21 de marzo de 2018

1580, el año del gran catarro: muerte...


Escribe León Pinelo en sus “Anales de Madrid” que el año de 1580 es el que llaman el del Catarro “porque esta enfermedad aflixió mucho a Castilla, muriendo no poca gente”.  Ese “catarro universal” o “gran catarro” como fue conocido (aunque algunos investigadores apuntan a que se trató de tos ferina) es considerado como la primera epidemia de gripe de extensión global que, con origen en Asia, se extendió por Europa y América desde el mes de agosto de ese año.
A Trujillo llegó la enfermedad en septiembre de 1580, un año que comenzó con otras preocupaciones. Interesado en llevar los asuntos de Portugal desde un espacio más cercano, Felipe II y la corte dejaba Madrid para trasladarse a Extremadura en la primavera de ese año. Le acompañaba su cuarta esposa, Ana de Austria, el heredero Diego Félix y las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Vacante el trono portugués, el rey Felipe hacía valer sus derechos sucesorios frente al autoproclamado rey de Portugal, el prior de Crato, y Badajoz era el lugar adecuado para preparar la campaña bélica que le habría de llevar a ser reconocido como monarca luso.
Aunque el recorrido del rey Felipe no pasó por Trujillo, sí lo hizo por su jurisdicción y, como en tantas otras veces, la ciudad se aprestó a mostrar su fidelidad y acogimiento. De nuevo el arca se muestra generosa en noticias.
La corte llegaba a Guadalupe el Jueves Santo y dado que, en su recorrido hasta Badajoz, el monarca habría de pasar por Madrigalejo o Acedera, el corregidor Juan de Morillas y los regidores preparaban el día 28 de marzo el presente que la ciudad llevaría hasta esos lugares cuando por ellos pasara el monarca: 24 capones, 12 pavos, 24 jamones, 12 cabritos, 2 terneras, un jabalí y un par de gamos.
Sofonisba Anguissola. Felipe II. (1565).
Museo del Prado
Para cumplimentar al rey y ofrecer el presente ya dispuesto, el 1 de abril el concejo acordaba que se desplazaran hasta la zona el propio corregidor acompañado por cuatro de los regidores, Hernando de Orellana, Francisco Altamirano de Vargas, Rodrigo de Orellana Toledo y Álvaro Pizarro, contando siempre con la información que les remitiría el trujillano más influyente en ese momento en la corte, fray Diego de Chaves, confesor de Felipe II, a quien se había escrito para que tuviese informada a la ciudad “para que se sepa por su aviso la partida de Su Magestad”.
Será el propio corregidor Morillas el que solicite con urgencia que su teniente y regidores que permanecen en Trujillo remitan con urgencia a Zorita los mantenimientos necesarios, ya que el monarca dormiría en ese lugar la noche del 22 de abril y era necesario que estuviese proveída
“Este día se leyeron tres cartas del señor corregidor en que manda que se lleven a Çurita sesenta fanegas de pan masado y çevada la que se pudiere enbiar y pescado y azeyte y naranjas y quesillos y otras cosas para que el dicho lugar este basteçido porque esta noche va Su Magestad a dormir a el dicho lugar”.
El resto de la primavera y el verano Trujillo trabajó intensamente para preparar su contribución en hombres y armas a la campaña portuguesa, pero esa es otra historia que nos contará en otro momento el arca. Porque empezamos hablando de gripe y a ello vamos.
