11 de septiembre de 2016

Primera línea de autobuses de España. Cáceres a Trujillo

En la España de 1900, el automóvil iniciaba tímidamente su historia en nuestro país, aunque ya se producía en número importante en otros países europeos y en EEUU. Y en esa historia, los extremeños decidimos apostar por la velocidad. Es de sobra conocido que el primer coche matriculado en la península lo fue en nuestra provincia (el primero en España fue un Clement de tipo cuadriciclo matriculado en Palma de Mallorca), un triciclo Clement que matriculó el placentino Juan Muñoz Serván el 18 de noviembre de 1900 y que luciría la matrícula CAC-1. Pocos días después se añadiría un tercer vehículo en Salamanca, constituyendo estos tres ejemplares nuestro inicial “parque automovilístico”. Al año siguiente, 47 nuevos y flamantes vehículos inundaron nuestras ciudades y carreteras, debiendo esperar Madrid y Barcelona hasta 1907 para admirar por sus calles al “diabólico” invento.
También nuestra provincia tuvo el honroso honor de disfrutar del primer taxi, el Dion Bouton que la “Unión Extremeña” de Coria matriculó con el CAC-2 en 1904. Al año siguiente, las calles trujillanas fueron sorprendidas por el Renault de 12 HP, matrícula CAC-4, que adquirió Francisco Cano Bote. Un nuevo invento y una nueva oportunidad de negocio que estuvo pronto clara para los socios de la compañía trujillana “Artaloytia Sánchez y Cortés”. 
Constituida en 1905, la Sociedad tenía como fines la “compra-venta de lanas, cereales y toda clase de productos del país y extranjeros y la explotación de cualquier otro negocio lícito”. La formación de los dos socios, Manuel Artaloytia Sánchez y Enrique Cortés Pérez, fue semejante a la de otros muchos jóvenes que casi desde niños trabajaron como dependientes en los comercios de la ciudad. Aunque con cierta diferencia de edad, ambos socios coincidirían en el negocio que el padre de Manuel tenía con sus hermanos en la calle Sillerías nº 1.
Llegados desde Villoslada de Cameros, los hermanos Manuel, Felipe, Eustasio, Lope, Braulio y Agapito Artaloytia García fueron aprendiendo el negocio también como dependientes. El mayor, Manuel, fue el primero en llegar a Trujillo y con 15 años ya trabajaba en el comercio del barcelonés Pedro Llacayo, en la calle Tiendas.
Aprendido el oficio, como muchos otros harán en esos años, crea su propio y próspero negocio y comienzan a llegar sus hermanos desde tierras cameranas. Y a medida que el negocio crece, se multiplican los dependientes. Allí, en la tienda almacén de “Artaloytia Hermanos” de la calle Sillerías, Enrique Cortés comparte vida y trabajo con sus compañeros dependientes: los más pequeños de los Artaloytia -Bruno y Agapito-, José Díez Chaves, de Arroyo del Puerco, Antonio Hurtado Rodríguez, de Brozas, Francisco Dorado Gil, de Abertura (el más joven), Feliciano Gil Artaloytia, sobrino de los jefes y camerano como ellos, y Herminio Álvarez Gómez, de Piedrafita de Babia, quien con 17 años se iniciaba en un oficio, el del comercio, que luego, ya en Madrid, compartiría con sus primos Belarmino y Emilio, creando la famosa casa de perfumes “Álvarez Gómez”. Todos ellos convivieron y aprendieron un oficio en el que pronto la mayoría encontraría su futuro, algunos además con éxito.
 Quizás el automóvil del señor Cano Bote que circulaba por las calles trujillanas hizo pensar a los socios de la Sociedad Artaloytia Sánchez y Cortés que podría ser un buen negocio aprovechar las grandes posibilidades que ofrecía este novedoso medio de locomoción para el transporte de personas y mercancías y ya que el ferrocarril estaba aún lejano y supondría una gran inversión, decidieron arriesgar y poner en marcha la que sería la primera línea de automóviles de viajeros de España, entre Cáceres y Trujillo.
 “La riqueza de la zona que rodea á Cáceres y poblaciones tan importantes de su provincia como Trujillo, y la escasez de medios de comunicación que hicieran efectiva esa riqueza creando un movimiento de personas y productos, hizo pensar á unos buenos ciudadanos, los señores Artaloytia Sánchez y Cortés, en la necesidad de remediar tal estado de cosas” (España Automóvil. 15/1/1908).
Pero no fue fácil iniciar la empresa y antes de poner en marcha el proyecto fue necesario un gran trabajo: había que pensar en la inversión a realizar, la adquisición de los vehículos, la logística necesaria, la búsqueda de materiales y hombres especializados en este nuevo mundo del motor. Por eso, aunque comienza a hablarse ya del proyecto en 1906 y la prensa espera que esté listo para las ferias de junio de Cáceres y Trujillo, el proyecto se retrasa porque quienes lo ponen en marcha son exigentes. Con Manuel Artaloytia Sánchez y Enrique Cortés se embarca en el proyecto el cacereño Felipe Ramos y desde el principio contarán también con la importante ayuda de Mr. Enrique Traumann, representante en España de la casa Suddeuts Automóvil Fabrik Gaggenau, constructora de automóviles y la elegida para proporcionar los tres flamantes vehículos que iniciarían el servicio.
En febrero de 1907 comienzan las pruebas con un automóvil traído por Mr. Traumann y que permitiría a la prensa conocer cómo sería el futuro servicio. Todo un trabajo de “marketing” que dará sus frutos en los días siguientes cuando los periódicos se hagan eco de tan “lisonjero éxito”. La experiencia debió ser, cuando menos sorprendente. A las 12,40 horas salía desde Cáceres una entusiasta expedición conducida por el chauffeur Mr. Gassedat, “que se cubría con una hermosa piel de oso”. “Desde los primeros momentos pudo observarse que el chauffeur era habilísimo y el coche útil. Estas dos observaciones pudieron confirmarse en el trayecto al ver con qué maestría sorteábamos las curvas rapidísimas de la carretera y con qué facilidad subíamos las grandes cuestas, sin necesidad, casi, de cambiar la tercera velocidad.
El puente sobre el Tamuja, que por las vueltas que hace y lo estrecho que es llevaba preocupados a los viajeros, se salvó sin el menor tropiezo á la ida y á la vuelta y con tal precisión que los expedicionarios tributaron un aplauso cerrado al peritísimo maestro que guiaba” (El Adarve. 21/2/1907).
Un recorrido de una hora y 55 minutos a la ida y una hora y 47 min. a la vuelta (“Un soplo” dice el periodista) que, alcanzando la increíble velocidad de 23 a 24 kilómetros por hora, sustituían a las cuatro horas y media del correo de entonces.

