23 de marzo de 2023

Banquetes imperiales en Madrigalejo

    Madrileña de nacimiento y muy unida a su hermano Felipe, quizás por la temprana muerte de su madre Isabel y las largas ausencias de su padre Carlos, una gran parte de la vida de María de Austria (1528-1603) transcurrió lejos de las tierras de Castilla.
María de Austria. Juan Pantoja de la Cruz (1553-1608)
Convento de las Descalzas Reales


El matrimonio con su primo, el futuro emperador Maximiliano II, llevaría a María a la corte de Viena. Tras la muerte de su esposo, María, la emperatriz viuda, madre de dos reinas y dos emperadores, vuelve a España con su hija menor Margarita.
    Pero su hermano Felipe no está en Madrid y en su camino de regreso ha conocido muerte de su hija Ana en Badajoz. No esperará a la vuelta de quien ahora es también Felipe I de Portugal y toma el camino a Lisboa respondiendo al deseo de su hermano de verla.
    Hacía 26 años que Felipe y María no se habían visto y el rey se mostró impaciente pidiendo a sus hijas noticias del encuentro con su tía en Madrid, “si viene gorda o flaca y si nos parecemos ahora algo como creo que solíamos, y bien creo que no estará tan vieja como yo”. 
    Cuando en marzo de 1582 llega a Trujillo la noticia de que la emperatriz “quiere venir por ésta de camino para Lisboa”, el concejo de la ciudad se apresta a tener todo listo por si hubiera de pasar por Trujillo o su jurisdicción, recabando información de la Corte para saber cuándo y por dónde se haría el camino “y qué es neçesario prevenir para proveimiento de su corte”.
    Llegado abril, todo se acelera. Un gamo vivo que se compró a Lorenzo de Paredes, terneras, capones... y sobre todo dulces, como correspondía al presente ofrecido a una dama: 
“Comisión de las cosas de azúcar. Este día se mandó que se dé por çédula del señor liçençiado Orellana el dinero que fuere menester para las cosas de açúcar para el presente de la enperatriz”.
    Doña María de Austria y su séquito estuvieron el 19 de abril de 1582 en Madrigalejo. Los presentes de la ciudad cubrieron sus mesas y las doce cajas de “confituras y cosas dulçes”, lo mejor de la repostería trujillana, endulzaron el largo camino que llevaba a Lisboa.

1582, abril 27. Trujillo
Presente a la enperatriz. Memoria del presente y serviçio que la çiudad de Trugillo, justiçia y regidores de ella hizieron a la serenísima enperatriz en el lugar de Madrigalejo por donde Su Magestad pasó en dezinueve de abril de mil quinientos y ochenta y dos años.
Quatro terneras
Doze carneros
Un venado bivo
Un javalí
Cantidad de conejos, perdizes y liebres
Quatro dozenas de capones
Dos dozenas de piernas de toçino
Dos dozenas de cabritos
Una dozena de pavos
Doze caxas de confitura y cosas dulçes en la forma y cosas siguientes
  Una de cuescos de duraznos
  Otra de grajea  y canelones  dorado
  Dos de maçapanes dorado
  Una de dátiles rellenos dorado
  Una de fruta real dorado
  Una de mana 
  Una de bellotas y alcachofas dorado
  Otra de turrón seco dorado
  Otra de almendras doradas
  Otra de nuezes doradas
  Otra de alcorças doradas 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 522v)

  
Clara Peeters. Bodegón. Museo del Prado


 
Aún no había pasado un año cuando de nuevo Trujillo se prepara para agasajar a la emperatriz María. En febrero de 1583 partía de Lisboa para volver a Madrid, destino definitivo de sus últimos años. Trujillo quiere también ahora estar listo para el agasajo  
“Acordose que se envíe un peón para que entrando Su Magestad en Castilla avise para qué día verná por esta juridiçión seys días antes que llegue”. 
    Febrero acabó en Madrigalejo con un nuevo recibimiento a la emperatriz viuda. Hubo de nuevo presentes y dulces que los regidores Francisco Altamirano de Vargas y Juan de Hinojosa ofrecieron en nombre de la ciudad y su tierra. También fue dulce el camino a Madrid desde tierras extremeñas.

1583, febrero 25. Trujillo
En este ayuntamiento se trató de cómo la serenísima enperatriz viene a Madrigalejo de Portugal el lunes postrero de febrero. Acordose que el señor corregidor y los señores Françisco Altamirano de Vargas y Juan de Hinojosa vayan a resçibir a Su Magestad y se le lleve el presente siguiente.
Dos terneras
Doze cabritos
Doze carneros
Dos dozenas de piernas de toçino
Tres dozenas de capones
Perdizes çinquenta pares
Çinquenta conejos
Un maçapán grande y ocho caxas de confitura y un cesto de vizcochos
Una carga de limones dulçes
Unas carga de naranjas dulçes
Una carga de vino
Dos barriles de azeytunas
Quatro doçenas de queso añejo
Çinquenta fanegas de çevada.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 588r.)

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Gragea: “Especie de confitura mui menuda, que ordinariamente sirve en las Carnestolendas para tirar unos a otros” 
Canelón: “Confite largo, que tiene dentro una raja de acitrón o de canela, el qual es labrado y quadrado. Llamose así, porque regularmente se funda sobre una raja de canela”. 
Mana: “Llaman en las Confiterías cierta especie de gragea más menúda que la ordinaria”.
Alcorza: “Pasta muy blanca de azúcar y almidón, con el cual se suelen cubrir varios géneros de dulces”.


15 de enero de 2023

El corral de los toros

    Las primeras en quejarse del corral en que se encerraban los toros que habrían de lidiarse en la plaza fueron las dominicas del convento de Santa Isabel. Asentadas en la abandonada sinagoga, ahora convertida en su casa, las religiosas pedían a la Corona en 1494 que se buscase otro lugar para tal menester, pues las molestias que tal espacio les ocasionaba comprometían la honestidad y apartamiento de su vida religiosa. Pero aunque la misiva real ordenaba que, si tal molestia fuera cierta, no se encerrasen allí los toros, se quitase el corral y quedase la calle “desenbargada”, lo cierto es que su ubicación había de ser lo más próxima posible y abierta al lugar en que se producía el festejo taurino, la plaza. 
    Resulta difícil imaginar su ubicación exacta pues en nuestra mente se impone el trazado actual de las calles sobre el que intentamos situar una vía, la de Jarandilla o Jarandilla de los Jaboneros, abierta a la plaza, en la que se encontraría el corral que molestaba a las dominicas:
“...que se encierren los toros en el corral que antiguamente se solían ençerrar en la calle de Jarandilla, a la boca de la plaça...”. (1545).
    Su ubicación, a decir de los mercaderes de la calle Jarandilla, se hizo cuando sus vecinos eran la comunidad judía y “...a causa que bibyan ally, la dicha çibdad hizo en la dicha calle corral para encerrar toros con una barrera...”. (1517).
    De tal espacio se preocupó siempre la ciudad, aderezando el corral y dotándolo de puertas que se retiraban tras los festejos
“Fernán López suplica manden quitar las puertas del corral de los toros y linpiar el corral pues no se an de correr toros fasta San Juan, que se meten algunas personas a hazer villaquerías. Que el mayordomo las faga quitar y entrar en el alhóndiga”. (1508).
    Pero toros y negocios no parecían congeniar en el mismo espacio. La calle Jarandilla se llenó de mercaderes y tratantes y pronto quisieron, ellos también, que el corral que guardaba los toros bravos para los festejos se alejara de sus tiendas pues “...la gente no puede pasar por la dicha calle ni los dichos mercaderes tratar ni vender en ella sus mercaderyas e que todos los que biven en la dicha calle están encerrados y ellos y los que a ella vienen no pueden pasar sy no rodean por otras partes e la dicha calle está contynuamente muy suzia syendo tan prynçipal e por donde pasan las procesyones e la gente forastera...”. (1517)
Calle Tiendas. Contreras y Vilaseca. Archivo Fotográfico Fundación Telefónica (Años 20-30)

