10 de junio de 2021

La escuela de don Matías Barbado

     Vuelve el arca a celebrar su día aún cerrada con sus tres llaves, esperando a que quienes las guardan abran las recias cerraduras que la mantienen alejada de investigadores y curiosos. Otras muchas arcas van abriendo y dejando ver sus tesoros y permitiéndonos acercarnos a Trujillo, a sus historias y a sus gentes.
    El 6 de julio de 1906 tomaba posesión del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes Amalio Gimeno y Cabañas, del Partido Liberal. En agosto de ese año firmaba la Real Orden por la que se recuperaban las condiciones que en 1902 otro ministerio liberal había impuesto para autorizar la apertura de centros no oficiales de enseñanza. Se trataba de asegurar que tanto quienes impartieran esas enseñanzas como los contenidos y las instalaciones en las que se llevaban a cabo esas enseñanzas cumplieran unos requisitos que iban más allá de los meros de “moral y condiciones higiénicas”, únicas exigencias que habían impuesto los anteriores gobiernos conservadores y que habían llevado a la proliferación de centros de instrucción no oficiales no siempre de calidad educativa.
    La acreditación de las condiciones que exigía el Decreto debía presentarse ante los directores de los Institutos Generales y Técnicos de la provincia. 
    Matías Protasio Barbado Muñoz había nacido en Trujillo el 19 de junio de 1865. Hijo de Juan Antonio Barbado y Juana Muñoz, su tía María Muñoz fue la madrina en su bautizo en la parroquia de San Andrés. En Badajoz, en su Escuela Normal de Maestros, obtendrá su título de maestro de primera enseñanza elemental y con 21 años vuelve a su ciudad donde el 8 de junio de 1887 toma posesión como maestro auxiliar de la escuela de niños de Huertas de Ánimas.
    Cuando se publicó la Real Orden del ministro Gimeno, Matías Barbado llevaba 15 años regentando una escuela privada en la Plaza Mayor. Ya tuvo que realizar todo el proceso administrativo que el ministro Allendesalazar estableció en 1902 para el mismo fin y que ahora de nuevo debía repetir.
    Por triplicado: instancia solicitando la apertura (en este caso la continuidad de su escuela); fe de bautismo; reglamento del centro; planos del local e informe municipal de sus condiciones de salubridad, seguridad e higiene; titulación de su director y certificación de su buena conducta y cuadro de asignaturas que se impartían.

Solicitud de Matías Barbado Muñoz. Archivo Instituto El Brocense

    En los primeros días de septiembre de 1906, Matías Barbado fue recopilando todos y cada uno de los documentos que se le pedían y que recibiría Manuel Castillo, director del Instituto General y Técnico de Cáceres, centro en cuya arca se guardan hoy. Su publicación en el Boletín Oficial de la Provincia, en octubre de ese año, abriría un plazo de 15 días para poder presentar reclamaciones a su solicitud. Luego, Matías Barbado seguiría, ya de nuevo acreditado por la Inspección Provincial, regentando su escuela.
    En la Plaza Mayor, en el número 13, vivía Matías Barbado junto a su esposa Elvira y sus hijos Manuel y Elvira. También allí tenía una escuela de niños. Cada día, mañana y tarde, la casa de llenaba de chavales durante las seis horas de clase que comenzaban y acababan con la oración. 

Cuadro de la Enseñanza. Archivo Instituto El Brocense

    Dos balcones y una pequeña ventana a la plaza se abrían en una de las dos salas de ocho metros por tres y medio que Francisco Valiente había medido y de las que realizó el croquis que se mandó a Cáceres. El local, certificaba el alcalde Luis Pérez Aloe Mediavilla, no se oponía “en nada a las Ordenanzas Municipales de esta ciudad en cuanto se refiere a la salubridad, seguridad e higiene”, términos confirmados por Santiago Arias Pinar, subdelegado de Medicina del Partido, por reunir “las condiciones higiénicas” que determinaba la Real Orden sobre higiene de los edificios de uso público.

Reglamento de la Escuela. archivo Instituto El Brocense

    En cuanto al maestro, tenía título oficial, era vecino de Trujillo y su buena conducta y antecedentes, certificados también por el alcalde, le hicieron idóneo para la acreditación.
    En la Plaza Mayor, en la escuela de don Matías, siguieron aprendiendo muchos niños trujillanos. En ellos abriría las llaves de otra arca igualmente llena de tesoros, la del conocimiento.


Plano de la Escuela de Don Matías Barbado Muñoz. Archivo Instituto El Brocense.



18 de mayo de 2021

Lope de Urueña, regidor Altamirano

    El grupo de los caballeros controló férreamente el regimiento de Trujillo y con él  una gran cantidad de facetas de la vida económica, política y social que afectaban a todos y cada uno de los habitantes de la ciudad y de su término.  En sus manos estaba el arrendamiento de las dehesas caballerías, el control de los tiempos económicos del sector agrario y comercial (acoto y desacoto de los montes, concesión de licencias para entrar o sacar mercancías del término...), la supervisión de las finanzas del concejo, de la limpieza de la ciudad, del correcto aprovisionamiento de su mercado, de los oficiales que, a costa de la ciudad, proporcionaban los servicios necesarios a sus vecinos... Y todo ello lo hacían conformándose en tres grupos, los linajes, que articulaban mucho más que la vida concejil.
    Altamirano, Bejarano y Añasco, los tres linajes que controlaban y acaparaban el gobierno de la ciudad en un reparto desigual que no parece ser contestado por quienes se encontraban en desventaja. Mientras que las familias integradas en el linaje Altamirano ocupaban la mitad de los cargos concejiles, los apellidos de los linajes Bejarano y Añasco disfrutaban de la otra mitad. Una estructura que aparece ya consolidada a mediados del siglo XIV y que se mantendrá en los siglos siguientes. 
    Cada uno de los linajes acoge a clanes familiares unidos tanto por lazos de sangre como por otro tipo de relaciones y quizás a veces por tradición. En ocasiones, una familia se constituye en núcleo dominante del linaje (lo que ocurre con los Chaves y el linaje Altamirano a partir de la figura de Luis de Chaves) mientras que en otros momentos se diluye ese liderazgo. Pero siempre vemos repetirse en el regimiento apellidos que permiten adscribir sin duda a las familias trujillanas a uno u otro linaje. Y cuando la adscripción no encaja, no hemos de pensar en una ruptura de la familia entre dos linajes sino en el irregular uso de los apellidos entre los hijos. En 1512, dos regidores llamados Pedro de Loaisa (apellido Bejarano) son elegidos regidores; uno lo es por el linaje Altamirano y otro por los Bejarano y bien claro está que cada uno de ellos lo hace representado a su linaje como hijos respectivos de Juan Calderón (apellido unido a los Altamirano) y de Francisco de Loaisa.
    Es una estructura, la del linaje, que siempre se nos aparece como relativamente rígida. Conformados por familiares de apellidos que se repiten, que se emparentan y generan estructuras clientelares tanto en deudos como en criados (en una división vertical que integra a veces incluso a judíos, moros o luego cristianos nuevos), siempre quedan múltiples aspectos por conocer de ellos. Uno de esos aspectos es cómo se produce la inclusión de alguien cuyo apellido es extraño al linaje y cuya procedencia también es ajena a Trujillo, en un momento en el que las elecciones al concejo trujillano seguían fielmente lo que era la costumbre –recogida en ordenanzas- desde hacía siglos.
    El día de San Andrés de 1520 Lope de Urueña, natural y en otros momentos vecino de Tordesillas, tras el correspondiente sorteo de los electores y sacada la bola de cera por la mano de un niño, es elegido regidor de Trujillo por el linaje Altamirano. Tan solo un mes después ya está acompañando al corregidor de la ciudad como único representante del concejo en reuniones de extrema importancia para Trujillo y la corona de Castilla. ¿Cómo se integra y quien es Lope de Urueña, regidor por el linaje Altamirano?
    El arca del concejo conserva muchas de las Actas de sus ayuntamientos. En ellas, solo sus escribanos tienen potestad para escribir, levantar acta y tomar razón de las reuniones y acuerdos del concejo, de las subastas y remates de arrendamientos y obras de la ciudad realizadas bajo el control del escribano y, ocasionalmente, del traslado de algunos escritos o memoriales recibidos o tratados en las sesiones celebradas a campana tañida.
    Por ello, resulta sorprendente que en las actas de 1520 se recoja un acontecimiento que nada tiene que ver con ello y que afecta directamente al poderoso linaje Altamirano. Todo ocurrió el 25 de noviembre en el patio del aljibe frontero con el alcázar de los Altamirano. Un lugar, por tanto, de alta significación y muy representativo para dicho linaje. Allí se reunieron –quedando todo ello fielmente recogido- los regidores que en ese momento representaban al linaje en el concejo y un número significativo y altamente representativo de miembros del linaje; el motivo de tal reunión es incluir en el linaje Altamirano a dos personas hasta ese momento ajenos a él, que “no son hijos de veçinos desta çibdad” y, por tanto sin parentesco directo o matrimonial con otros miembros de algunas de las familias de los linajes. Aquellos a quienes se acogía eran Lope de Urueña y Cristóbal de Ribera, que a partir de ese momento gozarán de los derechos que tienen los miembros del linaje en cuanto a su posibilidad de elección para los cargos del concejo. Su compromiso, bajo juramento, será actuar siempre “en favor del dicho linaje e sus previllejos”. 

