El arca guarda celosa y silenciosamente noticias muy diversas pero pocas tienen que ver con personas y grupos relegados y silenciados. La información sobre la mujer en sí es escasa en nuestra arca y en tantas otras, una muestra más de su papel secundario al que lamentablemente se le ha relegado en todas sus acepciones a lo largo del tiempo.
Entre las noticias relativas a la mujer que pueden rastrearse y encontrarse hay algunas que nos hablan de sororidad, de una sororidad silente, callada y continuada en el tiempo.
Los testamentos de mujeres están llenos de otras mujeres, de hijas o hermanas, primas o sobrinas, amigas, criadas y esclavas a las que no se olvida en los últimos momentos de la vida. Para ellas son pequeñas mandas de mantos, sayas y tocas, sábanas o almohadas. Para ellas se destinan pequeños regalos o hermosos y grandes presentes como la libertad.
Siempre es un arropamiento y acompañamiento entre las mujeres, más necesario en tiempos inciertos y en espacios en que, desde la confesionalidad y creencias religiosas, se busca la protección y el seguro junto a otras mujeres con las que compartir vida y oración.
Aunque sus puertas no estaban abiertas a todas las mujeres, pues la dote a entregar era mucha y al alcance de pocas, si hay un mundo femenino que nos abre el arca, éste será el de los conventos, beaterios y monasterios. Sea o no una elección libre de vida, en ellos la mujer se siente acogida y protegida y la sororidad, la amistad, estará siempre presente entre sus muros.
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| Portada de la iglesia del convento de Santa María y la Magdalena. Hacia 1960. |
no se sentían con fuerza para mantener su convento. El obispo placentino don Pedro Ponce de León atendió su petición de unirse a sus hermanas de Trujillo, “de su hábito, regla e profesión”. Veintinueve monjas de Santa María firmaron en agosto de 1570 el acuerdo que antes votaron -“todas juntas de un acuerdo e parecer”- por el que aceptaban acoger a sus hermanas de Jaraicejo en el convento de Trujillo, que ahora debería llamarse de Santa María y la Magdalena. Una comunidad de mujeres que crecía, que acogía a otras mujeres que necesitaban de cuidado y ayuda.
En 1578 aún pleiteaba el monasterio trujillano por conseguir que algunas de las rentas que mantenían a las monjas de la Magdalena “que en aquella sazón residía en la villa de Xarahizejo y agora está encorporado en este dicho convento” llegasen a Trujillo para el mismo fin.
En ese año, el doce de junio, una de las beatas profesas del convento, María de Mesa, pedía licencia a la priora
1578, junio 12. Trujillo
En el nonbre de Dios, amén. Sepan quantos esta carta vieren, como yo, María de Mesa, freyla prophesa en el monesterio de Santa María y la Magdalena de la çiudad de Trugillo, con lizençia y espreso consentimiento que pido a la señora Marina Álvarez de Orellana , priora del dicho convento, para otorgar y hordenar este mi testamento con lo que en él será contenido, la qual dicha liçençia yo la dicha priora que presente soy, doy y conçedo a vos la dicha María de Mesa según y para lo que en ella pedís e yo la dicha María de Mesa la açepto y de ella usando y estando en mi libre juizio y entendimiento natural y creyendo como firmemente creo el misterio de la Santísima Trinidad y todo aquello que qualquiera fiel cristiana debe y es obligado a creeer como lo manda la santa madre iglesia de Roma, nuestra madre, para servir a Dios y bien de mi ánima, hago y ordeno este mi testamento en la manera siguiente.
(Archivo Municipal de Trujillo. Protocolos Pedro de Carmona. 1578, fol. 99r.-100v.)
No conocemos la edad de la beata María ni cuántos los años que llevaba en el convento de Trujillo (aparece entre las monjas que decidieron acoger a sus hermanas de la Magdalena en 1570). No realizó su testamento, como otras muchas hicieron, al iniciar su vida monástica, dejando ordenados y dispuestos sus asuntos terrenales, renunciando a sus bienes familiares, cerrando el capítulo inicial de su vida y abriendo el siguiente y definitivo, “porque es bien e cosa razonable antes de salir del siglo disponer y hazer mi testamento”, diría doña María de Sotomayor, viuda de don Alonso de Sotomayor, antes de entrar en religión y tomar el hábito de la Purísima Concepción en Santa Clara.