    Los mercaderes vecinos de la calle volverán a presentar la solicitud ante el corregidor Bernardino de Ledesma en 1532, esta vez aportando dinero que la ciudad pudiera emplear en aderezar otro espacio alejado de sus puertas, diez mil maravedís “...para ayuda a pasarlo en otra parte...”.
    El lugar elegido había de estar cercano a la plaza y contar con el apoyo del concejo por lo que el corregidor dejó hablar a los regidores. Francisco de Orellana, Gonzalo de Torres, Francisco de Bonilleja y Gómez de Tapia, los regidores asistentes al ayuntamiento del 15 de julio de 1532, se posicionaron a favor de trasladar el corral de los toros a la parte norte de la plaza, junto a las casas de Gudelo, donde parecía no hacer perjuicio a nadie. Gonzalo de Tapia y Diego de Carvajal prefirieron esperar a dar su voto para ver de nuevo el lugar señalado y tomar una posición.
    Cuatro días después, el 19 de julio, los cuatro regidores que aún no habían emitido su voto dieron su parecer. Diego de Carvajal, tras haber visto el lugar elegido, apoyó a sus compañeros y en cuanto al dinero ofrecido, “...en lo que toca a sy los diez mil mrs. que se ofreçen de dar los veçinos de la calle de Jarandilla se deve tomar, que él se remite a lo que en ello mandare el señor corregidor”. También Gonzalo de Tapia había visto el lugar y mostró su parecer favorable al traslado, “...porque dixo que aquel es sytio con mucho menos prejuiçio que donde agora está e que ay mucho menos personas que reçiban agravio e prejuiçio porque la calle donde suele estar el dicho corral es calle más prinçipal e de más trato e donde reçiben los veçinos e moradores della e otras muchas personas mucho daño”. 
    Los únicos regidores que se opusieron al traslado fueron Juan de Grado y Francisco de Torres y la opinión del primero nos dará las claves de por qué no prosperó la petición de los vecinos de la calle Jarandilla. Juan de Grado “dixo que, vistas las petiçiones que se an dado en nonbre de la yglesia de señor San Martín e de otros veçinos, que el corral de los toros no se mude e que se esté donde está antiguamente”, siendo respaldado por Francisco de Torres, dispuesto a volver a tratar el tema cuando no hubiese vecino que se opusiese al traslado. Porque el nuevo lugar había encontrado una oposición firme de quien se consideraba recibiría perjuicio en el traslado, la iglesia de San Martín, en cuya proximidad habría de establecerse.
    Pese a ser mayoría los regidores favorables al traslado, nada se hizo entonces ni años después. La calle Jarandilla fue perdiendo su nombre y quedó reducida a una calleja que partía de la vía principal -la de los mercaderes y las tiendas- que acabó tomando el nombre de sus vecinos más molestos, la calle de los Toros.

1538, diciembre 13. Trujillo
Esquina de las casas de Diego López. Este día, los dichos señores mandaron que los alarifes de la dicha çibdad vean una esquina de las casas de Diego López, tendero, que son baxo de la calle de los Toros hazya la parte de la calleja de los Xaboneros. Y visto, vean e tasen e moderen lo que es neçesario tomar la dicha esquina y aquello se tome e se pregone quién se encarga de lo hazer que quede bien hecho por quanto es cosa muy nesçesaria y se aclara mucho la calle. Y lo que tomaren se haga con el menos perjuizyo de la casa del dicho Diego López. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 22.1. Actas 1538-41, fol. XCVv.).

    Apenas cinco años más tarde, en 1543, han cambiado los protagonistas pero el guión es el mismo. El corregidor, Diego Ruiz de Solís, comendador de Villanueva de la Fuente, tuvo que responder a una nueva petición de los mercaderes de la calle ahora llamada de los Toros o del Corral de los Toros.
    Juan de Camargo, Alonso y Vicente Enríquez, Gaspar Díaz, Juan de Camargo, hijo de Nuño García, y Diego López, mercaderes, junto a Pedro Alonso, cerrajero, y Diego de Monroy, sastre, intentarán de nuevo en 1543 que el concejo retire de su calle el molesto corral, ofreciéndose a aportar las dos terceras partes de lo que costase a la ciudad situarlo en aquel lugar que ya se descartó en 1532. Todo parecía estar a su favor y la decisión tomada. Junto a la iglesia de San Martín, al lado del “pozo ancho”, el corregidor pretendía convertir un terreno municipal en un corral para acoger los toros de lidia de las fiestas, cubierto por un sobrado que habría de servir de “alhorí”, de almacén de grano o sal para la ciudad. A comienzos de agosto de 1543 las obras están en sus cimientos y en ella trabajaban los canteros Alonso Dávalos y Alonso Martín Núñez. Pudo ser ésta la ocasión de que la calle de los Toros, la de las tiendas y mercaderes, quedara libre de la servidumbre que las fiestas taurinas exigían. Pudo ser ésta la ocasión pero no lo fue, porque de nuevo la iglesia de San Martín presentó su firme negativa a que tal cambio se hiciese.
    En Granada, ante la Real Chancillería, y en Trujillo, ante Francisco de Rodas, vicario y párroco de Santa María, la parroquia de San Martín intentará con fuerza que las molestias que antes tenían los mercaderes no se traslade a sus inmediaciones. 
    El Archivo General de Simancas (AGS.CRC.136,19) conserva fragmentos de tal oposición. El capellán de la parroquia de San Martín, Alonso Ramiro, lo tuvo claro y así lo expuso ante el vicario el 6 de agosto de 1543 y lo confirmaron los testigos que presentó (los clérigos Diego Gudelo, Álvar García y Hernando de Tapia). El nuevo corral supondría un gran agravio y daño al templo, cercano apenas 15 o 20 pasos a su puerta principal y coro, casi en el cementerio y en parte de él, donde tendría su entrada, profanando el recinto y dificultando el paso “...para las proçesiones antiguas que se tiene de costunbre de yr por la calle de Ballesteros, porque el dicho corral lo ocupa todo...”. Además de suciedad y malos olores, “...la bozería e alboroto del enzerrar e sacar los toros es muy grande perjuizio a la dicha yglesia..” y alteraría, en tales momentos, el que “...los ofiçios devinos se çelebren e hagan con la deçençia e veneraçión que se requiere...”.
    No entendía Alonso Ramiro que los vecinos de la calle del Corral de los Toros, feligreses de San Martín, pidieran que el corral se trasladase cuando, decían, allí estuvo desde hacía más de doscientos años, un lugar conveniente que ahora se quería mudar.
    El capellán de San Martín consiguió convencer de sus razones al vicario Rodas, quien ese mismo día emitía un mandamiento para que la obra parase e imponía duras sanciones a quienes consideraba que contribuían, con su decisión o su trabajo, a la construcción del nuevo corral.
Calle Tiendas. A. Durán

    A lo largo del día 7 de agosto, los sacristanes de San Martín y Santa María (Pedro de Segovia y Francisco Blázquez) notificaron el mandamiento a los regidores, al alguacil, a los maestros canteros encargados de la obra y a sus peones, a los carreteros que llevaban la piedra a la misma, a Rodrigo del Amarilla, mayordomo de la ciudad y quien habría de pagar los gastos, y a los vecinos propulsores del cambio. Al día siguiente, 8 de agosto, Blas Bejarano, notario apostólico, hacía lo propio con las máximas autoridades de la ciudad, el corregidor y su alcalde mayor, Diego Núñez.
    Ante todos ellos se leyó y notificó el duro mandamiento del vicario que hacía suyos los argumentos expuestos por la parroquia de San Martín, ordenando a la justicia y regidores “...mandéis çesar e çese la dicha obra e más en ella no vos entremetays ni mandeys edificar cosa alguna ni traher piedra ni otros materiales para ella y lo que está mandado hazer lo hagays derribar e çerrar...” y al resto “...que luego dexen la dicha obra e no se entremetan a hazer el dicho edifiçio e no trabajen más en la dicha obra ni trayan piedra ni den dineros ni contribuyan para la dicha obra...”. De no cumplir con el mandamiento, el vicario imponía la excomunión para ellos y una pena de diez marcos de plata para las obras del templo. 
    Por todos y cada uno de los implicados respondió, como su procurador, Francisco de Parra, no reconociendo la autoridad del vicario en asunto civil y no eclesiástico y dejando en manos de la Chancillería granadina la resolución del conflicto. En su escrito, Parra rechazaba las acusaciones de profanación, afeando el comportamiento de la iglesia en otras actuaciones que sí podrían tildarse de tal:
“...porque si se tiene atençión al profanar de la dicha yglesia e de las otras yglesias desta çiudad, mucho más se profana con tener los delinquentes recojidos en las yglesias dándogelas por moradas a ellos e a sus mugeres e hijos e a otros sosteniéndolos en ellas con sus ofiçios mecánicos e otras cosas que no está bien estenderse syno pedir quenta a quien se deva dar de derecho...”.
    Aclaraba igualmente que entre la pared del nuevo corral y el cementario aún quedaba espacio y anchura para calle “...por donde pueda pasar una azémila aunque sea cargada con una cama, por grande que sea...”, recordando que el edificio que se quería construir más daba “...ornato a la çibdad e delantera de la yglesia que profanalla, que las pasiones son las que profanan e no las obras de cantería, que las hermosean...”.
    Ese año los toros siguieron en su corral de siempre y en octubre aún se discutía si el sitio elegido era o no el apropiado; si el suelo sobre el que se había comenzado a construir era o no público y concejil;  si la obra afectaba o no al cementerio y si por allí pasaba calle desde antiguo. Por supuesto, los testigos presentados por el concejo confirmaron su posición. Era terreno de la ciudad “...e como tal pasava por él calle enpedrada de piedras grandes muy antiguas e que después, por ser en piedra grande, se tornó a enpedrar por la çibdad de piedra menuda e que como calle pública se husava pasando carretas e bestias e presos que traían a la cárçel...”, apuntando algún testigo “...que en el dicho sytio o çerca de él vio muladar donde se hechava vasura e enterravan quando avía entredicho a los descomulgados e quando se alçava el entredicho los pasavan a lo sagrado...”, motivo por el que quizás algún hueso humano había aparecido al abrir los cimientos.
    Como ya ocurriera en 1532, tampoco ahora mudaron los toros de lugar de encierro. La amenaza de excomunión dictada por el vicario fue argumento más que suficiente para que la parroquia de San Martín consiguiera de nuevo mantener alejadas las molestias del corral.
    La calle que hoy llamamos Tiendas siguió siendo de los Toros, lugar de mercaderes y paso de procesiones (las que iban a los Mártires y la Coronada o la de San Gregorio), y en ella se siguieron encerrando los toros hasta que el corral pasó a la corralada que, junto a ella, se abría a la plaza. Corralada en la que los negocios que pudieran sufrir las molestias no eran tiendas sino casas mesones, al menos las dos que poseía en 1654 Gonzalo Antonio de Chaves Orellana, señor de la casa de la Cadena, en la “...Corralada de los Toros que está en la plaça della, alindan una con otra y con cochera del Marqués de Orellana...”, que antes poseyera su padre Juan de Chaves Orellana al recibirlas de “los cavalleros Mesías de Mérida” como parte del precio de las casas principales que vendió a éstos en esa ciudad, las casas que llamaron de los Milagros. 
    Hoy los toros siguen llegando a la plaza pero no hay corral ni corralada por la que discutir.