Alcázar Altamirano. Trujillo
    Poco sabemos de Cristóbal de Ribera, elegido mayordomo por los Altamirano en 1534, mientras que la figura de Lope de Urueña es bien conocida por quienes han estudiado la hacienda castellana del siglo XVI. Natural de Tordesillas y criado en 1490 del comendador Gonzalo Chacón, mayordomo y contador mayor de los Reyes Católicos, Lope de Urueña alterna la vecindad en su villa natal y en Trujillo hasta que, tras el conflicto comunero, se asiente definitivamente en Valladolid donde fallece. 
    Desde los inicios del siglo XVI aparece como uno de los arrendadores más importantes de las rentas reales, especializado en el arrendamiento de rentas de Extremadura, apareciendo ya en 1500 como recaudador mayor de Trujillo y receptor del cobro de los encabezamientos de alcabalas de Cáceres, Badajoz y los lugares de la orden de Alcántara en 1503. 
    Asentado en Trujillo y vecino de la ciudad donde reside junto al monasterio de San Francisco, hemos de pensar que su integración en uno de los linajes ha de deberse a su mayor cercanía, amistad y relación con miembros del mismo ya que, casado en Córdoba, ninguna relación familiar le unía a Trujillo. Sus conocimientos y relaciones le debieron hacer valioso, en esos años convulsos, tanto para la ciudad como para el linaje que lo acogió y lo integró, quizás con prisas porque apenas cinco días después su nombre era propuesto como candidato a nuevo regidor Altamirano. 
    La suerte y la mano inocente de un niño hizo que Lope de Urueña, natural de Tordesillas, tuviese durante dos años la representación en el concejo de los Altamirano junto a apellidos de tanta tradición en el linaje como Chaves, Calderón y Altamirano.


1520, noviembre 25. Trujillo

En la noble y muy leal çibdad de Trugillo a veynte e çinco días del mes de novienbre, año del nasçimiento de Nuestro Salvador Ihesu Christo de mil e quinientos e veynte años, este día, estando en el patio de los algibes de la dicha çibdad que es çerca de las casas de Fernand Alonso Altamirano, de los muros adentro de la dicha çibdad, algunos cavalleros e hidalgos de la linaje de los cavalleros Altamiranos de la dicha çibdad, espeçialmente Luis de Chaves mayoradgo y Luis de Chaves hijo de Martín de Chaves e el liçençiado Françisco de Herrera e Diego Méndez e Françisco de Gaete, regidores de la dicha çibdad del dicho linaje de los Altamiranos e Nuño Garçía de Chaves e Juan de Hinojosa, hijo de Álvaro de Hinojosa e Diego Mexía e Gutierre de Sotomayor e Fernand Alonso Altamirano e Garçía de Torres e Andrés Calderón e Pedro de Loaysa Calderón e el liçençiado Velázquez e Gonçalo de Carmona e Diego de la Rua e Diego Gonçález Villarejo e Martín Gonçález del Mirón e Juan de Grado e Françisco de Carvajal, criado de Luis de Chaves, del dicho linaje de los Altamiranos, en presençia de mi, Juan Rodríguez Caramaño, escrivano público en la dicha çibdad e su tierra por el reverendo señor el prior e convento del monesterio de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe e escrivano de los hechos del conçejo de la dicha çibdad e de los testigos de yuso escritos, dixeron que por quanto Lope de Hurueña e Christóval de Ribera, veçinos desta dicha çibdad no son hijos de veçinos desta çibdad que fuesen de ninguno de los linajes della, que ellos avían e avieron por bueno de los reçebir al dicho linaje de los Altamiranos para que de aquí adelante sean del dicho linaje e puedan gozar de los ofiçios del dicho linaje de los Altamiranos e de todas las otras graçias que los cavalleros hijosdalgo pueden e deven gozar en esta dicha çibdad e su tierra. E luego los dichos Lope de Hurueña e Christóval de Ribera juraron en forma de derecho que bien e fielmente ternán e guardarán e manternán todo aquello que los otros cavalleros hijosdalgo del dicho linaje son obligados a guardar e que serán syenpre en favor del dicho linaje e sus previllejos e que contra ellos no yrán ni pasarán en ningund tienpo ni por alguna manera e a la confusión del dicho juramento dixeron sy juro e amén. E hecho el dicho juramento, dixeron los dichos señores que los reçebieron al dicho linaje a los dichos Lope de Hurueña e Christóval de Ribera, los quales lo pidieron por testimonio. Testigos que fueron presentes Fernando Cañamero e Pedro Dávila e Benito de Aguilar, cantero, e otros muchos veçinos desta çibdad. Va entre renglones o diz Juan de Grado e Françisco de Carvajal, criado de Luis de Chaves, e Florençio de Santa Cruz, escrivano, e Juan Calderón, vala.

Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 14, fol. 189.



14 de febrero de 2021

El incendio de San Pedro

     Cuando se lleva a cabo el Interrogatorio elaborado por el Regente y Ministros de la recién creada Real Audiencia de Extremadura, visita el Partido de Trujillo el alcalde del crimen de esa misma Real Audiencia, don Pedro Bernardo de Sanchoyerto y Achúcarro. Por él sabemos que en la ciudad de Trujillo existían en  febrero de 1791 cuatro monasterios de religiosos (el de los dominicos, los franciscanos, los padres alcantarinos y los de la Merced Calzada)  y que otros seis conventos acogían entre sus muros a 70 religiosas que dedicaban su vida a la oración.  Sólo uno de ellos exigía para entrar “qualidad notoria”, el de San Francisco el Real de la Puerta de Coria, en esos momentos con tan solo cinco religiosas, a pesar de ser el que exigía una dote más modesta para profesar, 500 ducados. El único que admitía “educandas” era el de la “Concepción Franzisca” (Santa Clara, con 18 religiosas en ese momento) y, mientras que algunos de ellos “tienen hacienda”, de otro nos cuenta que “se mantienen solo de limosna” (el convento de San Antonio, también con 18 religiosas).
     El arca conserva mil y una historias de todos ellos, de su interés por asentarse en la ciudad, de sus preocupaciones para conseguir casa y recogimiento, de sus necesidades y ofrecimiento de oraciones...
     De los primeros de los que nos habla el arca son de los conventos que se crearon en la “villa”, de los muros adentro de la muralla. El más antiguo es el de San Francisco el Real, junto a la puerta de Coria, al que ya Juan II concede mercedes en las alcabalas de los ganados de Trujillo allá por 1454 y al que se sumará años después el beaterio de Santa María que luego seguirá la regla de San Jerónimo. A ellos concede el concejo frecuente limosna por los años 80 del siglo XV 

“Mandaron librar a las freylas de la puerta de Coria en limosna para fazer la capilla de su yglesia que se les quiere caer, tres mil mrs” (8/7/1485) 
“Libraron a los monesterios de las beatas e freylas de Santa María e de la puerta de Coria, a cada monesterio tres mil mrs. en limosna para ayuda a sus mantenimientos” (23/12/1485)
“Los benefiçiados de Santa María piden que les ayuden para reparar la yglesia de San Pedro con su portal y altar. Que mandarán fazer el altar” (19/3/1498)
“Gonçalo Ferrandez Regodón el moço pide por merçed que manden librar o pagar el altar que mandaron hazer para la yglesia de Sant Pedro. Que aviendo algunas penas lo pagarán“ (23/11/1498)
“Las beatas de Sant Pedro piden les manden librar e pagar quatro mil mrs. que los señores corregidor e regidores les prometieron e mandaron librar en las penas de los montes porque tienen la casa cayda e ge los mandaron dar para la hazer. Acordaron que en aviendo de qué, gelos mandarán librar” (5/4/1499)
“Las beatas de Sant Pedro piden por merçed les manden dar el libramiento de los mrs. que se les mandaron para la obra de la casa. Que lo verán” (23/6/1499)