Como muchas otras religiosas, María de Mesa tiene poco de lo que disponer, pero tiene claro quiénes serán las destinatarias de sus escasos bienes.
Su cuerpo deberá descansar junto a quienes le han acompañado en su vida monástica, “en la iglesia de este dicho monasterio de Santa María y la Magdalena, en la capilla, en la sepultura donde está enterrada doña Luysa de Chaves, mi tía”. Como hermana de la cofradía de la Soledad de Nuestra Señora, deseaba que asistieran a su entierro sus cofrades, junto a los de la Cruz y que sobre su sepultura se hicieran las ofrendas acostumbradas de pan, vino y cera.
Misas por sus padres, por sus abuelos y hermanos, por su tía Luisa de Chaves y por dos de las beatas ya fallecidas, doña Francisca Calderón y Catalina de Hinojosa (de la que había sido testamentaria unos meses antes).
A su esclava Isabel, que con su consentimiento había casado con Salvador, criado de Juan de Escobar, le daba la libertad tras su muerte “y mando que le den un colchón y una manta y una sávana y dos camisas y un mantillo que yo tengo”.
“Iten mando que una casa que yo tengo en el canpo de la fortaleza, la qual compré del arçipreste Juan Piçarro, en que bive al presente Isabel, mi esclava, que la suso dicha y su marido la gozen por todos los días que naturalmente bivieren y que después que sean falleçidos, quiero y mando que aya la dicha casa el cabildo de los capellanes desta çiudad, con tanto que sean obligados a me dezir una misa de la fiesta de San Juan Baptista en este dicho convento".
Sus compañeras monjas Leonor de Paredes, doña Francisca Altamirano y María de San Juan recibirían dos ducados cada una; una sábana de lienzo y un ducado para doña Francisca de Orellana
y su poma de olor de oro pasaría a doña María de Chaves, siempre que doña Francisca de Solís no la quisiera y compensara a doña María de Chaves con ocho ducados.
y su poma de olor de oro pasaría a doña María de Chaves, siempre que doña Francisca de Solís no la quisiera y compensara a doña María de Chaves con ocho ducados.
Será doña Francisca de Solís la que recibiría las rentas, durante el resto de su vida, de la parte que María de Mesa tenía en la heredad del Hocinillo, pudiendo traspasar la mitad de su usufructo a quien desease y pasando la otra mitad, tras la muerte de doña Francisca, a doña María de Chaves y doña Francisca de Chaves, hijas de Juan de Chaves Calderón, beatas del convento. Establece así una cadena que terminaría, tras la muerte de éstas, en doña Jimena de Orellana, hija de Juan de Solís, “quien al presente está en este dicho convento para ser beata en él”.
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| Poma de olor. En "Retrato de Caballero". J.C. von Oostzane. Rijksmuseum. Amsterdam |
Del resto de sus bienes y alhajas, “quiero y mando que…se haga el repartimiento y se den a quien y como yo mandare y se contuviere en una memoria que dexaré firmada de mi nonbre“. De cumplir su voluntad se encargarían sus testamentarios, su compañera doña Francisca de Solís y el clérigo Francisco Báez. Ellos deberían “entrar, tomar y vender” sus bienes, cumplir sus mandas y emplear el remanente, si lo hubiera, en su heredera universal, su alma. En ella habrían de gastarse y consumirse el resto de sus bienes “haçiendo sufragios por ella”.
El marido de su esclava, Salvador Sánchez, el clérigo Báez, Lope Martín y Diego Martín, “trabajadores”, fueron testigos de cómo el escribano Pedro de Carmona anotó las últimas voluntades de la monja María de Mesa y presenció su firma.
Ahora, en el último momento de su vida, había pensado como mujer -de un modo silencioso y silente- en otras mujeres al ayudarles a asegurar el mantenimiento de su vida terrenal.
Esa sororidad que la acogió y sintió, la que pudo practicar en vida, estuvo presente poco antes de su muerte y continuaría tras ella.


