Porque dominaba una puerta de la ciudad, la de Santiago, porque sus poseedores encabezaban un bando, los Chaves y porque sus adversarios temían sufrir daño al pasar por su puerta.
    La casa de Luis de Chaves el viejo, luego de su nieto Juan de Chaves Mesía y más tarde de su bisnieto Luis de Chaves Rivadeneira, “hera casa fuerta e estava en lo mejor de la çibdad”. 
    Francisco de Carvajal, hijo de Diego de Carvajal, pretendió que se derribase en 1494. Quince cuchilladas le dejaron manco del brazo derecho y perdió cuatro dedos de su mano izquierda, todo por pasar a caballo ante la casa, seguro, sin armas. Diego García de Chaves, nieto de Luis de Chaves el viejo y hermano de Juan de Chaves, señor entonces de la casa, fue su agresor y el Carvajal solicitó de la Corona que la casa desapareciera o fuera requisada y tomada como cárcel, pues en sus puertas ya había muerto “quatro o çinco parientes suyos e matado e ynjuriado otros muchos”. 
    De nuevo fueron caballeros los que apelaron a la reina Juana para que la justicia interviniera en la casa, en las obras que Juan de Chaves llevaba a cabo en 1505 levantando “una barrera delante el muro de la çibdad, de una torre suya a otra torre del dicho muro”, sobre suelo concejil. Caballeros Vargas, Bonilleja, Loaisa, Carvajal o Pizarro, apellidos contrarios al bando de los Chaves, reclamaban derribar lo construido sin licencia del concejo del que formaba parte el propio Juan de Chaves.
    Apenas cuatro años después, parte de lo construido por Juan de Chaves en sus casas, al menos la zona que ocupaba el adarve de la muralla, se derrumba. Será el propio Juan de Chaves quien plantee al concejo si tal muro era su casa (y a él competía su reparación) o formaba parte de la muralla común de la ciudad. 
    Faltan en las actas los argumentos de la ciudad y del propio Juan de Chaves a favor de una y otra opción y sólo conocemos lo planteado por el regidor Francisco de Loaisa, para quien lo derrumbado no era muralla de la ciudad sino casa de Juan de Chaves, con tres ventanas o saeteras que daban luz a la casa, cuando en “los adarves de la çibdad no a de aver ventanas syno petril y almenas e saeteras en las almenas”. 
    Sin embargo, la decisión del corregidor, Sancho Martínez de Leyva, fue favorable a Chaves y la ciudad asumió el coste de la reparación del muro.

1509, abril 30. Trujillo
Este día, ante mi el dicho escrivano, pareçió presente Gómez Dávalos, veçino desta çibdad y dixo que por quanto ayer, veynte e nueve días deste presente mes, se remató en él la obra del adarve sobre que está armada la casa del señor Juan de Chaves en veynte e quatro mil mrs., que él agora dava e dio por su fyador a Françisco Gonçález Notario, veçino desta çibdad, que está presente, el qual dixo que le fyava e fyó que dará hecha e acabada la dicha obra de aquí al día de Santa María de agosto prymero venidero a contentamiento de los señores justiçia e regidores e avisará de ofyçiales del gordor e anchor que estava de antes e de la misma forma e manera que de antes estava, e cal e canto e todo a su costa e que ponga él todos los materyales que fuere menester para la dicha obra, començando desde el esquina de la dicha torre hasta el adarve nuevo.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 9, fol. 120r.)

    No a todos contentó este acuerdo y en 1516, Juan Méndez, vecino de Trujillo, denunciaba que lo hecho siete años atrás había sido aprovechado por los Chaves para hacer “más flaco e más estrecho” el muro sobre el que estaba “armada” la casa, alargando ésta e integrando aún más parte de la muralla, contraviniendo las leyes del reino que establecían 
“...que los muros de la çibdad estén desenbargados, de manera que todos puedan andar por ellos e defender las dichas çibdades quando fuere neçesario e no sea en manos de los que tovieren hechas casas sobre los dichos muros, estando las tales çibdades çercadas, dar entrada a los çercadores...” (AGS. RGS. Leg. 151602,149).
    Parece que el ahora propietario, Luis de Chaves, seguía construyendo el baluarte ante sus casas que iniciara su padre, sobre suelo concejil, y tampoco entonces se logró que la justicia interviniera para recuperar lo ocupado.
    Contra este baluarte, contra lo que parece estar destinado a ser una nueva muralla que protegiera la fachada “a las espaldas de su casa, hazia la parte de la plaza”, vuelven a levantarse los caballeros contrarios. 
    Como su padre en 1505, Luis de Chaves, el mayorazgo, era regidor de la ciudad en 1522 por el linaje de los Altamirano. El baluarte se seguía elevando ante la oposición de los contrarios, que consideraron llegado el momento de actuar y solicitar no solo que la obra parase sino que fuese destruida una parte de lo ya construido. Cuatro de los regidores que acompañaban a Luis de Chaves en el cabildo municipal, Sancho de Carvajal, Françisco Altamirano, Álvaro Pizarro y Alonso de Valverde, junto a los caballeros Luis de Carvajal, Alonso García de Vargas, Juan García de Vargas, Gonzalo de Ocampo, Juan Pizarro, Francisco de Bonilleja y Francisco de Carvajal, firmarán el poder que confería a Lope de León su representación para tales objetivos.
    La llegada de un nuevo el corregidor, don Alonso de Padilla y Pacheco, que sustituía a don Francisco de Castilla (a quien los cuatro regidores mencionados consideraban “parzial e favorable a Luys de Chaves mayorazgo”), hará posible que el asunto se vea por la justicia de la ciudad. Don Alonso de Padilla habría de informarse “de testigos de una parçialidad e de otra y de maestros canteros sabios espertos en el arte”, además de visitar las obras antes de decidir. Lo que el corregidor Padilla vio fue un baluarte con muros fuertes y troneras que terminaba en medio de la torre que dominaba la puerta de Santiago. 