Escudo de Trujillo. Convento de San Pedro

    Cuando ya el siglo XV termina, otros dos nuevos conventos surgen en el “arrabal”, fuera de los  muros. Las dominicas de Santa Isabel llegarán a la ciudad bajo el amparo del monasterio de la Encarnación, de su misma orden, ocupando la antigua sinagoga ya sin uso tras la expulsión de los judíos. Por último, entre las calles Garciaz y Domingo Ramos el arca nos habla de un beaterio, el de San Pedro, ya constituido en convento en 1498. A todos ellos atiende el concejo cuando las existencias del arca de los dineros lo permite

“Este día acordaron que se de en limosna a las beatas de Santa María mil mrs. e a las freylas mil mrs. e a las beatas de Sant Pedro mil mrs. e a las monjas de Santa Ysabel quinientos mrs. para su mantenimiento desta quaresma e porque tengan cargo de rogar a Dios por las vidas e reales estados del rey e de la reyna nuestros señores e del prínçipe nuestro señor” (1/3/1499)

    En ocasiones, los pagos de las limosnas se demoran y una y otra vez los conventos recuerdan al concejo su necesidad de ayuda, no solo para el mantenimiento de las religiosas sino para la construcción o reparación de su convento.
     Aunque a veces tarde, lo cierto es que el concejo es generoso con las religiosas y cada cuaresma les ofrece ayuda para el pescado y se acuerda de ellas cuando el grano escasea y es caro o cuando ha de repartir la carne de los toros con los que se habían celebrado las fiestas. También lo será cuando la desgracia les visite y acudan ante el concejo a pedir su auxilio. En esos momentos, la entonces saneada hacienda concejil permitirá a Trujillo acudir en su ayuda con sumas importantes, viendo cómo el escudo de la ciudad deja constancia en piedra de su patrocinio y financiación.
     Hoy, sobre la puerta del convento de San Pedro está el escudo de la ciudad, la Virgen entre dos torres, y el arca nos muestra la razón de esa presencia. 
    El día 12 de septiembre de 1524 el concejo está reunido. El escribano del concejo, Luis de Góngora, toma nota de los temas tratados por los regidores, de las licencias concedidas y de los acuerdos adoptados, debiendo incluir todo ello en el Libro de Actas del concejo. Y sin embargo no anota en él parte de lo que ese día sucedió y de lo que luego él mismo dará fe “en testimonio de verdad”. 
    Ese día, ante el ayuntamiento reunido, Luis de Góngora nos cuenta cómo por él mismo fue leída una petición del convento y monjas de San Pedro, un escrito que conocemos a través del gran arca que atesora en Simancas los documentos de la Corona

“Magníficos señores

El abadesa, freilas e convento del monesterio de señor San Pedro desta noble çibdad de Trugillo besamos las manos de vuestras merçedes, la qual bien sabe y es notorio la gran desdicha que en el dicho monesterio nos acaesçió la bíspera de Nuestra Señora de setienbre deste mes presente, en la noche se nos quemó la yglesia donde el culto divino se çelebrava e el dormitorio e mucho de lo que en la dicha casa e monesterio teníamos. Ansí mismo señores saben la pobreza del dicho monesterio que es tanta que aún para comer no tenemos quanto más para reedificar la yglesia y reparar adonde podamos syquiera medianamente pasar e retraernos para no desanparar la casa, para lo qual tenemos nesçesidad al presente syquiera de çien mil mrs. A vuestras merçedes suplicamos nos hagan merçed de nos hazer limosna dellos de los propios desta çibdad porque con esto al presente se podría reparar la dicha yglesia e dormitorio y en hazerlo nos harán señalada merçed e limosna...” .

    Han perdido su iglesia y gran parte de su convento y, sin rentas, solo el amparo de la ciudad podría remediar su situación. Por supuesto que la noticia era ya conocida por los regidores; toda la ciudad debió sentir tal pérdida y seguro que muchos trujillanos ya habían acudido en su auxilio. Al concejo le constaba “la mucha pobreza que el dicho monesterio e religiosas tienen”, que si no se les hiciese limosna no tendrían con qué iniciar la reconstrucción de lo perdido, considerando que lo solicitado por el convento era incluso una cantidad escasa para tal empresa por lo que proponían ayudar con otra cantidad similar a lo pedido, pagada en los tres o cuatro años siguientes. Pero para disponer de sumas importantes de las rentas del concejo para tales fines era necesario contar con licencia y consentimiento real y a ello animan al convento.
    Con diligencia y rapidez, la abadesa y monjas de San Pedro dirigen su petición al emperador Carlos, repitiendo la solicitud hecha a Trujillo: 

“...la dicha casa es muy pobre y avrá quinze o veinte días que se quemó la yglesia e coro e dormitorio y luego recurrymos al regymiento que nos ayudasen e hiziesen limosna con hasta çien mil mrs. para començar a hazer algún retraymiento donde las religiosas pudiesen estar en tanto que nuestro señor proveya para que la yglesia se edificase...”

    Hacen saber que la ciudad “tienen voluntad de nos ayudar” y que “la çibdad tiene grandes propios” de los que pagar tal ayuda para reedificar lo destruido, “porque si desta manera la casa no se reedifica del todo se despoblaría”.
     Desconocemos por qué el escribano Luis de Góngora no incluyó en el acta de la sesión la petición de San Pedro, pero el arca sí conserva la rápida decisión de la Corona. Carlos V concedía licencia al concejo de Trujillo, mediante cédula dada en Valladolid el 22 de septiembre de 1524, para que de sus propios pudiese dar de limosna al monasterio de San Pedro 100.000 mrs. en dos años para su reconstrucción.
   Tres años después, otro escribano del concejo, Juan Rodríguez Caramaño, volvía a leer ante el concejo una nueva petición de la abadesa y monjas de San Pedro, que de nuevo no recogería en el acta de la sesión de aquel día, 9 de diciembre de 1527; 

“Maníficos señores

El abadesa, freylas y convento del monesterio de San Pedro desta çibdad de Trugillo, besa las manos de vuestra merçed y dizen que ya les consta cómo la yglesia del dicho monesterio se nos quemó y la tenemos levantada de çimientos y el dicho monesterio es povre e no tiene con qué puedan proseguir ni acabar y las limosnas que nos an hecho y hazen las gentes son flacas, que no bastan, y pues esta çibdad, lo dé Dios, es rica de propios, suplicamos a vuestra merçed por serviçio de Dios nos hagan limosna que de los propios de la dicha çibdad nos den dozientas mil mrs. para ayuda acabar la dicha yglesia porque no tenemos donde nos digan misa e se çelebre el culto divino, que demás de hazer serviçio a Dios, al dicho monesterio e a nosotras, harán gran bien e limosna e merçed...” 

    Como en 1524, el concejo, presidido ese día por el doctor Gaspar de Berlanga, juez de residencia, entendió la necesidad de San Pedro y, aunque “de presente tiene muchas neçesidades de conplir e no tiene posibilidad para todo”, se mostraron prestos a ayudar con 200 ducados si su abadesa, Leonor de Orellana, conseguía licencia real para tal gasto y siempre que el convento diera razón a la justicia y regidores de “cómo e en qué se a gastado” la limosna ya pagada entonces y que la nueva ayuda fuera igualmente destinada a la obra de la iglesia, rindiendo cuentas ante la justicia y dos regidores elegidos por el concejo, “para que se gaste en la dicha obra e no en otra cosa”. 
     El camino a seguir era el mismo que en 1524 y la abadesa y monjas del convento de San Pedro obtuvieron la misma respuesta de la Corona, respuesta que permitió a la abadesa Leonor de Orellana presentar ante el concejo trujillano, el 11 de febrero de 1528, la cédula real que daba licencia a la ciudad para contribuir con 200 ducados de oro a levantar la iglesia en la que hoy las armas de Trujillo recuerdan al entrar, y en la clave de su bóveda, que fueron las rentas de la ciudad las que volvieron a elevar sus muros tras ser destruidos por las llamas.


