9 de mayo de 2016

Sebastián de la Torre, campanero

La evocación, recuerdo o añoranza del sonido de las campanas tiene las más de las veces un componente religioso de vida y muerte, de celebración o tristeza. Pero hubo un tiempo en el que otras campanas dieron a conocer otra historia en la ciudad.
Situada en la torre de la iglesia de Santiago, referente del concejo, la campana de la ronda durante muchos siglos acompañó con su sonido la seguridad del interior de la villa, convocó a caballeros ante sus muros y anunció fuegos, fugas y alborotos.
Cuando la vieja y quebrada campana de ronda de la iglesia de Santiago se funde de nuevo en 1816, el ayuntamiento decide trasladarla a la espadaña que ha de construirse sobre las casas consistoriales de la plaza. En su obra “Trujillo histórico y Monumental”, don Juan Tena recoge el acuerdo que el 24 de febrero de 1817 desliga para siempre a la campana de la ciudad de la antigua iglesia de Santiago y nos da cuenta de sus toques habituales: “ciento veinte campanadas para la queda en el invierno a las nueve y en el verano a las diez, distribuyendo aquéllas por pausa de a cuarenta, y cuando se les avise por algún vecino a fuego, fuga de presos, alboroto popular o demás lo ejecuten sin orden de campanadas, y que cuando el Ayuntamiento salga reunido de las Salas Consistoriales para cualquier objeto, dará cuarenta campanadas”.
Pero no fue ésta la única vez que el sonido roto de la campana de ronda hubo de componerse.  En febrero de 1533 la ciudad acordó fundir una nueva campana aprovechando en parte el metal de la que hasta entonces sonaba desde la iglesia de Santiago. Como obra de la ciudad, las condiciones para su ejecución fueron pregonadas por Marcos Martín y poco después acudían a la ciudad quienes estaban dispuestos a realizarla.
García de Güemes y Alonso de la Bárcena, campaneros, vecinos de la Merindad de la Trasmiera, presentaron ante el corregidor Bernardino de Ledesma y los regidores su oferta: ellos harían la campana según el deseo de la ciudad, con estaño de Inglaterra, y estaría lista veinte días después de Pascua Florida o a más tardar en Pentecostés. La ciudad aportaría el herrero para el eje, madera para el torno y las sogas que se necesitasen.
Pregonadas las condiciones ofertadas por los campaneros trasmeranos, el trujillano Andrés Dalmao rebajó el precio ofrecido por aquéllos. No es campanero y quizás solo quiso forzar a que el precio exigido a la ciudad fuese rebajado de nuevo por Güemes y Bárcena en una práctica que no era extraña en la ciudad. Tal vez por ello, la Semana Santa de 1533 transcurrió sin que la ciudad encontrase quién quisiese o pudiese mejorar la oferta de Dalmao. En abril, de nuevo un trasmerano acude a la ciudad y presenta su oferta. Sebastián de la Torre, campanero, quiere hacer la campana de la ronda y rebaja en un real la oferta de Dalmao. Natural de Entrambasaguas, forma parte de una larga lista de campaneros cántabros que a lo largo de siglos recorrieron los caminos creando los sonidos que desde torres y espadañas marcaron los ritmos de vida, rezo, trabajo y descanso.
Asentado después en Ávila con su hermano Alonso, Sebastián de la Torre fundirá unos años después las campanas “Asunción” y “Alfonsí” de la catedral de Toledo, pero antes tendría que hacer la campana trujillana.
Cerrado el acuerdo con Sebastián de la Torre, Trujillo tuvo que esperar a que el campanero terminara otros trabajos. Una última demora para que de nuevo desde la iglesia de Santiago el sonido de la campana de ronda llenara las calles de la ciudad.