Omnibús de 24 caballos de la línea Cáceres a Trujillo. Con 8 asientos y 3 velocidades, se matriculó CAC-8. Con neumáticos delanteros y llantas macizas en ruedas traseras, costó 25.000 pts.
(España Automóvil. 15/1/1908)
Y por si aún dudase el lector de lo poco peligroso de la aventura, el periodista asistente al viaje de prueba reseña en la crónica, “para garantía de los tímidos”, quiénes fueron los importantes viajeros que acompañaron a los periodistas: además del propio Enrique Cortés y Felipe Ramos, disfrutaron del viaje don Adolfo López Montenegro, don Luis y don Juan Antonio Pérez-Aloe (desplazados a Cáceres desde Trujillo en el automóvil que este último acababa de adquirir), don García Muñoz de San Pedro (conde de Canilleros), don Pedro de la Peña, don Luis Grande Baudesson (propietario y director del periódico El Adarve), el director del Instituto de Segunda Enseñanza de Cáceres, don Manuel del Castillo, y su compañero en el mismo, el trujillano don Cipriano Guerra. Fueron en total 14 invitados que a su vuelta de Trujillo pudieron comprobar la expectación que la nueva empresa despertaba en la ciudad: “Numerosísima concurrencia con las hermosas trujillanas á la cabeza salía á las calles y balcones para despedir á los expedicionarios” (El Adarve. 21/2/1907).
Sin embargo, aún debieron esperar los ansiosos viajeros para utilizar un servicio que no comenzó a prestarse hasta el día 15 de diciembre de ese año de 1907, porque todo debía hacerse en las mejores condiciones: “Según hemos oído, la Empresa del servicio de automóviles de Cáceres á Trujillo, va á cambiar en los coches la luz de acetileno que tenían, por la eléctrica. A esto se debe el que no empiecen á correr hasta Octubre los citados automóviles” (El Adarve. 12/9/1907).
Y fue así como Trujillo se acercó a la modernidad, ya que un moderno servicio fue lo que ofrecería la empresa desde ese momento: tres chauffeurs, un interventor en cada uno de los automóviles, buenos mecánicos y mozos de equipaje en ambas ciudades y servicio de carruajes en la de Cáceres para enlazar con la estación de ferrocarril. Todo un adelanto para un trayecto de 48 kilómetros con tres paradas: desde Cáceres, apenas un minuto en el caserío de Marimarco, donde esperaba un cubo de agua por si era necesario refrescar los “bandajes de goma”, cinco minutos en la Venta de la Matilla, que contaba con depósito de bencina, aceite y piezas de recambio, y una última y rápida parada en Serrezuela, desde donde ya se divisaba el cercano Trujillo.