27 de noviembre de 2022

El entierro del obispo

     En el ayuntamiento celebrado en Trujillo el 23 de junio de 1747, presidido por el corregidor don Manuel Faustino de Salamanca, el escribano recogió la lectura de la misiva enviada a la ciudad por el nuevo obispo de la diócesis placentina, don Francisco de Bustamante. En ella, el hasta entonces obispo de Barbastro comunicaba su nombramiento como prelado de Plasencia,
“...ofreziendo a la ziudad el maior deseo de manifestar el singular gozo que tendrá en que se proporzionen muchas ocasiones de servir a la ciudad en quanto sea de su maior agrado (...). Y oido por la ciudad acordó que los señores don Antonio de Heraso Tapia y Paredes y don Juan de Orellana y Pizarro, comisarios de correspondenzias, respondan a dicho Ilustrísimo Señor dándole repetidas grazias por el obsequio y expresión que haze de su fineza y la enorabuena de su aszenso, ofreziendo su gratitud a el serbizio de su Ilustrísima”.
   Exquisitas maneras de cortesía por parte del nuevo prelado y del ayuntamiento trujillano que poco hacen pensar en los difíciles momentos de meses atrás en que se habían enfrentado las autoridades civiles de la ciudad y la autoridad eclesiástica de una sede entonces vacante.
  Porque, iniciándose el año de 1747, quiso la desgracia que el obispo de Plasencia, el agustino fray Plácido Baylés Padilla, falleciese de visita en la ciudad. A su lado estaba su pariente, mayordomo y testamentario, el presbítero Juan Bautista Zubiaur que seguirá las indicaciones que parece había dispuesto el obispo Baylés, quien al ver cercano su fin y ante los extraordinarios temporales de agua que sufrían estas tierras, que harían difícil el traslado de sus restos a la catedral placentina, había señalado que, temporalmente “su cuerpo fuese sepultado en la dicha parrochial de Sr. San Martín o en la de Santa María de esta ziudad”.
    A las seis de la mañana del día 22 de enero de 1747, el obispo recibía el sacramento de la extremaunción y su mayordomo organizaba todo ante lo que parecían ser los últimos momentos de fray Plácido. Se buscó infructuosamente en las boticas de Trujillo los bálsamos que permitieran la conservación del cadáver para su traslado a Plasencia al tiempo que se hicieron las diligencias necesarias para que un correo marchase a aquella ciudad e informase al Cabildo del riesgo extremo en que se hallaba el prelado. Pero nadie se encontró que quisiese desplazarse a Plasencia en medio de tales temporales y sólo al anochecer se pudo hallar persona que “a peso de dinero, se puso en camino con riesgo de su persona” para notificar ya la noticia del fallecimiento del obispo.
    Aunque la intención de su testamentario fue que el cadáver se trasladase a Plasencia, pronto comprendió que tal empresa resultaba imposible, y no solo por las lluvias “e intenperie de tiempos de arroios crezidos”. No habían pasado aún veinticuatro horas de la muerte del obispo y ya resultaba insoportable el olor que despedía su cadáver, “aunque se procuró moderar con algunos aromas”, siendo así que “ni las comunidades pudieron mantenerse en dicha pieza para cantar el ofizio”.
Escudo del obispo Baylés


    En la mañana del día 24 de enero de 1747, en la iglesia de San Martín, “en un entierro gueco fabricado nuevamente en el llano del altar maior” y en un féretro cerrado con llaves que guadó el teniente de cura de la parroquia, don José Jerónimo de Ullauri, fue depositado a toda prisa el cadáver del prelado iniciándose entonces un difícil proceso en el que chocarían ambas autoridades, civiles y religiosas. Porque llegada la noticia a Plasencia, el mismo día 24 de enero el vicario general de la diócesis comisionó al presbítero Nicolás Muñoz y Soto para que, tras desplazarse a Trujillo, junto al vicario de la ciudad, fray Antonio Rubio Zamorano, recogiese el cuerpo del obispo y lo trasladase a la catedral placentina donde habría de recibir sepultura, “y en caso de que estubiese enterrado, le hiziese desenterrar, vestir y poner en dezente caja, señalando personas de su satisfaczión para el resguardo de dicho cadáber en el camino”. Y este es el problema, porque en Trujillo, al día siguiente, las autoridades eclesiásticas reclaman cumplir este mandato y las civiles, el corregidor, se niegan en redondo a permitirlo. 
    Conseguidas las llaves, el vicario de Trujillo acude a San Martín y reclama la presencia del carpintero que fabricó el ataúd en que descansaba el obispo, Juan Cabos, y del maestro albañil que realizó su sepulcro, Alonso Vicioso, a quienes ordena levantar la piedra que cierra el enterramiento. Ambos lo tuvieron claro. ¡Ni por dos doblones de a ocho harían tal cosa!. Ya les había resultado tarea penosa el propio entierro y para cerrar y encalar las piedras del sepulcro hubieron de taparse las narices. De abrirse, siquiera una de las piedras, dijeron, “se orijinaría el que en la referida iglesia de señor San Martín no podría zelebrarse el siguiente día ni otros ni entrar persona alguna en ella por el mal olor y fastidio que había de causar”. 
    Informado de todo ello el vicario general de la diócesis, el día 27 de enero reitera la comisión y mandato para exigir, bajo la amenaza de censuras eclesiásticas, la entrega del cuerpo de fray Plácido y de nuevo el vicario trujillano, al día siguiente, se encontrará con la negativa primero de quienes han de llevar a cabo su extracción del sepulcro, porque ni Alonso Vicioso ni Juan Cabos están dispuestos a realizar tal labor ni siquiera bajo la amenaza de excomunión, porque, “de hazerlo se ponían en riesgo de perder la vida, a causa del mal olor que expediría dicho cuerpo” y mover las sesenta arrobas de la losa que cubre el sepulcro podría hacer “que ésta luego que se menee por estar pendiente de cada lado como tres dedos, tiene la contingenzia de caer sobre el cuerpo y estriparse, de que prozederá más fector y produziría más daños”.
    El siguiente en ser requerido fue el propio corregidor, don Manuel Faustino de Salamanca, con la intención de que obligase a Vicioso y Cabos a cumplir lo que el vicario les exigía. Nada consiguió del corregidor, quien solicitó se suspendiese lo pedido desde Plasencia ya que mover el cadáver del prelado podría ser dañino para la salud pública, causando “espezie contaxiosa de peste en los vezinos y las infaustas consequenzias que infaliblemente se seguirían”. 
Capilla de las reliquias, financiada por el obispo Baylés. Catedral de Plasencia.
https://lavozdeplasencia.blogspot.com/2018/12/altar-de-las-reliquias.html

    No desistió el Cabildo en su empeño y sabiendo que no encontraría apoyo en Trujillo para trasladar a Plasencia los restos del obispo, decidió que los canónigos Pedro Sobrino y Gabriel López llevasen consigo a Trujillo a Joseph Garrón, “carpintero, e albañil y peón de la iglesia, con todos sus pertrechos para que sacasen el cuerpo de S.I. del lugar de donde le havían puesto”.
    La autoridad civil se impondrá de nuevo y en esta ocasión por la fuerza. Informado el corregidor de las intenciones del Cabildo placentino, ordenó sitiar la iglesia de San Martín “con mucha gente y soldados con bayoneta calada para que no sacasen el cuerpo”. 
    No conseguido su propósito, el Cabildo actuará como si el prelado hubiera sido enterrado en la catedral (“le hicieron su novenario de onrras, que empezó el día 7 de febrero y se concluió en 16 del mismo mes y año dicho”), donde finalmente reposaría tras el traslado de sus restos en mayo de 1751.
    Por su parte, el corregidor procedió a dar sus poderes a quien pudiera representarle ante el Supremo Consejo de Castilla, explicando las razones de su actuación y pidiendo se le librase de los castigos eclesiásticos que su proceder le habían acarreado.