1533, julio 4. Trujillo
 Este dicho día, ante los dichos señores, paresçió Vastián de la Torre, canpanero, e dixo que caso que él avía tardado de venir a fazer la canpana de Santiago para la ronda, que él agora venía para la fazer e conplir lo que está asentado y es las condiçiones que él fará la dicha canpana buena a contentamiento de los señores justiá﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ buena que la tornarñáere buena que la tornarñjustidaor su heredad y mudarse el camino.ze de nuevo y el camino que parçia e regidores e que sy no saliere buena que la tornará a fazer a su costa e asentose con él que la canpana sea entre dos tallas, que ni sea redonda ni esquilonada e que sea de doze quintales de fundiçión e quede la canpana en diez quintales poco más o menos y que la dicha canpana farasen﷽﷽﷽﷽﷽﷽ta e puesta e  canpana fariçique ni sea redonda ni esor su heredad y mudarse el camino.ze de nuevo y el camino que pará a su costa e puesta e asentada e enexada en la torre de Santiago a su costa e con las otras condiçiones que de prinçipio asentaron Garçía de Huelmes e Alonso de la Bárzena e que lo que diminuyere en el fuego sea a costa de la dicha çibdad e que el dicho maestro tome el metal que sobrare de la dicha canpana al preçio que costare, lo qual fará en el preçio que Andrés Dalmao la puso y un real menos, dándole madera para el torno e casa para obrarlo y conforme al remate.
E que para la dicha canpana traya el metal de la sobra de la canpana que hizo en Cáceres y que le paguen la traedura de Cáceres a esta çibdad y más lo que costó puesto en Cáceres y a cómo lo pagó la yglesia de Cáçeres, trayendo dello testimonio.
                                                  Vastián de la Torre (rúbrica)
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 20.14, fol. 21)

Campana de ronda. 1816. Ayuntamiento de Trujillo



25 de marzo de 2016

Nacido en Viernes Santo

“El Viernes Santo, que fué 8 de Abril, estuvo la reina á las procesiones y á casi todos los oficios de las Tinieblas. Aunque sentía alguna molestia, disimulaba, porque tampoco se creía en el término, sino para el 15 ó 20 del mes; mas, como las mujeres son buenas aritméticas en el pagar del crédito como en el cobrar del débito, la cuenta no quiso mentir”.
Quien esto contaba, el portugués Tomé Pinheiro da Veiga[1], fue testigo, en 1605, del nacimiento de un príncipe en Valladolid, el primer hijo varón del rey Felipe III y de su esposa Margarita de Austria. “Dicen las viejas en Castilla que los que nacen en Viernes Santo son zahorís, que son los que ven las aguas y huesos debajo de la tierra”, señalaba Pinheiro, aunque nunca demostró el nuevo príncipe Felipe tener tales habilidades.
Los días y semanas siguientes fueron en Valladolid de fiestas y celebraciones, que se extendieron por el reino junto a la noticia del nacimiento del heredero.
Trujillo lo celebró pronto. Se encendieron siete hachas de cera en las casas del ayuntamiento la noche en que Juan González, maestro de postas de la ciudad de Plasencia, trajo las albricias del nacimiento del príncipe y hubo danzas y luminarias, pero el gran festejo vendría después, decidiendo el día 22 de abril seguir el ejemplo de lo que Valladolid preparaba para el mes de junio, una gran celebración:
  “Este día se acordó que por las alegrías del naçimiento del prínçipe nuestro señor se haga una fiesta y reguzijo de livreas y juego de cañas con toros y se den las livreas a veinte y quatro cavalleros a quenta de los propios de esta çiudad. Y que estos veynte y quatro cavalleros vayan repartidos en quatro quadrillas cada una de color diferente y nombraronse por quadrilleros al señor corregidor, al señor don Sancho Piçarro, al señor don Diego Piçarro y al señor don Pedro de Loaysa. Y que las libreas sean de telas de raso de oro, que queste la vara de çinquenta y çinco a sesenta reales”.
Era esta una celebración que requería de gran preparación pero se daba respuesta así al deseo del monarca de que todo el reino se uniese a su alegría por el nacimiento del príncipe.


1605, mayo 2. Trujillo

Carta de Su Magestad sobre el naçimiento del prínçipe nuestro señor
El rey
Conçejo, justiçia e regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiales y onbres buenos de la çiudad de Trugillo, este Viernes Santo, ocho del presente, entre las nueve y las diez de la noche fue Nuestro Señor servido de alunbrar con bien y brevemente a la serenísima reina, mi mui cara y mui amada mujer, de un hijo por que le e dado y doi ynfinitas graçias y estoi desto con el contentamiento que es razón, y tanbién de que ella y el prínzipe queden buenos, de que os avemos querido avisar como a tan fieles vasallos nuestros. Y os encargamos proveáis y deis orden que en esa çiudad se hagan por esto la demostraçión, alegría y reguçijo que en tal caso se acostunbra, que dello nos tendremos de bosotros por servido. De Valladolid a treçe de abril de mil y seisçientos y çinco. Yo el rey. Por mandado del rei nuestro señor, Juan Ruiz de Velasco, por el rey. Al conçejo, justiçia y regidores, cavalleros, escuderos, ofiçiales y onbres buenos de la çiudad de Trugillo.