Omnibús de 40 caballos de la línea Cáceres a Trujillo. Con departamento de 1ª con 6 asientos y de 2ª para 10 pasajeros. Llevaban timbre de alarma, ventiladores y rejillas para colocar pequeños paquetes. Con tres velocidades y marcha atrás, costaron 35.000 pts. (España Automóvil. 15/1/1908)
Además, y para dar servicio a la “flota” de la empresa, la Sociedad “Artaloytia Sánchez y Cortés” establecerá en Trujillo un completo taller. Allí, nos dice la prensa del momento, “hay fosos de limpieza, almacenes de repuesto, depósitos de aceite y bencina, cuarto para mecánicos y taller”. Y asombra al periodista que la organización sea “perfecta, se adivina hasta en los más pequeños detalles; en mi visita á las habitaciones de mecánicos pude ver el Reglamento de régimen interior, señalando á cada empleado sus obligaciones, conciso y terminante...” (España Automóvil. 15/1/1908).
Pero más asombra aún al cronista el lugar elegido para la ubicación del taller, porque en el mes de julio de ese año de 1907, el gerente de la Sociedad, Enrique Cortés, había solicitado del ayuntamiento trujillano la cesión en arrendamiento de parte de las instalaciones del antiguo Colegio Preparatorio Militar y así nos lo cuenta el arca.
En la sesión que el consistorio celebra el día 23 de julio, presidido por su alcalde, don José María Grande de Vargas, se lee y estudia la solicitud presentada por la Sociedad mencionada y se procede a discutir el asunto una vez que han abandonado el salón dos de los concejales. Agapito Artaloytia García y Julián García de Guadiana Moreno son tío y cuñado de uno de los integrantes de la compañía y por tanto se considera incompatible su presencia en la discusión del tema. Para el resto de los concejales la decisión es clara: la petición “reviste el carácter de utilidad pública, en cuanto establece el servicio de Automóviles, facilitando los medios de transporte de viajeros y mercancías” y por ello no dudan en establecer las condiciones en que se realizaría el contrato.

