3 de junio de 2018

1580, el año del gran catarro: ...guerra...


“Bien creo deveis tener entendido el notorio derecho e açión que yo tengo a la suçesión de los reynos de la Corona de Portugal después de los días del serenísimo rey don Enrique, mi muy caro y muy amado tío, que aya gloria, como pariente más propinquo varón y de más días que ninguno de los otros pretensores”
Con estas palabras, Felipe II comunicaba a la ciudad de Trujillo, en febrero de 1580, su decisión de hacer valer los derechos que creía tener a ocupar el trono portugués. Muerto el rey don Sebastián en Alcazarquivir en 1578, y jurado como rey el infante cardenal don Enrique, la corte española había puesto en marcha desde aquel momento toda su maquinaria diplomática. Era necesario recabar apoyos al candidato castellano como sucesor de un rey, don Enrique, cuya avanzada edad y achaques hacían suponer que tendría un corto reinado.
Con mejores y más justos títulos se creía el rey don Felipe que el resto de pretendientes (Catalina, duquesa de Braganza, , Manuel Filiberto de Saboya, Ranuccio Farnesio y el prior de Crato, don Antonio) a suceder a Enrique I de Portugal cuando la muerte de éste, en enero de 1580, dejó vacante la corona portuguesa sin heredero designado.

Y si la diplomacia no fuera efectiva, las armas le darían la razón. En Italia estaban listos tercios y galeras para marchar a la península y aquí la Corona se aprestaba a ultimar los detalles de una jornada que habría de llevar a Felipe a coronarse como rey luso.
Antonio Moro. Felipe II en la Jornada de San Quintín.
1560. El Escorial.
Primero fue necesario acercarse a la frontera: “e acordado de acudir y asistir a ello en persona y partir de aquí dentro de muy pocos días para el monesterio de Nuestra Señora de Guadalupe con yntençión de pasar adelante y hazer todo lo demás que sea neçesario”. Era igualmente preciso contar con el apoyo de señores y ciudades y no esperaba menos el rey Felipe de la de Trujillo: “teniendo por çierto que esa çiudad nos servirá con la voluntad que sienpre lo ha hecho en todo lo que se a ofresçido y como yo confío de tan buenos y leales vasallos”.
Comenzaba con esta carta de 15 de febrero de 1580 un año agitado para el concejo de Trujillo que habría de aprestarse a servir a su rey y atender a quienes por ella pasasen camino de la frontera.
Porque era seguro que a no tardar llegarían peticiones de hombres y armas y la ciudad habría de estar en condiciones de atender tales demandas.
Por ello, el corregidor Morillas ordenó que su alguacil mayor, junto con los regidores Juan de Hinojosa y Francisco Altamirano de Vargas, hiciesen registro de las armas que poseía la ciudad y confeccionasen la lista de los hombres que, con edades de entre 20 y 50 años, pudiesen ser llamados a combatir por el rey.
No conocemos la lista realizada, pero sí los resultados sobre el registro de armas: no las hay en la ciudad y es urgente conseguirlas. El mercado de Sevilla pareció una buena opción y allí se buscaron. Quinientos arcabuces y otras tantas picas fue el encargo.
No tardaron en llegar a Trujillo mandatos reales reclamando hombres. El día 9 de marzo de 1580, un criado del duque de Alburquerque presentaba ante el concejo una carta sellada del rey. En ella reiteraba a la ciudad su intención de reclamar el trono portugués, daba cuenta de los apoyos obtenidos en las cortes de aquel reino (el estado eclesiástico y la nobleza) y, por si “el negoçio viniese a neçesidad de armas”, les hacía conocer su orden de que las fronteras fueran guardadas por distritos, confiando estos a “las personas que están más çerca della”. Uno de tales distritos, en tierras extremeñas, estaría bajo el mando del duque de Alburquerque, con control sobre las villas y lugares de su ducado, Valencia de Alcántara, Alcántara y las tierras de Brozas y Garrovillas. Bajo sus órdenes se pone a Trujillo y en su ayuda habría de acudir la ciudad cuando el duque lo pidiese con las tropas que pudiese enviar.
Llamados a cabildo ese mismo día los principales de la ciudad (los dos Luis de Chaves, Sancho de Carvajal, Gómez de Solís, Sancho de Sanabria y Gonzalo de Tapia, “caballeros de edad y esperiençia”), decidieron con los regidores la cuantía de su ofrecimiento al rey: doscientos infantes y cuarenta jinetes que podrían estar listos y armados para partir en cuarenta días. Es todo lo que puede ofrecer Trujillo.
Hombres, armas y caballos. Y para todo ello, dinero. Tres mil ducados que saldrían de las rentas de la ciudad y cuyo primer destino son las armas. El regidor García Ramiro Corajo sería el encargado de buscarlas y para ello se le ordena partir con brevedad a Sevilla llevando 2.000 ducados que habría de emplear en adquirir 500 arcabuces, 500 picas, 50 lanzas, 50 coseletes y celadas y todos “sus adereços para armar la gente desta çiudad y su tierra”.  
Los caballos habrían de estar igualmente estar listos. Caballeros y vecinos con hacienda serían quienes deberían aportarlos y si no los tuviesen adquirirlos
“todos los veçinos desta çibdad y su tierra que tuvieren hazienda hasta en quantía de dos mil ducados que tengan y conpren cavallos, cada veçino de la dicha haçienda un cavallo, y los que tuvieren hazienda en quantía de mil ducados tengan entre dos veçinos un cavallo”.
Puesta en marcha la maquinaria por el corregidor Morillas, las disposiciones para responder al duque de Alburquerque parecen dar pronto sus frutos. Se tiene el dinero, se han encargado las armas y todo está listo para hacer el repartimiento de los 200 soldados que ha ofrecido Trujillo. Pero no solo Trujillo. También la tierra de ella dependiente está obligada a contribuir, así como las villas que a lo largo de ese siglo XVI se han desligado de la jurisdicción trujillana.
La ciudad, con las Huertas y Aldea del Obispo, aportarían 40 infantes, Logrosán 24; las villas de Berzocana, Garciaz y Cañamero 22 infantes cada una; Santa Cruz 15, Abertura y Escurial 10 cada lugar; Orellana la Vieja aportó 6; Herguijuela y Zorita 5; a Búrdalo (Villamesías) e Ibahernando les correspondieron 4 infantes;  Madrigalejo y La Cumbre contribuyeron con 4; Acedera y Navalvillar con 3; La Zarza (Conquista), Alcollarín, El Campo (Campolugar), Robledillo y Plasenzuela con 2 infantes, y los lugares menos poblados debieron contribuir con un único soldado: Aldea del Pastor (Santa Ana), Ruanes, Tollecillas, Madroñera, Santa Marta y Orellana de la Sierra. En total, 223 hombres en previsión de tener que suplir a alguno de los que acudiesen. A todos los lugares se les ordenó que mandaran el doble de los soldados que les cupo en el reparto “de los más sanos, ábiles y diligentes que obiere y los enbíen a esta çibdad los conçejos para que se escojan y alisten los que más pareçiere que conviene”.
Más corto fue el reparto de los cuarenta jinetes que ofreció Trujillo. Treinta de ellos serían de la propia ciudad, dos vendrían de Logrosán, de Berzocana, de Cañamero y de Garciaz y los lugares de Santa Cruz y Madrigalejo habrían de enviar un jinete.
Resulta curioso comprobar quienes hubieron de aportar caballos para acudir a la guerra. Ni uno solo de los caballeros de la ciudad aparece en la lista recogida por el escribano. Mercader, platero, boticario o sastre son algunos de los oficios de quienes, por su hacienda, debieron contribuir con lanza, adarga, caballo y jinete que lo montase
“A todos los quales su merçed del señor corregidor mandó que se les notifique se aperçiban y tengan cada uno su cavallo dentro de quinze días primeros siguientes y los registren ante su merçed so pena de perdimiento de la mitad de sus bienes y que a su costa se conprarán los dichos cavallos”
Tiziano. Fernando Álvarez de Toledo,
III Duque de Alba. Fundación Casa de Alba.
El día 14 de marzo todo estaba ya dispuesto. Hombres repartidos, caballos asignados, armas encargadas y dineros listos. Trujillo podría aportar lo ofrecido al rey para la empresa portuguesa que se ponía en marcha. El rey estaba en camino hacia Guadalupe y el duque de Alba –“que ba por general de la guerra para Portugal”- dormía el día 19 en Torreaguda, cercana a Trujillo, acudiendo a visitarle el corregidor Morillas y los regidores Hernando de Orellana y Rodrigo de Orellana.