(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 66, fol. 167)


Quizás porque parecieran pocas las cuatro cuadrillas señaladas días atrás, la ciudad decide que sean seis, compuestas cada una por cuatro caballeros, principalmente regidores. Serán también los regidores quieren en las semanas siguientes hayan de buscar todo lo necesario para tal festejo, comisionando a Juan Pizarro de Orellana, Álvaro de Hinojosa y Torres, Pedro Martínez Calero y Diego del Saz Carrasco “para que en las çiudades de Valladolid o Toledo o en otra qualquier parte del Reyno conpren todas y qualesquier telas de raso de oro y terçiopelos y demás cosas que fueren neçesarias y les pareçiere para la fiesta del reguzijo y juego de cañas”, mientras que Pedro de Loaisa y Tapia y Álvaro de Hinojosa recibieron el encargo de buscar “en la villa de Herrera y en otras qualesquier partes de este Reyno...hasta en cantidad de veynte toros para las fiestas de esta dicha çiudad”.
Juan de la Corte. Plaza Mayor de Madrid en 1623. Museo Municipal de Madrid

Y en todas estas decisiones, siempre está presente la voz discordante de otro regidor, Francisco de Loaisa, para quien los gastos que ocasionaría tal festejo no deberían ser asumidos por una ciudad como Trujillo con muchas necesidades y grandes deudas. Y si los Chaves y sus deudos ya festejaron las alegrías por el nacimiento del príncipe a costa de sus haciendas, la propuesta del regidor Loaisa es clara: “hagamos los gastos desta fiesta, pues somos los más ricos de la çiudad, a nuestra costa y no molestemos con gastos tan eçesivo a esta çiudad y sus propios”.
Pero la ciudad no atiende a sus razones porque gran parte de los gastos ya están hechos, oro y plumas en Sevilla y las libreas compradas al mercader de Valladolid, Diego de Quirós, debiéndose guardar lo ya acordado en abril, aunque no sean éstos argumentos suficientes para Francisco de Loaisa, quien casi consigue paralizar la celebración. Porque todo parecía estar ya dispuesto para la fiesta y el pregonero Hernán Blázquez, con trompetas y atabales, había hecho saber el 14 de julio a los trujillanos que el día 18 de agosto celebrarían el nacimiento del príncipe, cuando se presentaba ante el ayuntamiento una provisión real en la que, a instancias de Francisco de Loaisa Vargas, se ordenaba a la ciudad no gastar de sus propios maravedí alguno en las anunciadas fiestas sin contar con licencia previa de Su Majestad.
Será otro Loaisa, el regidor Pedro de Loaisa, quien marche con celeridad a la corte para conseguir la ansiada licencia con argumentos que debieron convencer al rey, que permitió, a mediados de agosto, que de las rentas de propios de la ciudad se empleasen 1000 ducados en las proyectadas celebraciones.
“Este día se trató cómo Su Magestad a dado liçençia a esta çiudad para poder gastar en las fiestas reales que esta çiudad haze por el naçimiento del prínçipe nuestro señor  mil ducados. Acordóse que las dichas fiestas se hagan a los quinze días del mes de setienbre primero venidero y así se pregone públicamente.”
Decidido el día y adquiridas las libreas de las cuadrillas y los toros que habrían de lidiarse al finalizar el juego, tan solo restaba a la ciudad ofrecer su mejor imagen, preparando su plaza con arena, que aplanarían y regarían el día anterior, trasladando el mercado (se celebraría un jueves) a la plazuela delante de la casa de Diego de Vargas y encargando a Rafael de Casanova y sus compañeros, ministriles, que tocaran las chirimías durante los juegos, además de asegurar que quienes desde fuera vinieran a disfrutar del festejo encontraran una buena acogida en Trujillo.
“Que el señor Gómez de Solís despache un correo al abad de Cabañas, que diz que tiene vino añexo, para saver qué tal es y el preçio a que lo dará, para la provisión de esta çiudad el tienpo de las fiestas reales”.
 “Que Vasco Calderón Enríquez haga hazer tablados para los forasteros que vinieren a las fiestas reales en las partes que parecieren más cómodas”.
 “Que los señores Vasco Calderón Enríquez y Juan de Camargo provean que para las fiestas reales aya pan regalado y mantenimientos para provisión de los que vinieren de fuera a las dichas fiestas”.
 “Que Gómez de Solís y don Álvaro de Hinojosa Torres hagan comedimiento con los caballeros forasteros que vinieren a las fiestas reales, ofreçiéndoles asiento y lugar para ellas”.
Nada nos dicen las actas del éxito de tales fiestas, de las coloridas y ricas libreas de cada una de las cuadrillas y las divisas en sus adargas, de la música que acompañó a los juegos, de la habilidad de los caballeros trujillanos en el manejo de sus caballos y en el lanzamiento de cañas, de su destreza en defenderse con las adargas, del ruido de las cañas al chocar en el aire, al romperse contra las adargas, de los toros que cerraron la fiesta... Y todo ello para festejar el nacimiento en Viernes Santo de un príncipe que bien pudo ser zahorí.
Juan de la Corte. Plaza Mayor de Madrid en 1623. Museo Municipal de Madrid. Detalle