1747, enero 30. Trujillo
Poder que da el Señor Don Manuel Faustino de Salamanca.
En la ziudad de Truxillo en treinta días del mes de henero de mil setezientos quarenta y siete, ante mi el escrivano público y testigos, el señor don Manuel Faustino de Salamanca, correxidor capitán a guerra y superintendente de rentas reales de esta dicha ziudad, su Partido y tesorería por Su Magestad dijo: que por quanto el día veinte y dos de henero de este presente año murió en esta ziudad, pasando de tránsito por ella, el Illmo. Señor Don fray Plázido Vailes y Padilla, obispo que fue de la ziudad y obispado de Plasenzia, en el que se halla comprehendida esta ziudad, cuio cadáver fue sepultado en la iglesia parrochial de esta ziudad el día veinte y quatro de el propio mes a cuio tiempo, por el motibo de averle entrado corruczión que causó el aczidente que le acavó la vida, expedía de sí el cadáver tal fector que se hazía intolerable, y que entendido dicho señor de que en el veinte y siete de dicho mes se procurava trasladar el cuerpo a la Santa Iglesia Catedral de la ziudad de Plasenzia, para venir en conozimiento de si tal echo podía sobrebenir algún perjuizio a la salud pública, por acto que proveió parezer ante sí los médicos zirujanos titulares de esta ziudad, quienes conformes declararon que de hazer dicha remozión de cadáber estava expuesto a sobrebenir una epidemia y de ésta resultar una jeneral peste, por lo que dio su señoría varias providenzias para evitarlo, como tan de su propia inspeczión por el empleo que ejerze y en este estado fue requerido por el señor vicario, juez eclesiástico en esta ziudad, para que prezisase a los operarios que fabricaron el sepulcro donde existe dicho cadáver, para que levantasen las piedras que le zierran, a causa de negarse éstos temerosos de perder la vida a la violenzia del fector que de sí esperimentaron arrojava a el tiempo de su zierro, el que no fue cumplimentado por las dichas razones; y en atenzión a no aver sido éstas sufizientes, aunque tan poderosas, para detener los prozedimientos, antes bien se a continuado en ellos hasta aver llegado a promulgar zensuras dirijidas contra su señoría y algunos de sus ministros, sobre que tiene protestado el real ausilio de la fuerza, por evitar tan melancólicos suzesos como se esperimentarían llevando adelante tal echo, en que se prozede en virtud de comisión de el señor provisor de la ziudad y obispado de Plasenzia sede vacante, por lo que otorga que da todo su poder cumplido bastante el que de derecho se requiere y es nezesario mas puede y debe valer a don Françisco Pueio, tesorero de los Reales Descargos, vezino de la villa y corte de Madrid, para que en nombre de su señoría y representando su propia persona pueda comparezer y comparezca ante Su Magestad (que Dios guarde) y señores de su Real y Supremo Consejo de Castilla y se queje de los prozedimientos de los referidos juezes eclesiásticos y sus comisionados por vía de fuerza y pida se libre la ordinaria para que se alzen y levanten las zensuras que se hallaren impuestas en razón de lo que aquí ba dicho y que, sin ignovar en el estado que estubiesen los actos, se remitan a dicho superior tribunal y que en él se declare azer fuerza el eclesiástico en el echo de la remozión de dicho cadaver, como en aver impuesto las dichas zensuras, y que los prozedimientos de su señoría an sido justos y arreglados con respecto a lo que deve obrar en venefizio de la salud pública y que en el interin y hasta tanto que sin perjuizio de ésta pueda ejecutarse dicha remozión, se suspenda; y para ello presente pedimientos memoriales y todo jénero de instrumentos y haga quantos autos y dilixenzias correspondan (...) Y así lo digo y otorgo siendo testigos don Antonio Vizente Chavarría, alguazil maior de esta ziudad, Juachín de Loiola y Antonio Calderón Vejarano, vezinos de esta ziudad y el señor otorgante a quien yo el escrivano doi fee conozco lo firmo. =enmendado= c=c=vale=

Don Manuel Faustino de Salamanca (rúbrica)  

Ante mi Juan Pozo Cotrina (rúbrica)

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Juan Pozo Cotrina. 1747. Fols. 61r-62v.)


Fuentes:
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 230/23
Archivo Catedral de Plasencia. Leg. 129/10. Notizias de los señores Obispos de esta ciudad de Plasenzia. 
González Cuesta, F.: Los Obispos de Plasencia. (2013). Pp. 517-521



5 de octubre de 2022

A la feria de Zafra

    Quizás no recordase a todos, pero Diego de Orellana de Chaves debió conocer a algunos de los esclavos que su abuelo Nuño poseía en su casa de la plaza de Trujillo. Nuño García de Chaves compró a Juan “el negro” en Zorita en 1505 y pagó por él 10.000 mrs., casi tanto como le costaron Catalina, comprada en Zafra en 1511, y Cristóbal “el negro”, que llegó ese mismo año a su casa adquirido a un portugués. Juan “el negro” ya era esclavo en Trujillo cuando Nuño García de Chaves se lo compró a Diego de Orellana por algo más de 12.000 mrs. y de nuevo fue un comerciante portugués quien le proporcionó el último de los esclavos que conocemos de su casa, Francisco “el negro”, por el que pagó 9.000 mrs. en 1528. 
B.E. Murillo. Tres niños.
Dulwich Picture Gallery
    En estas adquisiciones de personas esclavizadas se nos muestra claramente el diverso escenario en que tienen lugar su comercio: la propia ciudad, la comarca, los mercaderes portugueses y las ferias, destacando en ellas las que se celebraban en junio y septiembre en Zafra. 
    Era Zafra, como nos señala Rocío Periáñez Gómez, el principal centro esclavista de Extremadura por su posición geográfica y sobre todo por sus ferias, “punto de encuentro de mercaderes portugueses, extremeños y andaluces” 

“atraían a gentes de todos los puntos de la Península para realizar sus negocios, constituía un referente para los mercaderes especializados en el tráfico de esclavos que mostraban su mercancía a los clientes “a la vista y contento del comprador”, efectuando sus ventas en la plaza pública, en la plaza nueva, en la audiencia pública, a la reja de la cárcel pública, en mesones...”( Periáñez Gómez, R. (2010). Negros, mulatos y blancos: los esclavos en Extremadura durante la Edad Moderna. P. 170).  
    
    Por eso, cuando Diego de Orellana de Chaves decidió vender a Isabel, su esclava, pensó en Zafra, en su feria y allí mandó a su criado Pedro de Arévalo (de color moreno) confiando en su criterio para obtener el mejor precio o la mejor mercancía (humana o no) que pudiese recibir a cambio. 