Ya en Guadalupe, el monarca continúa comunicando instrucciones a Trujillo. Acepta el ofrecimiento de la ciudad de hombres y caballos, remite a Trujillo al Consejo de Castilla  para solicitar facultad para sacar de los propios los gastos de la guerra, advierte que los soldados habrán de llevar mantenimientos, a costa de la ciudad,  para 25 días, que de cada 100 soldados 40 habrán de ser piqueros y 60 arcabuceros, les hace saber que Francisco de Álava, capitán general de artillería, les venderá 12 quintales de pólvora y pide a la ciudad los nombres de tres o cuatro personas para elegir capitanes
“que sean práticas y que ayan sido soldados y si ser pudiere que ayan estado en Ytalia, poniendo en la partida de cada uno la calidad prática y esperiençia que tuviere y dónde a estado y a servido y en qué para que mandemos elegir”
Cuatro serán los caballeros cuyos nombres son propuestos al monarca para capitanes de la gente de guerra de la ciudad: Francisco Altamirano de Vargas, regidor, y Diego de Orellana de Chaves, candidatos a mandar la gente de infantería, y los regidores Rodrigo de Orellana y Álvaro Pizarro, entre los que debería elegirse a quien mandaría la gente de a caballo.
Abril comienza y Trujillo sigue sin armas. En Sevilla no se encontraron y la ciudad habrá de buscarlas aún más lejos. Guipúzcoa, allá en reino de Vizcaya, es el destino del regidor Antonio de Tapia quien, a pesar de sus protestas, recibe la orden del corregidor de marchar para realizar la compra de arcabuces, picas, coseletes, celadas y pólvora.
Aunque se prepara para la guerra, Trujillo no descuidó los detalles  exteriores de la tropa que mandaría a luchar y “para que mejor se pueda conprar y menos preçio, se acordó que se vaya a Toledo a conprar las cosas siguientes.
Quatro caxas de atanbor de nogal muy buenas.
Para una vandera, quinze varas de tafetán azul turquesado y otras quinze varas de tafetán blanco y seys varas de tafetán colorado y que sea sin orillas de otro color.
Para el estandarte de los ginetes, vara y media de damasco turquesado y vara y media de damasco blanco.
Dos hierros de la vandera y estandarte dorados.
Siete onzas de hilo de plata de Milán para la labor del estandarte y media libra de seda azul y media libra de seda blanca para coser el estandarte y cordones y para la vandera.
 Dos tronpetas italianas y un pífano”.
Azul y blanco, los colores de la ciudad.
Cuando todo parece ya cerrado, Beltrán de la Cueva y Castilla, duque de Alburquerque, reclama a la ciudad el envío de 100 hombres más, exigiendo 300 infantes, cantidad que acepta el corregidor pero no la mayor parte de los regidores. La ciudad está endeudada y pobre, está gastando en una guerra aún no iniciada los recursos que pensaba destinar a la compra de trigo en un año de carestía, ofreció el mayor número de soldados que podía soportar... todos son argumentos que rechaza el rey, que ordena “estén aperçebidos trezientos arcabuzeros, procuraréis que lo hagan en el dicho número”.  
Mosquetero, piquero, arcabucero. 1633. Colección Vinkhuijzen
de uniformes militares. 1910. Biblioteca Pública de Nueva York
Cúmplase pues.
Pasa abril y comienza mayo.  El rey está en Mérida, el duque de Alba parte de Llerena a Badajoz y por Trujillo pasan las tropas que se reúnen en la frontera. Las de Trujillo habrán de estar listas para el segundo día de Pascua. El 23 de abril deberían acudir de las villas y aldeas sus alcaldes y regidores con los soldados asignados para que el capitán nombrado por el rey, don Francisco Altamirano de Vargas, escoja los mejores hombres.
Pasa la Pascua, pasa mayo y Trujillo sigue esperando. El rey está en Badajoz y llega junio. El duque de Alburquerque sigue escribiendo. La gente de a pie y de a caballo debía estar lista para partir a su llamada. Habría de llevar pólvora, cuerda y plomo. De nuevo se avisa a los lugares de la tierra. Se despachan correos y se les pide acudir para el domingo 19 de mayo.
¿Está todo listo? ¿Falta algo?.  Los jinetes no tienen adargas, les faltan escudos. El 13 de junio se busca persona que con rapidez y dineros se acerque a Córdoba a comprarlas. Las picas están sin hierros y es necesario que Pedro Figueroa, armero, repare algunos arcabuces. Los soldados elegidos en la ciudad esperan y algunos desesperan y solo el castigo les puede disuadir de la huida. Acabando junio, en la plaza de Trujillo el carpintero Pedro Alonso levanta una garrucha en la que dar tormento a quienes pretendan escapar.