    Informado de todo, decide:
“...por quanto por la dicha ynformaçión pareçe la dicha pared y hedefiçio y troneras ser perjudiçial y no se poder hazer y por hevitar pleytos e diferençias y porque ansy convenía a la paçificaçión desta çibdad, que mandava e mandó quiten las dichas troneras y deshazer la dicha pared conforme a la declaraçión de los dichos maestros e mandava e mandó, sy la dicha obra se oviere de hazer, sea de la manera que tienen aclarados los dichos maestros y no de otra manera (...) y mandó que en la buelta que la dicha pared haze hazia la puerta de Santiago, en que yva afrontar la dicha pared en el medio de la torre del dicho Luys de Chaves, que no se haga syno que quede toda la dicha torre esenta (...) y que fuese una pared de tres pies en ancho de piedra (e) barro...”. (Arch. Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno. Leg. CA. 44/037).
    “Si la dicha obra se oviese de hacer...”. Pero los denunciantes no querían que se hiciera y exigían que fuese derribada en su totalidad y que el suelo ocupado volviese a la ciudad. El siguiente paso fue presentar su queja ante el Consejo Real y que un juez pesquisidor recabase los datos necesarios. La información remitida por el licenciado Diego de Almodóvar (que desconocemos) no debió ser muy diferente a la que obtuvo el corregidor Padilla, ni la resolución en el Consejo Real cambió mucho lo ya ordenado por aquél. 
    Luis de Chaves no tendría que retornar a la ciudad el espacio usurpado y tendría su pared pero en ésta no podría haber troneras ni saeteras que salieran a la calle, ni ser muralla con “andén” en lo alto y ninguna puerta podría abrirse en el lienzo de sus casas que saliese al suelo “que está dentro de la pared del dicho edefiçio”.  
    Hoy ese muro sigue en pie, no es muralla, no es alto, no protege ni oculta las hermosas ventanas que se abren en las casas de los Chaves, en lo que una vez fue muralla. Pero esa pared era parte del “castillo” de los Chaves y un hermoso escudo nos lo recuerda.



30 de abril de 2023

Santa Clara en San Clemente

    Hubo un tiempo en que Trujillo comenzó a crecer, pletórica de vitalidad, más allá de las murallas de la villa. Lo hacía dejándose caer hacia el mediodía, por la ladera menos abrupta, acercándose a los replanos y siguiendo el sentido natural de las aguas vertientes hacia lo que sería la plaza del arrabal y la calle Nueva, hacia los prados de la Encarnación o la calle García. Pero un pequeño promontorio cercano, casi sin suelo, berrocal en su sentido más puro, también se ocupó lentamente y con dificultad: era la antigua parroquia de San Clemente en torno a la que se arracimaban algunas casas y donde, contra la lógica que seguía el crecimiento de la ciudad, se encastillará el convento de Santa Clara.
Iglesia de San Clemente
    Las “peñas de Sant Clemeynte” ya aparecen citadas en el arca en 1485, con alcáceres y muladares y donde residía entonces Juan de Vera, cura de San Martín. Allí, en los arrabales, “en las casas que dizen del Recabdador”, se recogerán las ocho religiosas franciscanas de la Observancia que, desde Cabeza del Buey, llegan a Trujillo en 1533 de la mano de fray Pedro de Vaca, guardián de los frailes observantes del monasterio de San Francisco de Trujillo. 
    Pronto la reducida comunidad se irá ampliando y a doña Isabel Rol Calderón, abadesa en estos primeros años, doña Catalina Rol, su vicaria, María de la Concepción, Catalina de Santa Clara, Inés de San Francisco, Juana de la Madre de Dios, Catalina de la Concepción y Leonor de los Ángeles, la madre portera, se unirán pronto otras religiosas: Beatriz de Espariegos, Isabel Álvarez y su hermana María Jiménez de Paredes (hijas de Pedro de Loaisa y Luisa de Tapia), Estefanía de San Juan, Catalina de Cristo, Flor de Tapia, doña Blanca de Sotomayor, Juana de Torres, doña Beatriz de Guzmán, Inés Rol Palomeque, María Gutiérrez de Ovando, doña Leonor Pimentel, Francisca de Ovando Aldana, María Gutiérrez Palomeque o doña Catalina de la Cruz. 
    En 1535 las “casas del Recaudador” seguían siendo la morada de las monjas de la Concepción de Santa Clara, “en tanto que se haze el monesterio junto a la yglesia de San Clemeynte de la dicha çibdad, que está començado a hazer”. Así, todo irá cambiando en el entorno de la iglesia, concediendo el convento una calle al concejo en lugar del espacio tomado junto al templo o rompiendo el berrocal para mejorar los accesos a nuevo edificio en construcción
“Este día, los dichos señores mandaron pagar a Pero Herrández, cantero, en cuenta de la obra e peñas que se le dio a quebrar e allanar el camino baxo de San Clemeynte, quatro ducados...” (1535)
    El convento irá poco a poco surgiendo de esas peñas que serán su firme cimiento, en el alcácer que Fernando de León les dio en 1535 a cambio de unos censos sobre casas en la calle Nueva que las monj
as poseían, alcácer junto a los solares que ya tenían y que lindaba “por la parte de abaxo con alcáçer de Juan de Malpartida y con la calle que baxa de San Clemeynte a la fuente de la Çarçuela”, lugar donde también tendrán su huerta.
“Liçençia de la huerta de Santa Clara. Este día, los dichos señores dieron liçençia a las monjas de Santa Clara que residen en Sant Clemeynte para que la huerta del monesterio que tienen començado a hazer, por la parte de abaxo de la calle vaya la pared en su derecho por la parte y lugar que fue señalado por la justiçia e regidores desta çibdad a dar al alcáçer de Juan de Malpartida”. (1538)
    Poco a poco, los trujillanos verían nacer de las peñas de su berrocal uno de los mayores edificios conventuales de la ciudad, cuya construcción, en ocasiones, a buen seguro, habría de dejar casi vacías las arcas del monasterio.
    El 15 de octubre de 1541 la madre abadesa comparecía “delante de la red del monesterio de la Conçebçión de la horden de Santa Clara que es junto a la yglesia de Sant Clemeynte”. Junto a ella, otras monjas profesas convocadas “a canpana tañida”, según lo tenían de costumbre, se reunían para dar su opinión y acordar la venta de una de sus propiedades. Contando con la aprobación y licencia de fray Lorenzo del Robledo, su vicario y visitador, las monjas franciscanas de Santa Clara vendieron la cuarta parte de la dehesa del Carneril, cerca de Santa Marta y el río Tamuja,  por 450.000 mrs., cantidad que les permitiría proseguir las obras ya comenzadas de unos edificios “muy neçesarios e convinientes a su quietud e reposo e abitaçión”. Testigos de aquella venta fueron Francisco Gutiérrez, cantero, y García de Vergara, maestro de cantería, quizás intervinientes en aquellas obras.
Convento de la Concepción de Santa Clara. Espadaña y escudo de la ciudad
   Pero como en otras muchas ocasiones, la ciudad también prestó su ayuda económica al monasterio. Las saneadas cuentas de la ciudad del siglo XVI permitieron que Trujillo ayudara en la construcción del coro en 1565 o más tarde en su enfermería.
    Este antiguo convento acoge ahora al viajero pero las monjas de la Concepción y Santa Clara siguen estando cerca de San Clemente, en un nuevo convento sobre aquellas peñas que surgen del berrocal y que siguen mostrándose potentes junto a la iglesia o en las calles cercanas. 