1578, junio 19. Trujillo 
Poder de Diego de Orellana de Chaves para Pedro de Arévalo Sepan quantos esta carta vieren cómo yo, Diego de Orellana de Chaves, veçino de la çiudad de Trugillo, otorgo y conosco que doy e otorgo todo mi poder cumplido, libre, llenero y bastante y el que de derecho en tal caso se requiere para más y mejor valer, a Pedro de Arévalo, mi criado, de color moreno, speçialmente para que por mi y en mi nonbre pueda vender y venda a Teresa mi sclava de color mulata y de edad de treinta años y con su cría a la persona que quisiere en la feria de Çafra y en otra qualquiera parte que quisiere por el preçio de mrs. que le fuere bien visto e reçibir el preçio de mrs. en que la vendiere y darse por contento y pagado dello e otorgar carta de venta en forma ante qualquier escrivano público con las fuerças, vínculos e firmezas de derecho nesçesarios y con obligaçión de mi persona e bienes e rentas e sumisión de fuero y leyes (...). E asi mismo le doy el dicho mi poder para que la pueda trocar por otro esclavo o por otra qualquier presea y alhaja, que siendo por el dicho Pedro de Arévalo hecho yo lo apruevolo (sic) y ratifico desde agora para entonçes y de entonçes para agora, que para ello le doy el dicho mi poder con sus ynçidençias y dependençias y con libre y jeneral administraçión para en todo lo que hiziere, otorgue y cobrare e obligo mi persona e bienes. En testimonio de lo qual otorgué la presente carta en la manera dicha por ante escrivano público y testigos de yuso contenidos, que fue hecha e otorgada en la dicha çiudad de Trugillo a diez y nueve días del mes de junio del año del nasçimiento de nuestro redentor Jesucristo de mil y quinientos y setenta y ocho años. Testigos que fueron presentes, don Antonio de Mendoça y Carlos de Orellana y Diego Gutiérrez, veçinos de Trugillo, y el dicho otorgante que yo conosco lo firmó de su nonbre en esta manera. Va enmendado, poder. Va entre renglones, con su cría. Pasó ante mi Pedro de Carmona, rúbrica. Diego de Orellana de Chaves (rúbrica) 

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1578, fol. 102v.)

12 de septiembre de 2022

El resurgir de las fiestas. Las historias de 1920

    1920 no fue un año tranquilo. Todos deseaban olvidar los tristes momentos que la gripe de los dos años anteriores había traído. Aunque no fueron tantas las muertes como en otras localidades comarcanas, el luto aún se dejaba sentir en algunos hogares trujillanos. 
    Sin embargo, otros fueron los problemas y pesares que la ciudad vivió aquel año. Algunos ya conocidos como la langosta, que arrasó campos y destruyó cosechas allí donde no se trabajó en su extinción durante la primavera, o los escasos jornales que la economía trujillana ofreció a los más de 300 jornaleros en paro que tenía la ciudad. 
    El año comenzó con un nuevo colegio. Las clases en el nuevo centro creado por doña Margarita de Iturralde arrancaron con cinco padres agustinos y 140 niños que llenaron de vida parte del edificio que acogió antes al Colegio Preparatorio Militar, continuando las obras en la iglesia para poder inaugurar oficialmente el colegio.
    En febrero, los carnavales fueron un buen momento para olvidar pesares, aunque para algunos la supresión en Trujillo de las capeas había sido la muerte de una celebración que parecía reducida a la comparsa de los “Murguistas” y una estudiantina de Huertas de Ánimas. Los soportales de la plaza se vieron muy concurridos así como los bailes del Casino, de la sociedad La Amistad (con pocos disfraces y muchos mantones de Manila lucidos por las jóvenes artesanas) y los que se celebraron en los salones del Liceo y en La Novedad, salón este último al que los trujillanos conocían por “la cacerola”, lleno en sus bailes de esos días.
    Luego llegaron los quintos con sus músicas y rondas y en Trujillo se habló del “prófugo” a su pesar. Visto que a su hijo no se le citaba como a los demás quintos trujillanos, Juan Rodríguez se presentó en el ayuntamiento donde le comunicaron que Juan Manuel Rodríguez González, su hijo, se había sorteado el año anterior y que, tras no presentarse, se le había declarado prófugo. Porque al barrio de Santo Domingo había ido en 1919 el alguacil municipal con las papeletas de la citación pero nadie supo darle razón del tal Juan Manuel ni de sus padres, registrándole como “ignorado” o “desconocido” y por tanto declarado prófugo. Y los trujillanos lo tuvieron claro: ¡qué diferente hubiera sido si en vez de preguntar por Juan Manuel, el alguacil hubiese buscado razón de “Monja Boba”, el cantero, porque entonces “hasta los perros hubieran dado razón”! 
Resultados de las elecciones municipales
Fuente: "Voz Regional". 12/2/1920
    También fueron temas de tertulias y corrillos el cierre del colegio de 2ª Enseñanza “Nuestra Señora de la Victoria” que dirigía don Maximino Martínez Cuesta (que obligó a crear con celeridad un nuevo colegio para acoger a sus alumnos, esta vez bajo la batuta de don Marcelino González) y sobre todo las nuevas candidaturas que en febrero se presentaron a las elecciones municipales. Por segunda vez en lo que llevaban de siglo, “el elemento obrero” -como en 1905- deseaba llevar a sus representantes al Ayuntamiento, como también otros miembros de la sociedad trujillana no integrada en los partidos “tradicionales” e identificados como “regionalistas”. 
    El primero de abril, Jueves Santo, antes de que la Procesión de los Pasos recorriera las calles trujillanas, se constituyó el nuevo consistorio, con cinco concejales regionalistas, tres obreros y un liberal-demócrata. Un nuevo alcalde, Adrián Durán Mediavilla, presidiría el consistorio que trasladó la celebración de sesiones de los jueves a los domingos, a las 11 de la mañana, para que no supusiera perjuicio económico a sus integrantes.
    La Sociedad de Socorros Mutuos La Protectora, rindió homenaje en mayo a su fallecido Presidente Honorario, don Jacinto de Orellana-Pizarro y Avecia, con la placa que en mármol blanco labrara el marmolista Paredes y que hoy sigue recordando el acto en el palacio donde naciera el XI Marqués de Albayda con palabras de gratitud.
Placa en homenaje al Marqués de Albayda
Palacio de la Conquista. Trujillo
“La Sociedad de
Socorros Mutuos
“La Protectora”
A su Presidente Honorario
Excmo. Señor
D. Jacinto Orellana 
y Avecia
Marqués de Albayda
en testimonio de gratitud
Nació en esta casa el 13 de Febrero de 1841 
+ en Madrid el 4 de Noviembre de 1919
Trujillo y Abril 1920”
    Nada diferente hubo en las celebraciones de la feria: malos toros (de Joaquín Castillón) en opinión de algún crítico, flojos toreros (Julio Gómez “Relampaguito”, Félix Merino y Manolo Belmonte “Belmontito”), buen teatro (con la compañía de Luis del Llano y María Banquer como primera actriz) y conciertos de la banda municipal en las noches frescas de un Trujillo que una y otra vez se quejaba del escaso arbolado de la ciudad una vez arrasado el espacio verde del Paseo de la Exposición, cedido años atrás al Ministerio de la Guerra para sembrar alfalfa con motivo de la instalación de la Yeguada Militar, de corta vida en Trujillo. Se sacrificó entonces una preciosa alameda y solo el paseo de la carretera de Cáceres, el jardincillo del Campillo, el del Casino y los triángulos del paseo de Ruiz de Mendoza ofrecían refugio en los calores estivales haciendo del árbol en Trujillo “planta exótica”.
    Aunque pudiera parecer una feria más y que nada alteró los festejos, no fueron días tranquilos. Huelgas y movilizaciones se sucedían cerca y lejos de Trujillo y el motivo era el mismo en los últimos años: quejas por los bajos salarios y por el alza continuada de precios de alimentos y otros productos que se producía desde 1914 y que este año de 1920 alcanzaría sus más altos niveles. Con jornales diarios de 3,25 pesetas, ¿cómo adquirir lo necesario para alimentar a las familias? 
    Se pedía reducir los precios o fijar valores máximos para los productos de primera necesidad y fue esta una preocupación constante del ayuntamiento trujillano, adquiriendo grano suficiente para abastecer a la ciudad de pan a precio asequible. Igualmente interesante fue la labor de la “Sociedad Cooperativa de Consumos”, presente en la ciudad desde 1906, que ofrecía a sus asociados la mayor reducción posible en el precio de ”coloniales y ultramarinos”.
    Si en Béjar, Hervás o Plasencia las manifestaciones populares habían conseguido rebajar los precios en artículos de comer y vestir, en Trujillo se esperó lo mismo cuando una manifestación, numerosa y pacífica, de mujeres de Huertas de Ánimas se presentaron en la plaza el sábado 30 de mayo por la tarde, exigiendo que la autoridad municipal obligara a reducir precios de artículos de consumo y vestir. El comercio de tejidos y calzado, asustado, cerró sabiendo que el enfado se dirigía contra ellos y así permaneció el lunes por la mañana, primero de junio, dado que la reunión de la junta de Comercio que se celebró el domingo por la tarde no condujo a nada concreto, aunque los comerciantes se comprometieran a fijar precios máximos para sus artículos. Cuando todo estaba listo para que comenzara la feria, la Guardia Civil patrullaba por la plaza, la calle García y los caminos a Huertas de Ánimas, tranquilos durante los días de feria pero que volvieron a llenarse el 7 de junio llevando de nuevo la protesta a la plaza y al ayuntamiento.
Fuente: "Voz Regional"