En Badajoz, en la dehesa de Cantillana, ante el rey y la reina, han desfilado las tropas que participarán en la conquista de Portugal y el duque de Alba ha atravesado la frontera. El 1 de julio se toma Estremoz y los soldados de Trujillo aún no han sido llamados.
Por fin, el 5 de julio, una carta del duque de Alburquerque  reclamó a los trujillanos. Habrían de estar en Valencia de Alcántara el 11 de ese mes. Después de tanto esperar, aún quedaba mucho por hacer. Habían de llegar los soldados de las villas y lugares. Era necesario ajustar los salarios que cobrarían. Faltaban por llegar las comisiones para los capitanes. Había caballos pero faltaban jinetes. Se debía comprar trigo en Brozas para el suministro de los soldados camino de Valencia de Alcántara. Habían de hacerse, de paño azul, los trajes para trompetas y tambores, se tenía que bendecir la bandera...
Lo que se inició en febrero parecía culminarse en julio. El día 15 de dicho mes se ponía en marcha la infantería camino de la frontera, “armados e basteçidos de comida por el tienpo que el duque de Alburquerque a mandado”. Mientras, se exigía de quienes habían de proveer de caballos, lo hicieran también de jinetes, fueran ellos u otros, y se suplía con un caballo de la ciudad el animal muerto de Francisco y Diego del Saz.
Pocos días después, los cuarenta jinetes y dos trompetas, bajo el mando de su capitán, Rodrigo de Orellana, partían orgullos para Valencia de Alcántara.
¿La guerra?. Poco nos podrían haber contado quienes a ella fueron desde Trujillo.
Las tropas en Cantillana. Sala de Batallas. El Escorial.
En la sesión del concejo del día 3 de agosto se lee una carta del duque de Alburquerque. Quien la trae es el capitán Francisco Altamirano de Vargas, de vuelta en la ciudad con su compañía
“Ilustres señores
Esta mañana tuve un despacho de Su Magestad en que manda que por çiertas causas que ay, dé orden en que la jente que está junta se buelva a sus casas y asta tanto que otra cosa mande. Y así he ordenado al capitán Altamirano de Vargas parta con su conpañía la qual jente mandarán vuestras merçedes que se esté como antes, alistada y armada por si fuere menester que Su Magestad mandare otra cosa. E sentido mucho se ayan ydo tan presto por ser tan buena jente y los ofiçiales tan onrados. Nuestro Señor guarde las ylustres personas de vuestras merçedes. De Valençia de Alcántara a 29 de julio 1580 años. A serviçio de vuestras merçedes. El duque de Albuquerque. A los ilustres señores los señores justiçia e regimiento de la çiudad de Trugillo.”
Campaña rápida. Infantes y jinetes de vuelta en casa pero sin licencia posible: “que se esté como antes, alistada y armada”.  Un coste importante para las arcas y un auténtico problema en la ciudad que no está dispuesta a asumir. Se devuelven los caballos a sus dueños, se despide a los soldados tras darles un mes de sus pagas, se recogen lanzas y adargas, la bandera de la infantería, el estandarte de la caballería, las trompetas y los tambores, los arcabuces y las picas.
Y así pasó un verano que acabó en muerte y enfermedad. Quizás llegó de la feria de Guadalupe, pero el gran catarro se asentó en una ciudad en la que la guerra era la menor de sus preocupaciones y ya parecía lejana.
Hasta octubre. Otra vez una carta del duque de Alburquerque hace congregarse en las salas del ayuntamiento al concejo junto a caballeros de la ciudad.
“Ilustres señores
Oy martes a veynte y siete deste reçebí una carta de Su Magestad, su fecha a veynte y seys en que me manda que con mucho cuydado y diligençia aperiba﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ de Su Magestad, su fecha a veynte y seys en que me manda que con mucho cuydado y diligençiaarro de Torres, G en las pçiba y haga poner en orden la jente de los lugares de mi distrito para cunplir con lo que Su Magestad manda. Ordeno a vuestras merçedes que luego que reçiban esta carta pongan en orden el número de jente que vino la vez pasada y probean de bastimentos y muniçiones y me avisen luego quando podrá partir la jente avisando yo de ello pues Su Magestad manda que sea con mucha brevedad en lo que aquí digo no aya descuydo ni remisión porque es negoçio de ynportançia”.
Parecía que todo volviera a empezar y, dado lo ya vivido, la ciudad prefiere ser prudente. Era necesario asegurar las órdenes y hacer llegar a la corte la situación en que Trujillo se encontraba. El rey debía conocerla y algún regidor marchar a Badajoz para hacer saber “la falta de jente de esta çibdad y su tierra por las enfermedades y muertes que a avido”. Sería muy difícil ahora “juntar la jente y que se aperçiba y parta con brevedad”, aunque el corregidor pide a los hijos de Pedro Cornejo que toquen los tambores de la infantería “para que los soldados se aperçiban y estén a punto”.