1528, enero 24. Burgos

Liçençia a San Pedro de dozientos ducados para la obra della

El Rey

Por quanto por parte de vos el abadesa, monjas e convento del monesterio de San Pedro de la çibdad de Trugillo me es hecha relaçión que puede aver dos años poco más o menos que se os quemó el dicho monesterio y que con la ayuda e limosnas de las buenas jentes lo aveys començado a edificar y aveys levantado los çimientos del y que para lo acabar de hazer pedistes al conçejo, justiçia e regidores de la dicha çibdad, os respondieron que ellos no tenían liçençia e facultad nuestra para hazer ninguna limosna de la dicha çibdad pero que dándola yo os ayudarían con dozientos ducados de los propios della pagados en dos años por los terçios dellos, con tanto que aquellos se gastasen y distribuyesen en la obra del dicho monesterio a vista e pareçer de la justiçia e dos regidores de la dicha çibdad nonbrados e diputados por ella para ello, que ellos sean obligados a tomar e tome en quenta de lo en qué se gastaren los dichos dozientos ducados según todo lo podíamos mandar ver por un testimonio signado de escrivano público de que ante algunos de los del nuestro consejo se hizo presentaçión e me suplicastes e pedistes por merçed os hiziese merçed de les mandar dar la dicha liçençia o como la nuestra merçed fuese. Yo acatando lo suso dicho y porque el dicho testimonio que ansí ante mi presentastes pareçía lo suso dicho ser ansí, por ser para obra pía de que Nuestro señor será servido, por la presente doy liçençia e facultad al conçejo, justiçia e regimiento de la dicha çibdad de Trugillo para que de los propios e rentas della puedan dar e den a vos la dicha abadesa e monjas e convento del dicho monesterio de San Pedro por una vez si quisieren los dichos dozientos ducados de oro pagados en dos años por los terçios dellos con tanto que los dichos dozientos ducados se gasten e distribuyan en la obra del dicho monesterio a vista e pareçer de la justiçia de la dicha çibdad y de dos regidores della que para ello por ella fueren diputados e que vosotros seays obligados a le dar e deys quenta e razón de cómo e de qué manera se gastaron como en los dichos testimonios se contiene que dándolos y pagándolos desta manera y con las condiçiones sobredichas, por esta mi carta mando a qualquier persona o personas que ovieren de tomar las quentas de los propios que se os reçiban e pasen en quenta. Hecha en Burgos, veynte y quatro de henero de quinientos e veynte y ocho años. Yo el rey. Por mandado de Su Magestad, Françisco de los Covos.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 4, carpeta 4, fol. 128v.)

Escudo de Trujillo. Convento de San Pedro




9 de enero de 2021

Por el Paseo de la Exposición

   Durante décadas, saltando la frontera del siglo XIX al XX, los habitantes de Trujillo, mantuvieron aquel suceso en el recuerdo y siguieron hablando de él; su relevancia lo convirtió en parte de la memoria colectiva. 

   El Paseo de la Exposición (hoy Emilio Martínez), cerrado con las puertas de hierro que hizo el maestro herrero Damián Toribio Gil en 1890, formó parte durante años del recreo de los trujillanos, que cuidaron con esmero su arboleda. Es posible que, pasado el tiempo, esos mismos trujillanos que disfrutaron de ese recinto, no recordaran qué Exposición dio nombre al paseo. 

   Ocurrió hace algo más de 130 años y el arca se muestra generosa en datos sobre qué pasó y cómo ocurrió; pero también la prensa nacional se hizo eco de aquel acontecimiento en el que Trujillo volvió a ser generosa en sus aportaciones.

   La ciudad y ayuntamiento supieron responder del mejor modo posible en tiempos de dificultad al mandato de otras instituciones porque, como en tantas otras ocasiones a lo largo de su historia, en aquellos momentos se encontraba en tiempos de sequía y escasez. Una situación que afectaba al conjunto de Extremadura a tenor de lo que recogen periódicos como El Liberal y el propio informe que siguió a la celebración. 

   Sucedía en 1882. Era el comienzo de junio, tiempo de feria que ese año en Trujillo sería especial y tendría una resonancia y alcance regional mostrando lo mejor que tenían y sabían hacer los  extremeños.

Memoria de la Exposición.
AMT. Leg.563.28
   Desde 1876, la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio de Cáceres  tenía entre sus proyectos la realización de una Exposición Provincial que mostrara la producción agrícola y ganadera de la provincia cacereña y fomentara el progreso de la economía provincial. Cuándo y dónde aún estaban por decidir. Cuando finalizaba 1880, la Junta Provincial decide materializar el proyecto y aprueba por unanimidad la propuesta de su presidente, Florencio Martín Castro, de que la exposición superase el ámbito provincial y fuese regional y por ello “nada era en verdad más acertado que elegir la ciudad de Trujillo” como punto donde realizar el evento y ninguna fecha mejor que la feria de junio trujillana, “a la que concurren multitud de productores de ambas provincias, proporcionándoles esta circunstancia grandes facilidades para figurar con sus productos en la Exposición”.

   Decidido el lugar y la fecha, la Junta Provincial comenzó su labor de allegar fondos e implicar a otras instituciones que ayudaran a conseguir el éxito previsto.  Se crearon Comisiones de trabajo y Trujillo, su ayuntamiento, se volcó como otras tantas veces que se solicitó su colaboración. 

   Junio de 1882 era el horizonte para celebrar la que sería primera Exposición Regional Extremeña de Agricultura y Ganadería, que contaría con la concurrencia de las Diputaciones Provinciales, Ministerio de Fomento y Ayuntamiento de la ciudad que la acogería. También su majestad el Rey quiso contribuir con 1.250 pesetas, que se sumaron a las 2.000 pesetas de la Diputación de Cáceres, 2.500 pesetas de la de Badajoz, 5.000 pesetas del Ministerio de Fomento, o las 15.000 pesetas que generosamente aportó el ayuntamiento de Trujillo. No faltaron tampoco otras ayudas de comerciantes de la ciudad y algunos hacendados trujillanos. 

   1881 fue año de trabajos para diseñar la exposición, los productos que debería mostrar,  las condiciones para su inscripción y exposición, los jurados que deberían juzgar su calidad y los premios a los que podrían optar. 

   También en Trujillo su ayuntamiento se dispuso a preparar la ciudad para acoger a visitantes y expositores y lucir orgullosa esos días ante los ojos de toda la región. 

   La Casa de Comedias se acondicionó “para instalar en ella los productos agrícolas y vitícolas de la Esposición regional” mientras para la sección de ganadería el arquitecto municipal, Santiago Rebollar, diseñó un amplio recinto de exposición tras el antiguo convento de dominicos de la Encarnación. 

Premio de la Clase 40: Útiles y aperos agrícolas
AMT. Leg. 563.28

   “Siendo el país esencialmente ganadero, la primera sección será la más importante y por lo tanto en ella hemos fijado toda nuestra atención en lo que á nosotros atañe”, estando listo el proyecto, para su contratación en marzo de 1882. Se diseñaba un rectángulo de 234 metros de largo por 45 metros de ancho en el que se construirían las casetas o jaulas de madera para el ganado mayor y espacios separados con cuerdas para el ganado menor.  En el centro, un pabellón en el que se centraría la actividad “social” para el jurado. Dos pilares “de estilo moderno que sostiene un jarrón” cerrarían el recinto, decidiendo el arquitecto no realizarlos en madera sino en piedra para que se mantuvieran una vez pasada la Exposición.

   Y así llegó el 2 de junio y la prensa nacional nos traslada lo vivido por los trujillanos, expositores y visitantes:

   “Dicen de Trujillo, que á las diez de la mañana de hoy, el gobernador civil de la provincia de Cáceres, en nombre del Gobierno de S.M. ha declarado abierta la exposición regional extremeña cuyo solemne acto se ha realizado con la mayor brillantez y asistencia de todas las autoridades, de diputados y senadores, siendo victoreado con entusiasmo S.M. el Rey. La Exposición está concurridísima y lucida”. (El Debate. 3/6/1882)

   Fuera su éxito mayor o menor, para la ciudad se abrió un nuevo espacio de paseo y ayudó a crear un nuevo eje de expansión que, ya en los años veinte del siguiente siglo sería ocupado lentamente por construcciones pero aún conservando el recuerdo, en el nombre, de aquel momento en que,  a su manera, Trujillo, la ciudad ubicada casi geográficamente en el centro geográfico regional, quiso -y lo consiguió- ser un referente de la Extremadura de finales del ochocientos con un tipo de eventos que en Europa y España se vinculaban a los grandes adelantos de la civilización del momento.


1882, marzo 15. Trujillo




(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1088.30)


15 de diciembre de 2020

Gratitud

    El arca siempre ayuda a descubrir espacios y momentos de Trujillo, a reencontrarse con ellos o a repensar sobre nuestra ciudad. Y es oportuno que lo haga porque en ocasiones la ciudad, no sabemos si por dejadez u olvido, parece ser poco agradecida con quienes entregaron sus ilusiones para idearla, parte de su vida para construirla e incluso buena parte de sus recursos para ayudarla a crecer.