[1] Tomé Pinheiro da Veiga. Fastiginia o Fastos geniales. Valladolid 1916. Pág. 14.

1 de marzo de 2016

Lobos y zorras a buen precio

A lo largo del tiempo, siempre ha habido animales a los que hemos ido cargando de atributos humanos. Aparecen en cuentos y fábulas y en ellos reflejamos virtudes y desafectos humanos, cuando su comportamiento es simple y llanamente animal.
Aun cuando ahora nos sintamos como una sociedad razonablemente civilizada y desarrollada, nuestros comportamientos y actitudes no responden sino a ese continuum de actitudes que a lo largo del tiempo hemos ido teniendo. Unas actitudes que posiblemente tienen su referencia en nuestro largo desarrollo humano como sociedades cazadoras, recolectoras y agroganaderas.
Lobos (Canis lupus) y zorros (Vulpes vulpes) han sido dos especies que han sufrido especialmente esta atención, posiblemente porque su desarrollo vital les hacía estar en convivencia y competencia de territorios en los que la agricultura, y sobre todo el ganado y la caza, eran fundamentales tanto para el sustento humano como para el de lobos y zorros. En ellos se ha visto reflejada la maldad y la fuerza, la astucia y el robo y siempre la sangre de ganados. Considerados dañinos, alimañas, siempre han estado en el punto de mira de cazadores y perreros, de alimañeros y pastores, que con lazos y trampas, con venenos y corrales de lobos, y siempre con la ayuda de sus parientes amaestrados -los perros- y armas diversas según la época, los han abatido y relegado a zonas más recónditas de una geografía de montes y montañas, de riberos y berrocales.
Hasta tiempos muy recientes del siglo pasado, en los que el lobo ha gozado de protección, sus cabezas y camadas siempre han estado a buen precio pues había que erradicar las alimañas, lo dañino, el mal.
Se perseguía a los adultos y crías y además se pagaba bien por su captura y muerte, buscando su erradicación. A pesar de ello, lobos y zorros, especialmente éstos, han sorteado monterías y todo tipo de trampas y engaños, aun a costa de que un número muy elevado de ellos perecieran y vieran su cuerpos, sus cabezas y pieles, expuestas en plazas y mercados, en prendas de abrigo…  mientras seguían alimentando noticias y cuentos, canciones y leyendas.

Jacques de Sève. El lobo. Biblioteca Nacional de Francia. 1754. 
El arca atesora informaciones preciosas y precisas sobre tantos temas que no es de extrañar que también lobos y zorros aparezcan en ella, con noticias o decisiones que no son sino la concreción de comportamientos que los seres humanos hemos tenido hacia estas especies desde tiempos muy anteriores a que se construyera el arca y que han llegado a nuestros días.
Porque si siempre las cabezas y camadas estuvieron a buen precio, hubo momentos en que, buscando el ahorro, el concejo decidió aprovecharse del rechazo atávico hacia estas especies consideradas dañinas, cuya caza sabían que seguiría incluso sin la recompensa que otras veces se ofrecía.


1583, abril 29. Trujillo.
Zorras, no se pague derechos.
Este día se acordó que de aquí adelante no se libre ni pague cosa alguna de las zorras que se mataren porque, aunque es muy bien que se maten, ninguna persona anda a matarlas y las que se matan y registran es acaso y ansí no las a de dexar de matar el que pudiere y se ahorra de los propios en cada un año çien mil mrs. poco más o menos.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 57, fol. 4r.)