Pero parte de esos soldados han muerto o están enfermos y es tiempo de sementera. Juntar la gente ahora sería perder la cosecha y la tierra de Trujillo no se lo podía permitir. La ciudad suplicó al corregidor que aguardase a la consulta, que esperase la respuesta del rey a las súplicas de Trujillo y que no respondiese a las peticiones del conde de Alburquerque.
Batalla de Alcántara. 25 de agosto de 1580.
Biblioteca Nacional de Portugal
Hicieron bien en esperar, porque desde Badajoz llegaron otras órdenes. El propio rey escribía a Trujillo el 16 de octubre haciéndole saber “que yo e acordado de entrar por mi persona en Portugal por convenir así al bien de los negoçios de aquel reyno... conviniendo que lo haga con buen número de gente”. Ciudades, villas y obispos habrían de acudir con la mitad de lo que ofrecieron para la campaña de Portugal,  “pagada y proveyda de bastimentos hasta esta çibdad de Badajoz”, ciudad desde la que la propia Corona se haría cargo de su paga y mantenimiento. 
Trujillo debería pues acudir a Badajoz con 100 infantes y 20 jinetes, la mitad de lo ofrecido en los inicios de la campaña y no de lo exigido con posterioridad. Deberían estar en la frontera el 10 de noviembre, “pues siendo tan poco número de jente el que os cabe y tan poco el gasto, lo podréys hazer más presto”, dice el monarca.
Vuelta a empezar. De nuevo había que reunir a la gente de la ciudad y de villas y aldeas que habría de marchar, nombrar un capitán (pues siendo tan poca tropa, bastaría un único mando, don Rodrigo de Orellana, que llevaría doble sueldo) y repartir las armas. Y como escasean los jinetes, buscarlos fuera
“Este día se cometió al señor Hernando de Orellana que despache mensajero a Villanueva y Medellín y Montánchez a hazer pregonar que los soldados que quisieren venir por ginetes a la conpañía de esta çibdad se les dará sueldo a çiento y çinquenta reales cada mes y cavallo en que vaya y lança y adarga y una ropilla azul”.
Porque ahora las tropas no van a la frontera, acuden ante el rey y los soldados de Trujillo han de causar buena impresión
“se acordó que por quanto los dichos infantes an de yr a paresçer delante de Su Magestad, esta çibdad los vista de casacas y greguescos y medias de un paño azul bajo”. 
La compra del paño azul para vestir a los soldados, se mezclará en Trujillo con la compra de paños negros para lobas y capirotes de los lutos por la reina.
Tras la muerte de su esposa, ¿seguiría el rey con su idea de marchar a Portugal? ¿se necesitaría a la gente de Trujillo en Badajoz para el 10 de noviembre?. Un correo de la ciudad marcha a la corte para saber si hay nuevas órdenes y nuevas fechas, mientras todo se ultima en Trujillo.
Un real cada día recibieron los soldados que se iban juntando en la ciudad para sus alimentos, aunque su concejo se sintió engañado cuando vio acudir a quienes se mandaba desde villas y aldeas
“an enbiado los soldados que les cupieron los quales, abiendo de enbiar jente abil y sufiçiente y bien tratados, lo qual no an hecho, antes los an enbiado los más pobres y rotos y algunos con pellejos y ábito de pastores (...) enbiaron los dichos soldados rotos y maltratados, dexando los parientes de los alcaldes y regidores y gente rica y no señalando alguno de ellos”
Pero el tiempo apremiaba y ya habría momento de exigir castigos: “que esta çibdad por agora dé a los soldados las ropillas y greguescos y medias calças y monteras”, pidiendo después a sus lugares los 36 reales que costó cada uniforme.
Todo listo para partir y hacia Badajoz marchan. No sabemos hasta dónde llegaron las tropas, pero desde luego no alcanzaron su destino. El día 14 de noviembre el corregidor hacía saber a la ciudad que “se a enbiado a llamar la conpañía y bolverá aquí oy o mañana”. La razón de tal regreso era la carta recibida del secretario del rey, Juan Delgado, del Consejo de Guerra. En ella le hacía saber la orden real de que la gente de guerra no partiese de Trujillo, que se despidiese a la infantería y la caballería permaneciese a punto para cuando fuese llamada.
Escudo de Felipe II con las armas de Portugal. El Escorial
De nuevo se recogieron arcabuces y vestidos y los soldados de infantería volvieron otra vez a sus casas y pueblos “hasta tanto otra cosa se les ordene”. Los de a caballo tardaron algo más. Primero se despidió a los más jóvenes “y flacos”, se devolvieron los caballos a sus dueños (“para que los den de comer y los tengan bien tratados”) y se asignaron real y medio diario a cada jinete para su sustento pues ya no recibirían salario.