1907, julio 23. Trujillo
(...) Primera: Es objeto de este contrato la dependencia del Colegio que fue Preparatorio Militar conocida por Gimnasio y el patio grande con sus cuatro naves y habitaciones que á estas comunican, á escepción de la Iglesia y el zaguán de entrada, que quedarán incomunicados.
Segunda: La duración de este contrato será de seis años que comenzarán á contarse el día primero de agosto más próximo venidero, mil novecientos siete, y que se considerarán prorrogados por la mitad más, ó sea otros tres años, siempre que no medie aviso por cualquiera de las partes contratantes dentro de la primera mitad del último año, sexto del contrato.
Tercera: Si durante el tiempo de este contrato el Ayuntamiento tuviera que utilizar todo ó parte del edificio Colegio Preparatorio Militar, para cederlo á alguna Institución de enseñanza, á la instalación de Tribunales de Partido, en el caso de que se crearan, ú otros fines análogos que á juicio del Ayuntamiento y Junta Municipal fueran de mayor utilidad pública que la que el Ayuntamiento desde luego reconoce que reporta esta Empresa y su instalación fuera incompatible con la ocupación por el arrendatario de las dependencias objeto de este contrato, podrá rescindirse el mismo avisando con tres trimestres de anticipación y sin que los arrendatarios puedan exigir indemnización por ello.
Cuarta: Por precio del arriendo pagará la Sociedad arrendataria al Excmo. Ayuntamiento seiscientas cincuenta pesetas en cada uno de los años del arrendamiento, que serán satisfechos por trimestres vencidos.
Quinta: El Ayuntamiento entrega el local objeto de este contrato en el estado en que se encuentra, pudiendo el arrendatario si lo considera conveniente colocar puntales tanto en el piso bajo cuanto en el principal, ó llevar á cabo cualquiera otras obras de seguridad, siempre bajo la dirección y el visto bueno del Arquitecto Municipal.
Sexta: Las obras que la Sociedad arrendataria lleve á efecto dentro del local arrendado, no podrán variar la esencia del mismo y serán de su cuenta, obligándose al terminar el contrato á entregar el local en las mismas disposiciones que lo recibe, si al Ayuntamiento no le conviniera hacerse cargo de él en las condiciones que lo dejen; porque si le conviniera, quedarán todas las obras a su favor. Exceptuase de esta condición las maderas que el arrendatario hubiese puesto, si hiciese uso de la facultad que le otorga la base anterior, pues esas maderas serán siempre de la propiedad de la Sociedad arrendataria, si bien no podrá quitarlas una vez puestas sin la intervención del Arquitecto Municipal.
Sétima: Si durante los años del arrendamiento el local sufriera desperfectos de tal consideración que se inutilizara para servir para el objeto que se arrienda, la Sociedad arrendataria no podrá exigir que se hagan obras por el Ayuntamiento para reponerlo, sino que será rescindido el contrato sin que el arrendatario pueda exigir indemnización alguna.
Bajo estas condiciones y las demás generales del Código Civil por las que se rigen esta clase de contratos, cede el Ayuntamiento y adquiere la Sociedad Artaloytia Sánchez y Cortés la parte del Colegio que fue Preparatorio Militar y se determina en la base primera de este contrato y se comprometen á cumplir fielmente, sometiéndose para cualquier incidente ó reclamación á que diera lugar á los Tribunales de esta ciudad donde al presente tiene su domicilio la Sociedad arrendataria. (...)
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1514.1. Págs. 52-54)


Expectación ante el nuevo “artefacto”.  (España Automóvil. 15/1/1908)

19 de agosto de 2016

Subasta de San Andrés

Las ciudades no serán sino construcciones sociales realizadas a lo largo del tiempo. En ellas se reflejan el devenir de la historia, los grandes y pequeños acontecimientos, los tiempos de abundancia y penuria, los de enfrentamiento y paz. Todo ello forma un continuum de hechos que a lo largo de siglos, e incluso milenios, jalonan y conforman los espacios urbanos y los grupos sociales que en ellos habitan y el modo en el que lo hacen.
Algunas de estas ciudades milenarias, como Trujillo, encorsetadas, defendidas y cosidas por las murallas, fueron utilizando y ocupando los espacios interiores y restringiendo los abiertos, los pequeños ensanches y las plazas. Trujillo pronto saltó la muralla, se extendió hacia el sur por la plaza del arrabal y las calles que desde ella se iniciaban, creciendo extramuros y en algunos de los pequeños enclaves próximos que conformaron luego núcleos diferenciados.
A. Durán. Hospital
Y el espacio intramuros pasó de estar controlado por unas y otras familias y linajes a ser una zona progresivamente abandonada. Un espacio olvidado en el que los muros fronteros de casas fuertes y palacios se fueron arrumbando y “la villa”, la ciudad intramuros, se fue destruyendo y deconstruyendo, porque las casas humildes aparecían y se abandonaban conventos, casas fuertes e iglesias. Y allá por comienzos del siglo XX se pensó que ese espacio escaso y avariento en plazas podía contar con una entre el palacio de las Chaves-Mendoza, antiguo convento de los Descalzos y entonces Hospital, y la casa fuerte de los Escobar. Un plaza que enseñoreara estos edificios y que abriera aún más la puerta de Santa Cruz, llamada ya entonces de San Andrés. Tan solo había un par de obstáculos que dificultaban la puesta en marcha de este proyecto de deconstrucción urbana. Unos obstáculos en forma de iglesia -que en ese momento de abandono de los barrios altos ya no cumplía los fines de culto que originariamente tuvo- y de una valiosa y preciada "cisterna" entonces considerada “perjudicial y sin ninguna ventaja conocida".
¿José Engo Muñoz?. La Alberca e iglesia de San Andrés.
 Había que derribar la antigua iglesia de Santa Cruz o Vera Cruz, entonces nominada de San Andrés y cegar la Alberca. Todo sucedía unos 70 años antes de que “la villa” de Trujillo viera crecer alocadamente casas y muros cerrando cercas y callejas, eliminando vistas, rehabilitando conventos y casas fuertes como alojamientos, espacios de vivienda en una villa y ciudad amurallada siempre repensada, querida, olvidada, deseada y en permanente transformación.