1593, febrero 5. Trujillo
Acuerdo en favor del monesterio de Santa Clara.
Este día don Françisco de Sotomayor y Juan Piçarro de Carvajal hizieron relaçión de cómo por petiçión que en este ayuntamiento se dio por parte del convento y monjas de Santa Clara de esta çibdad, pidieron y suplicaron que la çibdad las faboreçiese para la obra de la enfermería, se le cometió se ynformase de la dicha neçesidad y lo viesen y que ellos lo an visto e ynformádose de los médicos; y ansí hizieron relaçión que el dicho monesterio y monjas tienen estrema neçesidad del dicho reparo y obra y que el dicho monesterio es muy pobre, atento a lo qual se acordó que esta çibdad ayude y favorezca a el dicho monesterio con seysçientos reales de sus propios en limosna, con tanto que para ello las dichas monjas y monesterio pidan y saquen facultad de Su Magestad, que esta çibdad desde luego presta consentimiento para ello. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 60, fol. 225v.)

23 de marzo de 2023

Banquetes imperiales en Madrigalejo

    Madrileña de nacimiento y muy unida a su hermano Felipe, quizás por la temprana muerte de su madre Isabel y las largas ausencias de su padre Carlos, una gran parte de la vida de María de Austria (1528-1603) transcurrió lejos de las tierras de Castilla.
María de Austria. Juan Pantoja de la Cruz (1553-1608)
Convento de las Descalzas Reales


El matrimonio con su primo, el futuro emperador Maximiliano II, llevaría a María a la corte de Viena. Tras la muerte de su esposo, María, la emperatriz viuda, madre de dos reinas y dos emperadores, vuelve a España con su hija menor Margarita.
    Pero su hermano Felipe no está en Madrid y en su camino de regreso ha conocido muerte de su hija Ana en Badajoz. No esperará a la vuelta de quien ahora es también Felipe I de Portugal y toma el camino a Lisboa respondiendo al deseo de su hermano de verla.
    Hacía 26 años que Felipe y María no se habían visto y el rey se mostró impaciente pidiendo a sus hijas noticias del encuentro con su tía en Madrid, “si viene gorda o flaca y si nos parecemos ahora algo como creo que solíamos, y bien creo que no estará tan vieja como yo”. 
    Cuando en marzo de 1582 llega a Trujillo la noticia de que la emperatriz “quiere venir por ésta de camino para Lisboa”, el concejo de la ciudad se apresta a tener todo listo por si hubiera de pasar por Trujillo o su jurisdicción, recabando información de la Corte para saber cuándo y por dónde se haría el camino “y qué es neçesario prevenir para proveimiento de su corte”.
    Llegado abril, todo se acelera. Un gamo vivo que se compró a Lorenzo de Paredes, terneras, capones... y sobre todo dulces, como correspondía al presente ofrecido a una dama: 
“Comisión de las cosas de azúcar. Este día se mandó que se dé por çédula del señor liçençiado Orellana el dinero que fuere menester para las cosas de açúcar para el presente de la enperatriz”.
    Doña María de Austria y su séquito estuvieron el 19 de abril de 1582 en Madrigalejo. Los presentes de la ciudad cubrieron sus mesas y las doce cajas de “confituras y cosas dulçes”, lo mejor de la repostería trujillana, endulzaron el largo camino que llevaba a Lisboa.

1582, abril 27. Trujillo
Presente a la enperatriz. Memoria del presente y serviçio que la çiudad de Trugillo, justiçia y regidores de ella hizieron a la serenísima enperatriz en el lugar de Madrigalejo por donde Su Magestad pasó en dezinueve de abril de mil quinientos y ochenta y dos años.
Quatro terneras
Doze carneros
Un venado bivo
Un javalí
Cantidad de conejos, perdizes y liebres
Quatro dozenas de capones
Dos dozenas de piernas de toçino
Dos dozenas de cabritos
Una dozena de pavos
Doze caxas de confitura y cosas dulçes en la forma y cosas siguientes
  Una de cuescos de duraznos
  Otra de grajea  y canelones  dorado
  Dos de maçapanes dorado
  Una de dátiles rellenos dorado
  Una de fruta real dorado
  Una de mana 
  Una de bellotas y alcachofas dorado
  Otra de turrón seco dorado
  Otra de almendras doradas
  Otra de nuezes doradas
  Otra de alcorças doradas 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 522v)

  
Clara Peeters. Bodegón. Museo del Prado


 
Aún no había pasado un año cuando de nuevo Trujillo se prepara para agasajar a la emperatriz María. En febrero de 1583 partía de Lisboa para volver a Madrid, destino definitivo de sus últimos años. Trujillo quiere también ahora estar listo para el agasajo  
“Acordose que se envíe un peón para que entrando Su Magestad en Castilla avise para qué día verná por esta juridiçión seys días antes que llegue”. 
    Febrero acabó en Madrigalejo con un nuevo recibimiento a la emperatriz viuda. Hubo de nuevo presentes y dulces que los regidores Francisco Altamirano de Vargas y Juan de Hinojosa ofrecieron en nombre de la ciudad y su tierra. También fue dulce el camino a Madrid desde tierras extremeñas.

1583, febrero 25. Trujillo
En este ayuntamiento se trató de cómo la serenísima enperatriz viene a Madrigalejo de Portugal el lunes postrero de febrero. Acordose que el señor corregidor y los señores Françisco Altamirano de Vargas y Juan de Hinojosa vayan a resçibir a Su Magestad y se le lleve el presente siguiente.
Dos terneras
Doze cabritos
Doze carneros
Dos dozenas de piernas de toçino
Tres dozenas de capones
Perdizes çinquenta pares
Çinquenta conejos
Un maçapán grande y ocho caxas de confitura y un cesto de vizcochos
Una carga de limones dulçes
Unas carga de naranjas dulçes
Una carga de vino
Dos barriles de azeytunas
Quatro doçenas de queso añejo
Çinquenta fanegas de çevada.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 588r.)