Así estuvo la ciudad –esperando nuevas desde Badajoz- hasta diciembre. El día 12, Rodrigo de Orellana hacía saber a justicia y regidores lo que sabía de la corte. Caballeros amigos le aseguraban por cartas que el rey ya estaba en Portugal (había iniciado el camino el día cinco hacia Elvas, con escaso séquito) y que no se pedirían nuevas tropas. No parecía que fuera a ser necesaria ya la caballería trujillana. Podría despedirse y acabar el asunto de la guerra.
Llegó el nuevo año, 1581, y Trujillo seguía recogiendo lanzas, adargas y arcabuces. Durante ese año, la ciudad vendió en el mercado todo aquello que no pudiera usarse en un nuevo conflicto. En enero
“Que se vendan las ropillas de soldados. Acordose que el señor Melchior Gonçález haga vender el jueves las ropillas y greguescos y medias de los soldados que tiene recogidas”
en mayo
“Que se venda pólvora y plomo y muniçión. Este día se acordó que por quanto esta çibdad tiene mucha cantidad de pólvora y plomo y cuerda que conpró y traxo para serbir a Su Magestad y conbiene que se registre la pólvora y plomo y cuerda que hay en los mercaderes y que no entre en esta çibdad cosa alguna de lo suso dicho so pena de lo aber perdido hasta que se aya gastado y bendido lo que esta çibdad tiene y se cometió a el señor liçençiado de Orellana lo haga vender y apregonar”.
y en noviembre
“Que se venda la pólvora. En este ayuntamiento se trató de cómo las muniçiones de pólvora y plomo y cuerda que esta çibdad tiene se dañan por estar añejas, espeçialmente la dicha pólvora e para que se gaste y no se pierda, atento que es cantidad, se acordó que el señor liçençiado Orellana haga vender e venda las dichas muniçiones y ponga una tienda de ellas y a la persona que lo vendiere se le ponga el preçio como la çibdad no pierda y a la persona que lo vendiere le dé lo que a el señor liçençiado de Orellana conçertare por su trabajo. Y por que se gaste la dicha pólvora, se acordó y mandó que en el entre tanto que se vendiere la pólvora de esta çibdad, ninguna persona venda pólvora a preçio ninguno, so pena de seysçientos mrs. aplicados por terçios conforme a las hordenanças de esta çibdad y que se pregone públicamente”.
Tanto trabajo para tan escasa presencia en una campaña, la de Portugal, en la que finalmente sí estuvieron trujillanos. Quizás cansados de tanto esfuerzo, el concejo no puso gran empeño cuando se le reclamaron nuevas tropas. En febrero de 1582 pasa por la ciudad un sargento con orden real de llevar soldados “para aconpañar a Su Magestad desde Yelves a la çibad de Abrantes”. No dicen las actas nada más de ellos. Ni repartimientos, ni sueldos, ni armamento. La ciudad tiene armas, pero son de Trujillo y en su poder quedarán.