1587, junio 27. Trujillo.
Cómo se an de pagar los que tomaren lobos
Otrosi, por quanto a causa de aver montes bravos de xarales y otros matorrales en el término desta çiudad ay muchos lobos y se crían y multiplican e hazen mucho daño en los ganados, de que viene perjuizio universal, porque aya personas que se ocupen en matallos, hordenamos y mandamos que por cada lobo mayor que matare qualquiera persona en el término desta çiudad, se le den e paguen de los propios de esta çiudad un ducado de oro y de cada camada que sea de quatro lobos quinientos maravedís, y si tuviere más de los quatro lobos la dicha camada, que se dé por cada cabeça çien mrs. Y que el mayordomo que pagare lo suso dicho e el escrivano del ayuntamiento que hiziere el dicho libramiento señale los pellejos de los dichos lobos de la señal que suele hazer esta çiudad, para que se vea que los dichos lobos están pagados y no se pueda otra vez tornar a demandar cosa ninguna con los dichos pellejos a la dicha çiudad. Y de cada zorra se pague medio real y si fuere tomada en el berrocal un real e se corte las orejas y jure do fue muerta el que la trajere.
Y en el ayuntamiento que se tuvo por los muy ilustres señores justiçia e regidores en doze días del mes de otubre de mil e quinientos y setenta e nueve años se hizo ordenança en que se mandó dar por cada lobo grande que se matare dos ducados y por cada camada mil maravedís.
 (Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 42.22, fol. 23v)



7 de febrero de 2016

Voto por los toros

El papa Pío V subió a los altares en 1710, sin embargo, durante algunos años podemos decir que no fue precisamente “santo” de la devoción de los españoles, porque este papa, al que se ha reconocido como bueno y digno, austero y de buenas costumbres, pretendió terminar, nada más y nada menos, con una de las tradiciones más arraigadas en estos reinos, los toros. Así, en 1567, el segundo año de su pontificado, en su bula “De salutis gregis dominici”, “considerando que esos espectáculos en que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana, y queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio, y proveer a la salvación de las almas” prohíbe bajo pena de excomunión que los príncipes cristianos permitan en sus reinos “la celebración de esos espectáculos en que se corren toros”, ordenando incluso que a aquel católico que muriese en tales festejos “no se le dé sepultura eclesiástica”. Será una bula de implantación lenta, escasa y desigual, pues los prelados españoles sabían de su impopularidad y no fueron siempre muy diligentes a la hora de su aplicación.
En Trujillo, los toros formaron siempre parte de su cultura. No había fiesta que se celebrara en la que los  toros no constituyeran una parte importante del programa. Supone además, en el siglo XVI, un excelente ejercicio y entrenamiento para la guerra de caballos y caballeros, que demuestran su valía como jinetes. Por eso la prohibición de los toros y la amenaza de excomunión dictada por el papa pesan sobremanera en el ánimo de la ciudad, que decide en abril de 1573 solicitar del Consejo Real licencia para volver a tener en Trujillo las ansiadas celebraciones taurinas. Para ello se deja en manos del regidor Rodrigo de Sanabria, junto al licenciado Becerra, la redacción de un informe que presente ante el Consejo cómo a causa “de no se correr los toros en esta çibdad las quatro fiestas prinçipales que en cada un año se solían correr por devoçión a çesado el exerçiçio de los cavalleros y ay mucha falta de cavallos y se espera que cada día se yrán desminuyendo por no aver juego de cañas y otros regozijos”.  
Desde la propia monarquía, el rey Felipe II, se intentó sin éxito que el papa Pío revocara su prohibición, lo que sí se conseguirá parcialmente con su sucesor, Gregorio XIII, quien a través de su bula “Exponi nobis super”, de agosto de 1575, acoge la petición del monarca español “movido por el provecho que había solido derivarse de esta clase de corridas para sus Reinos de las Españas”. Mitigará el papa las penas impuestas por su antecesor al levantar la excomunión de quienes organizasen o asistiesen a festejos de toros, ”pero solamente en cuanto a los laicos y a los Hermanos militares, de cualquier Orden militar (...) siempre que se hubiesen tomado, además, por aquellos a quienes competa, las correspondientes medidas a fin de evitar, en lo posible, cualquier muerte”, e indicando, de forma clara y precisa, que tales corridas de toros no habrían de celebrarse en días de fiesta.
Nada más recibirse en Trujillo la noticia de la nueva norma, el 21 de octubre de 1575 el corregidor Juan de Henao y los regidores presentes en el ayuntamiento se ponen en marcha para recuperar su fiesta, y la celebración de San Andrés es el momento adecuado para ello.
“Y en quanto al propio motuo que se dize que a venido de Su Santidad, procure traer traslado del y de lo que se proveyere en el Consejo para que, si fuere posible, se puedan liviar para el día de San Andrés porque el lugar está enfermo y es menester alegralle.”
      Sin embargo la ciudad quiere recuperar todas y cada una de sus fiestas taurinas, por lo que un mes más tarde el concejo proclama su voto de celebrar con toros las grandes celebraciones religiosas. Es ya un voto, una promesa de ofrecer el regalo y presente de hermosos toros a los santos abogados de la ciudad y el reino.