En el ayuntamiento celebrado el día 3 de septiembre se da cuenta a la ciudad de la presencia de la enfermedad en Trujillo, al tiempo que se conoce el contagio del propio monarca en la ciudad de Badajoz
“platicaron y confirieron cómo Su Magestad del rey don Felipe nuestro señor está enfermo y cómo en esta çibdad ay gran suma de enfermos y muchas muertes y se entiende que a venido de Guadalupe de la jente de la feria como ramo de pestilençia, para remedio de lo qual se acordó que se digan deziocho misas cantadas en los monesterios de la Encarnaçión y de San Françisco de esta çibdad por la salud de Su Magestad. Y en Santa María la mayor y en los Mártires otras deziocho misas rezadas, en cada parte nueve, las de los Mártires a San Roque por la salud de esta çibdad y veçinos della”.
Al acabar septiembre la ciudad y su tierra aún se resienten y es necesario reforzar la protección, guardando calles y entradas principales y no admitiendo a forasteros “espiçialmente si vinieren enfermos y no traxeren testimonio de cómo vienen de tierra sana”. Pero llegan buenas nuevas sobre la salud del rey y Trujillo quiere mostrar su alegría pidiendo al vicario de la ciudad que organizase una procesión “dando las graçias a Nuestro señor por la salud de Su Magestad”.
En la ciudad, entre tanto, siguen las muertes y hay poco que celebrar. Los enfermos son muchos pero es necesario elevar el ánimo de los vecinos y para ello, en Trujillo, nada mejor que los toros. Aún quedan cuatro por lidiar en ese año y sería ésta una buena ocasión “para alegrar y reguzijar la gente de esta çibdad”.
Cuando todo parece haber pasado en Badajoz, mediado ya octubre, Trujillo lo celebra como siempre lo ha hecho:
“Este día se acordó que por reguzijo y alegría de la salud del rey don Felipe nuestro señor se apregone que el miércoles en la noche primero venidero que se contarán dezinueve del presente mes aya luminarias en las ventanas de los vezinos de esta çibdad so pena de cada seysçientos mrs. y que luego el jueves siguiente se corran los quatro toros que está acordado antes de agora”.
Fue una corta alegría. La reina Ana ha cuidado a su esposo y tío y, contagiada de “gripe”, fallece en la ciudad de Badajoz el 26 de octubre, a las 5 de la mañana. A pesar del dolor, todo se pone en marcha para trasladar su cuerpo al monasterio de San Lorenzo del Escorial, donde el Panteón Real que trazara Juan Bautista de Toledo debería guardar los restos de la monarquía. El mismo día 26, el duque de Osuna, don Pedro Guzmán, recibe el encargo de acompañar al cadáver de la reina, porque “es justo que vaya en su acompañamiento un grande de estos Reynos”, le escribe el rey[1]. Junto a él iría Diego Gómez de Lamadrid, obispo de Badajoz, a quien se uniría en Talavera de la Reina el arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga y Vela.
El día 27 de octubre salía de Badajoz el cortejo fúnebre y dos días después Trujillo iniciaba los preparativos de esta triste y diferente visita real. Era necesario saber qué habría de organizarse y cómo responder a las órdenes reales que habían dispuesto todo el ceremonial fúnebre.
Primero, información: el alguacil del campo, Sebastián de la Huerta, marcha aprisa a Mérida para saber qué debe estar dispuesto, qué ha preparado la propia ciudad de Mérida y otras ciudades para recibir a la reina. Hasta Lobón llega Huerta y regresa con rapidez a Trujillo con detalles de todo lo que debe estar dispuesto. Y a ello se apresta la ciudad:

1580, octubre 31. Trujillo

Falleçimiento de la reina nuestra señora.
Este día se trató cómo el cuerpo de la reyna nuestra señora tiene de pasar por aquí y para el reçibimiento se acordó lo siguiente.

Túmulos. Que el señor Hernando de Orellana haga hazer un túmulo en la plaç﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ plateñor Hernando de Orellana iene de pasar por aqu y çinquenta la posta a dar razesta çibdad por Su Magrstadego el jça de la Encarnaçión para el reçebimiento y otro túmulo en la yglesia de San Martín muy suntuoso como conviene para que esté allí mañana martes en la noche.

Hachas. A el señor Juan Casco se cometió haga hazer çinquenta hachas de çera luego oy en este día.

Frayles y clérigos, cofradías. Este día se cometió a el señor Juan de Alarcón haga prebenir los frayles de los monesterios y a la clerezía y cabildo y las cofradías de esta çibdad para que salgan con sus pendones.

Lutos por la reyna doña Ana nuestra señora. Acordose que se den lutos a la justizia y regidores que se hallaren presentes a el reçebimiento del cuerpo real y se den a ocho varas de veynteydosen para loba y capirotes por quanto por quanto aquí se llamó Pedro Martín Casillas sastre y dixo que esto y más es menester y que para más autoridad se den lutos de paño veynteyquatren a el alguazil mayor, secretarios de ayuntamiento, sesmero, letrados de çibdad y procuradores y mayordomo de propios a seys varas de paño para capuz y caperuças; y a los porteros de ayuntamiento a cada uno quatro varas para capa y caperuça y que todos trayan el dicho luto so pena de le aver perdido y los dichos ofiçiales den fianças para lo pagar si Su Magestad lo mandase.

Que se enbíe a dar el pésame a Su Magestad. Acordose que esta çibdad escriva a Su Magestad dándole el pésame de la muerte de la reyna nuestra señora y que el señor don Rodrigo de Orellana, regidor, que está en Badajoz, le de la carta y pésame a Su Magestad y para ello compre y saque luto como los demás regidores que están presentes. Y el señor Hernando de Orellana ordene la carta para Su Magestad y escriva a el señor don Rodrigo de Orellana.

Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 380v.


Alonso Sánchez Coello.  Retrato de Ana de Austria (c. 1571).
Museo Lázaro Galdiano, Madrid.
    
Nada más dice el arca del catarro. Los cronistas aseguran que la epidemia cesó en otras partes a los tres meses y los archivos de las parroquias trujillanas no conservan libros de difuntos de este año. Pero estamos seguros de que Trujillo enterró a sus muertos, curó a sus enfermos y se recuperó de esta como de otras muchas epidemias. Pero ese año, 1580, Trujillo asistió a unas reales y solemnes exequias que las fuentes nos hacen imaginar. 
Serán las propias instrucciones del monarca[2] las que nos permitan saber qué vivió Trujillo en ese primer día de noviembre de 1580 en que el cortejo real llegaba a la ciudad.
Precedían al ataúd los caballeros de boca y de la casa del rey, en perfecto orden, seguidos por frailes de diversas órdenes, capellanes y eclesiásticos, todos “en forma de proçesión”. Un capellán con la cruz de plata o guión, el capellán mayor y el mayordomo del rey marchaban delante de las andas en que estaba depositado el ataúd. A los lados del féretro se disponían seis pajes, tres a cada lado, a caballo y con hachas encendidas. Cuando el cortejo entró en Trujillo, otros dos pajes se unieron al mismo.
Pompeo Leoni. Grupo funerario de Felipe II. Monasterio de El Escorial
(c. 1597). Felipe II, Ana de Austria. Príncipe Carlos y María de Portugal.
Tras los restos de la reina marchaba el duque de Osuna y el obispo de Badajoz, seguidos por 40 arqueros con su teniente. Otros 48 soldados, españoles y alemanes, acompañaban al séquito “advirtiendo que a las entradas y salidas de los lugares han de acompañar el cuerpo, como acompañan a Su Magestad, y de noche hazer guarda en la iglesia” en que se depositase a la reina. Recibido el féretro en un túmulo situado en la Encarnación, el cortejo se dispuso después a trasladarse a la iglesia de San Martín, llevado a hombros, como disponía el rey, por los nobles y gentiles hombres de su Casa, además de los caballeros principales que el duque de Osuna dispusiera y entre los que sin duda estarían los regidores trujillanos vestidos con ropas de luto. En San Martín, otro túmulo decorado con los ocho escudos que pintó Muriel Solano, recibió al cuerpo de la reina, y en ella montaron guardia los monteros de Espinosa además de la guardia española y alemana que la acompañaban. En este templo se hicieron las honras fúnebres y en ella se estuvo velando el cadáver de la reina Ana “rezando delante del cuerpo a todas oras”.
A la mañana siguiente, tras “las misas y hecho el ofiçio divino y después de almorçar”, la comitiva inició el camino que habría de llevar el cuerpo de la reina doña Ana al Panteón Real de El Escorial.
Fue así como los restos de la cuarta esposa de Felipe II, nacida en Cigales (Valladolid), archiduquesa de Austria y reina de España, madre del futuro Felipe III, fallecida en Badajoz donde quedaron sus entrañas en el convento de Santa Ana, pasó por Trujillo el día que  habría cumplido 31 años, una ciudad cansada esos días de enterrar a quienes castigó el gran catarro.