1581, febrero 13. Trujillo.
E luego el señor Juan de Herrera dixo que se cunpla la çédula real de su Magestad y se enbía la dicha jente, pero que atento que su Magestad, por su real çédula no manda se enbíen armados y atento a que el sargento que viene por los dichos soldados se llamó a este ayuntamiento y se le procuró si trae ya orden de llevar la jente armada y respondió que no trae orden alguna para que vayan armados los soldados más de lo que Su Magestad manda por su real çédula. Y atento a que por orden y mandado de Su Magestad esta çibdad está armada de los dichos arcabuzes y podría ser que otro día Su Magestad mandase yr la jente de esta çibdad, la qual a de yr armada, que su pareçer es que los arcabuzes de esta çibdad se guarden y no se den a los dichos soldados en tanto que su Magestad no lo mandare y que atento que los dichos soldados an de yr con la persona real de Su Magestad y algunos no estarán bien vestidos y adereçados, que de los vestidos y libreas que esta çibdad hizo para los soldados de esta çibdad se den a los dichos soldados que agora se enbían que más neçesidad tengan de vestidos las dichas libreas que están hechas.
Todos los cavalleros regidores de esta çibdad dixeron lo mismo que a dicho el señor Juan de Herrera.  
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 412r.)

 Si el gran catarro de 1580 sangró cuerpos y almas, la guerra, en la que Trujillo no participó, hizo lo propio con arcas y caudales.

21 de marzo de 2018

1580, el año del gran catarro: muerte...