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Gragea: “Especie de confitura mui menuda, que ordinariamente sirve en las Carnestolendas para tirar unos a otros” 
Canelón: “Confite largo, que tiene dentro una raja de acitrón o de canela, el qual es labrado y quadrado. Llamose así, porque regularmente se funda sobre una raja de canela”. 
Mana: “Llaman en las Confiterías cierta especie de gragea más menúda que la ordinaria”.
Alcorza: “Pasta muy blanca de azúcar y almidón, con el cual se suelen cubrir varios géneros de dulces”.


15 de enero de 2023

El corral de los toros

    Las primeras en quejarse del corral en que se encerraban los toros que habrían de lidiarse en la plaza fueron las dominicas del convento de Santa Isabel. Asentadas en la abandonada sinagoga, ahora convertida en su casa, las religiosas pedían a la Corona en 1494 que se buscase otro lugar para tal menester, pues las molestias que tal espacio les ocasionaba comprometían la honestidad y apartamiento de su vida religiosa. Pero aunque la misiva real ordenaba que, si tal molestia fuera cierta, no se encerrasen allí los toros, se quitase el corral y quedase la calle “desenbargada”, lo cierto es que su ubicación había de ser lo más próxima posible y abierta al lugar en que se producía el festejo taurino, la plaza. 
    Resulta difícil imaginar su ubicación exacta pues en nuestra mente se impone el trazado actual de las calles sobre el que intentamos situar una vía, la de Jarandilla o Jarandilla de los Jaboneros, abierta a la plaza, en la que se encontraría el corral que molestaba a las dominicas:
“...que se encierren los toros en el corral que antiguamente se solían ençerrar en la calle de Jarandilla, a la boca de la plaça...”. (1545).
    Su ubicación, a decir de los mercaderes de la calle Jarandilla, se hizo cuando sus vecinos eran la comunidad judía y “...a causa que bibyan ally, la dicha çibdad hizo en la dicha calle corral para encerrar toros con una barrera...”. (1517).
    De tal espacio se preocupó siempre la ciudad, aderezando el corral y dotándolo de puertas que se retiraban tras los festejos
“Fernán López suplica manden quitar las puertas del corral de los toros y linpiar el corral pues no se an de correr toros fasta San Juan, que se meten algunas personas a hazer villaquerías. Que el mayordomo las faga quitar y entrar en el alhóndiga”. (1508).
    Pero toros y negocios no parecían congeniar en el mismo espacio. La calle Jarandilla se llenó de mercaderes y tratantes y pronto quisieron, ellos también, que el corral que guardaba los toros bravos para los festejos se alejara de sus tiendas pues “...la gente no puede pasar por la dicha calle ni los dichos mercaderes tratar ni vender en ella sus mercaderyas e que todos los que biven en la dicha calle están encerrados y ellos y los que a ella vienen no pueden pasar sy no rodean por otras partes e la dicha calle está contynuamente muy suzia syendo tan prynçipal e por donde pasan las procesyones e la gente forastera...”. (1517)
Calle Tiendas. Contreras y Vilaseca. Archivo Fotográfico Fundación Telefónica (Años 20-30)

    Los mercaderes vecinos de la calle volverán a presentar la solicitud ante el corregidor Bernardino de Ledesma en 1532, esta vez aportando dinero que la ciudad pudiera emplear en aderezar otro espacio alejado de sus puertas, diez mil maravedís “...para ayuda a pasarlo en otra parte...”.
    El lugar elegido había de estar cercano a la plaza y contar con el apoyo del concejo por lo que el corregidor dejó hablar a los regidores. Francisco de Orellana, Gonzalo de Torres, Francisco de Bonilleja y Gómez de Tapia, los regidores asistentes al ayuntamiento del 15 de julio de 1532, se posicionaron a favor de trasladar el corral de los toros a la parte norte de la plaza, junto a las casas de Gudelo, donde parecía no hacer perjuicio a nadie. Gonzalo de Tapia y Diego de Carvajal prefirieron esperar a dar su voto para ver de nuevo el lugar señalado y tomar una posición.
    Cuatro días después, el 19 de julio, los cuatro regidores que aún no habían emitido su voto dieron su parecer. Diego de Carvajal, tras haber visto el lugar elegido, apoyó a sus compañeros y en cuanto al dinero ofrecido, “...en lo que toca a sy los diez mil mrs. que se ofreçen de dar los veçinos de la calle de Jarandilla se deve tomar, que él se remite a lo que en ello mandare el señor corregidor”. También Gonzalo de Tapia había visto el lugar y mostró su parecer favorable al traslado, “...porque dixo que aquel es sytio con mucho menos prejuiçio que donde agora está e que ay mucho menos personas que reçiban agravio e prejuiçio porque la calle donde suele estar el dicho corral es calle más prinçipal e de más trato e donde reçiben los veçinos e moradores della e otras muchas personas mucho daño”. 
    Los únicos regidores que se opusieron al traslado fueron Juan de Grado y Francisco de Torres y la opinión del primero nos dará las claves de por qué no prosperó la petición de los vecinos de la calle Jarandilla. Juan de Grado “dixo que, vistas las petiçiones que se an dado en nonbre de la yglesia de señor San Martín e de otros veçinos, que el corral de los toros no se mude e que se esté donde está antiguamente”, siendo respaldado por Francisco de Torres, dispuesto a volver a tratar el tema cuando no hubiese vecino que se opusiese al traslado. Porque el nuevo lugar había encontrado una oposición firme de quien se consideraba recibiría perjuicio en el traslado, la iglesia de San Martín, en cuya proximidad habría de establecerse.
    Pese a ser mayoría los regidores favorables al traslado, nada se hizo entonces ni años después. La calle Jarandilla fue perdiendo su nombre y quedó reducida a una calleja que partía de la vía principal -la de los mercaderes y las tiendas- que acabó tomando el nombre de sus vecinos más molestos, la calle de los Toros.