1906, febrero 13. Trujillo
Proposición.
Terminado el despacho ordinario, el Sr. Pérez Mediavilla propuso a la corporación que toda vez que se halla anunciada la venta por el Estado de la antigua iglesia parroquial de San Andrés, debiera adquirirla el Ayuntamiento, destruirla, conservar únicamente el atrio, en el cual y según la tradición cuenta se reunían los señores de la ciudad y autoridades para salir o acordar la defensa de la misma, dejando lo demás como plaza de adorno para el Hospital que le da fachada y para el atrio en donde debiera construirse monumento bastante a recordar aquellos hechos; que debiera a la vez desaparecer, cegándola, el depósito de agua llamado Alberca, perjudicial por más de un concepto y sin ninguna ventaja conocida, pudiendo sustituirla ventajosamente para bañarse construyendo establecimiento más apropósito en otro sitio donde gratuitamente y sin peligro, y con el decoro debido, pudiera tomar baños el que lo deseara. El Ayuntamiento acordó que la Comisión con el sr. arquitecto estudien este asunto y haciendo un proyecto y presupuesto aproximado de lo que podría importar el gasto, someterlo al Ayuntamiento antes del ventitrés del actual en que ha de celebrarse la subasta de la iglesia.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 1513.1, fols. 56v-57r.)


Llegado el día 23 de febrero, en la sala del ayuntamiento donde habría de celebrarse la subasta de la antigua iglesia de Santa Cruz o Vera Cruz, entonces llamada de San Andrés, el propio alcalde de la ciudad, don Fernando Orellana y Orellana dio comienzo al acto por el que el Estado procedía a subastar el templo trujillano de acuerdo a las leyes desamortizadoras iniciadas en el siglo anterior y que había sido publicado en el número 1469 del Boletín Oficial de Ventas de Bienes Nacionales de esta provincia.
“Todo el edificio está sin cubrir, estando los muros en ruina incipiente. Da su fachada al sur y linda por su derecha entrando y por la izquierda con la plazuela donde está situada, llamada de los Descalzos, y por la espalda con calle pública de la Alberca”, nos dice la documentación. El objeto de la subasta era un edificio y terraza aneja de 351 metros cuadrados dividido en tres piezas que dos peritos (el arquitecto municipal de Trujillo, don José López Munera, en nombre del Estado, y el práctico don José Galeano, nombrado por el ayuntamiento) habían tasado en 545 pesetas y 75 céntimos.
La Opinión. 1908         
No nos dan las actas municipales las razones por las que la proposición del concejal don Luis Pérez-Aloe Mediavilla no tuvo el apoyo de la Comisión a la que se trasladó su estudio y un único licitador se presentó al acto: el sombrerero trujillano don Ramón Cano Cordero ofrece al Estado la cantidad con la que se iniciaba la subasta, comprometiéndose a abonar las 545 pesetas y los 75 céntimos en cinco plazos.

“La villa” se quedó sin su gran plaza, la Alberca siguió siendo lugar de baños estivales y la ciudad contó con una nueva y curiosa fábrica de sombreros que se vendían en la gran sombrerería de Ramón Cano de la calle Tiendas.