    Algunas de esas personas han de ser recordadas porque entregaron atención y hacienda a los más desfavorecidas, apostando especialmente por el futuro de cualquier ciudad: los niños y la educación.

Busto de doña Margarita de Iturralde. Gabino Amaya. 1923
“Acaban de fundarse con toda solemnidad en Trujillo (Cáceres) una iglesia y un colegio, las dos columnas fundamentales de la vida moderna, merced a la munificencia de la ilustre señora doña Margarita de Iturralde de Arteaga. La inauguración ha sido solemnísima.

El colegio será dirigido por los Padres Agustinos, gratuito, y se llamará de Santiago y Santa Margarita.

Los fines fundamentales de este colegio serán los siguientes: Instrucción primaria, con clases diurnas para niños y nocturnas para jóvenes; caja de ahorros constituida especialmente con los premios de estímulo y aplicación; pensiones a los niños pobres que reúnan condiciones de talento para seguir una carrera; pensiones de veinte pesetas mensuales a 40 niños pobres que se distingan por su aplicación; hacer una primera Comunión anual de niños preparados, a los que se regalará traje, calzado y desayuno.

La fundación merece grandes alabanzas”.

  
 
Con estas palabras daba a conocer “El Magisterio español” los actos que a lo largo de 4 días, desde el 19 de mayo al día 22 de 1923, habían tenido lugar en Trujillo con motivo de la inauguración de la remodelación del templo del antiguo convento de dominicos de la Encarnación y de una parte de las instalaciones que también habían acogido al Colegio Preparatorio Militar, lote de edificios adquirido por doña Margarita al ayuntamiento en 1916 y que ahora recibía a otra “tropa” más bulliciosa y traviesa.    

    En los cuatro días de fiesta, Trujillo tuvo representaciones teatrales, zarzuela, conciertos de la banda municipal, cine en el paseo Ruiz de Mendoza, novilladas con reses de Antonio Ruiz y Antonio Sánchez Rico y capeas para los aficionados trujillanos. Los actos religiosos se centraron en el nuevo templo, donde los prelados de Plasencia  y Huesca dieron su bendición y oficiaron la misa pontifical que inauguraba la renovada iglesia, ahora de Santiago y Santa Margarita, en la que sonaron las voces de las capillas de El Escorial y Plasencia. 

    Como contrapartida, desde la redacción de la revista “Ensayos”, su director Juan Parrilla promovió el homenaje de la ciudad a quien de manera generosa entregaba a los trujillanos una nueva institución educativa. Por suscripción popular, la Comisión Gestora de tal homenaje había encargado al escultor de Puebla de Sancho Pérez, Gabino Amaya Guerrero, la que sería su primera obra en Extremadura. En ella se quería reflejar la gratitud de Trujillo y debía tener un lugar adecuado. Y ahí empezaron los problemas.

    La citada  Comisión (que junto a Juan Parrilla integraban los señores La Calle, Higuero, Núñez, López Munera, Míguez y Romero) deseó que el monumento a doña Margarita costeado por los trujillanos fuese inaugurado coincidiendo con los actos que se habían previsto para el templo y el colegio , “en un sitio público para que del modo más patente y solemne perpetúe a través del tiempo el sentimiento general de admiración y gratitud a la señora Iturralde, a la vez que por su gran mérito artístico serviría el monumento de gran ornato en cualquier sitio adecuado en que se instale”, apuntando en el escrito dirigido al ayuntamiento el 29 de abril, como el más adecuado la fuente monumental del paseo de Ruiz de Mendoza, no sólo porque contribuiría a embellecer ese recinto sino porque estaría frente a la nueva fundación que así se quería agradecer. 

    Y unos que sí y otros que no, el Ayuntamiento no tuvo que pronunciarse porque la propia Comisión retiró la instancia en la que se solicitaba autorización para colocar en sitio público el monumento y que debía haber sido tratado en sesión extraordinaria el 16 de mayo, que finamente no llegó a celebrarse. Porque, aunque el propio alcalde don Antonio Nevado Bejarano parecía apoyar la colocación del monumento (y se contaba con la ausencia de algunos opuestos al lugar elegido), la Comisión, visto que no contaba con los votos suficientes y para evitar el fracaso, “acordó retirar el documento y colocar provisionalmente el monumento en un sitio visible, público si se quiere, en que no fuera necesaria la autorización del Ayuntamiento”. El sitio elegido fue el atrio que antecede a la propia iglesia de la Encarnación. El lugar había sido cedido a doña Margarita dos años antes, según acuerdo del pleno del Ayuntamiento del 27 de noviembre de 1921:

“11º. En virtud de informe de la Comisión de Obras, se resuelve acerca de la instancia de Dª Margarita Iturralde, presentada en sesión de diez y seis de Agosto último, concediendo a dicha señora autorización para ocupar gratuitamente la vía pública con el atrio que se propone construir ante la iglesia de la Encarnación, debiendo tal construcción formar un saliente que no exceda de cinco metros y medio y reunir las condiciones estéticas que exige el ornato público”.

Foto Diéguez. Mundo Gráfico. 13/6/1923
    Con la autorización de doña Margarita de Iturralde, el lunes 21 de mayo, a las 12 de la mañana, se procedió a inaugurar el monumento en un lugar que en nada complacía a sus promotores. La joven Blanca Míguez Paredes leyó unas cuartillas en el acto que daba a conocer a los trujillanos el primer grupo escultórico que adornaba la ciudad.

    ¿Y el Ayuntamiento?. Molesto pero callado, porque, aun considerando que se había colocado en el atrio sin su autorización y que no dejaba de ser un abuso por parte de quien lo había cedido para tal fin (doña Margarita), pues el atrio seguía siendo vía pública, se acordó “pasar por alto el abuso, en atención a las circunstancias del monumento...”.

    Para evitar “desagradables contingencias” futuras relacionadas con el atrio, doña Margarita procedió meses después a adquirir este pedazo de vía pública. Contaba entonces con una nueva presidencia de la corporación municipal, don Proceso la Calle García,  miembro de la Comisión Gestora del homenaje popular, y no tuvo problemas ahora en obtener su propiedad el 5 de noviembre de 1924:

“10º. Se da cuenta de una instancia en que Dª Margarita de Iturralde solicita la cesión en venta del terreno ocupado por el atrio de la Iglesia de Santiago y Santa Margarita, cuya ocupación gratuita le fue concedida en sesión de 27 de Noviembre de 1921. Examinada atentamente el caso, se estima que el atrio en cuestión sirve de ornato a la vía pública, sin perjuicio alguno para ésta y sin oponerse a las alineaciones establecidas, circunstancias que indudablemente tuvo en cuenta el Ayuntamiento al conceder la ocupación del terreno en que aquel se halla emplazado. En su virtud, y dados los caracteres de solidez y permanencia de la construcción de que se trata, se acuerda la cesión solicitada por la recurrente mediante el precio de dos pesetas cada metro cuadrado”.

    Ahora estaba a salvo la ubicación del monumento, pero no era un lugar que gustase a quienes lo promovieron y a quienes con sus aportaciones lo habían hecho posible. Y entones sí, la nueva corporación aceptará el 21 de enero de 1924 la petición firmada por 256 vecinos (quizás el documento del arca en que aparece el nombre de más mujeres trujillanas), para que  el sentimiento de gratitud que se vertió en el monumento, ocupara un mejor lugar:


“12º. Dada lectura de un escrito con multitud de firmas de vecinos de la localidad solicitando autorización para que el monumento erigido hace poco a Dª Margarita de Iturralde en el atrio de la iglesia de Santiago y Santa Margarita sea colocado en el jardincillo inferior de la Plaza Ruiz de Mendoza, se acuerda por unanimidad conceder la autorización solicitada”.

    Hoy, escondida entre frondosos arbustos, careciendo de la arboleda que antaño la adornó, olvidada por una parte de la ciudad, se encuentra el único conjunto escultórico de Trujillo alrededor del busto de doña Margarita de Iturralde, elevado sobre granito de Ruanes que labró el cantero trujillano Antonio Guerrero y su aprendiz Francisco Serván. En medio de ese olvido, al menos se ha mantenido la cartela de “Gratitud”, se ha incorporado la del homenaje a la Hija Predilecta de la ciudad 
de los antiguos alumnos del colegio que ella fundó y ha desaparecido la que en algún momento debió tener para dejar constancia de su inauguración.

    El arca nos ha hecho rescatar su imagen, parte de su obra y sobre todo la enorme gratitud que como trujillanos debemos sentir por quien, no habiendo nacida trujillana, se sintió profundamente comprometida con la ciudad y su gente. Ella nos eligió y nosotros le debemos eterno reconocimiento.