    Para los comerciantes trujillanos, las rebajas exigidas en los precios no harían sino tapar y alargar un problema que se vería incrementado cuando los productos de la nueva temporada llegaran a sus establecimientos desde los centros productores, fábricas e industrias,  con mayores precios por el alza de impuestos y mayores gastos en materias primas y mano de obra y así se lo hicieron saber por telegrama al Presidente del Consejo de Ministros.
    No, no fue un año tranquilo 1920. Los trujillanos lo recordaron por muchos y variados motivos. La muerte del torero Joselito el Gallo, mucho más comentada que la de Benito Pérez Galdós o Eugenia de Montijo, la nueva fábrica de hielo de la calle de las Cruces, las patatas, ¡que llegaron a estar a 0,60 pesetas el kilo!, y sobre todo las fiestas de su patrona. Porque ese año algunos trujillanos se propusieron (con el empuje del sacerdote don Antonio Orozco Campomanes) que la celebración de las fiestas en honor de la Virgen de la Victoria abandonara de una vez por todas esa “crisis de tibieza” que las había caracterizado desde 1892.
    Fiestas religiosas y populares que, cuando acababa octubre, exigieron una perfecta organización que estuvo en manos de trujillanos, tanto en su financiación como en su desarrollo.
Se constituyeron tres Comisiones que tuvieron como objetivo las celebraciones religiosas, las cívicas y la beneficencia, porque así lo pedía la situación de muchas familias trujillanas.
Fuente: AMT. Leg. 1335.2

Hubo novena predicada en San Martín con orquesta y cantores, la carpintería de Santos Muriel, Correa y Galavís arregló el templete de la Virgen y Reyes Jiménez se encargó de que la iglesia luciera como nunca, preparó las andas para la imagen y construyó un altar en la plaza para la celebración del día grande. 
    Los coches de la compañía “Chueca y Marroquín” trajeron desde Cáceres a la banda de música del Regimiento de Infantería “Segovia 75”, alojados en la fonda “La Madrileña” de Timoteo Yuste, en San Miguel. 
    
Fuente: AMT. Leg. 1335.2

José Cuadrado levantó los arcos que adornaron la plaza con faroles y guirnaldas comprados en Madrid en la afamada tienda de Vicente Rico, desde donde también llegaron cohetes de silbido y final de luces, fuegos de copas encantadas y otras diversiones que iluminaron la noche trujillana tras el canto del Himno-Salvo y que se completaron con los cohetes voladores que se adquirieron en la calle Tiendas, en el comercio “Viuda de Antonio Sáez”.  
    El Teatro se preparó para acoger la velada literario-musical que tuvo lugar el domingo 31 y Diego Barquilla tuvo que trasladar el piano del “Liceo” para su uso en la velada.
    Las cucañas del domingo tuvieron premios interesantes (¡hasta 5,25 pesetas se pudieron conseguir!) y de ello se encargó Valentín Lozano Beato. 
    Hubo puja y sorteo, con un apetecible premio según figuraba en las papeletas:
“La Comisión de fiestas religiosas dedicadas a nuestra Patrona la Virgen de la Victoria, regala un billete de CIEN pesetas”. 
    ¿Qué trujillano no soñaría con hacerse con el preciado billete por tan solo 25 céntimos? Se vendieron 1465 papeletas de las 2000 que se imprimieron en la imprenta “Sobrino de Benito Peña” y el número 208 trajo la fortuna.
    Procesión, verbena, elevación de globos grotescos, explosión de bombas japonesas con sorpresas... Y reparto de alimentos, porque algunos trujillanos necesitaban de la ayuda de sus vecinos. Sí, fueron unas buenas fiestas.

 1929, noviembre 30. Trujillo

Beneficencia. Carpeta nº 1
                            Por partidas  Totales
Explicación                        Pesetas      Pesetas
1. Satisfecho a la Cooperativa de Consumos, por 400 panes,
     52 kgs de bacalao; 104 kilos de arroz y 2 ovillos de guita        430,60
2. Id. a D. Juan Cruz, por 112 panes           54,58
3. Id. a D. Valeriano Porras, por 112 panes                   54,58
4. Id. a D. Florencio Palacios, por 208 kilogramos de patatas   58,24    598,60

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1335, carpeta 2. Cuentas 1920)

    El 30 de noviembre se cerraron las cuentas. Cuatro carpetas en las que las comisiones de Beneficencia, Fiestas religiosas y Fiestas cívicas (además de gratificaciones varias) dieron cuenta de todos y cada uno de los gastos realizados en esos días.
    Los ingresos estaban claros, 3526 pesetas con 25 céntimos, conseguidas en su mayor parte por aportaciones de los propios trujillanos.

1920, noviembre 30. Trujillo

                                            Cuenta de cargo
                                Por partidas Totales
Explicación                           Pesetas     Pesetas
1. Recibidas de la Comisión de petitorio de donativos, según detalle 
    de la relación adjunta de suscripción                    1715,95 1715,95
2. Id. de la Comisión de fiestas religiosas por lo recaudado de la rifa
    de un billete del Banco de cien pesetas, según se expresa en la 
    misma relación                               366,25
3. Id. de la misma Comisión por lo recaudado de la mesa de petitorio
    y pujas, según se expresa en dicha relación               279,05          645,30
4. Id. de la Comisión de festejos cívicos por lo recaudado del Teatro
    y Tómbola, según la relación expresada                           890,90          890,90
5. Id. del donativo hecho para limosnas por D. Manuel Moreno Guinea,
    residente en Melilla                              100
6. Id de varios sacerdotes, por sus honorarios devengados en las
    fiestas religiosas, como donativo                        26
7. Id. del Exmo. Ayuntamiento de esta ciudad, para gasto de la fiesta        148,10         274,10
                                                         Total Cargo                  3526,25

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1335, carpeta 2. Cuentas 1920)

    Firmaron las cuentas el depositario, Paulino Cruz Martín, el secretario contador, Teodoro Sánchez, y Alejandro Sánchez, por ausencia del Presidente.
    Las Comisiones cumplieron de manera sobrada con lo que de ellas se esperaba. Los gastos se ajustaron perfectamente al dinero del que dispusieron. Trujillo se gastó en aquellas fiestas 3493,64 pesetas, entregándose el resto (32,61 pesetas) “a la nueva Asociación de la Virgen de la Victoria”, creada ese año para este fin y que habría de continuar en los siguientes lo que en aquel 1920 comenzó.