15 de julio de 2016

Obras en el castillo

La situación de dominio de Trujillo sobre su entorno hará de sus elementos defensivos piezas clave en su configuración como núcleo urbano y el carácter militar es el que prima en la mayor parte del período medieval. Sólo la pacificación del reino en los últimos años del siglo XV hará que alguno de estos elementos (esencialmente la fortaleza) pierda parte de su razón de ser y comience un lento pero constante deterioro.
Fortaleza y muralla son, en gran medida, la razón de ser de Trujillo en una parte importante de los siglos medievales en que la frontera sufre constantes vaivenes y la defensa de Trujillo y su entorno las hacen imprescindibles.
Controlar la fortaleza es controlar la ciudad y en aquellos momentos en que Trujillo fue entregado por la Corona al poder señorial, la donación de la ciudad no se consideró efectiva cuando no se pudo hacer entrega de aquella. Así en 1469, Enrique IV habrá de compensar con la villa de Arévalo al conde de Plasencia, don Álvaro de Zúñiga, al no conseguir que el alcaide del castillo trujillano, Gracián de Sesé, lo entregase a don Álvaro. Tampoco disfrutó del señorío sobre Trujillo don Juan Pacheco en 1474 y de nuevo es el alcaide del castillo el que personifica la negativa a tal concesión.
La guerra civil que inicia el reinado de Isabel de Trastamara nos hace ver cómo en ocasiones ciudad y fortaleza llevan “vidas paralelas” en manos de poderes enfrentados sin que ello impidiese incluso la estancia de la reina Isabel en la ciudad. 
En manos de la Corona desde 1477, en la fortaleza trujillana habrán de realizarse una serie de trabajos encaminados a remediar los efectos que los diferentes asedios a que se vio sometida tuvieron en su estructura.
Los distintos alcaides que se suceden en su tenencia reclamaron una y otra vez inversiones de la ciudad que permitieran financiar “çiertas obras nesçesarias que en la dicha fortaleza se han de fazer”.  En 1490 la Corona señaló una cantidad, 50.000 mrs., como aportación anual y obligada de la ciudad a las obras de reconstrucción y mantenimiento de su castillo, indicándose que tal contribución cesaría cuando terminasen las obras consideradas necesarias, “e dende en adelante non gasteys más los dichos çinquenta mil mrs.”.
Se inicia entonces un conflicto de competencias entre el alcaide y los regidores por el control del dinero y de las obras, que seguirá vigente en el primer cuarto del siglo XVI. Deberían ser los regidores quienes administrasen los maravedís destinados a las obras en la fortaleza, indicaban los propios regidores. El alcaide, por el contrario, consideraba que el control de las obras y los gastos deberían estar en sus manos o en las del corregidor y quienes, nombrados por él y la propia ciudad, supervisasen que las obras se adecuasen a la calidad y necesidades defensivas de la fortaleza. Y así, en la Real Provisión que los Reyes Católicos envían al corregidor de la ciudad  solicitando que remitiese al Consejo Real información sobre las obras efectuadas en la fortaleza, las cuentas de lo que se ha gastado y su parecer sobre quién debería hacerse cargo de su realización, se hará constar la queja del alcaide Juan Velázquez para quien la intromisión de los regidores en unas obras sin control, había ocasionado que su calidad no fuese la correcta, debiendo ordenar deshacer parte de lo ya construido.

1503, septiembre 9. Segovia

(...) Sepades que por parte de Juan Velásquez, del nuestro consejo e nuestro alcaide de la fortaleza desa çibdad, nos fue fecha relaçión por su petiçión diziendo que por nos, por una nuestra carta, le avíamos mandado que diese cuenta de los çinquenta mil mrs. que de los propios desa dicha çibdad mandamos dar para las lavores de la dicha fortaleza, la qual diz que fablando con devida reverençia fue muy ynjusta e agraviada contra él porque diz que sy nos fuéramos ynformados de la verdad de cómo pasava lo susodicho no mandáramos dar nuestra carta, porque diz que nos por otra nuestra carta ovimos mandado que los dichos çinquenta mil mrs. de las dichas lavores se ayan de gastar a vista de dos personas, la una nonbrada por él e la otra por los regidores desa dicha çibdad e diz que él nonbró a su logarteniente de alcaide de la fortaleza e que desta manera se han gastado los dichos çinquenta mil mrs. a vista de la persona que los dichos regidores tienen nonbrada conforme a la dicha nuestra carta. E diz que como a los dichos regidores les aya movido la afiçión en esto han dado a fazer las dichas lavores a destajo a las personas que ellos quieren e diz que a esta cabsa las dichas lavores no se han fecho ni fazen tan buenas como de otra manera se farían e a nuestro serviçio cumple. E diz que por estro él visitó la dicha fortaleza e que por no estar bien fechas las dichas lavores fizo derribar más de çinquenta pies de una barrera que en la dicha fortaleza se lavra, la qual dicha barrera fuera muy buena sy los dichos regidores quisieran entender en ello. (...)

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 10.14)

               Reconnaissance de la ville de Truxillo. 1809. Detalle. Service Historique de la Défense. Vincennes.