Escribe León Pinelo en sus “Anales de Madrid” que el año de 1580 es el que llaman el del Catarro “porque esta enfermedad aflixió mucho a Castilla, muriendo no poca gente”.  Ese “catarro universal” o “gran catarro” como fue conocido (aunque algunos investigadores apuntan a que se trató de tos ferina) es considerado como la primera epidemia de gripe de extensión global que, con origen en Asia, se extendió por Europa y América desde el mes de agosto de ese año.
A Trujillo llegó la enfermedad en septiembre de 1580, un año que comenzó con otras preocupaciones. Interesado en llevar los asuntos de Portugal desde un espacio más cercano, Felipe II y la corte dejaba Madrid para trasladarse a Extremadura en la primavera de ese año. Le acompañaba su cuarta esposa, Ana de Austria, el heredero Diego Félix y las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Vacante el trono portugués, el rey Felipe hacía valer sus derechos sucesorios frente al autoproclamado rey de Portugal, el prior de Crato, y Badajoz era el lugar adecuado para preparar la campaña bélica que le habría de llevar a ser reconocido como monarca luso.
Aunque el recorrido del rey Felipe no pasó por Trujillo, sí lo hizo por su jurisdicción y, como en tantas otras veces, la ciudad se aprestó a mostrar su fidelidad y acogimiento. De nuevo el arca se muestra generosa en noticias.
La corte llegaba a Guadalupe el Jueves Santo y dado que, en su recorrido hasta Badajoz, el monarca habría de pasar por Madrigalejo o Acedera, el corregidor Juan de Morillas y los regidores preparaban el día 28 de marzo el presente que la ciudad llevaría hasta esos lugares cuando por ellos pasara el monarca: 24 capones, 12 pavos, 24 jamones, 12 cabritos, 2 terneras, un jabalí y un par de gamos.
Sofonisba Anguissola. Felipe II. (1565).
Museo del Prado
Para cumplimentar al rey y ofrecer el presente ya dispuesto, el 1 de abril el concejo acordaba que se desplazaran hasta la zona el propio corregidor acompañado por cuatro de los regidores, Hernando de Orellana, Francisco Altamirano de Vargas, Rodrigo de Orellana Toledo y Álvaro Pizarro, contando siempre con la información que les remitiría el trujillano más influyente en ese momento en la corte, fray Diego de Chaves, confesor de Felipe II, a quien se había escrito para que tuviese informada a la ciudad “para que se sepa por su aviso la partida de Su Magestad”.
Será el propio corregidor Morillas el que solicite con urgencia que su teniente y regidores que permanecen en Trujillo remitan con urgencia a Zorita los mantenimientos necesarios, ya que el monarca dormiría en ese lugar la noche del 22 de abril y era necesario que estuviese proveída
“Este día se leyeron tres cartas del señor corregidor en que manda que se lleven a Çurita sesenta fanegas de pan masado y çevada la que se pudiere enbiar y pescado y azeyte y naranjas y quesillos y otras cosas para que el dicho lugar este basteçido porque esta noche va Su Magestad a dormir a el dicho lugar”.
El resto de la primavera y el verano Trujillo trabajó intensamente para preparar su contribución en hombres y armas a la campaña portuguesa, pero esa es otra historia que nos contará en otro momento el arca. Porque empezamos hablando de gripe y a ello vamos.
En el ayuntamiento celebrado el día 3 de septiembre se da cuenta a la ciudad de la presencia de la enfermedad en Trujillo, al tiempo que se conoce el contagio del propio monarca en la ciudad de Badajoz
“platicaron y confirieron cómo Su Magestad del rey don Felipe nuestro señor está enfermo y cómo en esta çibdad ay gran suma de enfermos y muchas muertes y se entiende que a venido de Guadalupe de la jente de la feria como ramo de pestilençia, para remedio de lo qual se acordó que se digan deziocho misas cantadas en los monesterios de la Encarnaçión y de San Françisco de esta çibdad por la salud de Su Magestad. Y en Santa María la mayor y en los Mártires otras deziocho misas rezadas, en cada parte nueve, las de los Mártires a San Roque por la salud de esta çibdad y veçinos della”.
Al acabar septiembre la ciudad y su tierra aún se resienten y es necesario reforzar la protección, guardando calles y entradas principales y no admitiendo a forasteros “espiçialmente si vinieren enfermos y no traxeren testimonio de cómo vienen de tierra sana”. Pero llegan buenas nuevas sobre la salud del rey y Trujillo quiere mostrar su alegría pidiendo al vicario de la ciudad que organizase una procesión “dando las graçias a Nuestro señor por la salud de Su Magestad”.
En la ciudad, entre tanto, siguen las muertes y hay poco que celebrar. Los enfermos son muchos pero es necesario elevar el ánimo de los vecinos y para ello, en Trujillo, nada mejor que los toros. Aún quedan cuatro por lidiar en ese año y sería ésta una buena ocasión “para alegrar y reguzijar la gente de esta çibdad”.
Cuando todo parece haber pasado en Badajoz, mediado ya octubre, Trujillo lo celebra como siempre lo ha hecho:
“Este día se acordó que por reguzijo y alegría de la salud del rey don Felipe nuestro señor se apregone que el miércoles en la noche primero venidero que se contarán dezinueve del presente mes aya luminarias en las ventanas de los vezinos de esta çibdad so pena de cada seysçientos mrs. y que luego el jueves siguiente se corran los quatro toros que está acordado antes de agora”.
Fue una corta alegría. La reina Ana ha cuidado a su esposo y tío y, contagiada de “gripe”, fallece en la ciudad de Badajoz el 26 de octubre, a las 5 de la mañana. A pesar del dolor, todo se pone en marcha para trasladar su cuerpo al monasterio de San Lorenzo del Escorial, donde el Panteón Real que trazara Juan Bautista de Toledo debería guardar los restos de la monarquía. El mismo día 26, el duque de Osuna, don Pedro Guzmán, recibe el encargo de acompañar al cadáver de la reina, porque “es justo que vaya en su acompañamiento un grande de estos Reynos”, le escribe el rey[1]. Junto a él iría Diego Gómez de Lamadrid, obispo de Badajoz, a quien se uniría en Talavera de la Reina el arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga y Vela.
El día 27 de octubre salía de Badajoz el cortejo fúnebre y dos días después Trujillo iniciaba los preparativos de esta triste y diferente visita real. Era necesario saber qué habría de organizarse y cómo responder a las órdenes reales que habían dispuesto todo el ceremonial fúnebre.
Primero, información: el alguacil del campo, Sebastián de la Huerta, marcha aprisa a Mérida para saber qué debe estar dispuesto, qué ha preparado la propia ciudad de Mérida y otras ciudades para recibir a la reina. Hasta Lobón llega Huerta y regresa con rapidez a Trujillo con detalles de todo lo que debe estar dispuesto. Y a ello se apresta la ciudad:

1580, octubre 31. Trujillo

Falleçimiento de la reina nuestra señora.
Este día se trató cómo el cuerpo de la reyna nuestra señora tiene de pasar por aquí y para el reçibimiento se acordó lo siguiente.

Túmulos. Que el señor Hernando de Orellana haga hazer un túmulo en la plaç﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ plateñor Hernando de Orellana iene de pasar por aqu y çinquenta la posta a dar razesta çibdad por Su Magrstadego el jça de la Encarnaçión para el reçebimiento y otro túmulo en la yglesia de San Martín muy suntuoso como conviene para que esté allí mañana martes en la noche.

Hachas. A el señor Juan Casco se cometió haga hazer çinquenta hachas de çera luego oy en este día.

Frayles y clérigos, cofradías. Este día se cometió a el señor Juan de Alarcón haga prebenir los frayles de los monesterios y a la clerezía y cabildo y las cofradías de esta çibdad para que salgan con sus pendones.