[1]  "Carta de Felipe II a Pedro Girón, [I] duque de Osuna, en la que le da cuenta del fallecimiento de su esposa la reina Ana de Austria, cuyo cuerpo debía depositarse en El Escorial, y le pide su acompañamiento como grande de España."  26 octubre 1580. A.H.Nobleza. OSUNA, C.8, D.50
[2] "Instrucción del orden que se había de llevar en la jornada de traslación del cuerpo de la reina Ana de Austria, mujer de Felipe II, desde Badajoz donde murió, al monasterio de El Escorial donde debía depositarse." 27 octubre 1580. A.H.Nobleza. OSUNA, C.8, D.52


14 de enero de 2018

La peste. Oro, fuego y castigo

Advierte el doctor Luis de Mercado en el tratado sobre la peste que escribe por orden real en 1599[1], que tal enfermedad solo tiene tres remedios, “sin los quales, ni la medicina, ni sus auxilios tienen suficiencia ni buen efecto, y con ellos solos se suelen defender grandes Republicas". Los tres remedios se resumen en tres palabras: Oro, fuego y castigo. “Oro, para no reparar en costa ninguna que se ofrezca. Fuego, para quemar ropas y casas, que ningún rastro quede. Castigo público y grande, para quien quebrare las leyes y orden que se les diere en la defensa y cura destas enfermedades”.
Ninguno de los tres fueron ajenos al concejo trujillano cuando se trató de proteger la salud de la ciudad ante la llegada de tan mortífera enfermedad.
Las primeras noticias que nos da el arca sobre la peste nos muestran en 1506 una ciudad empeñada en aislarse y protegerse, guardando los caminos para que no llegaran a ella quienes venían “de donde morían”, preocupada por la limpieza de sus pozos, fuentes y calles, quemando los terrenos que la rodeaban y controlando las salidas y entradas de sus vecinos. Y pese a estos gastos, desde abril de 1507 la ciudad debió pronto hacer frente a otros pagos en los que constatamos que tales barreras no fueron suficientes: salarios a médicos, físicos y enterradores.
A todos afectó la peste, que no distinguía de clases sociales, y ese año fallecía uno de los escribanos del concejo, el mayordomo del linaje Altamirano y el de los Bejarano así como tres de los cirujanos que prestaron sus servicios en la ciudad esos días.
No fueron muy diferentes las medidas que en otras ocasiones hubo de tomar Trujillo ante noticias de enfermedad en otros lugares, fueran cercanos o lejanos, porque “siendo mal tan contagioso que dificultosamente se desarrayga y que causa tantos daños yrreparables”[2], toda precaución era poca.
Al contrario que en otras ciudades castellanas, no existe en Trujillo una Comisión de la Salud que, bajo la presidencia del corregidor, tome las medidas adecuadas para la protección de la ciudad ante las noticias de epidemias. Aquí es el ayuntamiento el que discute y adopta las decisiones consideradas más efectivas, que son trasmitidas a la población en forma de pregón. A veces, las decisiones vienen marcadas desde la corte y es así como en 1581, ante la noticia de que “en la çiudad de Sevilla y Puerto de Santa María mueren de peste”, se ordene a Trujillo extremar las medidas que impidiesen el contagio, cerrando sus caminos a quienes desde dichos lugares llegasen a su tierra, ordenando igualmente que no se admitiese “ropa ni mercadurías ni cartas si no fuere con certificazión que no se lleban de las dichas partes hasta que Dios nuestro señor sea servido de dar salud en ellas”[3]. El fuego habría de acabar con toda aquella ropa o mercancías que pudieran tener su origen en las zonas infectadas.
Pero esas zonas se extienden y amplían y la epidemia que entró en Castilla a través de los puertos del Cantábrico pronto recorre hacia el sur su siniestro camino. Y de nuevo se ponen en marcha los ya conocidos protocolos. Guardarse, protegerse, aislarse.
Poco antes del fallecimiento de su padre Felipe II, el entonces príncipe Felipe permitía en 1598 a Trujillo gastar una importante suma en cercar con tapias la ciudad: 400 ducados que podrían asegurar su aislamiento y guardarse del mal[4]. Y a ello se puso Trujillo, porque el avance de la epidemia lo exigía: Santander, Burgos, Segovia. Talavera, Alcalá, Sevilla, Badajoz... La lista de los lugares en los que se declara la enfermedad era cada vez más larga. Los años siguientes no fueron mejores. En 1600 es el reino de Valencia, el de Granada, parte de Andalucía... En 1601 está en Sevilla, al año siguiente en Jaén, en Córdoba, en la ciudad de Granada...
Todas las noticias llegan a Trujillo que abre y cierra su aislamiento en función de las buenas o malas nuevas de un sitio u otro. Porque Trujillo se ha cercado y confía en su cierre para su protección. Pero ahora no es la cerca que hubo de proteger en el inicio de ese siglo XVI. Ya no sirve poner guardas en la puerta de Santiago, la de Coria o en la de Hernán Ruiz, controlando a quienes deseasen entrar o salir, porque la ciudad ha crecido y sus arrabales se han extendido hacia nuevas zonas. Las puertas ahora están en la Encarnación, en el Campillo y en la calle Garciaz. Cercas que aíslan, puertas que se abren y cierran, sellos que permiten un registro de entradas y salidas.
En octubre de 1602, el corregidor de la ciudad, Felipe de Trejo Carvajal, preside la reunión del concejo. Es momento de alegría y de acordar el cese de los controles.