26 de julio de 2022

Santa Isabel y San Miguel, el convento de las encerradas

    Llegaron las religiosas dominicas a Trujillo a finales del siglo XV de la mano de los frailes de la Encarnación, de su misma orden, deseosos de crear en la ciudad un convento femenino. 
    Fray Francisco de Toro, prior de la Encarnación, será su gran valedor, consiguiendo que las entonces beatas, “derramadas por no tener casa dispuesta donde se ençerrasen e estubiesen, segund convenía a su regla e religión”, obtuvieran de la Corona el edificio y las rentas de la sinagoga tras la expulsión de la comunidad judía. No se atendía de este modo el deseo de la ciudad de que dicho edificio se convirtiese en una nueva parroquia que cubriese las necesidades espirituales del espacio al sur de la plaza, ocupado ahora por cristianos que mayoritariamente se convertían en feligreses de la entonces pequeña iglesia San Martín. 
    Los domingos y días de fiesta, decía la ciudad, los fieles del arrabal “no caben en la dicha yglesia de Sant Martín ni pueden ver ni oyr misa ni las oras divina” y un nuevo templo parecía más necesario que un nuevo monasterio de monjas, “porque ay tres o quatro casas de religiosas que bastan en la dicha çibdad”. 
    No sabemos qué razones trasladó a la Corona el corregidor de Trujillo, Álvaro de Porras, a quien se comisionó en 1492 obtener información precisa de cuál de ambas opciones cubriría mejor las necesidades de Trujillo, pero lo cierto es que las beatas dominicas “se ençerraron y están en el monesterio de Sancta Ysabel de la dicha çibdad, que primero hera casa y synoga de los judíos della” ya en noviembre de ese mismo año, fecha en la que reciben el edificio y lo a él anexo por parte los Reyes Católicos, “porque la priora e monjas que agora son o fueren de aquí adelante en el dicho monesterio tengan cargo de rogar a nuestro Señor por nuestras vidas e estado real e del prínçipe e infantas, nuestros muy caros e amados hijos”.
    Aunque el monasterio de Santa Isabel se amplió con algunas de las casas limítrofes apenas dos años después, las monjas debieron buscar en 1528 un nuevo espacio donde construir un edificio que cumpliera mejor con sus necesidades de retiro, propuesta apoyada por el concejo que consideraba 
“...que la casa en que al presente moran las religiosas del es muy pequeña e que no tienen lugar ni sitio onde se pueda edificar más e que según las muchas religiosas que ay e de cada día se reçiben, querrían mudar el dicho monesterio a parte onde le pudiesen edificar bueno e fazer buena yglesia y que las monjas e que las monjas (sic) que estuviesen en él fuesen ençerradas y bivan tan onestamente como su religión requiere”. 
   Y así, las monjas “encerradas” de Santa Isabel iniciarán en 1529 la construcción de su nuevo monasterio en un espacio popular, al final de la calle del Pozuelo, donde ésta se juntaba a la calle de San Miguel, lugar de mesones, allí donde una pequeña capilla se dedicaba al primero de los arcángeles de Dios. 
Convento de San Miguel. Trujillo
    La obra aún continuaba en 1541, recibiendo entonces nuevas ayudas del concejo, que financió gran parte de la construcción, aunque sabemos que ya en 1539 la comunidad dominica residía en el nuevo edificio 
“El estandarte. Este día, los dichos señores justiçia e regidores dixeron que por quanto el monesterio de Santa Ysabel desta çibdad que se pasó a San Miguel a pedido el estandarte que la dicha çibdad tiene, que se puso e sacó para las honras de la enperatriz reina nuestra señora, que gelo mandan dar al dicho monesterio porque tenga cargo de rogar a Dios por el ánima de la dicha señora enperatriz”. (16/8/1539)
    Con apenas 16 años, Francisca Altamirano tenía claro que deseaba pasar el resto de su vida entre los muros de un convento, dedicada a la oración y el estudio. Podría haber sido en el monasterio de San Francisco, el de la puerta de Coria, en el que profesó hacía ya muchos años su tía Catalina de Mendoza, o en las jerónimas de Santa María, en San Pedro, en el de las franciscanas de la Concepción o en el nuevo de las descalzas de San Antonio. Pero su elección la llevó a Santa Isabel, aunque ya entonces casi nadie se refería al convento dominico con ese nombre. Para todos los trujillanos, también para sus religiosas, era San Miguel.
   En marzo de 1575, Francisca Altamirano, hija de Gonzalo de Torres Altamirano y Francisca de Hinojosa Carvajal, comenzó su formación en la comunidad de beatas de la Orden de Santo Domingo. 
     Cuatro años después estaba lista para profesar y así se lo hizo saber la priora, sor María de la Encarnación, al deán y cabildo de Plasencia (entonces sede vacante) a quiénes solicitó desde Trujillo que realizasen los trámites exigidos por el Concilio de Trento para que  constase la libre voluntad de la beata novicia “y lo demás que es neçesario”. 
   Comisionado para ello, el vicario de Trujillo, Alonso de Rodas, acudió al monasterio de San Miguel en compañía del notario Juan Calderón. Junto a la reja que da a la iglesia, la priora acreditó que la novicia había permanecido cuatro años en el convento, contenta y siguiendo las reglas y constituciones de la Orden. Con la experiencia que le daban sus sesenta años, la priora consideró que Francisca era conveniente para el monasterio y el monasterio conveniente para Francisca, “donzella humilde y virtuosa y de apazible condiçión”.  De la misma opinión fueron sor María de la Natividad, la supriora, y sor María de la Presentación, beatas profesas en el convento.
San Miguel.
Iglesia del convento de San Miguel

    Faltaba saber los deseos de Francisca, si permanecía firme en su decisión de profesar, si se sentía capaz de vivir en comunidad, con sus trabajos y cargas, bajo las reglas de la Orden. El vicario tomó su testimonio con la puerta abierta, dejando claro que nada ni nadie debía obligarla y Francisca lo tuvo claro. Unos meses después, Francisca renunció a todos sus bienes presentes y futuros en manos de su padre Gonzalo, quien completó los 500 ducados de dote que permitieron a su hija profesar en el convento de San Miguel. 
    Francisca Altamirano ya era Francisca de la Anunciación.

1578, diciembre, 6. Trujillo
E después de lo susodicho, estando en el dicho monesterio, a la red que sale a la yglesia, el dicho señor Alonso de Rodas, vicario juez comisario, en cunplimiento de la dicha comisión, mandó paresçer ante si a la dicha Françisca Altamirano, a la qual puso en su libertad abierta la puerta del dicho monesterio, de la qual reçibió por ante mi el dicho notario juramento en forma devida de derecho y ella lo hizo puniendo la mano derecha en la cruz e prometió dezir verdad. E siendo preguntada por el dicho señor vicario cómo se llama e qué tanto tiempo a que está resçebida en el dicho monesterio, dixo que se llama Françisca Altamirano y que es hija de Gonçalo de Torres Altamirano, vezino desta çiudad y que por el mes de março primero venidero de setenta y nueve haze quatro años que fue reçebida y le dieron el ábito en el dicho monesterio y que en todo el dicho tiempo esta declarante a entendido y visto las reglas y constituçiones del dicho convento y las a llevado y pasado por ellas y permanesçido y quiere permanesçer en el dicho monesterio de su propia, libre y agradable voluntad y que para ello no a sido forçada ni induzida ni apremiada por persona alguna e que tiene muy bien cunplido el año del noviçialgo e que esta declarante tiene hedad de diez y nueve años cunplidos poco más o menos según lo a oydo y entendido de su padre y deudos e que esta declarante tiene por cosa çierta y averiguada que la dicha casa y monesterio de las beatas de señor Sant Miguel donde hasta agora a estado le conviene bien para su contento para servir más libremente a Nuestro Señor para la consolaçión de su ánima. Y que esta declarante entiende que tanbién es conviniente para el serviçio del dicho convento y que esta declarante a deseado muchos días a y desea profesar en la dicha horden con muy entera voluntad y que para ello no a sido ynduzida ni forçada de persona alguna. Y que esta declarante sabe que el dicho convento está satisfecho de la docte que su padre mandó por su entrada y reçibimiento en el dicho monesterio e que ésta es la verdad de lo que pasa y sabe so cargo del juramento que hizo. Y el dicho señor vicario tornó a repreguntar otra vez a la dicha Françisca Altamirano que mirase a lo que se obligava y a los trabajos y cargas que tienen las relijiosas y que agora, antes que profesase, de mirar lo que le está mejor, la qual dixo que con todo esto quiere y desea hazer la profisión porque entiende que para su salvaçión es lo que mejor le está. Y luego yncontinente, el dicho señor vicario tornó a requerir a la dicha Françisca Altamirano que mirase y entendiese a lo que se obligaba en querer profesar por los trabajos y cargas que ay en la religión y le hizo tornar a leer su dicho otra vez delante de Christóval Solano y Hernán Martín Merlín, veçinos de la dicha çiudad, que presentes estavan, y se le leyó de verbo ad verbun, la qual dixo y declaró que su libre voluntad hera de resçebir la dicha profesión en el dicho monesterio como dicho tiene y en ello se ratificó y lo firmó de su nombre y ansí mismo lo firmó el dicho señor vicario. Françisca Altamirano. Alonso de Rodas. Ante mi, Joan Calderón, notario.

(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos de Pedro de Carmona. 1579. Fols. 18r-20r.)


9 de junio de 2022

"Somos archivo"