Lutos por la reyna doña Ana nuestra señora. Acordose que se den lutos a la justizia y regidores que se hallaren presentes a el reçebimiento del cuerpo real y se den a ocho varas de veynteydosen para loba y capirotes por quanto por quanto aquí se llamó Pedro Martín Casillas sastre y dixo que esto y más es menester y que para más autoridad se den lutos de paño veynteyquatren a el alguazil mayor, secretarios de ayuntamiento, sesmero, letrados de çibdad y procuradores y mayordomo de propios a seys varas de paño para capuz y caperuças; y a los porteros de ayuntamiento a cada uno quatro varas para capa y caperuça y que todos trayan el dicho luto so pena de le aver perdido y los dichos ofiçiales den fianças para lo pagar si Su Magestad lo mandase.

Que se enbíe a dar el pésame a Su Magestad. Acordose que esta çibdad escriva a Su Magestad dándole el pésame de la muerte de la reyna nuestra señora y que el señor don Rodrigo de Orellana, regidor, que está en Badajoz, le de la carta y pésame a Su Magestad y para ello compre y saque luto como los demás regidores que están presentes. Y el señor Hernando de Orellana ordene la carta para Su Magestad y escriva a el señor don Rodrigo de Orellana.

Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 43, fol. 380v.


Alonso Sánchez Coello.  Retrato de Ana de Austria (c. 1571).
Museo Lázaro Galdiano, Madrid.
    
Nada más dice el arca del catarro. Los cronistas aseguran que la epidemia cesó en otras partes a los tres meses y los archivos de las parroquias trujillanas no conservan libros de difuntos de este año. Pero estamos seguros de que Trujillo enterró a sus muertos, curó a sus enfermos y se recuperó de esta como de otras muchas epidemias. Pero ese año, 1580, Trujillo asistió a unas reales y solemnes exequias que las fuentes nos hacen imaginar. 
Serán las propias instrucciones del monarca[2] las que nos permitan saber qué vivió Trujillo en ese primer día de noviembre de 1580 en que el cortejo real llegaba a la ciudad.
Precedían al ataúd los caballeros de boca y de la casa del rey, en perfecto orden, seguidos por frailes de diversas órdenes, capellanes y eclesiásticos, todos “en forma de proçesión”. Un capellán con la cruz de plata o guión, el capellán mayor y el mayordomo del rey marchaban delante de las andas en que estaba depositado el ataúd. A los lados del féretro se disponían seis pajes, tres a cada lado, a caballo y con hachas encendidas. Cuando el cortejo entró en Trujillo, otros dos pajes se unieron al mismo.
Pompeo Leoni. Grupo funerario de Felipe II. Monasterio de El Escorial
(c. 1597). Felipe II, Ana de Austria. Príncipe Carlos y María de Portugal.
Tras los restos de la reina marchaba el duque de Osuna y el obispo de Badajoz, seguidos por 40 arqueros con su teniente. Otros 48 soldados, españoles y alemanes, acompañaban al séquito “advirtiendo que a las entradas y salidas de los lugares han de acompañar el cuerpo, como acompañan a Su Magestad, y de noche hazer guarda en la iglesia” en que se depositase a la reina. Recibido el féretro en un túmulo situado en la Encarnación, el cortejo se dispuso después a trasladarse a la iglesia de San Martín, llevado a hombros, como disponía el rey, por los nobles y gentiles hombres de su Casa, además de los caballeros principales que el duque de Osuna dispusiera y entre los que sin duda estarían los regidores trujillanos vestidos con ropas de luto. En San Martín, otro túmulo decorado con los ocho escudos que pintó Muriel Solano, recibió al cuerpo de la reina, y en ella montaron guardia los monteros de Espinosa además de la guardia española y alemana que la acompañaban. En este templo se hicieron las honras fúnebres y en ella se estuvo velando el cadáver de la reina Ana “rezando delante del cuerpo a todas oras”.
A la mañana siguiente, tras “las misas y hecho el ofiçio divino y después de almorçar”, la comitiva inició el camino que habría de llevar el cuerpo de la reina doña Ana al Panteón Real de El Escorial.
Fue así como los restos de la cuarta esposa de Felipe II, nacida en Cigales (Valladolid), archiduquesa de Austria y reina de España, madre del futuro Felipe III, fallecida en Badajoz donde quedaron sus entrañas en el convento de Santa Ana, pasó por Trujillo el día que  habría cumplido 31 años, una ciudad cansada esos días de enterrar a quienes castigó el gran catarro.





[1]  "Carta de Felipe II a Pedro Girón, [I] duque de Osuna, en la que le da cuenta del fallecimiento de su esposa la reina Ana de Austria, cuyo cuerpo debía depositarse en El Escorial, y le pide su acompañamiento como grande de España."  26 octubre 1580. A.H.Nobleza. OSUNA, C.8, D.50
[2] "Instrucción del orden que se había de llevar en la jornada de traslación del cuerpo de la reina Ana de Austria, mujer de Felipe II, desde Badajoz donde murió, al monasterio de El Escorial donde debía depositarse." 27 octubre 1580. A.H.Nobleza. OSUNA, C.8, D.52