1924, enero 20. Trujillo

Sres. Alcalde y Concejales de Excmo. Ayuntamiento de Trujillo

Los que suscriben, vecinos y residentes en esta ciudad, al Exmo. Ayuntamiento respetuosamente exponen:

Que la opinión casi unánime del vecindario ha visto con viva contrariedad que el monumento erigido por suscripción popular a Doña Margarita de Iturralde haya tenido que colocarse en el recinto que forma el atrio de la Iglesia, contra toda razón moral y estética, por causas bien ajenas a la voluntad del pueblo.

No menos pública es la constante censura que este hecho merece a diario a cuantos forasteros y turistas nos honran con su visita, hasta el punto de ser unánime la apreciación de que el monumento recluido en aquel sitio significa que el pueblo siente con timidez la gratitud del beneficio recibido, como si pudiera avergonzarnos el ser agradecidos.

Si, por el contrario, la gratitud es sentimiento que enaltece, si es nota de cultura y nobleza, ese monumento que de manera tan artística la interpreta y perpetúa, debe ser colocado en el sitio más visible para que haga honor a nuestras tradiciones de hidalguía y sirva de ejemplo y de orgullo a las venideras generaciones.

Confiados en que el Ayuntamiento actual, representante de las nuevas corrientes de ciudadanía, que tan plausibles muestras viene dando de recta gobernación acogerá el sentir trujillano con el entusiasmo que merece y requiere, los que a continuación firman

Suplican a la Exma. Corporación municipal se digne acordar que el monumento a Doña Margarita de Iturralde sea trasladado al triángulo del bosque inmediato al paseo de Ruiz de Mendoza, en el sitio más visible, como reparación caballerosa al agravio inferido a la bienhechora y caritativa dama y como recta interpretación de la cultura y nobleza Trujillana. = Sobre raspado= significa= Enmendado = hidalguía= vale y se salva=

Trujillo 20 de enero de 1924

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1816, carpeta 74)



4 de septiembre de 2020

Antón Carreño, el pintor de la Virgen

El berrocal es un espacio querido, vivido y sentido por los trujillanos. Tierra común de huertos, fuentes, pastos y labores, siempre fue fundamental para la ciudad. Sobre él y con él se construyeron murallas y cercas, el castillo, las almenas, las casas fuertes y los hogares humildes, fuentes,  iglesias, ermitas y conventos.

Pero una parte del berrocal se atesoró desde hace siglos de un modo especial, porque se unió a la identidad de los trujillanos. Porque es en piedra granítica del propio berrocal en la que se esculpió la imagen de la que es nuestra patrona. Ella era y es la imagen de la ciudad, el centro de su escudo y, como en él, en 1531, los trujillanos la colocaron entre las torres de su fortaleza para que presidiera la ciudad:  

“...mandaron que entre las dos torres, se faga una bóveda bien luzida e que se ponga allí una ymagen de bulto de Nuestra Señora que sea de piedra e bien luzida e bien dorada e que el día de Nuestra Señora de agosto se faga una proçesyón...” (21 abril 1531)


https://virgendelavictoria.org/


Diego Durán se encargó de labrar la imagen, “de seys palmos, cada palmo a ducado”, y también tuvo a su cargo la compra de la madera “...para hazer los andamios para hazer la caxa donde se a de asentar la ymagen de Nuestra Señora en la bóveda de las torres de la fortaleza...”.

Este año no veremos a la Virgen de la Victoria en la plaza, mostrando el color del berrocal a todos los trujillanos. En este tiempo extraño de pandemias, tal vez sea el momento para que intentemos imaginárnosla hermosa y original, pintada y dorada. Porque esa imagen labrada por Durán tuvo un aspecto muy diferente al que nos muestra desde el castillo.

El arca, nuevamente, nos cuenta las historias de esta ciudad, nos ayuda a imaginarnos nuestro pasado y también corrige errores que durante décadas asumimos.

La piedra de la imagen fue cubierta por oro y colores. El corregidor Luis Vázquez de Cepeda, junto a los regidores presentes en la sesión del concejo del lunes 26 de junio de 1531, decidió gastar 10 ducados para que la imagen de la virgen que colocarían en el castillo luciera hermosa. Ocho ducados para oro y otros dos para colores que fueron entregados a Carreño y Notario, los dos pintores que habrían de dorar y pintar la imagen.

Fueron pintores quienes dieron color y luz dorada a la imagen de piedra de nuestra patrona, Juan Notario y Antón Carreño, no Torino como erróneamente recogen las historias de la imagen, y fueron otros dos pintores, Alonso de Villalobos y Álvaro Ponce, quienes valoraron su trabajo y tasaron su obra. La “oscura” letra del arca a veces confunde y hace dudar de nuestra lectura. En otras aparece claramente lo escrito. Pero siempre está el arca y sus viejos papeles para releer y sacar lo que realmente esconde.

         

Conforme a lo tasado por Villalobos y Ponce, la ciudad, el teniente de corregidor, licenciado Vigil, y dos de los regidores firmaron el correspondiente libramiento a Notario y Carreño que hoy, cuando la Virgen ha bajado del castillo y está cerca de los trujillanos, sacamos del arca.


 

1531, octubre 23. Trujillo

 

Tasaçión de la pintura e dorado e toda la costa de la ymagen de la fortaleza

     Este día ante los dichos señores juraron Alonso de Villalobos y Álvaro Ponçe, pintores, veçinos desta çibdad y aviendo jurado en forma dixo que so cargo del juramento que hizieron, que ellos vieron la obra de la pintura que an hecho Joan Notario e Antón Carreño, en la obra que se a hecho e pintado en la ymagen de Nuestra Señora que se asentó entre las dos torres de la fortaleza. E vista por ellos dixeron que por las manos e pintura que han hecho los suso dichos, mereçen doze ducados syn lo que les costó el oro e colores, que de aquello darán cuanta de lo que les costó los dichos pintores que lo hizieron e que esta es la verdad e firmaron de sus nonbres.

 

Alonso de Villalobos (rúbrica).    Álvaro Ponce (rúbrica)

 

Libramiento de IIIIUCCCL de la dicha obra

     Este dicho día, los dichos señores reçibieron juramento de Joan Notario e Antón Carreño, pintores, so cargo del qual dixeron que de oro avían puesto en la dicha obra ochoçientos panes de oro a tres mrs. el pan, que son dos mil e quatroçientos mrs. y de los otros colores que an gastado mil e dozientos mrs., ansy que son tres mil e seisçientos mrs. de manera que son la tasaçión son ocho mil e çien mrs. para los quales tienen reçebido diez ducados de manera que se los restan deviendo quatro mil e trezientos e çincuenta mrs., los quales les mandaron librar.

 

El liçençiado Vigil (rúbrica)    Martín Rol (Rúbrica)    Garçía de Tapia (rúbrica)

 

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 19, fol. 189r)

9 de junio de 2020

Visita a las escrituras

El noble caballero burgalés Alonso de Cartagena llegó a la ciudad de Trujillo en noviembre de 1507. Portaba una real provisión de la reina Juana por la que se le nombraba corregidor dela ciudad y su tierra. Como sucedió con otros antes que él y con quienes le sucedieron en el corregimiento trujillano, el ceremonial por el que la ciudad le reconocía como su corregidor y recibía las varas de la justicia de quienes hasta entonces habían ejercido la representación real, tuvo lugar en el portal de San Martín, el día 14 de ese mes, “a canpana repicada” y con la presencia del concejo y “mucha gente de cavalleros, escuderos, ofiçiales e omes buenos de la dicha çibdad”.  Tras leerse el documento real, la justicia saliente y los regidores pusieron en sus manos las varas y recibieron el juramento de Alonso de Cartagena de usar “bien e fiel e diligentemente” su nuevo cargo,  guardar el servicio de la reina,  cumplir  “sus cartas, preçebtos e mandados” y guiarse siempre por “los capítulos que el rey don Fernando, nuestro señor, e la reyna doña Ysabel, nuestra señora, de gloriosa memoria, mandaron guardar a los corregidores e juezes de sus reynos”.
Apenas tres días después, Alonso de Cartagena  visitaba el “archivo” del concejo, el arca de las tres llaves, una de las cuales estaría en su poder como corregidor. Pero la visita no se limitó a comprobar que se cumplía lo que años atrás ordenaron los reyes Isabel y Fernando a la ciudad. Alonso de Cartagena procedió a extraer del arca todas y cada una de las escrituras que en ese momento atesoraba Trujillo, ordenando al escribano del concejo que diera fe de lo allí contenido.