1538, diciembre 13. Trujillo
Esquina de las casas de Diego López. Este día, los dichos señores mandaron que los alarifes de la dicha çibdad vean una esquina de las casas de Diego López, tendero, que son baxo de la calle de los Toros hazya la parte de la calleja de los Xaboneros. Y visto, vean e tasen e moderen lo que es neçesario tomar la dicha esquina y aquello se tome e se pregone quién se encarga de lo hazer que quede bien hecho por quanto es cosa muy nesçesaria y se aclara mucho la calle. Y lo que tomaren se haga con el menos perjuizyo de la casa del dicho Diego López. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 22.1. Actas 1538-41, fol. XCVv.).

    Apenas cinco años más tarde, en 1543, han cambiado los protagonistas pero el guión es el mismo. El corregidor, Diego Ruiz de Solís, comendador de Villanueva de la Fuente, tuvo que responder a una nueva petición de los mercaderes de la calle ahora llamada de los Toros o del Corral de los Toros.
    Juan de Camargo, Alonso y Vicente Enríquez, Gaspar Díaz, Juan de Camargo, hijo de Nuño García, y Diego López, mercaderes, junto a Pedro Alonso, cerrajero, y Diego de Monroy, sastre, intentarán de nuevo en 1543 que el concejo retire de su calle el molesto corral, ofreciéndose a aportar las dos terceras partes de lo que costase a la ciudad situarlo en aquel lugar que ya se descartó en 1532. Todo parecía estar a su favor y la decisión tomada. Junto a la iglesia de San Martín, al lado del “pozo ancho”, el corregidor pretendía convertir un terreno municipal en un corral para acoger los toros de lidia de las fiestas, cubierto por un sobrado que habría de servir de “alhorí”, de almacén de grano o sal para la ciudad. A comienzos de agosto de 1543 las obras están en sus cimientos y en ella trabajaban los canteros Alonso Dávalos y Alonso Martín Núñez. Pudo ser ésta la ocasión de que la calle de los Toros, la de las tiendas y mercaderes, quedara libre de la servidumbre que las fiestas taurinas exigían. Pudo ser ésta la ocasión pero no lo fue, porque de nuevo la iglesia de San Martín presentó su firme negativa a que tal cambio se hiciese.
    En Granada, ante la Real Chancillería, y en Trujillo, ante Francisco de Rodas, vicario y párroco de Santa María, la parroquia de San Martín intentará con fuerza que las molestias que antes tenían los mercaderes no se traslade a sus inmediaciones. 
    El Archivo General de Simancas (AGS.CRC.136,19) conserva fragmentos de tal oposición. El capellán de la parroquia de San Martín, Alonso Ramiro, lo tuvo claro y así lo expuso ante el vicario el 6 de agosto de 1543 y lo confirmaron los testigos que presentó (los clérigos Diego Gudelo, Álvar García y Hernando de Tapia). El nuevo corral supondría un gran agravio y daño al templo, cercano apenas 15 o 20 pasos a su puerta principal y coro, casi en el cementerio y en parte de él, donde tendría su entrada, profanando el recinto y dificultando el paso “...para las proçesiones antiguas que se tiene de costunbre de yr por la calle de Ballesteros, porque el dicho corral lo ocupa todo...”. Además de suciedad y malos olores, “...la bozería e alboroto del enzerrar e sacar los toros es muy grande perjuizio a la dicha yglesia..” y alteraría, en tales momentos, el que “...los ofiçios devinos se çelebren e hagan con la deçençia e veneraçión que se requiere...”.
    No entendía Alonso Ramiro que los vecinos de la calle del Corral de los Toros, feligreses de San Martín, pidieran que el corral se trasladase cuando, decían, allí estuvo desde hacía más de doscientos años, un lugar conveniente que ahora se quería mudar.
    El capellán de San Martín consiguió convencer de sus razones al vicario Rodas, quien ese mismo día emitía un mandamiento para que la obra parase e imponía duras sanciones a quienes consideraba que contribuían, con su decisión o su trabajo, a la construcción del nuevo corral.
Calle Tiendas. A. Durán

    A lo largo del día 7 de agosto, los sacristanes de San Martín y Santa María (Pedro de Segovia y Francisco Blázquez) notificaron el mandamiento a los regidores, al alguacil, a los maestros canteros encargados de la obra y a sus peones, a los carreteros que llevaban la piedra a la misma, a Rodrigo del Amarilla, mayordomo de la ciudad y quien habría de pagar los gastos, y a los vecinos propulsores del cambio. Al día siguiente, 8 de agosto, Blas Bejarano, notario apostólico, hacía lo propio con las máximas autoridades de la ciudad, el corregidor y su alcalde mayor, Diego Núñez.
    Ante todos ellos se leyó y notificó el duro mandamiento del vicario que hacía suyos los argumentos expuestos por la parroquia de San Martín, ordenando a la justicia y regidores “...mandéis çesar e çese la dicha obra e más en ella no vos entremetays ni mandeys edificar cosa alguna ni traher piedra ni otros materiales para ella y lo que está mandado hazer lo hagays derribar e çerrar...” y al resto “...que luego dexen la dicha obra e no se entremetan a hazer el dicho edifiçio e no trabajen más en la dicha obra ni trayan piedra ni den dineros ni contribuyan para la dicha obra...”. De no cumplir con el mandamiento, el vicario imponía la excomunión para ellos y una pena de diez marcos de plata para las obras del templo. 
    Por todos y cada uno de los implicados respondió, como su procurador, Francisco de Parra, no reconociendo la autoridad del vicario en asunto civil y no eclesiástico y dejando en manos de la Chancillería granadina la resolución del conflicto. En su escrito, Parra rechazaba las acusaciones de profanación, afeando el comportamiento de la iglesia en otras actuaciones que sí podrían tildarse de tal:
“...porque si se tiene atençión al profanar de la dicha yglesia e de las otras yglesias desta çiudad, mucho más se profana con tener los delinquentes recojidos en las yglesias dándogelas por moradas a ellos e a sus mugeres e hijos e a otros sosteniéndolos en ellas con sus ofiçios mecánicos e otras cosas que no está bien estenderse syno pedir quenta a quien se deva dar de derecho...”.
    Aclaraba igualmente que entre la pared del nuevo corral y el cementario aún quedaba espacio y anchura para calle “...por donde pueda pasar una azémila aunque sea cargada con una cama, por grande que sea...”, recordando que el edificio que se quería construir más daba “...ornato a la çibdad e delantera de la yglesia que profanalla, que las pasiones son las que profanan e no las obras de cantería, que las hermosean...”.
    Ese año los toros siguieron en su corral de siempre y en octubre aún se discutía si el sitio elegido era o no el apropiado; si el suelo sobre el que se había comenzado a construir era o no público y concejil;  si la obra afectaba o no al cementerio y si por allí pasaba calle desde antiguo. Por supuesto, los testigos presentados por el concejo confirmaron su posición. Era terreno de la ciudad “...e como tal pasava por él calle enpedrada de piedras grandes muy antiguas e que después, por ser en piedra grande, se tornó a enpedrar por la çibdad de piedra menuda e que como calle pública se husava pasando carretas e bestias e presos que traían a la cárçel...”, apuntando algún testigo “...que en el dicho sytio o çerca de él vio muladar donde se hechava vasura e enterravan quando avía entredicho a los descomulgados e quando se alçava el entredicho los pasavan a lo sagrado...”, motivo por el que quizás algún hueso humano había aparecido al abrir los cimientos.
    Como ya ocurriera en 1532, tampoco ahora mudaron los toros de lugar de encierro. La amenaza de excomunión dictada por el vicario fue argumento más que suficiente para que la parroquia de San Martín consiguiera de nuevo mantener alejadas las molestias del corral.
    La calle que hoy llamamos Tiendas siguió siendo de los Toros, lugar de mercaderes y paso de procesiones (las que iban a los Mártires y la Coronada o la de San Gregorio), y en ella se siguieron encerrando los toros hasta que el corral pasó a la corralada que, junto a ella, se abría a la plaza. Corralada en la que los negocios que pudieran sufrir las molestias no eran tiendas sino casas mesones, al menos las dos que poseía en 1654 Gonzalo Antonio de Chaves Orellana, señor de la casa de la Cadena, en la “...Corralada de los Toros que está en la plaça della, alindan una con otra y con cochera del Marqués de Orellana...”, que antes poseyera su padre Juan de Chaves Orellana al recibirlas de “los cavalleros Mesías de Mérida” como parte del precio de las casas principales que vendió a éstos en esa ciudad, las casas que llamaron de los Milagros. 
    Hoy los toros siguen llegando a la plaza pero no hay corral ni corralada por la que discutir.