“Este día se trató cómo por la misericordia de Dios las enfermedades de peste de Córdova y Granada se tiene nueva çierta por testimonios que an çesado y que ay buena salud, atento a lo qual acordó que çese la guarda de la çiudad y se notifique no guarden más y no se den más salarios a los alguaziles y personas que llevan salario por la guarda de la çiudad. Y se cometió a Juan Piçarro de Carvajal haga recojer las puertas y candados y  sellos que están a las puertas y se guarde todo”.

Parecería que la ciudad podía ya olvidarse de la incertidumbre anterior, del temor al contagio y puertas, candados y sellos quedar olvidadados. Pero cualquier nueva noticia, cualquier rumor de epidemia volvía a desatar el miedo del concejo y es así como puertas y candados tuvieron un ir y venir a lo largo del verano del año siguiente.


Anónimo. Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre en la epidemia de peste de 1649. Hospital del Pozo Santo. Sevilla. Fuente: http://sevillamiatours.com/sevilla-en-la-pintura-12-cuadros/


1603, julio, 11-septiembre, 12. Trujillo.

Es julio, día 11. En la sala baja del ayuntamiento se encuentra reunido el alcalde mayor, el licenciado Jiménez de Aguilar, con trece de los regidores de la ciudad a los que hace partícipes de los rumores que le han llegado.

Peste en Sevilla. Este dicho día, su merçed del alcalde mayor dixo que a oydo dezir que la çibdad de Sevilla no está sana y que se guardan algunas çibdades della y aunque a hecho dilijençia para saber si la corte se guarda, no a tenido respuesta. Que se trate, vea y confiera lo que sobre esto se deve hazer, que por su parte está presto de acudir como tiene la obligaçión.
Acordose que los cavalleros presentes, cada uno por sí, se ynformen y hagan relaçión de lo que supieren y en el entre tanto se sobresea la guarda de esta çibdad.

Apenas una semana después, en ayuntamiento extraordinario, parecen confirmase los rumores anteriores. Trujillo ha de cerrarse.