1507, noviembre 17. Trujillo

En la muy leal çibdad de Trugillo, a diez e syete días del mes de novienbre, año del nasçimiento de nuestro salvador Ihesu Christo de mil e quinientos e syete años, el noble cavallero Alonso de Cartajena, juez e corregidor en la dicha çibdad e su tierra por la reyna nuestra señora, e el liçençiado  Alvar Pérez de Maluenda, su alcalde mayor en la dicha çibdad e su tierra, e en presençia de mi, Françisco Martínez, escrivano e notario público de la reina nuestra señora en la su corte e en todos los sus reynos e señoríos e escrivano público, uno de los del número de la dicha çibdad e sus términos por el reverendo señor prior, frayles e convento del monesterio de Nuestra Señora de Guadalupe e escrivano de los hechos del conçejo de la dicha çibdad, e de los testigos yuso escriptos, estando visitando las escrituras que están dentro en el arca del concejo de la dicha çibdad, que está en las casas del ayuntamiento de la plaça del arrabal de la dicha çibdad, fallamos en ella las escrituras siguientes,
         -Primeramente el prevellejo oreginal de la venta de Cabañas, escripto en pergamino.
         -La donaçión de la tierra del Canpillo que dieron los herederos de Gil Gonçález.
         -Una sentençia sobre la cavallería de la Hornia.
         -Un proçeso e sentençia contra Martín de Chaves sobre çierta tierra del Alixar.
         -Una sentençia entre el lugar del Canpo e los herederos de los Yvanejos.
       -Un traslado de una sentençia dada por un juez de las mestas e cañadas sobre çierta parte del exido del Canpo, que entraba por ello la cañada e la mandó quitar.
        -Una sentençia e amojonamiento entre el Monasterio de Guadalupe e El Canpo sobre el exido del Canpo e las Girondas (...).
E asy visytada la dicha arca del conçejo y escrituras della en que se fallaron de las escrituras de suso declaradas, luego el dicho señor corregidor e su alcalde mayor metieron en la dicha arca las dichas escrituras  e pidieron a mi el dicho escrivano que se lo diese por fe e testimonio sygnado de manera que haga fe. Testigos que fueron presentes a lo que dicho es, que lo vieron e oyeron, Luys de Góngora, escrivano, e Juan de las Casas e Pero Calderón, regidores, vezinos de la dicha çibdad.
Va escrito entre renglones o diz mu e o diz de Castañeda, vala e no le enpesca. E yo el dicho Françisco Martínes, escrivano e notario público sobre dicho, presente fuy a lo que susodicho es en uno con los dichos testigos e de pedimiento de los dichos señores corregidor e alcalde esta fe e testimonio destas escripturas hize escrevir segund que ante mi pasó e por ende fiz aquí este mío sygno a tal en testimonio de verdad.
                             Françisco Martínez, escrivano
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 3.1. Sin foliar.)

El corregidor y su alcalde sacaron del arca 47 documentos, en su mayoría deslindamientos y sentencias sobre propiedades y tierras del concejo, acuerdos de vecindad con concejos vecinos y escrituras de compra-venta y censos. Escaso número de documentos que debió mover al nuevo corregidor a realizar una labor de “rastreo” de todos aquellos “papeles” que debería custodiar el arca y que no se encontraban en ella.  
Un año después, el primero de noviembre de 1508 el teniente de corregidor, el bachiller Alvar Pérez de Maluenda, procede a realizar una nueva revisión del arca. Pero ahora está mucho más llena. Las escrituras relacionadas un año antes seguían en ella junto a otros 59 documentos que se añaden en ese momento junto a “Un libro viejo guarneçido en cuero negro de deslindamiento de las cavallerías”, otro “libro viejo de arrendamientos”, un “libro de ayuntamiento” y otro “libro viejo de escrituras viejas”.


         Libros viejos de escrituras viejas, libros y documentos viejos en los que Trujillo guarda su historia, en su arca, en su archivo. Y hoy, Día de los Archivos, celebramos que otros, a lo largo del tiempo, cuidaron celosamente del arca, de los papeles viejos, de nuestra historia.

17 de mayo de 2020

1918. Aquella otra pandemia

Tiempos difíciles. Tiempos de extrañamiento, dolor y confinamiento. Tiempos de incertidumbres y de necesaria determinación. Tiempos de aprendizaje y de pensar en sociedad y comunidad. Nuevos y duros tiempos que afrontar con prudencia y firmeza.
Y el arca vuelve a abrirse para mostrar que hubo otro tiempo en el que “se enterraban sin toque de campana ni acompañamiento de Iglesia”; aquello ocurría cuando en otros países de una Europa dolorida llevaban muriendo miles de personas en cada uno de los meses de los últimos cuatro años.
Y en esos tiempos modernos, terriblemente modernos para matar a seres humanos en guerra, no solo el arca recogerá las noticias de una nueva “pestilencia” que hará enfermar la ciudad y sus arrabales, la tierra de Trujillo, los campos y las ciudades de España y el mundo.
Todo comenzó en tiempo de primavera (al menos entonces es cuando en la provincia de Cáceres se advierte su aparición), en 1918, cuando seguían tronando los cañones en Europa, cuando el terrible gas arrasaba vidas con la misma crueldad y contumacia que los bombardeos y los ataques y contraataques de ejércitos que morían a millares enfangados en trincheras. Un conflicto en el que España estaba ausente beneficiándose de una obligada neutralidad mientras se recuperaba de las últimas pérdidas coloniales y se desangraba a impulsos en las guerras de África. Cuando aquella cruenta guerra daba signos de que podía dirigirse a su final, la muerte parecía no sentirse satisfecha y una enfermedad tan desconocida como ocultada comenzaba a aparecer.
La Opinión. 1918
La situación de conflicto hizo que aquella enfermedad, que segaba con rapidez miles de cuerpos maltrechos por el conflicto, la escasez y los padecimientos de la propia guerra, se extendiese por trincheras y frentes, por ciudades y países enfrentados. Y a los males y padecimientos, ninguno de los países en conflicto quiso añadir uno más que pudiera desmoralizar a las ya de por sí abatidas y frustradas tropas, absolutamente agotadas. Por ello ni se la quiso nombrar ni hacerla visible. Y un país en paz, también asolado por pobreza, sequía y carestía en el campo, por conflictos y desigualdad, tendrá el triste honor de darle su nombre: la “gripe española”.
Lluis Bagaria. El Sol. 1918
La “fiebre de Flandes”, decían en los hospitales alemanes, o la “muerte púrpura” que mataba en Estados Unidos, mientras que aquí los titulares de la prensa nos hablan, a finales de mayo, de la “enfermedad de moda”, una moda que se extiende por el mapa peninsular, tan pegadiza y contagiosa como la canción que triunfaba en Madrid y que toda la corte tarareaba, el “soldado de Nápoles” del maestro Serrano. Era entonces un padecimiento leve,  la “fiebre de los tres días”, tratada al principio con una cierta chanza que hizo que los cacereños se refirieran a ella como “los dineros de Vitórica”, recordando las grandes sumas repartidas por toda la ciudad por el candidato Juan Vitórica Casuso para asegurarse los votos en las elecciones de febrero de ese año.
Se iniciaba junio y Trujillo comenzaba a tener casos de esa “grippe o enfermedad de moda”, aún sin nombre concreto, cuyas consecuencias no eran otras que “las molestias que proporciona la fiebre de alta temperatura” que obligaba a guardar cama un día o dos, según la prensa local.  Pero poco a poco, y con la misma rapidez que apareció en la ciudad, el mal se fue alejando y el verano se inició con las rutinas de otros años.