27 de noviembre de 2022

El entierro del obispo

     En el ayuntamiento celebrado en Trujillo el 23 de junio de 1747, presidido por el corregidor don Manuel Faustino de Salamanca, el escribano recogió la lectura de la misiva enviada a la ciudad por el nuevo obispo de la diócesis placentina, don Francisco de Bustamante. En ella, el hasta entonces obispo de Barbastro comunicaba su nombramiento como prelado de Plasencia,
“...ofreziendo a la ziudad el maior deseo de manifestar el singular gozo que tendrá en que se proporzionen muchas ocasiones de servir a la ciudad en quanto sea de su maior agrado (...). Y oido por la ciudad acordó que los señores don Antonio de Heraso Tapia y Paredes y don Juan de Orellana y Pizarro, comisarios de correspondenzias, respondan a dicho Ilustrísimo Señor dándole repetidas grazias por el obsequio y expresión que haze de su fineza y la enorabuena de su aszenso, ofreziendo su gratitud a el serbizio de su Ilustrísima”.
   Exquisitas maneras de cortesía por parte del nuevo prelado y del ayuntamiento trujillano que poco hacen pensar en los difíciles momentos de meses atrás en que se habían enfrentado las autoridades civiles de la ciudad y la autoridad eclesiástica de una sede entonces vacante.
  Porque, iniciándose el año de 1747, quiso la desgracia que el obispo de Plasencia, el agustino fray Plácido Baylés Padilla, falleciese de visita en la ciudad. A su lado estaba su pariente, mayordomo y testamentario, el presbítero Juan Bautista Zubiaur que seguirá las indicaciones que parece había dispuesto el obispo Baylés, quien al ver cercano su fin y ante los extraordinarios temporales de agua que sufrían estas tierras, que harían difícil el traslado de sus restos a la catedral placentina, había señalado que, temporalmente “su cuerpo fuese sepultado en la dicha parrochial de Sr. San Martín o en la de Santa María de esta ziudad”.
    A las seis de la mañana del día 22 de enero de 1747, el obispo recibía el sacramento de la extremaunción y su mayordomo organizaba todo ante lo que parecían ser los últimos momentos de fray Plácido. Se buscó infructuosamente en las boticas de Trujillo los bálsamos que permitieran la conservación del cadáver para su traslado a Plasencia al tiempo que se hicieron las diligencias necesarias para que un correo marchase a aquella ciudad e informase al Cabildo del riesgo extremo en que se hallaba el prelado. Pero nadie se encontró que quisiese desplazarse a Plasencia en medio de tales temporales y sólo al anochecer se pudo hallar persona que “a peso de dinero, se puso en camino con riesgo de su persona” para notificar ya la noticia del fallecimiento del obispo.
    Aunque la intención de su testamentario fue que el cadáver se trasladase a Plasencia, pronto comprendió que tal empresa resultaba imposible, y no solo por las lluvias “e intenperie de tiempos de arroios crezidos”. No habían pasado aún veinticuatro horas de la muerte del obispo y ya resultaba insoportable el olor que despedía su cadáver, “aunque se procuró moderar con algunos aromas”, siendo así que “ni las comunidades pudieron mantenerse en dicha pieza para cantar el ofizio”.
Escudo del obispo Baylés