Que se guarde esta çiudad por la peste. Que se çerque. Este día se trató cómo de la corte se a tenido notiçia que se guardan de la çiudad de Sevilla y Xerez de los Cavalleros por aver enfermedad de peste en las dichas çiudades; acordose que esta çiudad se guarde de las dichas çiudades de Sevilla y Xerez y que se comiençe a guardar desde mañana lunes por los cavalleros regidores y luego por el alcalde y los demás veçinos desta çiudad y a los dichos que se les notifique que guarden e lo cunplan so pena de dos ducados a cada uno que no lo cunpliere y la misma pena se pone a los que saltaren por las tapias, repartidos para el denunçiador y guardas de la çerca y juez que que lo sentençiare y que las notificaçiones las haga Alonso Muñoz con el salario ordinario que se le suele dar. Y se comete a Juan Duarte Montero y a Juan Calderón de Vitoria hagan luego poner las puertas y çerrar de tapias por las partes que se suele çercar y que en los arravales y huertas no resçiban gente forastera ninguna so la misma pena. Y que se notifique al sesmero de la tierra, que está presente, haga que se guarde en los lugares desta jurisdiçión. Y que todo lo susodicho se pregone porque venga a notiçia de todos y los mesoneros y casas de posadas no reçiban a ninguna persona sin testimonio sellado de las guardas so la dicha pena. Y que en las tres puertas tengan sellos, que son en la Encarnaçión y Canpillo y calle de Garçiaz.
Pregonose este día por Hern´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽lo y calle de Garçiaz.an sellos que son en la Encarnaçiha penaosadas no reçiban rastera ninguna so la misma penaiençe án Blázquez, pregonero.

El día 8 de agosto vuelve de nuevo el sosiego. Recogida de puertas, candados, sellos...

Que se alçe la guarda de peste. Este día se trató cómo ay buena nueva de la salud de Sevilla y Xerex y se mandó alçar la guarda desta çiudad y se pregone que ninguna persona bata las tapias hechas, so pena que las mandarán hazer a su costa y serán castigados por todo rigor y los veçinos más çercanos lo pagarán. Y se cometió a los comisarios vean las tapias que están fechas se paguen y no se hagan más. Juan Calderón de Vitoria haga recojer las puertas y candados y tablas y se saque y se ponga por ynventario.

Es posible que Juan Calderón de Vitoria no llegara a realizar ese inventario, porque el día 18 de ese mismo mes, las puertas (si es que se quitaron) volvieron a ser colocadas.

Que se guarde la çiudad y se repare la çerca. Este día se trató cómo se a tenido nueva cómo la çiudad de Xerez de los Cavalleros está muy enferma de mal de peste y se guardan della Badajoz y Mérida y las demás çiudades, villas y lugares de esta comarca. Acordó que luego se çierren los portillos que ay en el çerco desta çiudad y se çerque lo que falta por çercar y que se guarde esta çiudad y se comete a los señores Juan Duarte y Juan Calderón para que lo hagan guardar y çercar y tapar los portillos a costa de los veçinos más çercanos.

En septiembre de nuevo el concejo atiende a las buenas noticias sobre la epidemia. Las puertas volvieron a quitarse, los sellos y los candados se recogieron. Todo quedó tranquilo, pero no olvidado. No sería la última vez que esas puertas protegieran a la ciudad.

Que se alçe la guarda de la peste. Acordose que se alçe la guarda de peste que se haze en esta çiudad atento a que ay nueva que ay buena salud y se comete y que los comisarios que agan luego recojer las puertas e sellos y candados.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 66, fols. 48v.-60v.)


[1] Mercado, L.: Libro en que se trata con claridad la naturaleza, causas, providencia, y verdadera orden y modo de curar la enfermedad vulgar, y peste que en estos años se ha divulgado por toda España. Madrid, 1599
[2] AMT. Legajo 56.9. 2 . 15 de abril de 1581.
[3] Ibidem.
[4] AMT. Leg. 63.24. 1 de agosto de 1598.