La feria de ganado de septiembre llegó con los espectáculos de siempre, con cinematógrafo en la plaza y en el salón “La Novedad” desde el sábado 14 al lunes 16, bailes y música de la banda municipal los tres días de la feria. Incluso un festejo taurino dio realce a la fiesta, aunque para el crítico local los seis toros-novillos fueron realmente “seis solemnísimos bueyes, más propios para el yugo del carro que para corridas”. Y resulta extraño que Trujillo estuviese de feria y que se alabase en la prensa la gran afluencia de forasteros que a ella acudieron, cuando las noticias de un nuevo brote de la gripe llegaban desde puntos diferentes de España y esta vez  su rostro no era tan amable. En Béjar ya había enfermos el 11 de septiembre y algunos pueblos de la provincia anunciaron pronto la presencia de la gripe entre sus vecinos.
Es entonces, al terminar septiembre, cuando Trujillo comienza a tomar medidas contra la epidemia (adecuar en la Plaza de Toros una sala de observación y la compra de una estufa de desinfección y un pulverizador para ella) y en la prensa local el farmacéutico de Trujillo, Práxedes Corrales, trataba de explicar a sus vecinos las características del enemigo a batir y las medidas preventivas, de profilaxis y tratamiento que habrían de tenerse en cuenta para hacer frente al “bacilo de Pfeiffer”.
“...se trasmite por las corrientes de aire que arrastra las pequeñas gotas de saliva, que escapan en el acto de la conversación (...) goza de la común propiedad, de aposentarse con preferencia en organismos debilitados, en convalecientes de infecciones pectorales (...) se dará lugar preeminente á la desinfección de la boca y vías respiratorias, mediante enjuagatorios y gargarismos con líquidos desinfectantes (...). Se evitarán las aglomeraciones, cuidando de respirar atmósferas viciadas (....); las habitaciones de los enfermos serán amplias y ventiladas, embalsamadas mediante unos gotas de eucaliptol, en el que se hayan disuelto unos centigramos de mentol, que se arrojarán en derredor de la cama del enfermo”. (Práxedes Corrales. “Profilaxis de la gripe”. La Opinión.  Núm. 562. 23/9/1918, pág. 1)
La Opinión. 1918
Aislamiento y limpieza se recomendaba desde el Gobierno Civil al ayuntamiento de Trujilllo. Aislamiento de enfermos y aún de convalecientes (más peligrosos al no inspirar en los sanos los recelos que sí infundían los enfermos) y limpieza por riego o barrido con serrín mojado para evitar el polvo de calles, edificios públicos y viviendas privadas. Y a ello se aplicó el ayuntamiento ordenando su alcalde, Antonio Nevado Bejarano, mediante bando, la limpieza y desinfección de establos, el traslado del estiércol a las afueras y la prohibición de arrojar aguas y suciedades a las calles.
De una extraña familiaridad, por ya conocidas y vividas en esta primavera del 2020, nos resultan muchas de las medidas tomadas en ese momento, cuando septiembre daba paso a octubre con el cierre de Universidades y centros escolares, suspensión de juicios orales, prohibición de toda clase de fiestas, espectáculos y aglomeraciones, ferias y mercados, puestos de desinfección en las estaciones de ferrocarril, cierre de la frontera con Portugal...
Y sin embargo, aún parecía estar lejos el peligro y el 3 de octubre, jueves, aún hubo mercado, aunque en el campo de San Juan, y en Huertas de Ánimas se celebraron las fiestas del Rosario con “buen número de personas”. Porque Trujillo aún no tenía casos y quizás recordase la benignidad de la gripe de primavera.  Pero era mejor prevenir y aunque, como señalaba la prensa local, Trujillo era “uno de los pueblos más higiénicos de España, que cuenta con abundancia de aguas para el riego y limpieza de sus calles y buen alcantarillado”, el ayuntamiento comenzó a tomar las medidas necesarias:

1918, octubre 8. Trujillo
Después de amplia discusión, por unanimidad fueron tomados los acuerdos siguientes:
Primero: Que por telégrafo se pidan dos estufas de desinfección y tres pulverizadores y que al confeccionarse los nuevos presupuestos se vea la forma de consignar en los mismos cantidad suficiente para instalarse un servicio sanitario completo.
Segundo: Que los mercados que celebran en esta población los jueves y domingo de cada semana sean suprimidos desde el próximo hasta que desaparezca en esta Región la epidemia reinante.
Tercero: Que se acordone esta población y el Arrabal de Huertas de Ánimas, estableciéndose Estaciones Sanitarias en la Plaza de Toros y en un local al sitio del Regajo en Ánimas, que serán las únicas entradas.
Cuarto: que en cada una de las Estaciones Sanitarias haya un médico de guardia para el reconocimiento y desinfección de los que traten de entrar en la población.
Quinto. Que se acepte y de las gracias á los médicos libres de esta Ciudad por el ofrecimiento que de sus servicios hicieron á este Ayuntamiento, desde los primeros momentos en que se tuvo conocimiento de la existencia de la grippe en esta ciudad.
Sesto. Que se organicen los servicios siguientes:
1º Desinfección
2º Teniéndose en cuenta el número de vecindario de los cinco grupos diseminados que integran la población, que sea adscrito al servicio del Arrabal de Huertas de Ánimas otro médico.
3º Que el servicio médico alterno, que se viene prestando en los Arrabales de Magdalena, Belén y San Clemente, sea diario y que por los médicos que los asistan se tomen las medidas que crean necesarias dando cuenta á esta Corporación.
Séptimo. Que se nombre personal que sea necesario para acordonamiento de esta población y del Arrabal Huertas de Ánimas.
Octavo. Que estos acuerdos se sometan a la aprobación de la Junta de Sanidad, por si considera necesario ampliarlos, para que acuerde las medidas científicas para su aplicación y si lo cree necesario que invite á los estudiantes de los últimos años de medicina, que hay en esta Ciudad, para que auxilien á los médicos y
Noveno. Que desde el día de mañana se proceda á ejecutar en la Plaza de Toros, que según el presupuesto del Arquitecto se eleva á pesetas mil cien, para habilitar dos habitaciones para que sirvan de Estación sanitaria fija, de acuerdo con lo propuesto por la Junta de Sanidad.
Y no habiendo más asuntos que tratar, se levantó la sesión á la una.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1523, tomo II,  fols. 6r-7r.)

La Opinión. 1918
No, esta vez la gripe no era una moda, ni un “soldado de Nápoles” pegadizo y popular,  y la gente moría en Montánchez, Logrosán, Herguijuela, Cañamero o Zorita, pueblo este al que había acudido, para ayudar, el médico de Trujillo don Carlos Míguez y al que marcharon, por disposición del obispo, los sacerdotes don Juan Tena y don Sebastián Valentín Casares por encontrarse enfermos el párroco y coadjutor de aquel pueblo. Y finalmente llegó a la ciudad, regada cada día mañana y tarde, cerrada a los forasteros si no eran fumigados previamente y  sin fiestas de la Victoria. Y aunque no fueron muchas las víctimas de la gripe en Trujillo (48 defunciones se registraron en total en la ciudad y sus arrabales a lo largo del mes de octubre, cuando en el mes de agosto los fallecimientos fueron 20, o 22 en el mes de noviembre), no eran ahora niños o ancianos quienes sucumbían como otras veces, sino jóvenes sanos con edades que otras epidemias habían respetado.
Noviembre se llevó la gripe y acabó con la guerra. Atrás quedó un mundo herido que tardaría en recuperarse.
En 1918, en Trujillo, no hubo aplausos pero sí gratitud y reconocimiento impagable a quienes velaron por su salud, a quienes cuidaron de sus enfermos, seguro que muchos más de los que el arca se encarga de recordarnos:

1918, diciembre 24. Trujillo
Sanidad. Que á los practicantes que prestaron servicios en las estaciones Sanitarias durante la última epidemia de grippe, se les pague a razón de dos pesetas cincuenta céntimos diarios durante el tiempo que prestaron dicho servicio. Según la relación que presenta el Sr. Alcalde, son D. Joaquín Cebrián, D. Manuel Casillas, D. Francisco Delgado y D. Antonio Flores.
Que á el practicante de la beneficencia municipal, D. Obdulio Colina, que prestó el mismo servicio, se le retribuya con sesenta pesetas.

1918, diciembre 31. Trujillo
Beneficencia. Que al practicante de la beneficencia Municipal del Arrabal Huertas de Ánimas D. Bernardo Andrade Fernández, se le den sesenta pesetas por los servicios extraordinarios que prestó en la epidemia de gripe. (...)
Que se haga constar en acta lo satisfecha que está la Corporación de los servicios prestados por los médicos de la Beneficencia Municipal y los libres de esta población, que expontaneamente ofrecieron los suyos desde el primer momento y que todos prestaron, por riguroso turno, en las dos estaciones sanitarias que se tuvieron con motivo de la última epidemia de grippe y que por atentas comunicaciones se les haga saber dándoles las gracias.
Los médicos que prestaron el servicio donde la Beneficencia municipal D. Guillermo Cáceres Miñas, D. Carlos Míguez Barcia, D. José Blázquez Pedraza, D. Nicolás Parejo Benito y D. Teodoro Villanueva Rodríguez.
El Forense D. Filiberto Calvillo León.
El Subdelegado de Medicina D. Julio Laguna Jiménez. Médicos libres D. Vicente Elías Núñez y D. Juan Arroyo Guerrero.
Y que también se den las gracias al médico que no ejerce la profesión, D. Lázaro Rodríguez, el que espontaneamente prestó servicio en varias ocasiones.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1523, tomo II,  fols. 28v. y 30)