    En la mañana del día 24 de enero de 1747, en la iglesia de San Martín, “en un entierro gueco fabricado nuevamente en el llano del altar maior” y en un féretro cerrado con llaves que guadó el teniente de cura de la parroquia, don José Jerónimo de Ullauri, fue depositado a toda prisa el cadáver del prelado iniciándose entonces un difícil proceso en el que chocarían ambas autoridades, civiles y religiosas. Porque llegada la noticia a Plasencia, el mismo día 24 de enero el vicario general de la diócesis comisionó al presbítero Nicolás Muñoz y Soto para que, tras desplazarse a Trujillo, junto al vicario de la ciudad, fray Antonio Rubio Zamorano, recogiese el cuerpo del obispo y lo trasladase a la catedral placentina donde habría de recibir sepultura, “y en caso de que estubiese enterrado, le hiziese desenterrar, vestir y poner en dezente caja, señalando personas de su satisfaczión para el resguardo de dicho cadáber en el camino”. Y este es el problema, porque en Trujillo, al día siguiente, las autoridades eclesiásticas reclaman cumplir este mandato y las civiles, el corregidor, se niegan en redondo a permitirlo. 
    Conseguidas las llaves, el vicario de Trujillo acude a San Martín y reclama la presencia del carpintero que fabricó el ataúd en que descansaba el obispo, Juan Cabos, y del maestro albañil que realizó su sepulcro, Alonso Vicioso, a quienes ordena levantar la piedra que cierra el enterramiento. Ambos lo tuvieron claro. ¡Ni por dos doblones de a ocho harían tal cosa!. Ya les había resultado tarea penosa el propio entierro y para cerrar y encalar las piedras del sepulcro hubieron de taparse las narices. De abrirse, siquiera una de las piedras, dijeron, “se orijinaría el que en la referida iglesia de señor San Martín no podría zelebrarse el siguiente día ni otros ni entrar persona alguna en ella por el mal olor y fastidio que había de causar”. 
    Informado de todo ello el vicario general de la diócesis, el día 27 de enero reitera la comisión y mandato para exigir, bajo la amenaza de censuras eclesiásticas, la entrega del cuerpo de fray Plácido y de nuevo el vicario trujillano, al día siguiente, se encontrará con la negativa primero de quienes han de llevar a cabo su extracción del sepulcro, porque ni Alonso Vicioso ni Juan Cabos están dispuestos a realizar tal labor ni siquiera bajo la amenaza de excomunión, porque, “de hazerlo se ponían en riesgo de perder la vida, a causa del mal olor que expediría dicho cuerpo” y mover las sesenta arrobas de la losa que cubre el sepulcro podría hacer “que ésta luego que se menee por estar pendiente de cada lado como tres dedos, tiene la contingenzia de caer sobre el cuerpo y estriparse, de que prozederá más fector y produziría más daños”.
    El siguiente en ser requerido fue el propio corregidor, don Manuel Faustino de Salamanca, con la intención de que obligase a Vicioso y Cabos a cumplir lo que el vicario les exigía. Nada consiguió del corregidor, quien solicitó se suspendiese lo pedido desde Plasencia ya que mover el cadáver del prelado podría ser dañino para la salud pública, causando “espezie contaxiosa de peste en los vezinos y las infaustas consequenzias que infaliblemente se seguirían”. 
Capilla de las reliquias, financiada por el obispo Baylés. Catedral de Plasencia.
https://lavozdeplasencia.blogspot.com/2018/12/altar-de-las-reliquias.html

    No desistió el Cabildo en su empeño y sabiendo que no encontraría apoyo en Trujillo para trasladar a Plasencia los restos del obispo, decidió que los canónigos Pedro Sobrino y Gabriel López llevasen consigo a Trujillo a Joseph Garrón, “carpintero, e albañil y peón de la iglesia, con todos sus pertrechos para que sacasen el cuerpo de S.I. del lugar de donde le havían puesto”.
    La autoridad civil se impondrá de nuevo y en esta ocasión por la fuerza. Informado el corregidor de las intenciones del Cabildo placentino, ordenó sitiar la iglesia de San Martín “con mucha gente y soldados con bayoneta calada para que no sacasen el cuerpo”. 
    No conseguido su propósito, el Cabildo actuará como si el prelado hubiera sido enterrado en la catedral (“le hicieron su novenario de onrras, que empezó el día 7 de febrero y se concluió en 16 del mismo mes y año dicho”), donde finalmente reposaría tras el traslado de sus restos en mayo de 1751.
    Por su parte, el corregidor procedió a dar sus poderes a quien pudiera representarle ante el Supremo Consejo de Castilla, explicando las razones de su actuación y pidiendo se le librase de los castigos eclesiásticos que su proceder le habían acarreado.

1747, enero 30. Trujillo
Poder que da el Señor Don Manuel Faustino de Salamanca.
En la ziudad de Truxillo en treinta días del mes de henero de mil setezientos quarenta y siete, ante mi el escrivano público y testigos, el señor don Manuel Faustino de Salamanca, correxidor capitán a guerra y superintendente de rentas reales de esta dicha ziudad, su Partido y tesorería por Su Magestad dijo: que por quanto el día veinte y dos de henero de este presente año murió en esta ziudad, pasando de tránsito por ella, el Illmo. Señor Don fray Plázido Vailes y Padilla, obispo que fue de la ziudad y obispado de Plasenzia, en el que se halla comprehendida esta ziudad, cuio cadáver fue sepultado en la iglesia parrochial de esta ziudad el día veinte y quatro de el propio mes a cuio tiempo, por el motibo de averle entrado corruczión que causó el aczidente que le acavó la vida, expedía de sí el cadáver tal fector que se hazía intolerable, y que entendido dicho señor de que en el veinte y siete de dicho mes se procurava trasladar el cuerpo a la Santa Iglesia Catedral de la ziudad de Plasenzia, para venir en conozimiento de si tal echo podía sobrebenir algún perjuizio a la salud pública, por acto que proveió parezer ante sí los médicos zirujanos titulares de esta ziudad, quienes conformes declararon que de hazer dicha remozión de cadáber estava expuesto a sobrebenir una epidemia y de ésta resultar una jeneral peste, por lo que dio su señoría varias providenzias para evitarlo, como tan de su propia inspeczión por el empleo que ejerze y en este estado fue requerido por el señor vicario, juez eclesiástico en esta ziudad, para que prezisase a los operarios que fabricaron el sepulcro donde existe dicho cadáver, para que levantasen las piedras que le zierran, a causa de negarse éstos temerosos de perder la vida a la violenzia del fector que de sí esperimentaron arrojava a el tiempo de su zierro, el que no fue cumplimentado por las dichas razones; y en atenzión a no aver sido éstas sufizientes, aunque tan poderosas, para detener los prozedimientos, antes bien se a continuado en ellos hasta aver llegado a promulgar zensuras dirijidas contra su señoría y algunos de sus ministros, sobre que tiene protestado el real ausilio de la fuerza, por evitar tan melancólicos suzesos como se esperimentarían llevando adelante tal echo, en que se prozede en virtud de comisión de el señor provisor de la ziudad y obispado de Plasenzia sede vacante, por lo que otorga que da todo su poder cumplido bastante el que de derecho se requiere y es nezesario mas puede y debe valer a don Françisco Pueio, tesorero de los Reales Descargos, vezino de la villa y corte de Madrid, para que en nombre de su señoría y representando su propia persona pueda comparezer y comparezca ante Su Magestad (que Dios guarde) y señores de su Real y Supremo Consejo de Castilla y se queje de los prozedimientos de los referidos juezes eclesiásticos y sus comisionados por vía de fuerza y pida se libre la ordinaria para que se alzen y levanten las zensuras que se hallaren impuestas en razón de lo que aquí ba dicho y que, sin ignovar en el estado que estubiesen los actos, se remitan a dicho superior tribunal y que en él se declare azer fuerza el eclesiástico en el echo de la remozión de dicho cadaver, como en aver impuesto las dichas zensuras, y que los prozedimientos de su señoría an sido justos y arreglados con respecto a lo que deve obrar en venefizio de la salud pública y que en el interin y hasta tanto que sin perjuizio de ésta pueda ejecutarse dicha remozión, se suspenda; y para ello presente pedimientos memoriales y todo jénero de instrumentos y haga quantos autos y dilixenzias correspondan (...) Y así lo digo y otorgo siendo testigos don Antonio Vizente Chavarría, alguazil maior de esta ziudad, Juachín de Loiola y Antonio Calderón Vejarano, vezinos de esta ziudad y el señor otorgante a quien yo el escrivano doi fee conozco lo firmo. =enmendado= c=c=vale=