    “Somos archivo” porque cada persona atesora su historia, llena de afanes y desdichas, momentos felices y desventuras. “Somos archivo” porque nuestras historias, las nuestras y las de quienes nos antecedieron, conforman un universo vital y social que siempre espera que alguien lo descubra.
    “Somos archivo” es el lema que este año preside la Semana Internacional de los Archivos, la semana de las arcas que guardan historias, la semana grande del arca trujillana que aún permanece casi cerrada. Y por eso, porque buscamos historias, volvemos a otro arca, una especial, arca de arcas, archivo de archivos donde se atesora la “memoria e historias de las gentes”.
Archivo General de Simancas
    Impone entrar en el antiguo castillo de los Enríquez acondicionado por Juan de Herrera para archivo de la Corona, el Archivo General de Simancas. Impone acceder a sus salas, pensar en sus fondos, imaginar lo que encontraremos en sus legajos. Folio a folio descubrimos historias que nos sorprenden por desconocidas, nos confirman lo que ya intuíamos o nos abren nuevos caminos que desearíamos recorrer con rapidez.
    Para celebrar el que “Somos archivo”, para celebrar las muchos historias que guardan y nos aguardan, hoy, Día de los Archivos, el arca de Trujillo deja paso al arca de Simancas, a una de esas historias trujillanas que nos hemos traído de tierras castellanas.
    Una historia de Beatriz de Vargas, señora de Valhondo y El Puerto, esposa del segundo Correo Mayor de Indias, Diego de Vargas Carvajal, y heredera del linaje de los Vargas. 
    Trujillo es entonces (1520) una ciudad violenta (como todas) con bandos y parcialidades que mantienen por generaciones odios y rivalidades, altercados y enfrentamientos que con frecuencia hacen correr la sangre por las calles trujillanas.
    Siendo aún niña, vive y convive con esa violencia: su abuelo Alonso de Sotomayor (un Chaves) asesinó a su abuela Isabel Calderón y día tras día su padre, con los Vargas, rivaliza con los Chaves por conseguir convertirse en la familia con mayor relevancia de la ciudad. 
    Cuando su padre Juan de Vargas fallece en Granada en 1517 a manos de un Chaves, todo parece estar decidido en su futuro. Juan de Vargas había concertado ya su matrimonio con Diego de Carvajal, hijo del doctor Galíndez de Carvajal, sus bienes quedarían en manos de su tío Luis  Carvajal de Vargas, que los debería administrar mientras no alcanzase la edad para el matrimonio, y su persona en poder de otro de sus tíos, Alonso García de Vargas, deseando su padre que su única hija, doña Beatriz “....more en mis casas, porque mis parientes e amigos la vean e vesyten todo este tienpo e le den todo lo nesçesaryo para su sostenimiento...”. Debería haber llevado una vida tranquila, rodeada de parientes aunque quizás lejos de su madre, doña María de Sotomayor, una Chaves a la que sus hermanas Mayor y Juana y sus parientes ayudaron un año antes a huir de Valhondo y de su esposo para refugiarse en Portugal.
    Rodeada de los suyos pero parece que no tranquila. Es rica pero es menor y mujer y sus muchos bienes son deseados por quienes deberían protegerla. Será el doctor Galíndez de Carvajal quien acuda a la Corona reclamando que la joven salga de la tutela familiar por no ser segura, comisionando el Consejo de Castilla al licenciado Andrés de Villanueva para que realizase las pesquisas oportunas sobre el caso, “sacase de donde estubyese doña Beatriz de Bargas, menor, hija de Juan de Bargas, difunto, y la depositase en una casa honesta y syn sospecha”.
    Nunca pensó el licenciado Villanueva que la comisión fuera tan difícil y le pusiera en tan complicada situación. Su ayuda debería haberle venido del corregidor de la cercana villa de Cáceres, pero el corregidor Álvaro de Lugo “no está en esta tierra  e es ydo a su casa o a la corte”, por lo que la primera decisión de Villanueva sería sacar a doña Beatriz de su casa y mantenerla bajo su custodia, “la qual tengo en una casa en esta çiudad de Trusyllo con aquellas dueñas y criadas que tenía y la servían y su padre la dexó y mandó que la syrbiesen, la qual tengo con toda guarda y tratamiento y onestidad que conbyene e me pareçió tener”. 
    Porque casas honestas hay en Trujillo pero seguras parece que ninguna en opinión de Villanueva. Ni en Trujillo ni en la comarca ni siquiera en las ciudades de Cáceres, Plasencia o Mérida, hasta donde llegan “parçialidades, vandos y pasiones”. Para muchos parientes mejor hubiera sido “dar un bocado a esta donzella y despacharla” o haberla llevado a Portugal, lejos de Trujillo y de los parientes paternos y maternos, porque “los unos dizen que la matarán los unos, y los otros que los otros” y no encuentra el licenciado dónde depositarla con seguridad. Su tío Luis le sucedería en el mayorazgo de los Vargas si falleciese y no es persona fiable, pues es “notorio que mató a su hermana y cuñado por la heredar y por ello está fuera de los reinos de Vuestras Magestades”. El siguiente en la sucesión sería Alonso García de Vargas, de cuya tutela ha sacado a Beatriz el licenciado Villanueva. 
Trujillo. Palacio de los Duques de San Carlos.
Escudo de los Vargas Carvajal
    Unos y otros le advierten del peligro que corre la joven ante las amenazas de la otra parcialidad y todos aconsejan al pesquisidor que la mantenga aislada, sin comunicación, y procurando que no le lleguen alimentos sino del propio juez, “porque dizen que se temen darle algo con que muera, y estos dizen que los otros que esto piden arían”. Y como teme por doña Beatriz y “porque no suçediese algún peligro a esta donçella, doy de comer a my costa y todo lo neçesario y a sus criadas que con ella están y tenerla con la guarda y tratamiento que conbiene syn comunicaçión de pariente”.
    Es enero de 1520, las lluvias “son y an sido tan grandes en esta tierra que cada arroyo es un río caudal” y el licenciado Andrés de Villanueva no parece encontrar solución ni lugar conveniente y seguro para doña Beatriz, la rica heredera del mayorazgo de Juan de Vargas, la futura esposa de don Diego de Carvajal. Se dirige entonces a quienes le han enviado a Trujillo, reclamando al Consejo de Castilla y a su presidente, el arzobispo de Granada Antonio de Rojas Manrique, instrucciones que cumplir y ayuda ante unos parientes que “son gente qruel, Dios los aga christianos”.  
    Y las instrucciones llegaron y parece que llevaron a Beatriz hasta Toledo, al convento de San Clemente, donde quizás estuvo, donde quizás se sintió segura hasta su casamiento en Salamanca en 1522 y donde quizás probara los ricos mazapanes que la tradición cuenta que crearon las monjas toledanas.

1520
Lo que Álvaro de Lugo, corregidor de Cáçeres, a de hazer en el caso de doña Beatriz de Bargas, menor, que le es cometydo es lo seguiente
Que dexadas todas cosas, luego que reçiba las provisiones él en persona, syn lo cometer a otro alguno, vaya a la çibdad de Trugillo a donde está el liçençiado Andrés de Villanueva, juez pesquisidor de sus altezas que por su mandado tiene en poder a la dicha doña Beatriz y la reçiba y tome a muy buen recado con las personas que con ella están y la sirven, y tomen así mismo la gente que le pareçiere que es nesçesaria para seguridad de la dicha doña Veatriz y con la dicha gente y a muy buen recado la lleve a la çibdad de Toledo y la ponga en el monesterio de San Clemeynte de la dicha çibdad en poder del abadesa del dicho monesterio para que la tenga en guarda con la honestidad e seguridad que a la persona y vida de la dicha doña Veatriz conviene. Y a de procurar con la dicha señora avadesa que pues la dicha doña Veatriz es de tan poca edad que no se hallaría syn las personas con quien se cría y la sirven, que dé lugar a que las dichas sus servidoras estén con ella porque a causa de hallarse syn ellas no reçiba detrimento en su persona.
E sy por caso a la dicha señora avadesa se le hiziese algo grave reçibir en el dicho monesterio con la dicha doña Beatriz a todas sus servidoras, que a lo menos reçiba con ella una dueña y una donzella a quien ella más voluntad tuviere para su conpañía, que asy para los alimentos de la dicha doña Beatriz y sus servidoras como para las otras cosas que sean nesçesarias serán allí proveydas de manera que el dicho monesterio no reçiba costa ni daño alguno.
A de tomar el dicho corregidor veynte honbres y si le pareçiere que aquellos no vastaren, que tome hasta en cantydad de treynta, los quales an de ser buenas personas fiables que no sean de las parçialidades de la dicha çibdad de Trugillo ni de los parientes de las partes, con que lleve a la dicha doña Beatriz a buen recaudo y con la seguridad que conviene, de manera que no subçeda ynconveniente alguno.
A de ynformar a la señora avadesa de la causa que a movido a sus altezas e a los del su Consejo a proveher lo que está proveydo en este caso por quitar peligros e ynconvenientes, porque ynformada la dicha señora abadesa tenga espeçial cuydado de la dicha doña Veatriz para la guarda y no dar lugar que personas algunas sospechosas la conserven ni hablen con ella ni con personas del dicho monesterio que a ella le parezca lo puedan ser e que en todo tenga el proveymiento que de tal persona como ella se confía, hasta tanto que por sus altezas e por los del su Consejo se vea y provea lo que en el dicho negoçio conviniere.
Sy fuere menester, que el corregidor de Toledo se junte con él asy para entender en lo que conviniere con la dicha señora abadesa como en otra qualquier cosa tocante a este negoçio; désele la carta que los señores del Consejo escriven para que asy mismo aga todo lo que en este caso convenga e se junte con el dicho Álvaro de Lugo. 
Al liçençiado Villanueva, pesquisydor que fue de Trugillo.

(ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS. CONSEJO REAL DE CASTILLA. Legajo 761, 10)