1575, noviembre 21. Trujillo
Voto para correr toros en fiestas.
En este ayuntamiento se dio notiçia cómo Su Santidad a revocado el propio motuo de los toros y dádole de nuevo para que se puedan correr. Y para que se entienda la obligaçión que esta çibdad tiene de çelebrar algunas fiestas y hazer demostraçión de alegrías, acordose se asiente de nuevo para que, venido el dicho despacho, se cunplan y guarden como su Santidad lo manda, y conforme a la orden que el Consejo Real de Su Magestad diere primeramente, se acordó y prometió y votó de la fiesta del Santísimo Sacramento, que es el día de Corpus Christi, se corran quatro toros después de mediodía, ansí mismo se hizo voto de correr otros quatro toros el día del glorioso San Juan Baptista, que es a veynte e quatro de junio después de mediodía. Y ansí mismo se hizo voto de correr otros quatro toros el día de Santiago, abogado de España, que es a veinte e cinco de julio después de mediodía. Y porque el día de Nuestra Señora de agosto es la fiesta de esta çibdad y abogada y señora della y fiesta particular, se acordó y votó que se corran seys toros después de mediodía. Y así mismo se ofreçió y votó de que se corran tres toros el día de Nuestra Señora de setienbre que es la fiesta de la Natividad. Y porque en el día del glorioso apóstol San Andrés esta çibdad nonbra todos sus ofiçios y de mucho tienpo atrás a acostunbrado  hazer grandes regozijos y comidas, y por algunos respetos se an quitado, se acordó y se hizo voto que aquel día en la tarde se corran tres toros. Lo qual todo se a hecho para servir a Nuestro Señor y para que con esta ocasión los cavalleros y jente noble desta çibdad continúen en estar tan en orden y a cavallo como sienpre lo an hecho, y para que estén exerçitados como deven, así para la defensa de la fe como para el serviçio de Su Magestad. Y para que esto aya entero cunplimiento, se acordó se busque la provisión que está en el archivo para que se corran veynte e quatro toros y paresçiendo ser de menor cantidad, se saque de nuevo facultad para ello.
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 39, fol. 863)

Tan sólo cuatro días después, el ayuntamiento volvió a tratar el tema. De los días elegidos para incluir en el voto prometido, la justicia y regidores trujillanos se replantean la fiesta de la Natividad de la Virgen. Es la fiesta de Guadalupe y el monasterio y su Virgen atraen a los fieles, por lo que no parece ocasión de festejarlo en Trujillo; por ello “acordose que se pase esta fiesta a el día de la Purificaçión que es a dos de hebrero”, además de señalar que para que “de los dichos toros se aprovechen los pobres y ospitales y monesterios neçesitados, así los cueros como la carne, (...) que no se pueda dar a ningún particular ni ofiçial de la justiçia ni de la çibdad por costunbre que tenga sino que todo se aplique como dicho”.
Se recupera así la fiesta pero no en la manera prevista por la bula papal. Tratando de evitar cualquier castigo posible, en junio del año siguiente, el concejo acopla las fiestas a lo acordado por Su Santidad:

1576, junio 8. Trujillo.
Orden para correr los toros. Este día se acordó que por quanto por el propio motu de Su Santidad se manda que los toros no se corran en día de fiesta, se acordó que el biernes luego siguiente del día del Corpus Cristi se corran los toros de la dicha fiesta y el juebes adelante, que es la otaba de la dicha fiesta, se corran los toros de la fiesta de San Juan. 
(Archivo Municipal de Trujillo. Legajo 39, fol. 922v.)

Capeas en la plaza de Trujillo