Don Manuel Faustino de Salamanca (rúbrica)  

Ante mi Juan Pozo Cotrina (rúbrica)

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Juan Pozo Cotrina. 1747. Fols. 61r-62v.)


Fuentes:
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 230/23
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 129/10. Notizias de los señores Obispos de esta ciudad de Plasenzia. 
González Cuesta, F.: Los Obispos de Plasencia. (2013). Pp. 517-521



5 de octubre de 2022

A la feria de Zafra

    Quizás no recordase a todos, pero Diego de Orellana de Chaves debió conocer a algunos de los esclavos que su abuelo Nuño poseía en su casa de la plaza de Trujillo. Nuño García de Chaves compró a Juan “el negro” en Zorita en 1505 y pagó por él 10.000 mrs., casi tanto como le costaron Catalina, comprada en Zafra en 1511, y Cristóbal “el negro”, que llegó ese mismo año a su casa adquirido a un portugués. Juan “el negro” ya era esclavo en Trujillo cuando Nuño García de Chaves se lo compró a Diego de Orellana por algo más de 12.000 mrs. y de nuevo fue un comerciante portugués quien le proporcionó el último de los esclavos que conocemos de su casa, Francisco “el negro”, por el que pagó 9.000 mrs. en 1528. 
B.E. Murillo. Tres niños.
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    En estas adquisiciones de personas esclavizadas se nos muestra claramente el diverso escenario en que tienen lugar su comercio: la propia ciudad, la comarca, los mercaderes portugueses y las ferias, destacando en ellas las que se celebraban en junio y septiembre en Zafra. 
    Era Zafra, como nos señala Rocío Periáñez Gómez, el principal centro esclavista de Extremadura por su posición geográfica y sobre todo por sus ferias, “punto de encuentro de mercaderes portugueses, extremeños y andaluces” 

“atraían a gentes de todos los puntos de la Península para realizar sus negocios, constituía un referente para los mercaderes especializados en el tráfico de esclavos que mostraban su mercancía a los clientes “a la vista y contento del comprador”, efectuando sus ventas en la plaza pública, en la plaza nueva, en la audiencia pública, a la reja de la cárcel pública, en mesones...”( Periáñez Gómez, R. (2010). Negros, mulatos y blancos: los esclavos en Extremadura durante la Edad Moderna. P. 170).  
    
    Por eso, cuando Diego de Orellana de Chaves decidió vender a Isabel, su esclava, pensó en Zafra, en su feria y allí mandó a su criado Pedro de Arévalo (de color moreno) confiando en su criterio para obtener el mejor precio o la mejor mercancía (humana o no) que pudiese recibir a cambio. 

1578, junio 19. Trujillo 
Poder de Diego de Orellana de Chaves para Pedro de Arévalo Sepan quantos esta carta vieren cómo yo, Diego de Orellana de Chaves, veçino de la çiudad de Trugillo, otorgo y conosco que doy e otorgo todo mi poder cumplido, libre, llenero y bastante y el que de derecho en tal caso se requiere para más y mejor valer, a Pedro de Arévalo, mi criado, de color moreno, speçialmente para que por mi y en mi nonbre pueda vender y venda a Teresa mi sclava de color mulata y de edad de treinta años y con su cría a la persona que quisiere en la feria de Çafra y en otra qualquiera parte que quisiere por el preçio de mrs. que le fuere bien visto e reçibir el preçio de mrs. en que la vendiere y darse por contento y pagado dello e otorgar carta de venta en forma ante qualquier escrivano público con las fuerças, vínculos e firmezas de derecho nesçesarios y con obligaçión de mi persona e bienes e rentas e sumisión de fuero y leyes (...). E asi mismo le doy el dicho mi poder para que la pueda trocar por otro esclavo o por otra qualquier presea y alhaja, que siendo por el dicho Pedro de Arévalo hecho yo lo apruevolo (sic) y ratifico desde agora para entonçes y de entonçes para agora, que para ello le doy el dicho mi poder con sus ynçidençias y dependençias y con libre y jeneral administraçión para en todo lo que hiziere, otorgue y cobrare e obligo mi persona e bienes. En testimonio de lo qual otorgué la presente carta en la manera dicha por ante escrivano público y testigos de yuso contenidos, que fue hecha e otorgada en la dicha çiudad de Trugillo a diez y nueve días del mes de junio del año del nasçimiento de nuestro redentor Jesucristo de mil y quinientos y setenta y ocho años. Testigos que fueron presentes, don Antonio de Mendoça y Carlos de Orellana y Diego Gutiérrez, veçinos de Trugillo, y el dicho otorgante que yo conosco lo firmó de su nonbre en esta manera. Va enmendado, poder. Va entre renglones, con su cría. Pasó ante mi Pedro de Carmona, rúbrica. Diego de Orellana de Chaves (rúbrica) 

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1578, fol. 102v.)